Doñas Juanas

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Todas las mujeres somos inolvidables para alguien. Para un primer novio celoso, para un marido de toda la vida, o para el nene que nos dio el primer beso en el jardín de infantes. Sin embargo, algunas mujeres trascienden ese círculo privado y se vuelven inolvidables para una época, una comunidad, un país específico. Vedettes despampanantes que despiertan fantasías desde la tapa de una revista erótica, vecinas que transforman su belleza en la leyenda de su propio barrio, actrices que protagonizan las fantasías nocturnas de sus espectadores, o nenas tan lindas que ya desde el jardín de infantes tienen un séquito de admiradores.

Son como la versión femenina de Don Juan. Mujeres que en vez de un admirador secreto, tienen un fan club. Que en vez de un novio celoso, tienen a veinte celosos de su novio, y que en vez de recibir un regalito de vez en cuando, se ahogan en cortejos de flores y bombones.

Pero a su vez, dentro de esa elite femenina, hay un tipo aún más escaso de mujer que trasciende la conquista a granel. Una clase de mujer que, sin ser necesariamente despampanante o inteligente (aunque podría serlo), no sólo tiene una cantidad increíble de admiradores, sino que además tiene a los mejores. Que en vez de tentar a doscientos cincuenta mecánicos desde un almanaque de gomería, es la musa de muchos escritores, músicos y artistas plásticos de su generación. Una mujer que en vez de recibir perfumes y chocolates como todas las mortales, despierta poemas magistrales, inspira personajes de libros, o es la protagonista de las mejores canciones del rock.

Norah Lange, por ejemplo, fue una escritora pelirroja, vanguardista y transgresora de origen nórdico, que en su juventud se robó los corazones de los escritores Leopoldo Marechal, Oliverio Girondo y Jorge Luis Borges. A pesar de que Borges, desesperado por su amor, le prologó su primer libro y Marechal la transformó en el personaje de su libro central, el Adán Buenosayres, Solveig Amundsen, Norah se casó con Oliverio Girondo. Algunas biografías cuentan que al enterarse, Borges compró un revolver para matarse, pero que desistió en un cuarto de hotel, pero la verdad es que no se sabe. Norah siguió casada con Girondo, y Borges siguió enamorándose de otras mujeres.

Por el contrario, Lou Andreas Salomé fue una psicoanalista y escritora bisexual rusa que nunca se decidió por ninguno. A pesar de que estaba casada con un profesor de lingüística, tenía numerosos amantes y pretendientes, a los que ella les daba libros, les enseñaba ruso, o alentaba con sus discusiones intelectuales, entre los que se encontraban el poeta entonces quince años más joven Rainer Maria Rilke, Sigmund Freud y Friedrich Nietzsche, quién le llegó a proponer matrimonio varias veces.

Un caso paradigmático es el de la famosa Gala, quien fuera la musa de los pintores surrealistas Louis Aragon, André Breton, Paul Eluard, Max Ernst y Salvador Dalí. Ya casada con Paul Eluard —quien la pintó por todas las paredes de su casa—Gala tomó de amante a su mejor amigo, Max Ernst, a quien incluso llevó a vivir con ella, bajo el mismo techo que compartía con su marido. Años más tarde, los abandonó por un Salvador Dalí diez años más joven, a quien salvó de la locura y de la pobreza y le sirvió de musa inspiradora mientras se reunía con numerosos amantes jóvenes, hasta la edad de ochenta años, en el palacio que él le había regalado tiempo antes.

Por último, otra forma típica de musas polígamas fueron groupies como Bebe Buell, Patti Boyd, Marianne Faithfull y Anita Pallenberg.

Bebe Buell, “La depredadora del rock”, por ejemplo, fue una modelo lindísima y famosa por haber sido amante de Mick Jagger (quien le pintaba las uñas de los pies), Jimmy Page, David Bowie, Jack Nicholson, Warren Beatty, Iggy Pop, Steven Tyler (con quien tuvo a la actriz Liv Tyler), Rod Stewart y Elvis Costello (el gran amor de su vida).

Patty Boyd fue otra chica sin ningún talento especial, que se casó con el beatle George Harrison —quien le compuso la canción Something— hasta que lo dejó por su mejor amigo, Eric Clapton, que a su vez le compuso la famosa canción Layla, luego de que ella lo rechazara y él se diera al consumo de heroína.

De Marianne Faithfull y Anita Pallenberg todos sabemos la historia: novias, amantes, talentosas musas de Mick Jagger y Keith Richards entre otras, tuvieron un gran impacto en los Rolling Stones , e inspiraron y ayudaron a componer decenas de canciones memorables como She Smiled Sweety, Complicated, Beast of burden, Sister Morphine y Something Better hasta Wild Horses y Sympathy for the Devil.

Mujeres inolvidables como todas todas las mujeres, que en vez de tener un novio oficinista que les escribiera poemas o les cantara el feliz cumpleaños, fueron personajes de libros de Marechal, discípulas de Borges, coristas y compositoras de los Rolling Stones, consejeras de Rilke y Nietzsche y modelo vivo de media docena de pintores.

Columna de la revista Gataflora, Enero 2009.
Ilustración de Santiago Mansilla.
Pueden leer este número completo, desde acá

Cocineras inexpertas

Las mujeres que somos buenas en la cocina tenemos un cierto desprecio por las que no saben cocinar. Cada vez que nos preguntan como se hace un omelette o qué es la salsa blanca, sentimos que nos clavan un puñal. No nos importa sin son físicas nucleares, madres perfectas o neurólogas. Si no saben cocinar, para nosotras son un desastre.

Hasta el día de hoy, mi madre y yo compartimos el hábito de la burla gastronómica. Nos encanta reírnos de las mujeres que cuentan, todas exaltadas y orgullosas, como hicieron un bizcochuelo de cajita. Es tanto el escozor que nos provocan, que lejos de rechazarlas las buscamos para tirarles de la lengua. Queremos que nos cuenten su odisea culinaria para poder llorar de risa y preguntarles, con detalle morboso, cómo hicieron para cortar la torta al medio, rellenarla con dulce de leche y espolvorearla con esas granitas de colores nauseabundas que tanto les gustan.

Es verdad que relacionar a las mujeres de forma tan íntima con la comida, es, en parte, un pensamiento retrógrado y machista. Pero no es una elección. Para nosotras, la mujer que no sabe cocinar es motivo de burla Cocinar para otros es una prueba de amor y si uno quiere a su familia, aunque sea cada tanto, tiene que darle una rica ensalada o una buena milanesa.

Todo de lata
La vaga, por ejemplo, ni sabe ni le interesa cocinar. Te lo dice clarito: no agarra una batidora ni que le apunten con un revólver. Prefiere ver la tele, pintarse las uñas, dormir la siesta, hablar por teléfono con una amiga antes de agarrar una sartén. Después de todo, para eso existen los congelados.

Sus hijos, sin ir más lejos, no conocen otra comida que no sean patitas de pollo prefritas, las salchichas y los fideos con manteca . Lo único verde que comieron en su vida fueron sus propios mocos durante un resfrío. Es habitual que su suegra, alertada por el semblante gris mortecino de sus nietos, la hostigue con que hierva unas verduritas y que ella insista con que eso es muy difícil y se ría como si les estuviera pidiendo que escale la cordillera. ¡Y lo bien que hace! Si sus hijos llegaran a ver un pollo al horno entero o un pescado, se tirarían debajo de la mesa para protegerse de ese alien o se pondrían a llorar pensando que su madre ha matado un perro.

¿Una cucharadita de té, de café, de postre, de sopa?
La bruta tampoco entiende nada de cocina, pero no se resigna. Cada vez que ve una comida por la televisión, anota la receta en un cuadernito minuciosamente pensando que esta vez sí le va a salir bien.

Sin embargo, es tal su ineptitud que ante la duda, no puede razonar ni aplicar el sentido común. Cree que si pone un centímetro cúbico más de aceite la comida puede llegar a arruinarse por completo. Necesita indicaciones, cantidades y medidas tan precisas que finalmente le terminás dictando mientras cocina por teléfono. ¿Cuánto es un chorrito? ¿Aceite de girasol es lo mismo? ¿Manteca da igual? ¿Crema también? ¿Lo pongo antes o después de que hierva el agua? ¿Lo “revuelvo todo” o “así nomás”?

Total, en la panza todo se mezcla
La chancha es otra que no tiene sentido común, sólo que no se da cuenta y no puede contolar su pasión por cocinar mezclas macabras. Para el cumpleaños de su hijo hace una torta rellena con mermelada de damasco y cubierta con dulce de leche y granas porque es lo que tenía en la heladera. Si le avisan que eso no queda bien, se encoge de hombros y dice que a ella le parece que sí.

Es desprolija y la comida siempre le chorrea, se le abre, se le desarma al desmoldar. Los bordes de sus platos están siempre sucios con salsa, al igual que sus delantales. Además, hace su propia cocina fusión: le pone calditos saborizadores a todo, hace un rogel con tapas de empanada, sazona con “adobo para pizza” cualquier cosa (es la reina del orégano seco y del puré de tomate), sirve las ensaladas todas revueltas, mezcla la salsa con las pastas en una fuente y ofrece tortas mal desmoldadas porque total “es rico lo mismo” y “en la panza, todo se mezcla”.

Las mías son mejores
La bocona está tan convencida de su destreza para la cocina que ni siquiera cuando está en una cena, comiendo un plato elaborado por otra persona, puede dejar de alabar sus dotes culinarias. “Cuando pruebes el matambre que yo hago...”, “los panqueques son mi especialidad” “yo también hago empanadas árabes, pero con la masa original”, “tenés que mojar el molde para que no te pase eso, yo la hago siempre así y me sale perfecta”.

Incluso tiene adiestrada a su familia para que corrobore, con idéntico entusiasmo, su expertise culinaria en público. Sin embargo, tarde o temprano siempre pasa, que luego de un tiempo escuchando sobre sus deliciosos platos, por fin tenemos ocasión de probarlos y comprobar, no sin asombro, que son un cachivache amateur. Matambres sin relleno (A cualquiera le queda impecable un matambre si está vacío), tortas comunes (Qué genia, hiciste una Chocotorta), panqueques gruesos como piononos (Que si se llegan a caer son tan pesados que abren una escotilla en el piso) y empanadas árabes con masa gomosa de pan lactal (que ella describe como esponjosa y suavecita). Cosas que, para su familia y amigos son una pequeña maravilla, pero para los demás no valen nada.

Las hizo mi mujer...

La durita no supo por dónde se agarraba una sartén hasta que se casó y trató de ser la esposa perfecta. Ese día se compró varios libros de cocina y memorizó cuatro recetas pavas que todavía hace, temblorosa y alerta, como si fueran cirugías a corazón abierto. Su esposo —que no quiere asumir que se casó con una mujer a la que hacer un canelón la supera— se cree que por no haber incendiado la casa con el hornito eléctrico, su esposa es Savarin.

Cada vez que hace un budín de vainilla, el señor aclara que “lo hizo todo ella” como si nosotros fuéramos a hacer la ola porque la mamerta por fin pudo sacar algo del horno sin prender fuego el edificio.

Además, siente la cocina como una tarea tan difícil sirve un flan común de lo más nerviosa, mientras le avisa a la gente que es la primera vez que lo hace y que no sabe como saldrá. Y si cometés la imprudencia de elogiarle el plato, te ofrece la receta. ¡La receta! ¿Para qué voy a querer una receta de de flan? ¿Cómo va a salir mal si sólo es leche con huevo? ¿No querés pasarme la receta de huevo frito y de ensalada mixta? ¿Tendrás idea cómo se hacen las tostadas, como se unta mermelada y como se bate un poco de crema? Mejor no me ofrezcas recetas. Mejor guardalas en un cuadernito así mi abuela, mi mamá y yo tenemos de qué reírnos en Navidad.

Esta nota fue originalmente escrita para versión en papel de Revista Joy, en diciembre de 2008.

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Desde este mes van a poder leer mis notas para Revista Joy en el NUEVO sitio PLANETA JOY! todos los meses. Por el momento hay cinco: una sobre la comida navideña, otra sobre la proliferación de bolichitos de cocina berreta en Palermo, otra sobre supermercados, otra sobre las revistas de vinos y por último, una sobre el boom de mermeladas artesanales y otros productos espantosos. ¡Espero sus comentarios y las veo ahí todos los meses!

La teoría de la máscara

Hasta hace unos siete años, para mí, Hugh Grant era horrible. No entendía cómo un actor sin estampa de galán, con cara de quinceañera enfermiza y pinta de metrosexual histérico podía estar al frente de una comedia romántica. De verlo, Cary Grant se hubiera vuelto a morir, pensaba yo, escandalizada porque el público estaba de acuerdo con que la heroína terminara en brazos de ese alfeñique blancuzco con pecho endeble de mujercita. Pero una tarde, haciendo zapping en el cable, lo encontré dando una larga entrevista en el Actor´s Studio y —como si me hubiera lavado la cabeza una organización terrorista— pasé del odio al amor en cuestión de minutos.

A la distancia, me cuesta precisar cuál fue el momento en el que me enamoré de Hugh Grant, pero estoy segura de que fue cuando se puso a recitar el poema Beowulf de memoria. Yo lo había odiado diez largos años, pero esa tarde, cuando descubrí que era inteligente y dueño de un humor agudo y encantador, de repente me empezó a gustar.

Antes de esa entrevista, yo siempre había estado convencida de que Hugh Grant no hacía papeles dramáticos porque era mal actor; ahora me parecía un síntoma de genio que sólo hiciera comedias. Antes de esa entrevista siempre lo había visto como un debilucho; ahora como un hombre de intelecto sensible que esquivaba la confrontación. Antes de esa entrevista yo siempre había visto su cara surcada por una sonrisa estúpida; ahora, en sus gestos, descubría gestos altivos de galán inglés. Y no era un acto racional, ni una negociación conmigo misma. Nunca pensé que debería compensar su físico con su inteligencia. Era magia pura: él no cambió en nada su aspecto físico y yo empecé a ver buenmozo.

Lo mismo me pasó con Robert Downey Jr. Hasta hace unos días tampoco entendía qué le veían las mujeres a ese enano con ojos de huevo duro. Ni siquiera era buen tipo; la mitad del tiempo estaba entrando y saliendo de la cárcel por manejar drogado. Pero la semana pasada, lo descubrí como Larry Paul, un abogado divertido que toca el piano en la cuarta temporada de Ally McBeal, y de nuevo, pasé del desprecio al fervor adolescente en un solo capítulo. Después de odiarlo por años, lo vi con otros anteojos y una corbata distinta, y sentí como si como si me hubieran quitado un antifaz que me nublaba el buen juicio. Sabrá el azar por qué, pero ese día se corrió un telón imaginario y pude sentir lo que las demás ya habían sentido toda la vida. Amor, lujuria, fanatismo. Y no por Larry Paul sino el mismísimo Robert, el de los ojos de huevo duro.

De vez en cuando, las mujeres tenemos esta suerte de epifanía amorosa. Después de odiar o de ser indiferentes a un hombre durante diez años, lo vemos en otro entorno o con otra ropa, y de repente, como si se sacara una máscara de la cara, lo empezamos a ver distinto. No es un proceso. Es un switch on/off. Un chispazo. Un telón que se corre. Es como esos juegos de ilusiones ópticas en los que hay que ver figuras adentro de otras figuras: cuando yo no le veía el atractivo a Hugh Grant era como esa gente que se esfuerza pero no logra ver las flores escondidas en un panel de cuadraditos de colores. Veía el fondo y no la figura. No entendía su potencial ni su encanto; al menos no como lo entendían las demás.

En el cine, la escena de la epifanía amorosa es un clásico de la comedia romántica. La heroína, que hasta ese momento está cerrada al amor, ve al galán jugando con nenes, divirtiéndose con su propia familia, o ayudando en la cocina y descubre algo esencial que antes era invisible. O para decirlo más simple: de repente lo ve lindo. Y ante la imposibilidad de expresar verbalmente ese hallazgo, la cámara le hace la gauchada de filmar cámara lenta o le ponen música tierna para que el espectador se entere de lo que está sintiendo la actriz.

Alguna vez, para mí, Hugh Grant y Robert Downey Jr fueron horribles. Hoy, junto a Cary Grant, son dos de mis galanes preferidos. Quizás, como en las comedias románticas, el amor sea cuestión de esperar el momento preciso. Un poema, un chiste ácido, o una corbata distinta y ahí está: una mirada profunda como un río en donde antes había ojos de huevo duro.

25 mentiras que decimos las mujeres

  1. El lunes empiezo.
  2. Nos vamos a dar una última oportunidad.
  3. No se bancó una mina bien plantada como yo.
  4. Quizás perdió mi teléfono.
  5. No se separa por los nenes, pero hace mucho que están mal y duermen en camas separadas.
  6. Le gusto pero no sabe como acercarse.
  7. No lo pienso llamar.
  8. Es caro, pero lo voy a usar con todo.
  9. Si mi novio me hiciera algo así, lo pondría de patitas en la calle.
  10. Yo puedo perdonar cualquier cosa, menos la mentira.
  11. Es sólo una amiga.
  12. No es la plata, lo que me molesta es la actitud.
  13. Me quiere a su manera.
  14. Nunca voy a ser de esas madres primerizas que sólo hablan de caca y pañales.
  15. No me voy a acostar con él, sólo quiero saber cómo está.
  16. Solo voy a comer un poquito, para probar.
  17. Jamás perdonaría una infidelidad.
  18. Es sólo un amigo.
  19. Yo no voy a levantar eso, lo voy a dejar así hasta que vos lo levantes.
  20. Estaba borracha.
  21. Estaba en oferta, me costó diez pesos.
  22. Estoy confundida.
  23. No sos vos, soy yo.
  24. No les voy a dar el gusto de verme llorar.
  25. Si cruzás esa puerta no me ves nunca más.

Ciega a citas

ciega3d.jpgComo todos los lectores de Bestiaria saben, tengo un segundo blog en el diario Crítica llamado La peleadora. En el primero, mis lectores me dicen Bestiaria, Besti o Carolina; en el segundo me dicen Peleadora o Pelia. Lo que muchos no saben (aunque algunos sospechan y otros aseguran) es que el año pasado tuve un tercer blog y desde entonces tengo también un tercer apodo. El blog se llama Ciega a citas, y ahí, mis lectores todavía me dicen Lucía, Lulú o LG.

Ciega a citas cuenta la historia de Lucía G, una periodista soltera de 30 años que un día descubre que su madre apostó que iría sola, gorda y vestida de negro al casamiento de la hermana menor de la familia y decide hacer cualquier cosa (literalmente, cualquier cosa: volver con viejos amantes, citas a ciegas, búsqueda de pareja por internet) para no ir sola a la fiesta de casamiento.

Durante nueve meses (Desde noviembre del 2007 a junio del 2008) escribí en primera persona la vida de LG. Todos los días, por la tarde o por la noche, conté un capítulo de su historia, a modo de folletín, como si fuese la telenovela de las cinco de la tarde: a veces una cita patética, o el episodio de alguna relación fallida, una reunión del dietaclub, un domingo en pijama mirando tv berreta, una reunión con amigas casadas que hablan de pañales, un encuentro horrible con un candidato que conoció en internet o alguna reflexión irónica sobre su agobiante soltería.

Escribir en vivo esta novela fragmentada en 250 capítulos fue lo más alucinante que me pasó en la vida. Es muy difícil escribir durante tanto tiempo metida en un personaje y lograr que los lectores no pierdan tensión ni interés y se muerdan las uñas por saber que sigue al día siguiente. Durante ese tiempo tuve que interpretar a Lucía en los comentarios, armar una estructura dinámica y coherente, transmitir todas las emociones y detalles de la historia en una sola anécdota diaria y por sobre todas las cosas, equivocarme lo menos posible, porque en los blogs en vivo no se puede borrar ni volver atrás, la goma no existe.

Ciega a citas fue, por ahora, el desafío más difícil que tuve. Escribí el 24 de diciembre a la noche, cuando estuve enferma, en un viaje de vacaciones o después de trabajar 15 horas en otro proyecto, y si bien fue un proyecto enorme y delirante, nada me hizo más feliz que ser LG durante esos meses de mi vida.

Si bien LG no es nadie real, la vida de Lucía está basada en mi vida de soltera y en la de mis amigas. La historia no sucedió exactamente como sucede en el blog, aunque gran parte de esa vida es cierta. Muchas de sus citas, de sus sentimientos, de sus luchas cotidianas fueron mías. Jamás disimulé mi estilo ni cambié un adjetivo para despistar, apenas me puse otro nombre. Sé que muchos estuvieron seguros de que era yo desde el primer momento y otros estuvieron convencidos de que Lucía estaba ahí, detrás del monitor, leyendo lo que escribían. Da igual. Nunca me pareció importante nada que estuviera relacionado con la intimidad del autor, porque de una forma o de otra, Lucía estaba ahí conmigo. Se podría decir que es uno de los personajes de Bestiaria o la encarnación de una de sus teorías; o mejor todavía, que Bestiaria empezó con mi vida de casada y Ciega a Citas contó mis días de soltera.

El blog concluyó el día del casamiento de Irina, la hermana de Lucía. Llegó a tener 15,000 visitas diarias en su último capítulo, 1000 comentarios por día, 2800 fans en Facebook y un par de copias bastante patéticas que previsiblemente no prosperaron.

Hace unos meses, el blog se transformó en libro editado por el sello Aguilar. Se imprimió con mi seudónimo, Lucía González, para que mi personaje siguiera existiendo allá fuera, en el mundo real, en las computadoras de la librería Yenny, en los catálogos editoriales, en los afiches de publicidad, en la wikipedia, en los diarios de todo el país. Incluso, junto a la gente de Alfaguara —que está más loca que yo— hice la prensa como si fuera ella (di notas a la radio con otra voz, tuve dos celulares —uno de Carolina y uno de Lucía—, contesté entrevistas para muchísimos medios, e incluso rechacé propuestas editoriales y Reality shows como si fuese, efectivamente LG. Háganme acordar que les cuente el día que hablé por error con Arturo Pérez Reverte).

Pero además de existir en internet y en papel, dentro de poco tiempo, Ciega a citas será también de carne y hueso. En este momento el blog está siendo adaptado para ser una serie de televisión por FOX Internacional y Rosstoc, la productora de Gastón Pauls y Alejandro Suaya. Será el primer blog en español que se adapte para televisión, y eso no deja de llenarme de felicidad vanidosa y estadística.


Ese 1 de noviembre de 2007, la historia de LG comenzaba así:

Ayer tendría que haber matado a mi madre y a mi hermana, pero en vez de apuñalarlas me comí medio lemon pie y lloré.

Mi hermana menor, Irina, nos invitó a cenar a su casa para darnos una sorpresa: que se casaba en siete meses y medio. La noticia no orprendió a nadie. Está de novia hace cuatro años y siempre supimos que su soltería iba a terminar antes de esa manera: con un novio impecable, una relación soñada y una boda perfecta. Así que hicimos lo que había que hacer, festejar. Brindamos, comimos cosas ricas, discutimos un poco, miramos vestidos en una revista y diseñamos un menú imaginario tiradas en el sillón del living.

Todo parecía ir relativamente bien (lo que es mucho en mi familia) hasta la hora del café, cuando yendo al baño me llevé la sorpresa de mi vida. Mientras me estaba lavando las manos, escuché a lo lejos una conversación que todavía me cuesta asumir como real. Mi mamá le decía a mi hermana que esta boda iba a ser muy difícil para mí, porque yo era la mayor de las dos (tengo treinta años y ella veintisiete) y la que tenía que casarse primero. Que yo tenía el peor trabajo (soy periodista y gano una miseria, es cierto), que no tenía pareja (¿cómo sabe?), que estaba gorda (tengo unos doce kilos de más) y que mi vida no iba hacia ningún lado (cierto también). Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue el final. Dijo que el casamiento iba a ser una doble tragedia, porque mi familia iba a sufrir tanto como yo al verme bailar sola y borracha mientras mi hermana menor se casaba con el amor de su vida.

Mi hermana, sin embargo, no estuvo de acuerdo. Le preguntó cómo sabía ella que yo iba a ir sola. “Quizás esté con alguien que no conocemos.” Pero mi mamá respondió enseguida que ella sabía que yo iba a ir sola por una razón muy simple: siempre iba a sola a todos lados. (Seguir leyendo)

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