Mi nueva novela, "El efecto Noemí"



Acaba de salir mi tercer libro, que a la vez es mi primera novela. Se llama "El efecto Noemí" y ya está en todas las librerías de Argentina y Uruguay. Pueden ver el book tailer acá y leer el primer capítulo en este link. Lo voy a presentar el día jueves 24/11 en Libros del Pasajen a las 19.30 junto a Josefina Licitra (¡que acaba de estrenar libro también!) y Eugenia Zicavo. Los espero a todos ese día.

Ser rubia en los noventa

Cuando yo era chica, todas las nenas queríamos ser rubias. En esa época, el pelo dorado era la prueba irrefutable de la belleza, un certificado de sensualidad. Barbie era rubia. She-ra era rubia. Mary Ingalls, la Bella Durmiente, Cenicienta, la Pitufina. Salvo Blancanieves, todas las heroínas eran rubias.

Y no era una superstición exclusiva de las nenas, sino todo lo contrario. En las telenovelas, en los dibujitos, hasta en los libros de cuentos, sólo a las brujas y a las malas les tocaba el pelo oscuro. Hasta los chicos, susceptibles a ese encanto, compartían la misma preferencia: no había grado en el que los varones no suspiraran por alguna nena de rizos dorados, mientras que nosotras —fatalmente morochas de pelo arratonado— sufríamos en silencio por haber nacido del otro lado de la medianera.

Por eso, en la década del noventa, cuando por fin entramos en la adolescencia y nos dejaron teñir el pelo, todas corrimos a aclararnos el pelo. No un decolorado total, sino unos reflejos finitos con gorra o algunas mechas grandes en el flequillo, una iluminación. En el fondo, nos hubiera gustado hacernos una tintura completa y amanecer con la cabeza albina, pero no lo podíamos hacer. Una tintura total hubiera significado un fracaso, reconocer ante las rubias naturales que en el fondo siempre habíamos querido ser como ellas. Los claritos eran el punto medio: seguíamos siendo castañas aunque no lo pareciéramos. No nos habíamos rendido sino firmado una tregua.

Más adelante, en la adolescencia más álgida empezamos a hacer lo contrario y nos rebelábamos contra el sistema tiñéndonos de borravino o de negro. Ni hablar si eras rubia natural y te oscurecías el pelo. Ese era el paradigma de ser distinta, de estar de vuelta, de protestar contra la dictadura de la belleza seriada y noventera. Jurábamos que nos gustaba, que las morochas eran más lindas, pero en el fondo no estábamos buscando una belleza distinta, sino liberarnos para ser feas. No queríamos ser morenas. Solo queríamos probar que no nos importaba no haber sido como ellas. Por otro lado, hay que reconocer que esa supuesta fealdad era a veces muy real. En esa época no existían los matizadores sin amoníaco, ni los productos para proteger el pelo teñido, ni las ampollas sofisticadas que hay hoy. El tono, tal cual salía del pomo nos duraba dos semanas. Después de esa fecha, el pelo se ponía verde o parecía un saco de piel viejo y de mala calidad.

Recién en la década siguiente, con el abandono de la etapa menemista y de la dictadura del reflejo, el bronceado y la planchita, volvimos a abrazar el color cobrizo o chocolate con felicidad. No había cambiado nada. Simplemente habían pasado veinticinco años, nos habíamos hartado de ser todas iguales, y Julia Roberts había hecho carrera. Ya a nadie le importaba ser rubia. De hecho era vulgar, algo ostentoso, típico de una época que nadie quería recordar.

Sin embargo, nobleza obliga, hay que admitir que algo de esta fantasía todavía  nos queda. Nosotras lo habremos superado, pero por más Pocahontas y la Sirenita que hayan visto, hoy en día, casi todas las nenas de cinco años siguen prefiriendo a la Cenicienta.

5 diferencias entre la descontrolada y la compuestita

Cuando rompe con alguien (una amiga, un novio, un viejo jefe), la compuestita apuesta al balance. Hace una lista de cosas en las que piensa que él se equivocó y –digna, medida, madura− le pide a él que enumere todas las cosas que ella podría haber mejorado, para poder darle un cierre a la relación, pero también para saber qué cosas debería trabajar en sus futuros vínculos. Su frase de cabecera: “No nos hagamos más daño”

La descontrolada vomita toda clase de reproches en un monólogo conspirativo y despechado que no deja lugar a réplica. Alterna los reproches con insultos, amenazas (contra su vida, la de él y de la futuras novias), pedidos de reconciliación, llanto y confesiones deprimentes. Cuando el otro quiere hablar, llora desconsoladamente, porque es un animal y no mide lo que está diciendo. Su frase de cabecera: “Te voy a hacer mierda”

En su relación cotidiana con su pareja, la compuestita ya aprendió que hay terrenos más complicados que otros. Prefiere evitar ciertos temas explosivos, no nombrar a algunos miembros de la familia, y ser particularmente tolerante con los hábitos y rutinas que el otro no puede abandonar. No tiene sentido seguir peleando sobre lo mismo después de tanto tiempo, el vínculo se va resquebrajando. Qué piensa: “Yo lo conocí así, ahora no le puedo pedir que cambie”.

La descontrolada promete cambiar después de cada pelea, pero nunca cumple. Le vuelve a decir que se abrigue, insiste en preguntar en qué está pensando, y le reprocha que nunca la escucha, sugiere que no la quiere (y nunca la quiso) en todas las discusiones, a sabiendas que esa insistencia los va a conducir al desastre. Quiere parar, pero su neurosis es más fuerte. Qué piensa: “A mí, este no me va a ganar”


Cuando vuelve de vacaciones y se pesa, la compuestita evalúa el daño y decide hacer un plan riguroso de alimentación que le haga bajar esos cinco kilos en un mes. Si es necesario, agrega deporte o consulta un especialista para que la contenga. Su mantra: “Sólo por hoy”.
La descontrolada se pesa y el número la angustia tanto que patea la balanza como una pandilla de bárbaros, se relaja, y se come tres porciones de pizza del día anterior, mientras llora copiosamente. Su mantra: “Empiezo el lunes que viene”.

La compuestita hace dos o tres clases de deportes. Le gustan las clases con música, va a pilates o a yoga y cada vez que puede sale a correr. Sin embargo, no especula. No sabe cuántas calorías quema, ni qué ejercicios son para levantar la cola. Lo hace porque se quiere sentir bien, porque el ejercicio la despeja, porque si no lo hace “siente que le falta algo”. Su filosofía: “Mente sana, cuerpo sano”.

La descontrolada llega al gimnasio dos días antes de que estalle el verano, luego de probarse una musculosa y ver que tiene los brazos más flácidos que el año pasado. Se la pasa googleando cuántas calorías quemó en la clase y preguntándole a la profesora cuándo va a ver cambios. Su filosofía: “Si la mente no es sana, compensemos con el cuerpo”.

La compuestita tiene un peluquero de toda la vida, al que visita cada dos meses para que le haga lo mismo de siempre: cortarle las puntas y un baño de crema. Cada tanto piensa en hacerse un cambio: un desgastado o cambiarse el color, cortase bien cortito y no volverse a peinar nunca. Pero al final, nunca se anima porque tiene miedo y sabe lo mal que lo va a pasar esperando que crezca de nuevo. Su miedo: arrepentirse de lo que hizo.

La descontrolada se cambia el look cada dos meses, pero nunca por elección, sino para arreglar el desastre anterior. Se tiñó de negro un domingo que estaba aburrida, después se lo tuvo que decolorar para volver al tono anterior, y para rescatarlo le tuvieron que hacer seis baños de crema seguidos y cortarle seis o siete centímetros. Desde entonces, el pelo se le puso poroso, y para evitarlo, se lo alisó. Iba a esperar unos meses, pero se compró un cupón con descuento para hacerse mechas californianas…. Y bueno, con probar no se pierde nada. Su miedo: aburrirse por no haber querido cambiar.

¿Y vos? ¿Qué sos? Contanos en twitter si sos una #compuestita o una #descontrolada.

20 cosas que nos hinchan de los hombres I

1. Que nos obliguen a repetir lo mismo veinte veces seguidas.
2. Que no encuentren nada, a pesar de que esté delante de sus narices.
3. Que no escuchen lo que estamos diciendo.
4. Que busquen las cosas con desgano, mirando hacia cualquier lado.
5. Que se crean los dueños del control remoto y los guardianes de todos los aparatos tecnológicos de la casa.
6. Que nos traten como a un hermano: nos tiren al agua, nos salpiquen, nos aplasten, nos despeinen, nos hagan cosquillas.
7. Que mojen todo el piso cuando se bañan.
8. Que no se fijen en los detalles y les de lo mismo comer de la fuente, con o sin individual, en una taza que ya usaron esa mañana.
9. Que nos digan “tranquilízate” o “relájate” cuando estamos gritando.
10. Que digan “ya voy” cuando tienen que sacar la basura, atender el teléfono, lavar los platos, cambiar los pañales.
11. Que nos pregunten “si nos está por venir” cada vez que estamos sensibles.
12. Que piensen que todos los hombres con los que hablás se quieren acostar con vos pero que no se den cuenta cuando una chica quiere algo más con ellos.
13. Que nunca le digan de verdad como están ni cómo se sienten a sus amigos.
14. Que odien que llores mientras discuten.
15. Que nunca lloren y se enojen si les decimos que llorar está bien.
16. Que nos pregunten a dónde vamos doscientas veces, a pesar de que les hayamos dicho todos los días que teníamos que ir al médico.
17. Que regalen mal.
18. Que no se den cuenta de los cambios de pelo, ni de la ropa nueva, ni de esos dos kilos menos.
19. Que crean que todo lo que hacemos se hace en dos minutos y sin esfuerzo.
20. Que con el paso del tiempo empiecen a dar besos largos sólo antes de tener sexo.

Locas de amor

Cuando yo era chica, en mi barrio había tres locos: dos hombres y una mujer. El primero era un viejo italiano que vivía enfrente de casa y que había combatido en la segunda guerra mundial. El segundo era el hijo del ferretero de la esquina, y le decíamos Traverso porque lo único que hacía era manejar un auto de carrera invisible por la calle y hacer ruido de motor con la boca. La mujer no sé en donde vivía, pero daba vueltas por la plaza hablando sola con una cartera llena de pinturitas y perfumes. Algunos decían que se le había muerto el marido en un accidente de autos (a veces había un bebé, a manejaba ella, a veces iba sola) y otros que había enloquecido cuando la dejó plantada en el altar un marinero de la Fragata Sarmiento.

En esa misma época, tenía otro loco cerca de la escuela, un viejo diminuto que caminaba como un cabrito y nos esperaba a la salida de gimnasia para hablar incoherencias. Se llamaba Peter y era igual a Roberto Benigni. Idéntico. En ese entonces, las maestras nos pedían que no le prestáramos atención porque era un viejo verde y nos podía hacer “cualquier cosa”, pero en el barrio se sabía que estaba senil desde hacía algunos años y que lo dejaban suelto porque en la casa no lo soportaba nadie y se ponía muy nervioso con el encierro.

En Belgrano —a donde me mudé cuando me fui a vivir sola— tuve dos locos más: un señor que no quiso volver a hablar después de que la DGI le remató el negocio, y Nidia, una ex cantante de boleros de setenta años. Según me dijeron, Nidia se había enamorado de un delincuente que le pegaba y se jugaba todo en el hipódromo de Palermo, que después la dejó para casarse con la hija del dueño de un frigorífico. Se deprimió tanto, que empezó a tomar y no pudo cantar más, y para subsistir fue vendiendo las plumas, los zapatos, las joyas y la colección de sombreros hasta quedar en la pobreza absoluta. Con el tiempo, empezó a hablar sola y un poco por el aislamiento y otra por falta de fondos, empezó a acostarse con cualquier hombre que quisiera pagarle las cuentas o hacerle un regalito.

Ahora, en Recoleta, con mi marido tenemos una sola —una mujer mayor que vive arriba de una pizzería en Juncal y Agüero, que le grita por la ventana a un hijo de puta omniprescente mientras revolea unos papeles que según ella certifican que “la casa que le robó ese mentiroso de mierda era de ella”— pero cuando visito a mi mamá me cruzo con otra, una señora coqueta que está todo el día manteniendo un diálogo imaginario con los taxistas que paran en Libertador y Olleros. ¿Con vos me voy a ir? ¡Ja, ni lo sueñes! ¡Ni bola te doy! ¡Ni bola! ¿Oíste? Les grita, desde su boca demente y vanidosa, a los choferes que la miran extrañados mientras se comen un pebete de salame en la YPF que está enfrente.

Y esos son sólo los míos, los que yo conozco en vivo y en directo, pero en todos los barrios — incluso los de Capital Federal— hay un par de locos sueltos cuya tradición e historia rueda como una bola de nieve por las veredas de vecinas que simulan baldear todas las mañanas para agregarle detalle a las andanzas de estos personajes seniles. La mayoría de sus historias son ficticias o como mucho mitad y mitad: un poco de realidad con un toquecito de adorno barrial y alguna confusión inocente de por medio. 

Lo cierto es que, inventadas o reales, en el imaginario popular, la locura masculina está llena de matices. Cada historia parece escrita por un autor distinto. Hay hombres que enloquecen por orgullo, otros por obsesión, algunos por paranoia, un par por nostalgia o tristeza y otros por culpa. A los locos los persigue la CIA o los OVNIS, odian al enemigo en la trinchera, le temen a un doctor imaginario, se ensañan con una madre que está muerta, o con la multinacional que los empujó a la ruina. 

Las locuras femeninas, en cambio, siempre parecen escritas por Corín Tellado. Cambian los nombres de las calles y los vecinos, pero en todos los barrios, las mujeres sólo enloquecen por amor. Sus historias siempre tienen como eje la pérdida del ser querido, la soledad, un hombre que se va con otra, un hijo que se muere. Nunca hay conspiraciones internacionales, ni guerras antiguas, ni espías de la KGB. A las locas no las persigue nadie, a las locas las dejan.

 
Licencia de Creative Commons
Bestiaria by Carolina Aguirre is licensed under a Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported License.
Based on a work at bestiaria.blogspot.com.
Permissions beyond the scope of this license may be available at http://bestiaria.blogspot.com.