11 mayo 2008

Y Dios creó a la mujer...

blog de carolina aguirre

Columna Revista Gataflora Abril 2008

Según la religión cristiana, en el sexto día Dios creó al hombre, y como lo vio demasiado solo, tomó su costilla y creó también una mujer para que le haga compañía. Por el contrario, en la mitología griega, Zeus hizo una mujer de arcilla, pero no para entretener al hombre, sino para castigarlo por su soberbia. Desde entonces esta ecuación precaria se repite en todas las fábulas: en los cuentos infantiles, las telenovelas y en las comedias románticas. Desde la Biblia hasta Pigmalión. De maneras más o menos evidentes, es el hombre a través de su deseo quien le da sentido y vida a la mujer.

La Sirenita, por ejemplo, cuenta la historia de una sirena hermosa de voz dulce, que se enamora a primera vista de un joven capitán a quien rescata de un naufragio. Conmocionado por el accidente, cuando el capitán despierta, la confunde con otra mujer, a quien le propone casamiento. La Sirenita, entonces, consulta a una bruja mala, quien le da un par de piernas de mujer a cambio de su bella voz, bajo la advertencia de que podrá recuperarla sólo si logra que el capitán se enamore de ella.

La historia de la Cenicienta es parecida. Una joven hermosa es obligada a servir como esclava a su madrastra y a sus dos hijas feas, hasta que un día con la ayuda de un hada madrina, -que le da un vestido y un carruaje hasta las doce de la noche- asiste a un baile en el palacio real, en donde conoce al príncipe del reino, quien la rescata de su familia y la lleva a vivir con él.

En la Bella Durmiente, la protagonista es una hermosa princesa víctima de un embrujo. Un hada maligna la condena a permanecer dormida durante cien años, y un hada buena, para ayudarla, modifica ese hechizo para que se despierte cuando un joven príncipe se enamore y la bese.

Tanto en la Sirenita, como en la Cenicienta, como en la Bella Durmiente, Blancanieves o Rapunzel, para dar algunos ejemplos, sólo el hombre puede darle sentido a la vida de la mujer. La mujer es un ente inmóvil sin ambiciones ni sueños, paralizado en su propia tragedia, hasta que un príncipe valiente la rescata, le devuelve su voz, la libera de la esclavitud o la vuelve a la vida con un beso.

Por otro lado, Blancanieves duerme en una caja de cristal, Rapunzel vive prisionera en una torre, la Bella Durmiente está en coma en un castillo abandonado, la sirenita aislada debajo del mar. Pareciera que todas las mujeres de los cuentos están adormiladas, atontadas, al margen del mundo real, y que los hombres fueran los encargados de volverlas a la realidad. Sus besos les dan vida, como si fueran muñecos de arcilla. Los hombres son como dioses creadores y las mujeres, animales mitológicos o muñecos que sólo con el deseo de un otro se transforman en una persona completa.

En los cuentos infantiles, además, las mujeres son objetos que poseen belleza como único atributo. Y este atributo a su vez les confiere su esencia: las mujeres lindas son buenas, y las malas son feas. Mientras que las primeras enamoran al príncipe valiente con esa cualidad única e insuficiente, a las segundas solo les queda conspirar y sentir envidia. No hay otra opción. En los cuentos las mujeres buenas no existen; la protagonista debe conformarse con la ayuda de animales, seres fantásticos, enanos o leñadores desconocidos.

En “El príncipe encantado”, a primera vista pareciera que la ecuación de invierte: una mujer debe besar a un sapo que en realidad es un príncipe. Pero la premisa es engañosa, porque la moraleja de la historia (y su posterior simbolismo en el cotorreo femenino de peluquería) dice lo opuesto: que una mujer que no se fija en la apariencia de un hombre, puede llevarse una sorpresa y quedarse con un príncipe. Es decir, ganar el premio máximo: un hombre rico.

Las burbujas de las fábulas en las que el príncipe es siempre virtuoso y valiente y la mujer siempre bella e indefensa, persistieron hasta que los hombres se destruyeron en las guerras mundiales. Sólo entonces la realidad transformó la fábula y las mujeres salieron de sus castillos a trabajar, a estudiar y a conocer el mundo. Sin embargo, pasado el tiempo, las cosas parecen volver al mismo lugar. A pesar de que en las jugueterías hay celulares con música, computadoras y patinetas, hoy, millones de años después de Adán y Eva, el producto más vendido no es otro que el disfraz de princesa.

24 abril 2008

La gavilana

La gavilana realiza un trabajo irritante y minucioso muy parecido al control de calidad de los laboratorios. La única diferencia es que lo suyo es ad honorem; es como una supervisora espontánea y autogestionada del mundo, que —sin que nadie se lo pida— trabaja fiscalizando todo lo que pasa a su alrededor.

Desde que nace la gavilana tiene el mismo espíritu controlador. Sus primeras palabras no tienen nada que ver con el amor filial; lo primero que dice es "no" y “mío”. Ya a los cuatro años se dedica, como el adalid de un orfanato, a supervisar los movimientos de su hermano menor. Su voz es como una sirena. No pasan dos minutos sin que se escuchen sus agudas denuncias de alcahueta: “Mamá, Pedro está tocando el horno”, “Mamá, Pedro puso el canal que nos dijiste que no miremos”, “Mamá, Pedro dice que Papá Noel no existe”, “Mamá, Pedro respira más de lo que debe”.

Más tarde, es la alumna que le avisa a la maestra que alguien se está copiando, y la que se pone a llorar histérica cuando sus amiguitos se le amotinan y no quieren jugar con las reglas que ella pautó.

De grande, la gavilana vigila su territorio como un perro guardián. Si alguien (su marido, una amiga, una hija, por ejemplo) cocina en su cocina, merodea la cacerola como un buitre que sobrevuela un nido, e imparte órdenes disimuladas en forma de pregunta (¿Cebolla no le ponés? ¿Así de rapidito lo sacás del horno? ¿Ni un chorrito de leche lleva?). Pero no se queda ahí. Apenas el chef se da vuelta, la gavilana se abalanza sobre la cacerola para bajarle el fuego "porque se estaba quemando", agregarle sal "porque le faltaba un poquito" o una pizca de azúcar “para quitarle el amargor”.

Cuando ella cocina tampoco deja que nadie disfrute de la cena. Se la pasa dando indicaciones de cómo hay que consumir el plato, y si alguien elige comerlo de un modo distinto (separado, picado, frío, poniéndole mayonesa, por ejemplo) lo sermonea como un disco rayado o aprovecha un descuido para tirarle salsa arriba del plato o corregir el aliño como ella había determinado que debía ser en un principio.

Si tiene una mucama, por ejemplo, la gavilana la persigue por toda la casa con un trapo secundario, limpiando encima de la empleada y reacomodando los adornos de porcelana que corrió para limpiar la chimenea, mientras le dice –con falso entusiasmo- “Elllllllllvira, ¿Sabés qué? Las casitas de cerámica las ponemos asíiiiiii”.

En general, su técnica controladora atraviesa cuatro estadios: la persuasión, la súplica, la amenaza y finalmente, el regalo. Arranca diciéndole a su marido lo que tiene que ir a un casamiento con un traje azul.

“Bueno, yo sólo digo, que lo mejor es ir con el traje azul… Vos andá con el que quieras, pero ahí se va con traje azul… Los demás todos van a ir de azul. Vos hacé lo que quieras, yo solo digo…. Todos van de azul”.
Si su marido se niega rotundamente a ir con ese traje, la gavilana, con lágrimas en los ojos, que por favor que no la avergüence yendo vestido de cualquier manera.
“Todos van a ir de azul, vos siempre dando la nota, siempre haciéndome pasar vergüenza en público.”
Si tampoco consigue lo que busca, lo amenaza:
“Desde ya te aviso que yo con vos vestido de cualquier manera no voy. Si querés ir conmigo te ponés un traje azul como todos los demás. Yo no voy a pasar vergüenza. Punto”
Pero sí aún así no puede salirse con la suya, adopta un método más práctico y eficaz. Se aparece con un traje azul envuelto para regalo, una sonrisa encantadora y dice:
“¡Sorpresa! Tengo algo para vos, algo que te va a encantar"
Es la misma, además, que mientras alguien le habla, le mira fijo sus zapatos viejos, la misma clava la vista en el cuenco vacío de un tuerto que pide limosna, la misma que pregunta “¿Esto se puede tirar? cuando alguien apoya un papel al lado del teléfono o termina de leer un diario, la misma que nos arruina la sobremesa porque debe levantar los platos apenas el último comensal cruza los cubiertos y por último, la misma que cuando alguien se fastidia de su supervisión y le pide de rodillas que lo deje en paz, rompe en llanto plañidero y culposo, gritando que no era para tanto, que ella sólo quería ayudar.

29 marzo 2008

Extraña pareja

Las mujeres estamos convencidas de que nuestra pareja es algo de otro mundo. Que nuestros problemas y anécdotas son la expresión más particular y sofisticada del amor. Que nuestros recuerdos deberían ser un libro, una comedia romántica, o por lo menos una anécdota curiosa que viaja de sobremesa en sobremesa.

Esta creencia torpe e ingenua a mí me parece encantadora. Como un coleccionista apasionado, cada vez que una mujer me cuenta las primeras citas con su novio, me fascina abrir los ojos bien grandes y decirle que nunca escuché cosa más especial. Nunca falla. Apenas digo que es la mejor historia del mundo, empiezan a soltar la lengua.

La histérica y el boludo son, por ejemplo, el tipo de pareja más común que conozco. Ella es chillona, prepotente y caprichosa, y él es un pancito de Dios. Ella se la pasa cagándolo a pedos delante de todo el mundo, pidiéndole cosas o poniendo mala cara porque trajo las facturas equivocadas, tiró un vaso de agua sobre la alfombra o se olvidó de comprar limones cuando fue al supermercado.

No lo deja hacer nada de nada, principalmente si tiene relación directa con sus amigos de soltero. Si vienen a su casa a comer o a ver un partido, la tolerancia de la histérica dura quince minutos. Pasado ese tiempo, se escucha un graznido que dice: "MAAAAAAAAAAAARCEEEEEEELO VENI POR FAVORRR"), se meten en el cuarto y se escuchan susurros ininteligibles. Cuando Marcelo sale, le dice a sus amigos siempre lo mismo: “Chicos, Maru se siente mal y nos tenemos que ir” o “Chicos, Maru tiene razón, no da que vengan si ustedes no pintaron y empapelaron la casa. Le tenemos que pedir perdón”.

Cuando frecuentan amigos de ella, en cambio, se pone de buen humor y se dedica a hacer chistes despectivos sobre su pareja, ridiculizando sus puntos débiles y contando un montón de intimidades que jamás deberían haber abandonado su habitación. Además, la histérica está obsesionada con que el hermano, el jefe o el socio de su novio lo están cagando y le llena la cabeza de teorías conspirativas para que pida un aumento o se busque un trabajo nuevo.

Si bien nadie la soporta, los amigos nunca le dicen a Marcelo lo que realmente piensan de su novia. Recién el día en el que él toma coraje y la deja, su familia festeja con una suelta de globos y él por fin recibe el aluvión de reproches y anécdotas horribles sobre su ex pareja.

A la inversa, la fanática y el engreído son otro modelo de relación muy común. Por medio de ardides psicópatas, él la convence de que es un héroe griego, y desde ese momento, ella vive para contar anécdotas que ilustren la engreída estampa de semidiós de su pareja. Que sabe todo, que es el más lindo, que siempre tiene razón. Todos los demás viven equivocados a la sombra de este profeta grandilocuente y sabelotodo que nos ilumina con sus anécdotas. Y como si fuera poco, mientras ella relata cómo él se peleo con un amigo, él asiente desde el fondo, como un entrenador de perros orgulloso mirando como su cachorra ataja un huesito de alimento balanceado sin moverse de la mesa.

Cuando sale con sus amigas, la fanática tiene un hábito inmoral y repugnante. Cada vez que alguna relata un defecto de su pareja, ella ofrece un contrapunto fantasioso y edulcorado sobre la suya. Si su amiga se queja de que su novio deja el baño mojado, ella acota que el suyo lo lustra con mirada de rayos laser sin moverse del bidet. Si dice que su novio no cocina, la fanática acota que el suyo la lleva a comer afuera todos los días y a la vuelta la carga en andas y le canta una serenata en la puerta del edificio.

Los siameses, otro estereotipo muy corriente de pareja, borran todos los pronombres, verbos y anécdotas en singular de su vocabulario. Se las ingenian como maestros de la lengua castellana para relatar absolutamente todo en la primera persona del plural: "A nosotros nos encantó esa película", "La zanahoria no nos gusta", "No somos de salir mucho".

Son, además, los creadores del numerito de "cortá vos" (que consiste en llamarse por teléfono y una vez agotada la conversación, exhortar al otro a que corte primero: "Cortá vos" "Nooo, cortá vos", "No, vos", "¡No! ¡Vos") y de "Yo te quiero más", un ritual parecido pero aún más empalagoso, en el que ambos amantes intentan convencer al otro de que ellos aman más: "Yo te amo más", "No, yo más", "No, yo", "¡No! ¡Yo te amo más!".

Previsiblemente, van a todos lados juntos. Él es el boludo que vemos a la salida de una clase esperando a su novia con la campera en la mano, y de ella es la cabecita que se asoma desde el auto cuando él baja para dejar algo en la casa de un amigo.

Otro ejemplo un poco más raro pero frecuente son la boluda y el gritón, que tienen un pacto secreto para mantener viva la relación: él la trata como un trapo de piso y ella lo excusa diciendo que está muy nervioso por el trabajo.

Son, paradójicamente, el matrimonio perfecto. Se complementan de manera vital, necesaria: él precisa a quien pisotear, y ella es una masoquista que encuentra goce en ser pisoteada. Cada vez que él la humilla en público, la increpa por una camisa mal planchada o le dice que es una inútil, ella se autoconvence de que lo soporta porque en el fondo él es bueno y la quiere. Pero la realidad es otra. Debajo de su mansa tolerancia, está segura de que su novio tiene razón: si lo deja se la comen los piojos.

Los presumidos escandalosos, en cambio, se gritan de manera recíproca. Su numerito más famoso es discutir en la calle y que uno se vaya caminando y el otro lo siga y lo agarre del brazo para retenerlo. Son como un espectáculo teatral interactivo, que incluye amigos, transeúntes y policías que no quieren participar de la obra, pero lo terminan haciendo.

Son celosos, posesivos, irracionales y no tienen vergüenza. Hacen cualquier cosa para ser el centro de atención (ya sea para que los miren, los consuelen o los atajen cuando se están por trompear con un tercero). Cuando van a una fiesta, por ejemplo, uno de los dos se emborracha y termina arruinando la velada. A veces ella pone mala cara hasta que él estalla de ira, a veces uno de los dos coquetea con un tercero, y otras veces ella agarra de los pelos a alguna soltera que tuvo la mala idea de mirar de reojo a su novio.

Por teléfono también tienen un show interesante. Mientras ella sale con sus amigas él llama para pelear a su celular. Si ella no lo atiende, insiste al de sus amigas, y si no quieren pasarle con su novia, se va hasta allá y arma un escándalo con botellazos y todo.

Y por último, están el desastre y la salvadora. Antes de conocerla, él era el peor partido del mundo: mujeriego, ludópata, mentiroso, irresponsable. Pegaba los mocos debajo de la mesa, se olía sus medias sucias, se gastaba el sueldo entero en la ruleta. Pero ella ve algo especial en él, lo convierte en su proyecto personal, y luego de un año de convivencia, encuentran una forma de tolerar las mutuas extravagancias.

A pesar de que nadie cree que su relación puede prosperar, se quedan juntos muchísimos años, unidos por un vínculo misterioso y singular, que nadie —ni sus propios hijos— terminan de entender nunca.

01 marzo 2008

Mi nuevo blog

Yo odio a casi todos los taxistas, salvo a los que tienen el auto perfumado y no me hablan en todo el viaje. Tengo problemas con la mayonesa, con la gente que me llama mucho, con los deconocidos que me tocan el timbre, con la gente que me invita a su cumpleaños, con las vendedoras, con los operadores de telefonía celular, con el servicio técnico de mi proveedor de internet, con la u dueña de mi departamento, con mi vecino que escucha cumbia, con los cubiertos de plástico que se rompen, con la gente que condimenta la ensalada en desorden (1. Sal, 2. Aceto, 3. Oliva), con los que dicen "el barba", "el trompa", "el bobo" y otras barbaridades.

Me molesta también que me hablen en el supermercado, que mi marido destroce la comida en el plato, que las mozas se olviden de traerme el limón, que la gente me pregunte la hora si no uso reloj. Es decir, que tengo un carácter de mierda y no puedo remediarlo. Soy como una vieja mañosa de 100 años que se queja de todo

Pero luego de años de soportar mis ataques de ira y mi malhumor crónico, de intentar aplacar mi furia y mis mañas con terapias alternativas, sobornos, súplicas y amenazas, alguien me va a pagar por pelearme con todo el mundo. Mi familia apenas puede creerlo. Creyeron que este carácter iba a hundirme y, por el contrario, no hace más que darme alegrías. No sólo pago la mitad en Fibertel y el verdulero me regala ciruelas para ahorrarse mis quejas. Sino que este temperamento inflamable, además de mi cruz, ahora es mi trabajo.

Desde el 2 de marzo, además de seguir leyéndome -esporádicamente- en Bestiaria podrán ser testigos de mi incoherente malhumor en este blog del diario Crítica.

No tengo que aclarar lo contenta que me pone ser parte de Crítica y todo eso, porque me imaginarían feliz y es algo que no quiero. Yo nunca estoy bien. Soy pesimista: vivo para quejarme y para protestar. No puedo remediarlo. A diferencia del resto del mundo, yo nunca pienso en vasos medios llenos o vasos medios vacíos, yo pienso que el vaso tiene vida, y que me quiere matar.

21 febrero 2008

La vida es sueño

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Columna revista Gataflora Enero 2008

A mí, después del chocolate, lo que más me gusta en el mundo es pensar pavadas. Mi abuela diría que tengo pájaros en la cabeza, pero yo prefiero pensar que soy inocente y cursi como una heroína de folletín.

Durante mucho tiempo creí que soñar despierta la mitad del día era el rasgo más llamativo de mi personalidad. Que ser una soñadora hacendosa y precisa era una cualidad especial, como ser tartamudo, pelirrojo o zurdo lo es para otras personas. Sin embargo, hace unos años, conversando con amigas, me di cuenta de que mi vicio no era mío. Que todas las mujeres pasábamos horas practicando diálogos irreales en voz alta, besándonos con actores de Hollywood entre sueños, o imaginándonos vestidas con el trench de Michelle Morgan y un collar doble de perlas viajando en el Orient Express.

Mis sueños, por ejemplo, siempre tienen que ver con amor y dinero. Me gusta pensar que soy millonaria o que por motivos extraordinarios puedo hacer un gran viaje. Miro un mapa durante horas, elijo falsos itinerarios, e incluso me debato entre dos destinos en puntos opuestos de un mismo continente. Soy una ilusa escrupulosa, cuido todos los detalles: pienso en las vacunas, en cuantos días se necesita para recorrer el país, o si alcanzará con saber inglés y pobre francés para hacerme entender.

Pero no siempre me dediqué a los viajes; cuando era soltera me volcaba más a las tonterías noveleras. Ensayaba mentalmente miles de escenas en las que alguien que me volvía loca en la vida real se enfermaba de amor por mí. Me imaginaba todos los escenarios probables, las líneas de diálogo más originales y me reía en voz alta si el chiste que alguno de mis personajes ameritaba un festejo.

A diferencia de los hombres, las mujeres no soñamos con desprolijidad. Nuestras fantasías son el cuadro hiperrealista de un artista obsesivo. No nos alcanza pensar en un par de brazos fuertes o en un millón de dólares caído del cielo. Para fantasear como se debe, las mujeres necesitamos verosimilitud marcial. Si vamos a soñar que nadamos en dinero, antes de gastar un centavo virtual necesitamos saber cómo llegó esa plata a nuestras manos, si retiramos una suma fija del banco o tenemos baldes llenos de monedas, si vamos a dejar de trabajar de por vida o si vamos a seguir haciéndolo por placer.

Ni siquiera en materia sexual podemos aislar la fantasía de su contexto. No manejamos el delirio abstracto. Si soñamos con un hombre, necesitamos saber –como mínimo- a qué se dedica, cómo nos conocimos, y qué sentimos por él. Sin aclarar ese panorama, las fantasías pierden atractivo. Son como una película pornográfica muy tirada de los pelos que nos deja insatisfechas.

El momento predilecto para pensar tonteras es por la noche, antes de dormir. Mientras encontramos la posición ideal de la almohada, la mayoría de nosotras empieza a esbozar los primeros trazos de un delirio somnoliendo parecido a los libros de Sidney Sheldon. Cada una elige su propia aventura. Algunas hacen escarmentar a su jefa, otras se acuestan con un compañero de facultad, otras le roban el marido a la hermana, y algunas se animan a ganar el Oscar.

Tan minucioso es el desglose de escenas y el pulido de los detalles, que muchas veces nos quedamos dormidas antes de empezar a fantasear, cuando todavía estamos preparando el trasfondo de la historia. Si tenemos una fiesta, por ejemplo, la pre-vivimos veinte veces. Recorremos todos los desenlaces probables con tanto esmero, que difícilmente nos llevemos una sorpresa el día del evento.

Este vicio, sin embargo, tiene efectos colaterales que nos perjudican. El primero es que se multiplican los planteos hipotéticos que le hacemos a los hombres: “Si yo me muriera ¿Con cuál de mis amigas te casarías?”, “Si tuvieras un millón de dólares, ¿en qué los gastarías?” “Si llegamos a viejitos juntos, vos preferirías: A. Morirte primero. B. Que me muera primero yo. C. Que nos muramos juntos en un accidente de tránsito”.

El segundo, es que tenemos miedo de que se nos suelte el último cable conectado al sentido común y se nos borre el delicado límite que separa la realidad de la ficción. Que un día, presas de un delirio romántico, entremos al aula de la universidad vestidas de novia, con todo el maquillaje corrido, a decirle que sí, que nos vamos a casar, a un profesor que apenas si retiene nuestro apellido.

Contra lo que pudiera parecer, este nivel de ensoñación no merma ni con romance ni con billetes. Las fantasías no son, para nosotras, un placebo. Son una forma de vida. Cuando estamos enamoradas, igual soñamos con tener una aventura escandalosa con otro hombre o con hacer escarmentar a un ex novio por indiferente. Nos motiva la venganza. Nos encanta pensar que abandonamos a nuestra pareja (contador, gordito, hipocondríaco) cuando inesperadamente conocemos a un neurólogo valiente del Chicago County Hospital (pintor torturado o empresario italiano también valen) y nos fugamos con él, dejando al gordito hecho pedazos, llorando arrepentido por no habernos acompañado a ver vidrieras o levantado sus propias medias del piso. Si mi abuela supiera, diría que se nos volaron todos los pájaros. Yo, en cambio, prefiero pensar que hacemos justicia.

13 febrero 2008

Un matrimonio perfecto

La razón y los sentimientos son como un matrimonio de viejos locos que se detestan. Viven en la misma casa y muchas veces duermen juntos, pero se llevan tan mal, que no pueden dialogar ni ponerse de acuerdo. Siempre que hablan terminan peleados, sin dirigirse la palabra durante un tiempo.

Cuando una mujer decide casarse con un hombre por su dinero, por ejemplo, el corazón siempre se mete en el medio. Se frunce cuando el marido le pide un beso, mira con lascivia a otros hombres más lindos, y habla todo el día de culpa y remordimiento. Espera calladito y vengativo que la razón se duerma borracha o se distraiga en un acto fallido para ponerla en evidencia delante de todo el mundo.

Lo mismo sucede en el caso inverso: cuando una mujer se enamora, la razón la tortura con que ese hombre es un mujeriego, con que no deja propina o con tiene un edipo mal resuelto. Y por más que los sentimientos se tapen las orejas o pongan la música bien fuerte para no escuchar, siempre se filtra algún pensamiento.

Pero a pesar de que no entienden las razones del otro, la razón y los sentimientos tienen un pacto tácito que respetan a muerte: ante los demás son un frente unido. Son la misma persona. En casa podrán discutir y revolearse todo lo que encuentren, pero de la boca para afuera, los sentimientos y la razón siempre se muestran como un matrimonio perfecto.

06 febrero 2008

Imágenes de mujeres: la quilombera

Cuando cumple los nueve meses de edad, lo primero que dice la quilombera no es ni "mamá" ni "papá". Sus primeras palabras (antes que "tutú", antes de "babau") son “Tenemos que hacer algo” o “¡Hay que ir a hablar!”

De chica o de grande, no hay semana en que la quilombera no haga llamar al encargado de un negocio, quiera ir a hablar a una reunión de consorcio, vaya como representante de sus compañeros a quejarse a la junta directiva del colegio, envíe un mail para exigir un bocinazo, o llame al servicio al consumidor para hacer una denuncia.

Sin embargo, a pesar de que siempre quiere hablar con alguien, su misión tiene muy poco que ver con las palabras. Hablar le da lo mismo que cantar, gritar o revolear papeles. A ella lo que le gusta es "ir a hablar" que es una acción completamente distinta a una charla con otra persona.

Si sólo hay tizas blancas, por ejemplo, la quilombera quiere tomar la universidad. Si el consorcio quiere poner vidrios lisos en vez de esmerilados, quiere armar una asamblea y derrocar al administrador. Si en el trabajo van a cambiar de marca de papel, quiere hacer un piquete a la salida. Nunca acepta una propuesta, o emplea una vía diplomática de negociación. Su respuesta es siempre “no”. Todo es una violación a los derechos, una vergüenza, una maniobra ilegal.

En la secundaria, la quilombera es delegada de su curso. Organiza el viaje de egresados y se amotina en el hotel de Bariloche cuando comen milanesa dos noches seguidas. En la universidad es miembro del centro de estudiantes y militante de alguna agrupación. Es la que nunca está conforme con ningún rector, la que no deja votar a nadie, la que escracha a todos los profesores que la reprueban e interrumpe las clases ajenas para hacerle un homenaje al Che Guevara.

Pero más allá de su pasión minuciosa y dedicada, la quilombera no persigue ningún fin concreto. Milita por militar, por el placer de oponerse. Mientras sus camaradas intentan definir los objetivos de su lucha, a ella le gusta reunirse en asambleas pajeras de cuatro noches para discutir si la bandera debería decir "camaradas" o "compañeros, si van a arrancar la manifestación desde Plaza de Mayo o desde el ministerio o si conviene imprimir panfletos doble faz para ahorrar papel.

La quilombera va a todas las marchas. Incluso si las consignas se contradicen entre sí. Va con Blumberg a pedir mano dura y con un grupo de taxistas a exigir la condena de policías represores. Cualquier problema que ande dando vueltas por ahí le sirve para canalizar su infinita sed de jaleo. Si tiene suerte y va la televisión, puede gritar en el micrófono de un movilero las palabras “injusticia” y "compañeros golpeados" un par de veces. Y si además le pegan un codazo de casualidad, siente el éxtasis divino de haber sido reprimida por luchar por sus ideales.

Así como para un músico tocar una buena guitarra es un sueño, para ella, agarrar un bombo o una pancarta, es un pedazo de cielo. La consigna que escriban sobre la tela es lo de menos, lo importante es golpear el tambor bien fuerte y revolear muchos papelitos.

Cuando es madre, la quilombera defiende a sus hijos con negación vehemente. Mientras que el resto de los padres detesta las reuniones escolares, ella las espera ansiosa porque piensa promover la crucifixión de una maestra o exigir la renuncia del director. La palabra "comité" o "junta" le causa orgasmos múltiples. De sólo pensar en reunirse para armar un petitorio, se hace pis encima de la alegría. Ni siquiera le interesa investigar a fondo la cuestión. Lo importante es agarrárselas con alguien y pasar años alterada por el asunto.

En todas sus actividades, la quilombera desborda con sus problemas a los demás, como una bañadera llena de agua que rebalsa y que moja el piso. Si ella es la encargada de tipear un trabajo en grupo para la facultad, el día de la entrega aparece llorando, pide un abrazo y dice que su cuñada tiene cáncer, para hacer sentir a cualquiera que le pregunte por la monografía una mierda insensible y egoísta.

Si, además, alguien quiere razonar con ella, en seguida apela a la emocionalidad y contraataca con un montón de argumentos irracionales y lágrimas de cocodrilo. Si ella no llevó el trabajo y aplazan a su grupo, no importa, porque hay gente que se caga de hambre. Si ella se olvida de entregar un sobre ajeno en un concurso, no importa porque total todo está podrido y corrupto. Si alguien tiene una opinión distinta a ella es siempre lo mismo: un fascista.

Por otro lado, tener esa veta quilombera tampoco es nada fácil. Muchas veces, sabiendo que le conviene callarse, no puede parar. Termina arruinándose la carrera por su necesidad permanente de pelotera. Su castigo es siempre el mismo: muchas veces, todos los que dijeron estar de acuerdo, dan un paso hacia atrás apenas ella golpea la puerta del director y dice que hay un problema del que tienen que hablar.

Concurso de blogs

Hay un nuevo concurso de artículos de blogs en español sobre leyendas o mitos locales. Para participar, hay que escribir un post contando con un máximo de mil quinientas palabras una curiosidad de tu ciudad o barrio.

¿Recuerdas aquella historia de un barrio, pueblo o ciudad, que cuando llegó a tus oídos pensaste que no era cierta, pero que ahora no estás tan seguro…? Escríbela en forma de post de un blog, envíanosla y participa en nuestro concurso”

El premio, (1.000 € para el mejor post de todos, 500 € para el segundo y 250 € para el tercero), lo elegirán los lectores por medio de un voto online –que ya está disponible en la página-, y un jurado de escritores, bloggers y periodistas de diferentes países. En la página ya hay algunos artículos participantes para empezar a leer y a votar, las bases del concurso, los nombres del jurado y un formulario para mandar el artículo con todos tus datos.

Pero en definitiva, lo único importante es contar una buena historia y escribir bien. Y los que no escriban tan bien, pueden agregar una foto para hacer el relato más atractivo. Tienen hasta el 15 de febrero para hacerlo.

Concurso patrocinado por jpsica.com

17 enero 2008

Somos lo que no comemos

Me niego a compartir el mundo con mujeres que no necesitan hacer dieta. No puedo aceptarlo. Es indignante, inmoral, imposible. Es una cuestión de principios: si tengo que asumir que algunas comen todo lo que quieren sin sufrir las consecuencias, no quiero seguir viviendo.

Supongamos que las mujeres se pueden ordenar de acuerdo a su forma de comer y que en la punta superior están las que apenas prueban bocado (las que se olvidan de almorzar, por ejemplo) y en la otra, la inferior, las golosas insaciables, que como yo, por la noche sueñan con orgías de scones. En el medio quedarían, entonces, las flacas que nunca engordan, las que hacen dieta toda la vida y las gordas resignadas.

Las que a mí me interesan, las que hacen dieta toda la vida, pueden ser gordas o flacas. La silueta es lo de menos. Algunas hacen ayunos, otras se entregan a una fuerza superior, y otras se engañan mientras recuperan los kilos de a poquito. Todas son, a su manera, diferentes; cada una cree en un dios distinto. Sin embargo, hay algo que las une. Bajen o no bajen de peso, están destinadas a una dieta mientras vivan y, a diferencia del resto del mundo, no están definidas por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer, o para ser más clara, por lo que no comen.

La gorda negadora

Mantra: “Yo prefiero tener unos kilos de más pero disfrutar, no me van esas minas que se la pasan contando calorías todo el día”

La negadora vive mirando el canal Gourmet y probando recetas de Narda Lepes como Plumcake con amapolas o Shepherd´s Pie, creyendo que en vez de una adicta imparable, es una sibarita. Como no considera sus excesos gastronómicos como un problema, cree que cuando quiera bajar de peso, lo hará sin mayor inconveniente. Porque “cuando ella se pone, se pone”.

El problema, sin embargo, es que nunca se pone, que nunca se pesa y que no ve la cantidad que come porque cree que los restaurantes sirven platos pequeños para estirar el presupuesto y que los paquetes que dicen “rinde 4 porciones” en realidad son para uno solo.

La negadora siempre hace dieta sola, en su casa, sin consultar a nadie, midiendo la bajada con el talle de pantalón para no enfrentarse a la amarga realidad de la balanza. Opta por versiones extremas, como la dieta de la luna, o la dieta de Atkins, pero después de dos días, cuando se siente una sirena, siempre la deja.

La gorda dietera

Mantra: “Sí, mayonesa light se puede”

A diferencia de la anterior, la gorda dietera tiene la sensación de que vive a dieta desde que tiene doce años. Y digo “la sensación” porque si realmente viviera a dieta, sería flaca.

A pesar de que a veces tiene nada más que cinco kilos de sobrepeso crónico, la gorda dietera ya probó de todo: tratamientos, acupuntura, pastillas, actividad física extrema. Cada vez que arranca un nuevo régimen, se entusiasma y dice que está distinta, que no tiene hambre, que no le cuesta hacerlo y que esa es la solución de su vida.

Sin embargo, son solo palabras. A las dos semanas inexplicablemente empieza a faltar, deja de pesarse, agrega un poquito de comida, y otras delicias de la vida dietera. Delicias, que, por otro lado, anticipan un fracaso estrepitoso y un encuentro esperable con las harinas complejas.

Como la anterior, también vive cocinando, pero para sostener una ingeniería dietética de placebos que la ayuden a sostener el régimen de comidas. Realiza toda clase de recetas en versión light, pasando por tortas, merengues y confituras a base de leche en polvo, edulcorante, gelatina sin sabor y esencias, que si bien tienen menos calorías que sus versiones regulares, son sumamente engordantes de todas maneras.

Es la consumidora número uno de todos los disparates light del mercado. Desde crema 0% grasas hasta salame bajas calorías, y aunque sepa que son engaños viles, prefiere creerse que no engordan antes de cerrar el pico.

La obsesiva

Mantra: “En vez de comer un helado, prefiero comerme 1 barra de cereal + 1 vaso de leche con cacao amargo y edulcorante + 1 banana mediana, que tiene las mismas calorías"

La obsesiva sabe las calorías de todos los alimentos como un fanático religioso que se aprendió la Biblia de memoria. Tiene teorías propias de combinaciones de ingredientes que aceleran el metabolismo, tés diuréticos y otros hechizos (adora la gelatina y las manzanas por ejemplo, pero jamás mezcla pastas con proteínas) y sufre una relación patológica de amor odio con los hidratos de carbono.

Además, vive negociando y calculando el impacto de lo que va a comer como si fuese un corredor de bolsa. Piensa en el gimnasio ya no como una fuente de salud, sino un sistema de reintegro abierto de calorías. Si come un plato de ravioles, por ejemplo, y consume seiscientas calorías en el almuerzo, por la tarde va al gimnasio a quemar otras trescientas para poder hacer una cena más suculenta.

Es previsible, entonces, que suba y baje de peso todo el tiempo. Semejante coordinación y montaje de artimañas dieteras, sólo tiene un final posible: engordar.

La fabuladora

Mantra: “Chicas, chicas, estoy re gorda”


La fabuladora no es flaca, es flaquísima. Su actividad principal es decirle a sus amigas que comió un montón de chanchadas e imitar el tamaño de los alimentos con el contorno de los dedos. Sin embargo, todos los que alguna vez la vieron comer, saben que miente; que cuando jura haberse atracado con un millón de empanadas, en realidad quiere decir que le robó un pedazo de repulgue al novio.

Para probarle a sus desconfiados interlocutores la veracidad de estos supuestos, la fabuladora ejecuta siempre una prueba física: se contorsiona, se agarra la piel de la panza, y, disfrazándola de rollito, pide que todos miren lo gorda que está.

Si además sus amigas hablan de hacer dieta, ella no puede soportar quedarse afuera, y aunque no tenga nada para bajar propone que vayan todas juntas a Figurella o empiecen el mismo día, la dieta Scardale. Si, en cambio, hablan con resignación de lo mucho que comen, ella se muerde el labio inferior y niega con la cabeza mientras repite que no tiene arreglo, que le gustan demasiado los chocolates.

La tramposa

Mantra: “Un poquito no hace nada” “Mañana todo líquido”

La tramposa vive dibujando y reagrupando lo que come como un contador evasor de impuestos. Cada vez que rompe la dieta, en vez de empezar de nuevo o de imponerse disciplina, piensa “bueno, comer media banana más es como si antes hubiera comido una banana más grande” o “en realidad no es tan grave, porque es fruta, es pura agua”.

Lentamente va estirando y deformando las consignas de la dieta, con tanta destreza, que hasta ella misma se convence de que no baja de peso por un problema metabólico. Si el médico le asigna 100 cc de leche descremada por día, arranca tomando leche entera, después la cambia por yogur, más tarde por queso blanco y después por 100 gramos de queso camembert con galletitas.

Siempre posterga el problema o le atribuye el fracaso de su dieta a otros motivos. Se promete a sí misma rutinas de ejercicio para el día siguiente, jura que ese bombón que tiene en la mano será el último y que volverá sin probar bocado de un banquete romano, pero nunca cumple.

Por último, hay algunas menos interesantes pero igualmente reales: la terrorista (que sólo consume tomates cherry y coca light por miedo a engordar), la oral (que se la pasa hablando de calorías, nutrientes, colesterol, mientras se come una hamburguesa en un fast food) y finalmente, la madre represora (que como fue gorda de joven ahora persigue a su rolliza hija de ocho años para que el lunes arranque la dieta de la luna con ella).

06 enero 2008

La nube negra

Dicen que la mayoría de la gente se arrima a sus amigos sólo cuando están en las buenas: cuando alquilan una casa de veraneo, cuando ascienden en el trabajo o cuando se ganan la lotería. La nube negra, sin embargo, es la prueba viviente de que esa conspiración no es más que un prejuicio. Como un tiburón que huele sangre en la inmensidad del mar, o un conductor que baja la velocidad para mirar un accidente, cada vez que alguien tiene una mala noticia, la primera en acercarse es ella.

La nube negra es un juglar de pesimismos. Va saltando de charla en charla con sus violines lastimeros, sembrando la duda y la tristeza en los ilusos corazones de su parentela. Cuando alguien le cuenta un plan optimista, la nube negra encuentra siempre un atajo al fatalismo. Si su mejor amiga le comenta que se va de vacaciones a Brasil, la nube negra le pide que tenga cuidado con la violencia. Si además acota que consiguió unas cabañas hermosas y baratísimas, le sugiere que se cuide de las estafas. Y si encima planea ir con el novio, la nube la felicita por la audacia, ya que conoce muchísimos casos en los que unas simples vacaciones terminaron con la pareja.

Cada vez que un conocido le pregunta cómo está, la nube negra abre una puerta al infierno. En vez de cumplir con el protocolo social y elegir una respuesta diplomática ("bien" o “acá ando", por ejemplo) dice siempre que está mal y enhebra diez anécdotas tremendas sin repetir y sin soplar. Intercala estafas domésticas (el plomero le cobró setecientos pesos y la cocina sigue perdiendo agua) con desgracias de salud (tiene la espalda a la miseria), con policiales (al hijo de una amiga lo asaltaron), deblaces económicas (le cuatriplicaron el ABL) y fábulas del apocalipsis (se viene la guerra de Medio Oriente o el dólar sube a nueve pesos).

Es, además, exagerada. Cualquier suceso ordinario es, para ella, un melodrama potencial. Con un poco de imaginación agorera, la nube asciende cualquier tropezón a la categoría de accidente, aunque sólo se haya cortado un dedo picando cebolla o se haya caído en un charco de agua. Desde ese momento en adelante, basta que le digan lo rica es la pizza, para que ella aclare que desde “el accidente” ya no puede amasar por el dolor de espalda.

Cuando la nube negra es chica, su parte preferida de los juegos es enumerar las reglas y todo lo que no se puede hacer. Secretamente adora cuando le diezman los ejércitos en el TEG, saca doble cero, o levanta la carta "marche preso" en el juego de la vida. Cuando se enferma, adora tomar jarabes feos frente al espejo, porque su esfuerzo la hace sentir una suerte de mártir: la Juana de Arco de los catarros. Reza para que la enyesen, le pongan aparatos, le extirpen las amígdalas o la internen en un orfanato y poder sufrir, como las heroínas de las novelas.

Más tarde, cuando tiene sus propios hijos, es una madre tediosa y sombría. No los deja salir a la calle cuando llueve, les prohíbe el viaje de egresados, y los asusta con mitologías rudimentarias que heredó de su bisabuela (si se meten a la pileta después de comer tienen un calambre, si mezclan sandía con vino se mueren, si se tocan les salen pelos en la mano como al hombre lobo, si se ponen bizcos y viene un viento se quedan ciegos y si andan a caballo en el monte quedan estériles para siempre).

En su tiempo libre, la nube negra mira documentales de intervenciones quirúrgicas o animales devorados por otras especies en el África y novelas mexicanas con galanes indigentes. Le gusta también leer a Nostradamus, textos de autoayuda acerca de envejecer o amar demasiado y biografías sobre grandes personajes que terminaron sus días comiendo mendrugos y pidiendo limosna para comprar carbón y leña.

Es verdad que no hay por qué escucharla o que no es necesario tomarla en serio. Pero tampoco hay que confiarse demasiado. Después de tantos años de flagelo y sufrimiento, la nube logra perfeccionar su fatalismo de tal manera, que siempre logra colar una sombra en las ilusiones de los demás. Por las dudas, hay que andar siempre con cuidado y evitar hablarle de buenas nuevas. Basta con gotear un poquito de sangre para que venga la nube negra.