5 diferencias entre la descontrolada y la compuestita

Cuando rompe con alguien (una amiga, un novio, un viejo jefe), la compuestita apuesta al balance. Hace una lista de cosas en las que piensa que él se equivocó y –digna, medida, madura− le pide a él que enumere todas las cosas que ella podría haber mejorado, para poder darle un cierre a la relación, pero también para saber qué cosas debería trabajar en sus futuros vínculos. Su frase de cabecera: “No nos hagamos más daño”

La descontrolada vomita toda clase de reproches en un monólogo conspirativo y despechado que no deja lugar a réplica. Alterna los reproches con insultos, amenazas (contra su vida, la de él y de la futuras novias), pedidos de reconciliación, llanto y confesiones deprimentes. Cuando el otro quiere hablar, llora desconsoladamente, porque es un animal y no mide lo que está diciendo. Su frase de cabecera: “Te voy a hacer mierda”

En su relación cotidiana con su pareja, la compuestita ya aprendió que hay terrenos más complicados que otros. Prefiere evitar ciertos temas explosivos, no nombrar a algunos miembros de la familia, y ser particularmente tolerante con los hábitos y rutinas que el otro no puede abandonar. No tiene sentido seguir peleando sobre lo mismo después de tanto tiempo, el vínculo se va resquebrajando. Qué piensa: “Yo lo conocí así, ahora no le puedo pedir que cambie”.

La descontrolada promete cambiar después de cada pelea, pero nunca cumple. Le vuelve a decir que se abrigue, insiste en preguntar en qué está pensando, y le reprocha que nunca la escucha, sugiere que no la quiere (y nunca la quiso) en todas las discusiones, a sabiendas que esa insistencia los va a conducir al desastre. Quiere parar, pero su neurosis es más fuerte. Qué piensa: “A mí, este no me va a ganar”


Cuando vuelve de vacaciones y se pesa, la compuestita evalúa el daño y decide hacer un plan riguroso de alimentación que le haga bajar esos cinco kilos en un mes. Si es necesario, agrega deporte o consulta un especialista para que la contenga. Su mantra: “Sólo por hoy”.
La descontrolada se pesa y el número la angustia tanto que patea la balanza como una pandilla de bárbaros, se relaja, y se come tres porciones de pizza del día anterior, mientras llora copiosamente. Su mantra: “Empiezo el lunes que viene”.

La compuestita hace dos o tres clases de deportes. Le gustan las clases con música, va a pilates o a yoga y cada vez que puede sale a correr. Sin embargo, no especula. No sabe cuántas calorías quema, ni qué ejercicios son para levantar la cola. Lo hace porque se quiere sentir bien, porque el ejercicio la despeja, porque si no lo hace “siente que le falta algo”. Su filosofía: “Mente sana, cuerpo sano”.

La descontrolada llega al gimnasio dos días antes de que estalle el verano, luego de probarse una musculosa y ver que tiene los brazos más flácidos que el año pasado. Se la pasa googleando cuántas calorías quemó en la clase y preguntándole a la profesora cuándo va a ver cambios. Su filosofía: “Si la mente no es sana, compensemos con el cuerpo”.

La compuestita tiene un peluquero de toda la vida, al que visita cada dos meses para que le haga lo mismo de siempre: cortarle las puntas y un baño de crema. Cada tanto piensa en hacerse un cambio: un desgastado o cambiarse el color, cortase bien cortito y no volverse a peinar nunca. Pero al final, nunca se anima porque tiene miedo y sabe lo mal que lo va a pasar esperando que crezca de nuevo. Su miedo: arrepentirse de lo que hizo.

La descontrolada se cambia el look cada dos meses, pero nunca por elección, sino para arreglar el desastre anterior. Se tiñó de negro un domingo que estaba aburrida, después se lo tuvo que decolorar para volver al tono anterior, y para rescatarlo le tuvieron que hacer seis baños de crema seguidos y cortarle seis o siete centímetros. Desde entonces, el pelo se le puso poroso, y para evitarlo, se lo alisó. Iba a esperar unos meses, pero se compró un cupón con descuento para hacerse mechas californianas…. Y bueno, con probar no se pierde nada. Su miedo: aburrirse por no haber querido cambiar.

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