Locas de amor

Cuando yo era chica, en mi barrio había tres locos: dos hombres y una mujer. El primero era un viejo italiano que vivía enfrente de casa y que había combatido en la segunda guerra mundial. El segundo era el hijo del ferretero de la esquina, y le decíamos Traverso porque lo único que hacía era manejar un auto de carrera invisible por la calle y hacer ruido de motor con la boca. La mujer no sé en donde vivía, pero daba vueltas por la plaza hablando sola con una cartera llena de pinturitas y perfumes. Algunos decían que se le había muerto el marido en un accidente de autos (a veces había un bebé, a manejaba ella, a veces iba sola) y otros que había enloquecido cuando la dejó plantada en el altar un marinero de la Fragata Sarmiento.

En esa misma época, tenía otro loco cerca de la escuela, un viejo diminuto que caminaba como un cabrito y nos esperaba a la salida de gimnasia para hablar incoherencias. Se llamaba Peter y era igual a Roberto Benigni. Idéntico. En ese entonces, las maestras nos pedían que no le prestáramos atención porque era un viejo verde y nos podía hacer “cualquier cosa”, pero en el barrio se sabía que estaba senil desde hacía algunos años y que lo dejaban suelto porque en la casa no lo soportaba nadie y se ponía muy nervioso con el encierro.

En Belgrano —a donde me mudé cuando me fui a vivir sola— tuve dos locos más: un señor que no quiso volver a hablar después de que la DGI le remató el negocio, y Nidia, una ex cantante de boleros de setenta años. Según me dijeron, Nidia se había enamorado de un delincuente que le pegaba y se jugaba todo en el hipódromo de Palermo, que después la dejó para casarse con la hija del dueño de un frigorífico. Se deprimió tanto, que empezó a tomar y no pudo cantar más, y para subsistir fue vendiendo las plumas, los zapatos, las joyas y la colección de sombreros hasta quedar en la pobreza absoluta. Con el tiempo, empezó a hablar sola y un poco por el aislamiento y otra por falta de fondos, empezó a acostarse con cualquier hombre que quisiera pagarle las cuentas o hacerle un regalito.

Ahora, en Recoleta, con mi marido tenemos una sola —una mujer mayor que vive arriba de una pizzería en Juncal y Agüero, que le grita por la ventana a un hijo de puta omniprescente mientras revolea unos papeles que según ella certifican que “la casa que le robó ese mentiroso de mierda era de ella”— pero cuando visito a mi mamá me cruzo con otra, una señora coqueta que está todo el día manteniendo un diálogo imaginario con los taxistas que paran en Libertador y Olleros. ¿Con vos me voy a ir? ¡Ja, ni lo sueñes! ¡Ni bola te doy! ¡Ni bola! ¿Oíste? Les grita, desde su boca demente y vanidosa, a los choferes que la miran extrañados mientras se comen un pebete de salame en la YPF que está enfrente.

Y esos son sólo los míos, los que yo conozco en vivo y en directo, pero en todos los barrios — incluso los de Capital Federal— hay un par de locos sueltos cuya tradición e historia rueda como una bola de nieve por las veredas de vecinas que simulan baldear todas las mañanas para agregarle detalle a las andanzas de estos personajes seniles. La mayoría de sus historias son ficticias o como mucho mitad y mitad: un poco de realidad con un toquecito de adorno barrial y alguna confusión inocente de por medio. 

Lo cierto es que, inventadas o reales, en el imaginario popular, la locura masculina está llena de matices. Cada historia parece escrita por un autor distinto. Hay hombres que enloquecen por orgullo, otros por obsesión, algunos por paranoia, un par por nostalgia o tristeza y otros por culpa. A los locos los persigue la CIA o los OVNIS, odian al enemigo en la trinchera, le temen a un doctor imaginario, se ensañan con una madre que está muerta, o con la multinacional que los empujó a la ruina. 

Las locuras femeninas, en cambio, siempre parecen escritas por Corín Tellado. Cambian los nombres de las calles y los vecinos, pero en todos los barrios, las mujeres sólo enloquecen por amor. Sus historias siempre tienen como eje la pérdida del ser querido, la soledad, un hombre que se va con otra, un hijo que se muere. Nunca hay conspiraciones internacionales, ni guerras antiguas, ni espías de la KGB. A las locas no las persigue nadie, a las locas las dejan.

 
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