El pericón

Cuando mi prima tenía cinco años, le tocó bailar el pericón con un compañerito de jardín en el acto del veinticinco de mayo. Desde entonces quedó convencida de que ese nene, además de su compañero de baile, era su novio. La relación —unilateral y fantasiosa pero intensa— duró hasta la clase de música del año siguiente, cuando tuvo que bailar con otro chico y nos avisó que tenía un novio nuevo. Este segundo nene, por supuesto, tampoco se enteró de la relación.

En esa misma época, una amiga conoció a un tipo por chat. Se habían visto dos veces cuando él le dijo que estaba confundido y que necesitaba un tiempo. Ella se quedó a la espera, mientras él la ignoraba por facebook y le contestaba con monosílabos los emails. Al mismo tiempo, yo, su fiel amiga, padecía su monólogo interminable sobre el tipo todas las tardes en el teléfono. En nombre de la amistad —y ablandada por su llanto continuo y profuso— perdí horas preciosas analizando sus gestos, leyendo entre líneas sus e-mails, e incluso ayudándola a redactar las respuestas, hasta que un día no aguanté más y le dije que si volvía a hablar del tipo no volvía a atenderle el teléfono.

Es muy común que después de una ruptura amorosa una amiga necesite hablar. Incluso puede llorar sin decir nada durante horas, pedirte que vayas a tu casa, o instalarse en tu sillón con cuatro kilos de masas finas y una película. Es un hábito insufrible, es cierto, pero las mujeres tenemos la necesidad imperiosa, vital, de analizar y desmenuzar cada aspecto de la relación para poder hacer el duelo. Y como todas alguna vez le freímos el cerebro a una amiga, aunque la otra se ponga muy pero muy pesada, lo correcto es poner la oreja y aguantar.

Sin embargo, al menos para mí, el tiempo que se puede llamar llorando por un hombre es directamente proporcional al tiempo que estuvieron juntos. Puedo escuchar durante un año a alguien que se divorció después de una década o bancarme toda una semana a una amiga que salió unos meses con un tipo que le gustaba. Pero por dos o tres citas o dos conversaciones por internet, no soporto más de veinte minutos. A eso —a salir dos veces con alguien y hablar todo el día como si fueran novios— yo lo llamo “bailar el pericón”.

Las mujeres que bailan el pericón no caen una sola vez, sino que lo hacen todos los meses con un tipo distinto, después de un encuentro fortuito que siempre, pero siempre, les parece el puntapié de una relación para toda la vida. Conocen a alguien un sábado a la noche, charlan un rato, le dan el teléfono y desde el domingo a la mañana te empiezan a taladrar el cerebro con horas de conversación inverosímil, infundada y delirante sobre el futuro de la no-relación. “Me parece re dulce, porque me dijo que los domingos estaba con su familia”, “Yo creo que él necesita alguien que lo cuide porque se nota que está desprotegido”, “Yo no me voy a bancar que él se pase los fines de semana en el country. Haremos uno y uno o veremos. Pero va a tener que ceder, porque el fin de semana yo quiero hacer cosas” repite, durante toda la semana, obligándote a perder el tiempo hablando de una persona que ni siquiera sabe si va a volver a llamar.

Si llama, el asunto no mejora. Al contrario. En vez de calmarse, se ponen más ansiosas, más pesadas, más monotemáticas. De repente, le dejan de decir “el tipo que conocí el sábado” y empiezan a hablar de él usando el nombre de pila como si se conocieran hace mucho tiempo: “Ah, no sé si puedo ir el viernes, porque quizás hago algo con Juan” te explican, como si todos los fines de semana salieran juntos. O te cuentan que Juan es re ordenado cuando vos te quejás de que el tu novio es un roñoso impresentable, cuando en realidad, sólo vieron una foto del departamento del tipo por facebook. Esperan agazapadas, cualquier grieta en la conversación para empezar a hablar del muchacho de este mes hasta que sus oyentes le rezan a dios para que las deje sordas o le organice un accidente a ella en el que además de desmayarse, les amputen la lengua.

Y peor si el tipo no las registra. Este tipo de amigas te pueden hablar años de un hombre que no sabe que existen. Pueden obligarte —con sus ojos de perro abandonado— a interpretar las señales de su vestimenta (Vino re arreglado porque sabía que yo iba a ir), los errores de su Outlook Express (Si no quiere hablar conmigo ¿Para qué me incluyó en la cadena de mail? Es obvio que está buscando una forma de acercarse) o su indiferencia (Cuando yo paso siempre mira para otro lado, qué casualidad, como si tuviera que disimular).
Para no herir sus sentimientos, durante semanas —y a veces meses— una soporta estoicamente su cháchara llena de afirmaciones y flash forwards improbables cada vez más aburridos. De vez en cuando le damos un consejo: “No te apures, tomatelo con calma” fingiendo que temés por su bienestar cuando lo único que necesitamos es que nos deje de hacer perder el tiempo de nuevo.

Previsiblemente, este tipo de amistades solo tienen dos salidas. O soportás sus romances infantiles e unilaterales de princesa senil a expensas de tu tiempo libre y de tu familia, o les explicás que están bailando el pericón y que te tienen podrida. En el primer caso, te odiás a vos misma por haber perdido tanto tiempo teniendo la misma conversación con nombres distintos. En el segundo, ella se ofende y se va a bailar el pericón al teléfono de otra amiga. Yo, durante años elegí la primera. Me parecía poco noble no escuchar las penas de una amiga. Sin embargo, en este último tiempo, será que estoy más vieja o que tengo menos paciencia, ni bien me llaman y empiezan a bailar, ni las escucho ni les digo nada. Simplemente les apago la música.

 
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