Ciega a citas

ciega3d.jpgComo todos los lectores de Bestiaria saben, tengo un segundo blog en el diario Crítica llamado La peleadora. En el primero, mis lectores me dicen Bestiaria, Besti o Carolina; en el segundo me dicen Peleadora o Pelia. Lo que muchos no saben (aunque algunos sospechan y otros aseguran) es que el año pasado tuve un tercer blog y desde entonces tengo también un tercer apodo. El blog se llama Ciega a citas, y ahí, mis lectores todavía me dicen Lucía, Lulú o LG.

Ciega a citas cuenta la historia de Lucía G, una periodista soltera de 30 años que un día descubre que su madre apostó que iría sola, gorda y vestida de negro al casamiento de la hermana menor de la familia y decide hacer cualquier cosa (literalmente, cualquier cosa: volver con viejos amantes, citas a ciegas, búsqueda de pareja por internet) para no ir sola a la fiesta de casamiento.

Durante nueve meses (Desde noviembre del 2007 a junio del 2008) escribí en primera persona la vida de LG. Todos los días, por la tarde o por la noche, conté un capítulo de su historia, a modo de folletín, como si fuese la telenovela de las cinco de la tarde: a veces una cita patética, o el episodio de alguna relación fallida, una reunión del dietaclub, un domingo en pijama mirando tv berreta, una reunión con amigas casadas que hablan de pañales, un encuentro horrible con un candidato que conoció en internet o alguna reflexión irónica sobre su agobiante soltería.

Escribir en vivo esta novela fragmentada en 250 capítulos fue lo más alucinante que me pasó en la vida. Es muy difícil escribir durante tanto tiempo metida en un personaje y lograr que los lectores no pierdan tensión ni interés y se muerdan las uñas por saber que sigue al día siguiente. Durante ese tiempo tuve que interpretar a Lucía en los comentarios, armar una estructura dinámica y coherente, transmitir todas las emociones y detalles de la historia en una sola anécdota diaria y por sobre todas las cosas, equivocarme lo menos posible, porque en los blogs en vivo no se puede borrar ni volver atrás, la goma no existe.

Ciega a citas fue, por ahora, el desafío más difícil que tuve. Escribí el 24 de diciembre a la noche, cuando estuve enferma, en un viaje de vacaciones o después de trabajar 15 horas en otro proyecto, y si bien fue un proyecto enorme y delirante, nada me hizo más feliz que ser LG durante esos meses de mi vida.

Si bien LG no es nadie real, la vida de Lucía está basada en mi vida de soltera y en la de mis amigas. La historia no sucedió exactamente como sucede en el blog, aunque gran parte de esa vida es cierta. Muchas de sus citas, de sus sentimientos, de sus luchas cotidianas fueron mías. Jamás disimulé mi estilo ni cambié un adjetivo para despistar, apenas me puse otro nombre. Sé que muchos estuvieron seguros de que era yo desde el primer momento y otros estuvieron convencidos de que Lucía estaba ahí, detrás del monitor, leyendo lo que escribían. Da igual. Nunca me pareció importante nada que estuviera relacionado con la intimidad del autor, porque de una forma o de otra, Lucía estaba ahí conmigo. Se podría decir que es uno de los personajes de Bestiaria o la encarnación de una de sus teorías; o mejor todavía, que Bestiaria empezó con mi vida de casada y Ciega a Citas contó mis días de soltera.

El blog concluyó el día del casamiento de Irina, la hermana de Lucía. Llegó a tener 15,000 visitas diarias en su último capítulo, 1000 comentarios por día, 2800 fans en Facebook y un par de copias bastante patéticas que previsiblemente no prosperaron.

Hace unos meses, el blog se transformó en libro editado por el sello Aguilar. Se imprimió con mi seudónimo, Lucía González, para que mi personaje siguiera existiendo allá fuera, en el mundo real, en las computadoras de la librería Yenny, en los catálogos editoriales, en los afiches de publicidad, en la wikipedia, en los diarios de todo el país. Incluso, junto a la gente de Alfaguara —que está más loca que yo— hice la prensa como si fuera ella (di notas a la radio con otra voz, tuve dos celulares —uno de Carolina y uno de Lucía—, contesté entrevistas para muchísimos medios, e incluso rechacé propuestas editoriales y Reality shows como si fuese, efectivamente LG. Háganme acordar que les cuente el día que hablé por error con Arturo Pérez Reverte).

Pero además de existir en internet y en papel, dentro de poco tiempo, Ciega a citas será también de carne y hueso. En este momento el blog está siendo adaptado para ser una serie de televisión por Dori Media y Rosstoc, la productora de Gastón Pauls y Alejandro Suaya, tendrá como protagonistas a Muriel Santa Ana, Rafael Ferro y Nicolás Pauls y la dirección de Juan Taratuto. Será el primer blog en español que se adapte para televisión, y eso no deja de llenarme de felicidad vanidosa y estadística.


Ese 1 de noviembre de 2007, la historia de LG comenzaba así:

Ayer tendría que haber matado a mi madre y a mi hermana, pero en vez de apuñalarlas me comí medio lemon pie y lloré.

Mi hermana menor, Irina, nos invitó a cenar a su casa para darnos una sorpresa: que se casaba en siete meses y medio. La noticia no orprendió a nadie. Está de novia hace cuatro años y siempre supimos que su soltería iba a terminar antes de esa manera: con un novio impecable, una relación soñada y una boda perfecta. Así que hicimos lo que había que hacer, festejar. Brindamos, comimos cosas ricas, discutimos un poco, miramos vestidos en una revista y diseñamos un menú imaginario tiradas en el sillón del living.

Todo parecía ir relativamente bien (lo que es mucho en mi familia) hasta la hora del café, cuando yendo al baño me llevé la sorpresa de mi vida. Mientras me estaba lavando las manos, escuché a lo lejos una conversación que todavía me cuesta asumir como real. Mi mamá le decía a mi hermana que esta boda iba a ser muy difícil para mí, porque yo era la mayor de las dos (tengo treinta años y ella veintisiete) y la que tenía que casarse primero. Que yo tenía el peor trabajo (soy periodista y gano una miseria, es cierto), que no tenía pareja (¿cómo sabe?), que estaba gorda (tengo unos doce kilos de más) y que mi vida no iba hacia ningún lado (cierto también). Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue el final. Dijo que el casamiento iba a ser una doble tragedia, porque mi familia iba a sufrir tanto como yo al verme bailar sola y borracha mientras mi hermana menor se casaba con el amor de su vida.

Mi hermana, sin embargo, no estuvo de acuerdo. Le preguntó cómo sabía ella que yo iba a ir sola. “Quizás esté con alguien que no conocemos.” Pero mi mamá respondió enseguida que ella sabía que yo iba a ir sola por una razón muy simple: siempre iba a sola a todos lados. (Seguir leyendo)

Si es mamá, decile que no estoy

Así como los científicos han encontrado sesenta mil tipos de orquídeas, los médicos aseguran que hay cuatro grupos sanguíneos, y el saber popular acusa seis formas de atarse los cordones de las zapatillas, también se puede clasificar siete tipos específicos de madre de acuerdo a cómo llaman a sus hijas.

La que llama para contarte estupideces, por ejemplo, se comunica entre dos y diez veces por día para compartir toda clase de anécdotas sin remate, chismes de gente que no conocés, discusiones que tuvo con tu hermana y observaciones sobre programas de televisión que no mirás. En general, cuenta siempre las mismas cosas: que se encontró con algún viejo pariente que conociste a los dos años (¡Y justo era Eduardito, el hijo de Eduardo Politti! ¡Yo no lo podía creer!), que se peleo con tu hermana (y que ella le dijo tal cosa y ella le respondió tal otra), o que Mercedes Morán está cada día más joven (¿Pero vos la viste en Socias? ¡Parece una chica, te juro!).

A diferencia de la anterior, la que tira bombas en el contestador es mucho más breve. En vez de divagar durante horas en el teléfono, prefiere mandar mensajes de texto cortitos y con punch para causar un gran impacto en sus hijos: “Tuve un accidente. No se preocupen. Estoy bien”. “Asaltaron a papá. Mañana les cuento”. Y con este mecanismo perverso logra siempre lo que quiere: que la llames a cualquier hora, con el estómago hecho un nudo, para que ella se haga la desentendida y te pregunte para qué llamás si te dijo que no te preocuparas, que no es nada, que en realidad el asalto había sido hace dos años pero se había olvidado de comentártelo.

Igual de insoportable pero menos dramática, es que la vive convencida de que el contestador automático es un pre-atendedor en el que hay que esperar hasta que vos levantes el tubo. Un poco por pereza, otro poco por distracción, a este tipo de mujer le resulta imposible asimilar que en los contestadores modernos no se escucha el mensaje y que vos no estás al lado del teléfono haciendote negar. Para las hijas de estas madres es muy común llegar a casa de noche y encontrar veintiséis mensajes de idéntico tenor: Maríaaaaaaaaaaa es mamá ¿Estás por ahí? ¿Me escuchás? Bueno. Se ve que no ¿María? ¿No? Soy mamá, eh. ¿María? Yo de nuevo. Mamá. ¿Estás por ahí? Si me escuchás atendeme.

Otro tipo insufrible de madre llamadora es la que piensa el teléfono se inventó para corroborar que no estés muerta. Ni bien se entera que hubo un robo en tu barrio, que se descarriló un tren, que chocó un micro que venía de la costa, o que un glaciar del sur amenaza con derretirse, suena tu celular. Muchas veces ni siquiera estás cerca de la desgracia, pero como no contestaste un llamado que te hizo unas horas antes, ella se imagina que estás incendiada y amnésica en un hospital. Esta semana te llamó para ver si tenías dengue, para saber si conocías a alguien en el terremoto de Italia y para asegurarse de que hubieras llegado sana y salva esa noche que saliste con amigas a tomar algo. Por las dudas.

Menos plañidera pero igual de molesta es la que cree que el celular es en realidad un walkie-talkie para que ella perpetúe la sensación de inmediatez y de rutina que tenía cuando vivían juntas. Un llamado no es una conversación, sino un comentario al pasar, un chisme de pasillo, un codazo en la mesa del desayuno. Cuando disca, se imagina que estás sentada al lado de ella tomando mate y que es necesario charlar. Te llama a media mañana a la oficina y te pregunta si estás viendo cómo llueve, al mediodía para contarte lo que acaba de pasar en su cocina, a la noche para preguntarte si se pone el saco verde o el rosa, o simplemente “para hablar”, mientras vos luchás por no herir sus sentimientos y terminar todo el trabajo atrasado que apilás sobre el escritorio desde que ella se compró un celular.

Otro ejemplo típico de madres que llaman es la que no puede superar que te hayas ido y usa el celular para crear nostalgia. Si bien no lo hace por maldad, esta suerte de melancólica llama decidida a arrastrarte a ese tiempo pasado en el que todavía vivías con ella. Sus tareas son avisar que hoy es el cumpleaños de la tía Nelly (a quien no ves hace diez años), que mañana es el aniversario de la muerte del abuelo, o que encontró una foto de cuando eras chiquita en tu primer día de jardín y se puso a llorar. También le gusta contarte anécdotas que te revuelven viejas épocas y conflictos y te dejan hecha una piltrafa, como que se encontró con los padres de tu ex novio y que no pudo evitar quedarse pensando que si no lo hubieras dejado ahora serías una mujer completa.

Por último, está la que aparentemente te llama para ver cómo estás, pero en realidad sólo quiere contarte sus problemas. Con un halo de espontaneidad, este tipo de madre llama por las noches y te hace alguna pregunta fresca e inocente relacionada con la rutina (¿Y vos cómo estás? ¿Qué tal te fue en la fiesta?). Sin embargo, apenas empezás a contarle algo, aprovecha cualquier comentario para enganchar su rosario de quejas bajoneras y repetitivas de tinte laboral, amoroso o familiar, hasta dejarte seca. En general, cuando la llamada termina, ella se desahogó por completo y está liviana como una pluma, pero vos estás llena de fantasmas, y mientras ella duerme como un angelito, vos te estás tomando dos pastillas o haciéndote un té en la cocina , para aguantar hasta la madrugada en vela, pensando qué va a pasar con tu familia.

 
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