El mapa de compras

Siempre me impresionó que mi amiga Verónica tuviera un mapa de zapaterías en la cabeza. Cada vez que salíamos de compras, me llevaba como a un perro con correa por Belgrano, haciendo firuletes entre avenidas y callecitas paralelas hasta recorrer todas las casas de zapatos que estuvieran abiertas. Nos llevaba dos horas enteras sin recreos ni distracciones y el sistema era perfecto. Ni bien salíamos de una que no me había gustado, me guiaba como un soldadito hasta la siguiente y así sucesivamente hasta terminar. Sabía exactamente la ubicación de cada negocio, por más nuevo o escondido que estuviera y podía avisarte si tenían buen diseño, si había ofertas, si eran tradicionales, si eran de horma ancha o angosta y si tenían pagos con tarjeta sin interés, antes de llegar a la puerta.

Mi amiga Paula, en cambio, tiene un mapa gastronómico en la cabeza. Y no me refiero a un recorrido por los restaurantes más novedosos de Buenos Aires, sino a un catálogo popular hecho de tesoros y experiencias como comensal. Cada vez que me subo a un auto con ella, la conversación se ve interrumpida por sus referencias locales. Me señala con el dedo desde la ventanilla y me dice: “En ese bar de ahí te dan unas masitas riquísimas con el café”. “Uh, ahí está el árabe. El mejor baklava de Buenos Aires”, “Ahí a la vuelta hay un restaurante griego. Es caro y es una porquería”, “Vamos acá a la vuelta que tienen té en hebras bueno y la cerveza siempre está fría”. “En ese supermercado te venden bandejas con zapallo en cubos en dos pesos y milanesas de berenjenas caseras”. Uno puede ir a otra localidad, a otra provincia, a otro país, que Paula siempre sabe qué hay que pedir cuando vas a comer.

Hay dos clases de mujeres: las que tienen el mapa de zapaterías y las que tienen el mapa gastronómico en la cabeza. Las primeras saben la fecha de las liquidaciones, la dirección de todos los outlets y los puntos fuertes de todas las marcas de ropa, pero no tienen idea de dónde pueden comprar una torta, qué heladería es buena o qué pedir cuando van a comer afuera.

Las segundas, en cambio, conocen todos los lugares en los que se puede tomar un rico té, en qué restaurantes hay buena panera, cuales son las sucursales de una franquicia que funcionan bien, y qué restaurantes de Palermo que ofrecen menúes fabulosos por treinta pesos al mediodía. Pero no saben cuándo hay buenas liquidaciones, ni en dónde se consigue un vestido negro, ni de dónde sacar esos collares soñados que ven en el cine o en la televisión.

Yo, sin ir más lejos, soy una de esas. Si tengo que comprar ropa, salgo a mirar vidrieras, improviso sobre la marcha y rara vez me vuelvo con lo que había salido a comprar. Envidio profundamente la capacidad de algunas mujeres para atajar liquidaciones rabiosas o rescatar alguna prenda indispensable del fondo de una montaña de porquerías en oferta. Soy incapaz de ver qué vale la pena en un negocio berreta, de adivinar qué va a servir para la próxima temporada o de encontrar una cartera maravillosa en el placard de una tía abuela. Me enferma de celos halagar un pantalón y que me digan que lo pagaron treinta pesos en una liquidación de ese invierno. Yo no tengo y nunca tendré ese don. Y ese don se tiene; no se aprende, ni se hereda.

Hace un año, por ejemplo, fui con Paula a comprar un collar a Palermo. Tenía una fiesta importante y quería ponerme una remera que quedaba tonta sin nada en el cuello. Nos encontramos en una esquina a las dos de la tarde, después de almorzar, y empezamos a caminar sin rumbo fijo. Entramos a algunos negocios, desordenamos estantes, nos probamos de todo en todos lados, pero nunca encontramos nada especial. Todo nos resultaba carísimo y cliché.

Estuvimos toda la tarde y apenas encontramos dos o tres opciones decentes, pero nos costaba recordar en dónde las habíamos visto. Recorrimos de forma inversa todos los negocios de Palermo, pero habíamos dado tantas vueltas y habíamos parado tantas veces que era imposible saber con exactitud cuál era cuál ¿Era en el de la vidriera grande con pajaritos? ¿No era en ese chiquitito que tenía un cartel de lata en la puerta? ¿En dónde estaban esos estantes llenos de aros de plata?

Como nos dolían los pies y estábamos agotadas, finalmente resolví ir a la fiesta con algún collar de los que ya tenía. Como corresponde, después de semejante odisea decidimos ir a tomar el té. Paula sugirió ir a un bar muy lindo que habíamos visto más temprano. Uno que tenía seis cheesecackes impresionantes en la vidriera y boxes acolchados lejos del aire acondicionado de la puerta. Esta vez, ninguna de las dos se preguntó en donde quedaba. Eran seis cuadras para atrás, dos para la izquierda y media vuelta en una calle cortada. Lo habíamos visto una vez pero no había hecho falta más que eso. Al menos no para nosotras, que podíamos marcarlo en el mapa de la cabeza.

 
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