Bestiaria, ganador de los BOBs

Finalmente llegaron al final los BOBs, el concurso de la cadena alemana Deutsche Welle. Bestiaria, o mejor dicho, los lectores de Bestiaria (y los de La peleadora), ganaron a fuerza de insistencia y fanatismo el premio al mejor blog en español del público. El del jurado fue para 233grados, un blog de noticias español.

Este premio es muy importante para mí, porque significa ya no que tengo el mejor blog, sino que -aparentemente- tengo los mejores lectores de todos. ¡Y qué puedo decir! Cada uno inventará lo que quiera, o dará las excusas que sienta más genuinas, pero la verdad es que quienes escribimos, mal o bien, escribimos para que alguien nos lea. Me alegra, me emociona mucho saber que ustedes están ahí leyendo. ¡Muchas gracias por ser mis lectores!

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Historias de mujeres infieles


En la primera semana de noviembre salió la antología "Historias de mujeres infieles" a cargo de Santiago Llach y Natalia Moret, bajo el sello Emecé, en la que tengo un texto que se llama "Cuestión de fe", que intenta ser un catálogo sobre mujeres infieles y empieza así:

"Según el horóscopo, sólo hay doce tipos de personas. Todos los gritones irascibles, por ejemplo, son de Aries; las personas tranquilas e inseguras, en cambio, son de Libra. Los que hablan mucho de sí mismos, se miran al espejo a cada rato y hacen ostentaciones banales son de Leo, y los que además de ostentar son vengativos nacieron en la casa de Escorpio. Pero además de este catálogo de personalidades, la astrología propone también doce destinos: doce panoramas laborales, doce estados de salud, doce situaciones de pareja y doce sorpresas para el fin de semana. Cuando una mujer se sienta a leer el horóscopo, puede saber, por ejemplo, que los de Aries van a engordar hasta el lunes que viene mientras que los de Capricornio permanecerán inapetentes.

Si esto es cierto, si el mundo no es más que la repetición de los mismos patrones de gente, las personas únicas, entonces, no existen. Las mujeres inolvidables serían un invento de las canciones de amor y cada uno de nosotros se encuadraría en la repetición de estereotipos tan cerrados como los signos del zodíaco.

Sin embargo, aún desestimando los astros, podemos llegar, por otro camino, a la misma conclusión. Si nos tomáramos el trabajo de examinar a todas las personas que conocimos en la vida, desde nuestros abuelos hasta nuestros primeros compañeros de juego, descubriríamos que toda la variedad del género humano se repite como una monótona guirnalda de muñequitos de papel: que un amigo del barrio es igual al inventor de la ensalada César, a un jugador de fútbol brasilero, y a un actor de reparto en una serie de televisión. Y que no son parecidos porque tengan la misma nariz, sino porque comparten el mismo mapa de obsesiones y una infancia en común. A lo sumo los alejan algunos sueños anecdóticos o un par de ideas. En lo demás, son un mismo animalito compelido a las mismas rutinas.

Pero esta similitud es, para algunos, inaceptable y dolorosa. Porque cuando alguien realiza una acción extraordinaria piensa que es único. Que sólo él es capaz de amar de esa manera tan intensa, o contraer la peor enfermedad de todas. Las mujeres infieles, por ejemplo, se sienten únicas al realizar su infidelidad, penosamente únicas o jubilosamente únicas o culposamente únicas. Pero en realidad, como todo lo que existe en el universo, también pueden ser catalogadas; quizás no sólo mediante arquetipos, sino también a partir de ejemplos que los ilustren...."

Cecilia Pavón (Teoría posmarxista de la infelicidad), Magalí Etchebarne (Furia contra la máquina), Sara Gallardo (Un secreto, Némesis y Palermo), Romina Paula (Si llegás a faltar un verano), Amalia Jamilis (Los veranos falsos), Rosario Beltrán Núñez (El regalo de Caraí), Mónica Müller (Observaciones científicas sobre cuatro modelos de infidelidad en la hembra humana), Adriana Battu (Cero culpa), Florencia Monfort (French 2208), Silvina Bullrich (El tercero en discordia), Ana María Shua (La caída), Hebe Uhart (¿Cuándo vuelvo?), Carolina Aguirre (Cuestión de fe), Silvina Ocampo (La casa de azúcar)

Lagrimita

Lagrimita tiene una vocación inclaudicable e infatigable de tristeza que le permite interpretar cualquier comentario, situación o actitud de la peor manera posible. Si su jefe le dice que quiere hablar con ella, es para echarla, si su marido le trae flores, es porque la está engañando, si el supermercado tiene un queso de oferta, debe estar vencido, y si su hijo la llama al trabajo, lo primero que le pregunta es quién se murió.

Tanta es su melancolía y pesimismo, que ni siquiera cuando las cosas le suceden a otro se permite disfrutar. Entre elegir una comedia y un drama, siempre se lleva las películas de huérfanos, dictaduras crueles o melodramas en los que el galán muere de fiebre tifoidea. Entre dormir la siesta con la persiana baja y salir a pasear a una plaza, Lagrimita prefiere dormir a oscuras. Entre quedarse encerrada mirando una telenovela e ir a una fiesta, Lagrimita siempre elige el encierro.

Sus recuerdos personales siempre son sombríos. Atesora, como joyas antiguas, todas las decepciones que vivió desde pequeña. Cada vez que ve un perro se acuerda cuando Bobby, su primer cachorro, murió de moquillo en sus brazos. De la secundaria se acuerda que su mejor amiga le robó el novio y que a su hermana le hicieron fiesta de 15 pero que cuando llegó su turno, su padre ya no tenía trabajo y no había dinero.

Pero a diferencia de la nube negra, Lagrimita no quiere arruinarle la felicidad a nadie. Es sufrida de una forma serena y silenciosa que no afecta a nadie más que a ella misma. Apenas si le inyecta un poco de culpa a quienes la escuchan victimizarse y hacerse la pobrecita.

Para eso, suele expresar con sacrificio fingido cualquier comentario. Mientras que una persona normal cuenta que tuvo que ir al supermercado a hacer una compra grande y que cuando llegó ya no había envío a domicilio, ella relata que le quedaba poquita comida, que tenía hambre, que fue al supermercado más lejano para ahorrarse unos pesos, que por desgracia no había entrega a domicilio, que tuvo que arrastrar las bolsas y ahora tiene dolor de espaldas y que si no fuera por un extraño que la ayudó, ahora estaría muerta.

Otra cosa que le gusta hacer a Lagrimita es regodearse en su soledad. Si le preguntan qué cenó, en vez de comentar su cena, aclara que no tiene sentido cocinar para ella solita y que prefiere tomarse un tecito y acostarse temprano. Si le preguntan a dónde va de vacaciones, en vez de decir que va a Mar de Ajó, cuenta que sus amigas van a Brasil pero que ella no puede pagarlo. Si le cuentan que una conocida se cambió el auto, se alegra y le dice que aproveche mientras pueda. Y si una amiga se casa, la abraza emocionada y dice que también le gustaría conocer al hombre de su vida, pero que el amor no es para ella.

Sin embargo, su deseo es una verdad a medias. A diferencia del resto de las mujeres, a Lagrimita no le gusta enamorarse. Le gusta romper. Adora mirarse al espejo mientras llora, estar deprimida y tirada en la cama, escribir reflexiones amorosas en su diario y leer poesía mediocre de escritores todavía más deprimidos que ella.

Si, por ejemplo, Lagrimita conoció a un chico por chat, salieron dos veces y no funcionó, en vez de mandarlo a la mierda y bloquearle el Messenger, le escribe una carta de despedida llena de sentencias amorosas fatalistas, contrapuntos arjonescos y frases romanticoides. A pesar de que apenas lo conoce, habla como fuera el amor de su vida con sus amigas, que tienen que padecerla durante meses como si, en efecto, esa relación hubiera sido importante en su vida.

Pero eso no es todo. Sus amigas no sólo padecen la crónica de sus melodramas. A veces también los viven en carne propia. Si por error una de ellas olvida llamarla para el cumpleaños o desaparece por algunos días, Lagrimita llora a moco tendido y arma un rosario de escenas tragicómicas hasta transformar ese detalle anecdótico en un problema fatal. No para hasta que su amiga se ve obligada a tener una conversación desgastante, maricona e innecesaria sobre lo que siente cada una al respecto y le pide perdón rogando que ella la absuelva de pecado y culpa.

Previsiblemente, Lagrimita duerme mucho y siempre está enferma. Le gusta arrastrarse, agotada, morir del dolor de cabeza o tambalearse por la presión baja que heredó de su familia. Incluso si es joven fantasea con que tiene cáncer, anticipándose al diagnóstico de un médico y asumiendo una muerte joven que no llega nunca. Si no tiene, igualmente le gusta mencionar que tuvo un tumor o un lunar peligroso y que la incertidumbre la obligó a vivir las horas más desgarradoras de su vida. Tampoco es cuestión de desperdiciar tragedia. Un lunar cancerígeno casi es cáncer. Si podría haberse muerto, que al menos sirva para dar pena.

 
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