Segunda edición de Bestiaria

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Se agotó la primera edición de Bestiaria. Eso quiere decir que se están vendiendo los últimos ejemplares en las librerías. Hoy me avisaron que se está reimprimiendo la segunda edición, que saldrá a fin de mes. Normalmente no sería necesario decir que estoy muy contenta, pero conmigo nunca se sabe. Así que quizás sí sea oportuno decirlo: estoy muy feliz.
Mientras yo me voy a festejar, los dejo leyendo las presentaciones del libro que Hernán Casciari en Buenos Aires y Bernardo Erlich en Tucumán, y que por pereza, falta de tiempo y oportunidad no subí en su momento. Para leerlas alcanza con hacer click acá.

El curador de citas

La conversación de las primeras citas se parece a los avisos inmobiliarios: hay que destacar los mejores atributos de forma amena, divertida e interesante pero sin exagerar. Pero a diferencia de los clasificados, en las citas las cualidades no pueden ser mencionadas directamente, sino que deben ser ilustradas con ejemplos que las aludan. Yo no toleraría que un hombre me diga que es brillante, por ejemplo, pero estaría encantada de intuirlo por sus anécdotas.

Este ejercicio premeditado que a primera vista parece fácil, para mucha gente es un infierno en la tierra. Muchos creen que la espontaneidad y verborragia son suelo fértil para el amor. Piensan que invocar sus joggings desteñidos y estirados, relatar sus operaciones de intestino y describir, con lujo de detalles, la depresión que vivieron junto con su primer divorcio es un síntoma inequívoco de frescura.

Yo, sin ir más lejos, era uno de ellos. Me negaba rotundamente a ofrecer una versión mentirosa de mi trastornada psicología. Después de todo, yo no estaba vendiendo un departamento de dos ambientes ni un cachorro de medio pelo, así que no había nada que disimular. Y para sustentarlo me tomaba dos litros de cerveza, contaba que me escapaba del trabajo para mirar Chespirito, susuraba que quería matar a palazos a la vieja de enfrente y admitía con valor que siempre me enganchaba en relaciones difíciles y pegajosas que terminaban con ropa volando por la ventana.

Que la relación no prosperara no podía importarme menos; si al otro le preocupaba que yo hubiera dejado de ir a francés para ver la telenovela de la tarde, no estábamos destinados el uno para el otro. Para mí, el amor verdadero no necesitaba ayuda, ni medios tonos, ni especulación. Si el candidato en cuestión no adoraba cada una de mis miserias, esa relación no tenía futuro.

Lejos de lo que la gente normal cree, somos muchos los que arruinamos la primera cita sin saber lo que estamos haciendo. Incluso cuando tratamos de hacer buena letra dejamos pasar pequeños detalles, cifras y gestos que ponen en evidencia nuestra peor versión. Taras y problemas que en el fondo tiene todo el mundo, pero que expuestas así nomás, de sopetón y en el primer encuentro, llevan a creer que si ese es el comienzo, lo que viene será peor. Y no siempre es cierto. Las citas muchas veces fallan por una propina amarreta, un tonito raro al hablar de una ex pareja o un chiste de mal gusto en una conversación tierna.

Por todo esto, nosotros, lo retrasados emocionales necesitamos la inmediata aparición de una nueva figura comercial que pendule entre las celestinas y los encargados de relaciones públicas. Una persona que haga lo mismo que el curador de un museo, el editor de un noticiero, o el estilista de una revista femenina. Un profesional que ayude a elegir qué cosas sí y qué cosas no, que cosas mucho y qué cosas poco. Alguien que organice la distribución de sinceridad en la primera etapa de una relación potencial. Alguien como el curador de citas.

El curador de citas sería un entrenador y asesor de la vida social y amorosa de una mujer. Juntos pulirían y reorganizarían el pasado de la clienta, y -teniendo en cuenta el impacto romántico de cada confesión- el curador iría desmalezando su complicado historial de soltera.
Manejarían tres niveles de sinceridad: temas y anécdotas para incluir en las primeras citas, opiniones, recuerdos y asuntos para postergar o contar en el futuro, y cosas para enterrar hasta nuevo aviso.

Recomendaría, por ejemplo, contar que terminamos la carrera a los veintidós años, siempre y cuando omitamos que lo hicimos a base de reclusión, anfetaminas y un lustro de castidad victoriana. Lo mismo con la última separación. Siempre diremos lo mismo: que fue de común acuerdo, que éramos como hermanos, que todavía somos amigos. Y algo parecido similar con los despidos: que era una etapa cerrada y renunciamos en busca de nuevos desafíos. Jamás mencionaremos cartas documento, infidelidades, detectives privados, platos rotos ni juicios por acoso sexual.

Pero vayamos a un caso concreto que refleje cabalmente el duro trabajo del curador.

María Jorgelina se presenta como una mujer de tiene treinta y dos años, que vive sola en un departamento de un ambiente en Villa Crespo, a una cuadra de la Avenida Córdoba. Es contadora y su trabajo monocorde la deprime hasta la demencia. No ve la hora de renunciar y ponerle un fichero en la cabeza a su jefe. Tuvo dos relaciones estables pero muy conflictivas que duraron algunos meses y terminaron muy mal. Su último novio todavía la llama y corta todas las noches. Nunca convivió con sus parejas porque no cree ser capaz de ceder su territorio ni siquiera por amor. Prefiere vivir en la calle antes de compartir el ropero. Tiene un gato, Mr. Darcy, con quien duerme en la cama y bromea con que es su novio. No ve a su madre desde que era chica, su mejor amiga le dejó de hablar desde que le quiso robar el novio, y hace cuatro años que va periódicamente al psiquiatra para que le revise la medicación.

Pero luego del curador de citas, María Jorgelina ya no será María Jorgelina. Sino una versión mejorada de ella misma. Se presentará como Majo y tendrá la misma edad, pero vivirá en un loft en Palermo Queens. Será contadora, tendrá la dicha de vivir de lo que estudió, pero ya no querrá huir, sino buscar nuevos desafíos, trabajar con distintas personas, crecer en otras áreas. Habrá tenido dos relaciones estables más que problemáticas, apasionadas, con las que no convivió porque sintió que la mayoría de las parejas fracasaban por apurarse y por resignar sus espacios. Su último novio todavía la llamará para ver como le está yendo. Tendrá un gato llamado Darcy, para quien estará buscando una novia, para que deje de meterse en su cama. Con su madre hablará poco, su mejor amiga se habrá alejado de ella desde que se puso de novia y desde hace cuatro años estará haciendo terapia.

Además, el curador prestaría servicios de asesoramiento sobre vestuario, redacción de perfiles para portales de citas, clases de levante por chat, conversación playera, mediación de conflictos, desarrollo de paciencia y tolerancia en la convivencia y otras yerbas. Nos recomendaría un nuevo corte de pelo que favorezca la forma de nuestra cara, una paleta de colores para los ojos y tres o cuatro temas de conversación en los que nos manejemos con gracia y sabiduría. Y, si los honorarios se lo permiten, además, debería ofrecer un servicio post-cita que serviría para hacer el post mortem de las citas fallidas. Juntos, analizarían los puntos fuertes y errores de la salida capitalizándolos como aprendizaje para nuevas experiencias.

O cuántas veces dudamos entre contar algo y no contarlo. Entre ir vestida provocativamente o de manera casual. Entre pelo suelto y un rodete. Entre ir al cine, a cenar o a jugar al pool. Entre que nos pasen a buscar, encontrarnos en el medio o pasar nosotras por su trabajo. Entre llegar tarde, llegar en punto o temprano. Entre decir que sí o que no. Entre volver a llamar, dejar pasar un tiempo o esperar que llame él. Entre tarde o noche, viernes o sábado, antes o después de comer. Entre hablar de un ex novio u ocultarlo bajo tierra. Entre preguntarle qué quería decir el tatuaje, el anillo, la fotito de la billetera o dejar que él nos cuente. Entre el labial colorado o la cara lavada. Entre elegir el lugar para cenar y dejarle las elecciones a él. Entre dejar de intentar y seguir probando.

Cuántas veces dudamos y no supimos qué hacer con ese infierno privado de la soltería que son las citas. Cuántas veces volvimos a contar la misma infancia, las mismas anécdotas aburridas, el mismo abanico de hobbies a un hombre distinto y sin futuro. Cuántas veces nos planchamos el pelo para un desconocido que al final terminó maltratando a la moza, poniendo música horrible en el auto o hablando de sí mismo toda la noche. Cuántas veces salimos de casa ilusionadas y volvimos hechas un trapo de piso. Y cuántas veces no supimos por qué no volvió a llamar, si todo había salido bien, si nos reímos hasta la madrugada, si nos pidió hasta el número de celular.

Cuántas veces quisimos tener un curador de citas que nos diga, como en los avisos clasificados, que ese departamento era oscuro, nos quedaba chico, o a la larga iba a tener goteras. Cuántas.

 
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