La jinetera argentina

Desde diciembre del 2001 somos un país barato y atractivo para el turismo. Basta con salir a dar una vuelta por Recoleta o por la calle Florida para darse cuenta. Está lleno de europeos rubios y macizos con la cara del príncipe de Holanda comprando ropa de cuero, mirando libros de tango y buscando la genuina y alocada trasnoche porteña.

También a causa del dólar alto la gente huyó hacia otros países y los matrimonios con extranjeros, que hace una década eran una excentricidad, de repente pasaron a ser cosa de todos los días. Ahora es normal tener un cuñado alemán o amigas regadas por todo el mundo. Desde hace tiempo que tener un pariente europeo dejó de ser un síntoma de paquetería, y empezó a ser el símbolo universal de la recesión.

Sin embargo, no siempre el turismo fomenta el amor. A veces despierta otra clase de sentimientos. La gula, la codicia o la pereza son algunos de ellos. O miren si no a esta clase de jinetera que anda dando vueltas por los bares irlandeses del microcentro.

La jinetera es una empleada perezosa que de chica fue pobre, repitió tercer grado, nunca tuvo una carrera ni vocación, cuya existencia está consagrada a la búsqueda de un extranjero que la salve de su paupérrima vida de secretaria indigente.

En general, trabaja en un hostel como recepcionista, como camarera en el casino flotante, como administrativa de una agencia de alquileres temporarios o haciendo relaciones públicas en un boliche o restaurante de Recoleta. Vive maquillada y con el pelo modelado como en las novelas venezolanas, sonriendo como una geisha, mostrando un gran escote latinoamericano, diciendo pequeñas frasesitas en inglés que aprendió mirando "Friends". He is mi love, John. I love him very much. He is mi boyfriend John. I love him. Muack muack. John, my sweetie.

Un poco botinera, un poco personaje de Manuel Puig, un poco soñadora de reality show, la jinetera circunscribe su rutina a todas las actividades que la pueden acercar al turismo de primera línea. Incluso si eso significa hacer cosas que le desagradan profundamente, como estudiar. Sin embargo, su minuciosa dedicación está lejos de ser un síntoma de promiscuidad. La jinetera no busca sexo ni champagne gratis. La jinetera quiere casarse. Y para conseguirlo, es capaz de salir con cualquier hombre siempre y cuando no tenga la palabra maldita en el pasaporte: "Mercosur".

Tanto es así, que es en lo único que piensa. Mientras vuelve de la oficina en el subte, apretada como ganado, con el táper de ensalada goteando adentro de la cartera y la revista cosmopolitan enrollada debajo de la axila, la jinetera sueña con que va a algún boliche, en donde conoce a un inglés llamado John, y se enamoran de tal manera, que él le ofrece un pasaje a Europa y un anillo de compromiso antes de irse. Si hasta se puede ver cumpliendo su trunco destino de Máxima Zorreguieta de clase media, dejando atrás la última "a" de su nombre bananero, y renaciendo como Carol o Vivian en una escenografía lejana parecida a un capítulo de CSI Miami.

Si cierra los ojos es como si estuviera pasando en ese mismo momento. Se imagina borrando de Facebook las fotos de las vacaciones en La Falda para subir las que se sacó vestida de blanco y luciendo anteojos Chanel arriba de un crucero de medio pelo, rumbo a Miami, abrazada con John. Si hasta tiene guionadas las charlas que tendría con sus ex compañeras del secundario que alguna vez la discriminaron por burra o por petisa. ¡Ah, cuando la vean! ¡Cuando se enteren que tiene un auto 0 kilómetro, una tarjeta sin límite y dos carteras de diseñador! ¡Cuando sepan que ya nadie le dice "Muñoz"!

Pero no se iría para siempre, por supuesto. Volvería de visita para fin de año, porque no hay nada más importante que la familia. Además, ella estaría en buena posición y podría aliviar la carga económica que significa la Navidad para una casa como la suya. Le traería lapiceras o llaveros a los más chicos y remeras playeras a los más grandes. O algo que diga I love NY o tenga la bandera de Estados Unidos, para que todos sepan que tienen una hija que vive en el exterior ¡Ya se los imagina, agolpándose alrededor de su cuerpo, como monitos desesperados atajando las chucherías en el aire, mientras ella revuelve sus generosas valijas de reina limosnera y les toca la cabeza como un pastor sanador!

A la madre, en cambio, le traería cosas lindas. Nada de baratijas. Quiere comprarle cosas que nunca haya tenido: perfumes importados de liquidación, saquitos que no se hagan bolitas en el codo y una Pupa en forma de estrella de mar con cien colores de sombras nacaradas. Está segura de que se va a emocionar y por fin va a ver lo buena hija que es ella. Se la imagina, avergonzada, diciendo que nunca había tenido cosas tan lindas y que no tiene a dónde ir con ellas, mientras se seca sus lágrimas de pobretona angustiada con un delantal sucio de sangre de carne picada común.

Además, finalmente podría ser el centro de la reunión. Después de años escuchando en silencio los anhelos profesionales de sus amigas, por fin ella podría ser la máxima autoridad en algún tema. Las demás serían abogadas, médicas o artistas plásticas, es verdad. Pero ella sería la que vive en el exterior. Todos le preguntarían como son las cosas en "losestadosunidosdenorteamérica" y ella contestaría sin pompa ni pretensión todo lo civilizados y educados que son afuera, lo adorable que es su nueva familia inglesa o americana, o lo bonitas que son las playas australianas que ve por la ventana de su casa de madera.

No, si ella se puede imaginar. Es como si viera su futuro. Los hijos rubios, el changuito de supermercado lleno de cereales, los chocolatitos Lindt por un dólar, las navidades con nieve, su nombre lacrado en la chequera personal, las estrellas de Hollywood caminando por el mall, la leche en cartón, Valentine´s day. Lo tiene todo calculado. No necesita estudiar, ni trabajar, ni hacer ningún sacrificio. O quizás alguno: I love you John. This is my boyfriend John. He is very nice. Muack muack, John. Oh yeah, John. I love you, baby. I love you, honey. I love you, pumpkin pie.

 
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