Todo por amor


Grace Kelly contaba que siempre había soñado con ser actriz. Tanto, que a pesar de la oposición de sus padres —un matrimonio irlandés muy religioso— a finales de la década del cuarenta, con menos de veinte años, se fue a probar suerte a New York. (¿Leyeron? Dije sola. En la década del cuarenta. Y a New York).

Dos años después de ese viaje, Grace Kelly ya era famosa, y filmaba su tercera película, Mogambo, por la que ganó su primer premio de la academia como actriz de reparto. Y eso fue sólo el principio. Siguieron varias películas con Alfred Hitchcock (La ventana indiscreta y Atrapa al ladrón, por ejemplo) o La Angustia de Vivir con Bing Crosby por la que se llevó un segundo
Oscar; esta vez como actriz principal. (¿Leyeron? Dos Oscars antes de los veinticinco).

Pero como todos saben, ese mismo año —su mejor año— Grace Kelly dejó el cine para siempre. En una fiesta conoció al heredero de la corona monegasca, el príncipe Rainiero, su futuro marido, y abandonó su carrera para formar una familia en otro país. Y cuando digo todo, es todo. Porque una cosa es dejar un trabajo de secretaria y la casita materna, y otra muy distinta es dejar de ser la musa de Alfred Hitchcock para ponerse una coronita en el centro de Europa.

Sin embargo, a pesar de que hoy ya no es habitual, en esa época, dejar la carrera para formar una familia no era ninguna proeza. Era la norma. Las mujeres que trabajaban en una oficina, por ejemplo, no estaban muy bien vistas. Trabajar era vulgar; era para chicas de clase media o clase media baja que en general terminaban como amantes de sus propios jefes porque nadie las tomaba en serio. Las mujeres de buena familia no trabajaban y menos en una oficina. Como mucho eran maestras hasta que se casaban, se dedicaban a su familia y eran felices con el último modelo de lavarropas y los primeros tupperwares.

El apartamento, una de las mejores películas de Billy Wilder, cuenta la historia de una chica adorable —Shirley McLaine— que trabaja como ascensorista en una gran empresa. Hoy, medio siglo después, parece una comedia sencilla, pero en esa época reflejo la complicada realidad de las mujeres jóvenes de clase media que tenían que trabajar para subsistir. Fue, para las espectadoras, el espejo triste y arrugado de la amante que pasa sola las fiestas o que espera en vano al lado del teléfono.

Por primera vez se habló sobre la triste vida de esas asistentes, del asedio de los ejecutivos, de la dificultad que tenían para ser tratadas con respeto (los ejecutivos les hacían chistes sexistas y ofensivos, muchos ni siquiera las llamaban por su nombre y algunos les tocaban la cola con impunidad), la imposibilidad de acceder a trabajos calificados y el destino irreductible, inequívoco, fatal de terminar como amante descartable y solitaria de un hombre felizmente casado con otra mujer. Eran, paradójicamente, mujeres que —al contrario de Grace Kelly— querían dejar todo por amor, pero el amor no las quería a ellas.

Las chicas de familias acomodadas, por el contrario, en vez de trabajar, iban a la universidad. Pero no iban a estudiar y mucho menos a concretar sus ansiados sueños de ser profesional. Iban a buscar marido. En este caso, la dinámica era inversa: las estudiantes no sacrificaban su carrera para casarse. Sino que para poder casarse, se sacrificaban haciendo una carrera. En ambos casos la carrera era el sacrificio. Pero en el primero, lo terrible era dejarla. Y en el segundo, tener que hacerla.

Hoy en día, el axioma es igual de complejo. Aunque lo neguemos, existe un prejuicio intrincado e injusto que no deja a una sola mujer bien parada. Las que dejan de trabajar para criar hijos nos parecen holgazanas que se dan la gran vida mirando televisión y haciendo pilates durante todo el día, y las que trabajan a jornada completa y dejan a sus hijos con una niñera nos resultan madres abandónicas que tuvieron un hijo de puro capricho. (¿Leyeron? Dije holgazanas. Dije abandónicas)

Sin ir más lejos, en vez de comedias de Billy Wilder, hoy hay revistas enteras dedicadas a investigar qué clase de madre son las actrices de Hollywood o las cantantes pop. Si dejan de trabajar para criar hijos las persiguen para sacarles fotos con ojeras y el jogging enchastrado de papilla, y si siguen trabajando, las acusan de madres egoístas y dejadas. El público les pide que sean Grace Kelly y Shirley Mc Laine al mismo tiempo. Princesa y ascensorista. Madre y trabajadora. Y que sean buenas en ambas cosas también.

Hoy en día, casi cincuenta años después de El apartamento y La ventana indiscreta todavía no encontramos el término medio. Las que dejan de estudiar por trabajo son tontas, las que dejan de trabajar por sus hijos son vagas, las que dejan a sus hijos para poder trabajar son egoístas, las que dejan su carrera para casarse son antiguas, las que dejan a su marido para retomar la carrera son ilusas y las que no quieren tener hijos son enfermas, anormales, falladas. Hay prejuicios para todo el mundo. Para las actrices, las amas de casa, las ascensoristas, las secretarias. Todas son víctimas de nuestras exigencias imposibles. No se salva ninguna. Ni siquiera las que tienen coronita.

La teoría de la baldosa

Mi amiga Paula es una de las mujeres más graciosas que conozco. Es linda, divertida e inteligente. Además es curiosa: lee mucho, va al cine, mira series y saca fotos. Sin embargo, como no es despampanante, ni usa tacos aguja con pantalones ajustados, casi siempre se hace amiga de los hombres. Y por eso está soltera. Bueno, por eso, y por culpa de las ladronas de baldosa como Marilyn Monroe.

La mayoría de los hombres busca mujeres escandalosamente atractivas a cualquier precio. Incluso si son estúpidas. Las aman aunque vivan preocupadas por lo que le dijo una amiga a la otra, por lo mal que les cortaron el pelo, o por el kilo y medio de más que subieron cuando se fueron de vacaciones. Aunque sean profundas como un charquito callejero. Aunque su única aspiración en la vida sea tener un marido exitoso que les ponga una casa en un country, que las lleve a Punta del Este, que les traiga la revista Gente a la salida de la oficina, y les pague una empleada doméstica que trabaje de lunes a lunes. Es la verdad. Algunos lo asumen directamente, y otros magnifican atributos comunes y fantasiosos en cada pava que encuentran para justificarse.

Prueba de ello son los cientos de actores, conductores, músicos y directores de cine que en vez de salir con actrices, conductoras, músicas o directoras de cine, salen con modelos anoréxicas que no son más que una percha de ropa elegante.

Y está bien. Cada uno debe privilegiar las cualidades que más desee en una pareja. Si para ellos la belleza física es lo más importante, pues adelante. Que sigan diciendo que son “lindas”, “dulces”, “compañeras” o “buenas madres” para justificar que se casaron con un par de piernas largas sin nada en la azotea.

Sin embargo, este derecho legítimo y privado que a primera vista es irreprochable, tiene sus consecuencias. Principalmente para el universo; porque cuando una mujer tonta se casa con un hombre inteligente, está ocupando una baldosa ajena, un lugar que estaba destinado a otra mujer, un espacio que no le pertenece. Está sacudiendo el orden natural del cosmos, tomando una mitad que no era suya, la mitad de una mujer inteligente.

Al resto de las mujeres, este fenómeno nunca deja de extrañarnos. Casi a diario nos preguntamos como un cantante talentoso o un director de teatro puede estar casado cinco años con una mensa que sale en revista Caras, en cuatro patas y hecha milanesa en la arena, diciendo que su sueño es bailar en lo de Tinelli o escribir un libro de poemas. Es una duda que nos carcome por dentro: ¿Cómo se relaciona alguien que disfruta el arte con una mujer que sólo sabe de esmaltes de uñas y depilación brasilera? ¿Qué hacen cuando ven una película, leen un libro o tienen un vacío existencial? ¿Con quién hablan, con quién debaten, con quién intercambian ideas y se enriquecen? ¿Quién les devuelve los chistes? ¿Quién los hace reir? ¿Cómo es casarse con alguien que uno no admire?

La respuesta a esta pregunta diaria, que para algunas es el gran problema amoroso de sus vidas, es, sin embargo, sumamente simple: los hombres inteligentes y divertidos pueden darse el lujo de tener enamorarse de una idiota, porque tienen una amiga como Paula.

Con la novia tienen sexo y con Paula van al cine. Con la novia van a la playa y con Paula hacen chistes. Con la novia se casan y con Paula se asocian, trabajan, charlan, maduran, se encuentran. Es decir que mi amiga Paula es la que suple la carencia de la novia oficial. Es el ventilete intelecual de esa relación superficial, la muleta creativa, el bálsamo que sana la llanura pelada que ofrece el intelecto de la mamerta. Paula hace posible esa relación despareja. Sin una Paula con la que ir a tomar el té y al teatro el domingo, la otra relación estaría muerta.

Es por esto que es muy importante que emprendamos una acción conjunta. Que pensemos en nuestras primas, amigas, hermanas solteras que sufren tratando de conquistar a un galán talentoso que siempre cae en manos de una tarada mental que llora porque este verano no va a ir a Punta del Este. No seamos amigas de hombres que salen con taradas. Neguémosles la posibilidad de sostener este tipo de relaciones a largo plazo. No hagamos más de muleta. Que sientan el vacío y la soledad de ir a dormir todas las noches con un maniquí.

Neguémosles la amistad. Seamos todo o nada. Digámosles que vayan a hablar de historia con las taradas. Que les pregunten qué piensan de una obra de teatro, de una película checoslovaca o del conflicto entre Rusia y Georgia a sus lindísimas esposas milanesa.

Dejemos de ser las amigas piolas, la mina “cago de risa”, las copadas, las hermanas de la vida y las que los escuchan cuando la mensa los deja. Porque si dejamos esa baldosa lateral vacía, la otra no podrá llenarse con cualquiera.

Negúemosles la amistad. Neguémosle la amistad. Neguémosle la amistad. Hagámoslo por nuestras futuras hijas, por la armonía del universo o por la justicia divina. O al menos por mi amiga Paula, que desde Marilyn Monroe se casó con Arthur Miller, es la más ingeniosa y la más talentosa, pero siempre la más soltera.

 
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