Un mono para navidad

Presentación del libro Bestiaria,
Ateneo Grand Splendid
24/07/08

Cuando yo era chica, una de las grandes peleas que tenía con mi papá era por un mono. Cada vez que llegaba mi cumpleaños, Navidad o el día de reyes y me preguntaba qué quería de regalo, yo contestaba siempre lo mismo: un mono.

Y mi viejo estallaba de ira, presumo, porque sentía que pisaba el abismo de mi locura, y me reclamaba, sacado: ¿¡Por qué nunca podés pedir nada normal como los demás chicos?! ¡¿Por qué siempre estupideces, cosas raras, cosas imposibles?! ¿Por qué querés monos y jirafas?! (Una vez sola pedí una jirafa para ver si prendía. El resto de las veces era siempre mono) Y me regalaba una muñeca, la casa del pequeño pony, un vestido. Todo menos el mono.

Yo era rara. A mí me gustaba encerrarme en mi cuarto a escribir, a dibujar (en esa época yo quería ser pintora) y a recortar revistas. La felicidad era pasar el fin de semana en lo de mi abuela mirando cine argentino y contestando las preguntas de Feliz Domingo.

Como si fuera poco, en esa época, mi viejo había comprado un engendro editorial que se llamaba “Quiero un hijo ganador” y quería practicar los ejercicios del libro conmigo. Y yo era una gordita estudiosa, que era mala en los deportes y que se encerraba en su dormitorio a dibujar y a escribir pavadas todo el día. Era una perdedora total. Y esa conciencia de saberme perdedora, anormal, barroca, deforme, marginal, me persiguió como un látigo durante toda mi vida. Hasta el día de hoy.

Durante mucho tiempo yo me esmeré profundamente en ser normal. Yo traté de ser empresaria, pesar cincuenta y cinco kilos, ser rubia, e ir al club a jugar al hockey con mis amigas. Quise casarme con un hombre prolijo que me diera dos hijos igualitos a los de Valeria Mazza y dejar de trabajar para hacer obras de caridad. Prueba de ello son las cuatrocientas relaciones fallidas con jóvenes empresarios y otra clase de hombres supuestamente normales que emprendí en mis años de juventud. Y casi lo logro. Estuve así de cerca. Llegué a ser jefe de producción en dos empresas con mucho éxito.

El único problema era que todos los días, en horario laboral, yo me iba a una horita al patio de la oficina a llorar. Como un reloj. A eso de las tres de la tarde me sentaba en un salaminero de madera que habíamos abandonado atrás y lloraba a moco tendido porque no estaba escribiendo más.

Y lloré dos o tres años en el patio. Hasta que un día, en un mismo mes pasaron muchas cosas importantes juntas. Me enamoré de un amigo que era filósofo (que es el mismo que ustedes conocen como “mimarido” y renuncié a la empresa familiar. Así nomás, de un día para el otro, sin un peso en el bolsillo, con el contrato de alquiler a punto de vencer y sin saber de qué iba a vivir el resto de mi vida.

E hice algo que muchos de ustedes no saben y que los va a sorprender (si esto fuera una película este sería un plot point), me fui a trabajar a un call center.

Fue una época durísima para mí, porque mimarido y yo éramos muy pobres. Pero pobres escandalosos. Pobres como en el cine argentino, como en las películas de Trapero. Sin embargo, a pesar de la congoja de mi incipiente miseria, tenía la ilusión de volver a escribir, y era tanta, que casi casi, justificaba la pobreza, que como ustedes saben, es algo que detesto.

Así que en esa época, ya sin la presión de escribir un gran drama contemporáneo, abrí un blog y empecé a escribir los discursos con las que yo encandilaba a la gente en las sobremesas: empecé a clasificar viejas y a proponer teorías descabelladas, anormales, exageradas sobre amor. Es decir que empecé a escribir sobre todo lo deforme y marginal que había reservado para la charla cotidiana, para el chiste entre amigas. Y empecé a escribir cosas que me hacían morir de risa, y que sobre todo, hablaban de mí. Por primera vez hablaba explícitamente de mi anormalidad, de mis monos, de mis rarezas, y en vez de esconderlo lo exageraba, lo magnificaba hasta el infinito.

Ahora que hago muchas notas, me di cuenta que cuando me preguntan por qué empecé Bestiaria contesto esa pregunta disfrazada, con careta. Y hoy, acá, ahora, que tengo a mis lectores cerca quiero decirles la verdad. Yo escribo Bestiaria para todas las personas que alguna vez se sintieron raras. A mí, la normalidad me parece un disfraz humillante, una bandera de mediocres, un grillete en las piernas. Por eso jamás hablo de mujeres comunes, de mujeres equilibradas, de mujeres buenas. La publicidad, las novelas, los negocios de ropa le hablan a esas mujeres. Y lo tienen todo. Menos mis líneas. Mis líneas son mías y de ellas.

Yo soy todas las mujeres de Bestiaria y al clasificarlas, de alguna manera intento salvarlas a todas. Las enumero para que existan, como un lenguaje sagrado que se está muriendo, como bichos que se extinguen y tienen que subir a un arca de Noé que podría ser mi libro o mi blog. Las salvo a todas de su normalidad seriada, genérica, insignificante. A las que se manchan la camisa blanca a los tres minutos de ponérsela, las que tienen desordenada la cartera y el dedo meñique más largo que el resto. A las que no saben silbar. A las que no juegan al hockey. A las que nunca en la vida se casarían con un empresario. A las solteronas, a las gorditas, a las narigonas, a las inseguras. Yo escribí Bestiaria para esas mujeres a las que nadie les escribía. Para las mujeres que cuando eran chicas lloraban en su cumpleaños porque siempre recibían el regalo incorrecto.

Durante los tres años que escribí lo que ahora leen en este libro, hubo tres personas que hicieron una gran diferencia en mi vida y que me obligaron a llegar hasta acá. O mejor dicho, que me salvaron de ese destino forzado de mujer normal.

La primera es mi marido, que fue la primera persona que confió ciegamente en mí. Y confió en mí cuando nadie más lo hizo. Cuando rechazaba trabajos de gerente, a pesar de que no podíamos pagar las cuentas, para poder seguir escribiendo.

Y no sólo eso, claro. Cuando yo empecé Bestiaria escribía muy mal. Yo era guionista. Ser guionista, entre otras cosas, es enumerar, en orden cronológico un montón de acciones que recién después de una hora y media tienen un sentido. Y como muchos deben saber, eso está lejísimos de escribir. Así que mi marido se sentaba todas las noches después de trabajar a tacharme manuscritos. Y me tachaba todo. Pero todo. El me decía que estaban mal las transiciones, el planteo lógico, el ritmo, el tono, la sintaxis y yo lloraba y lo peleaba.

Invariablemente, producto de sus tachones, a eso de las cuatro de la mañana yo rompía en llanto y le preguntaba, con la voz entrecortada de angustia: ¡Para que me ha cés es cri bir si to tal pens sas que es t ato do mal, eh?! Lo ha ces de sa di co de mier da?? Y mi marido, que tiene una paciencia increíble, me decía siempre lo mismo: “está todo mal, pero algunos pasajes, algunos adjetivos, delatan que debajo de toda esta torpeza hay una escritora”. (No sé si hay una escritora, yo me siento más bien un personaje de mi marido, pero sé que no escribo tan mal como antes, o que se cansó de corregirme y ahora me miente diciendo que ya está bien y que no hay tanto para tachar)

En este proceso maravilloso me encontré con los lectores, mis primeros lectores, que a la vez, como grupo, son la segunda persona que legitimó mi anormalidad. Esta gente venía VOLUNTARIAMENTE a leer mis teorías descabelladas, mis personajes raros, mis mujeres deformes, barrocas, exageradas. Me elegía a mí por sobre todos los normales del mundo. Por primera vez en mi vida alguien celebraba que yo pidiera monos y no muñecas.



Yo, a mis lectores actuales les debo la felicidad de poder vivir de esto. Y lo agradezco. Pero a mis primeros lectores, a los primeros que se rieron con mis escritos o mandaron por mail un artículo que había colgado en internet les debo mi vida. No saben lo que es una palmadita en un momento de total oscuridad. Sin esos lectores yo todavía estaría tratando de casarme con un jugador de rugby, sacando costos de madera maciza, subrayando “Quiero un hijo ganador” y llorando sentada arriba de un salaminero, en el patio de mi oficina.

Y el tercero es este señor que tengo acá al lado, que ustedes deben conocer porque es bueno y se deja sacar muchas fotos, incluso disfrazado de señora o de teletubbie. Toda la gente que tiene un blog, cuando sea grande quiere ser Casciari. Yo ya soy grande, es verdad, y no quiero ser Casciari porque como es bueno, la gente le saca muchas fotos y yo en las fotos salgo mal. Pero soy su fan. Y me alegra que él haya legitimado todas sus rarezas y su anormalidad (no nos olvidemos que vive de mentir y mirar la tele) delante mío. Me conmueve y me alivia, que de alguna forma, a la distancia, él me haya mostrado, entre otras cosas, que estaba muy bien pedir un mono para Navidad.

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Quienes no hayan ido a la presentación, pueden leer un poco más de lo que se dijo en estas tres notitas (una sobre mí, otra sobre Hernán) y en este video ver cómo desvío los ojos con cara de loca.

Presentación del libro Bestiaria

presentacion libro bestiaria

Los veo ahí.
A todos.
¿OK?

 
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