Libro de Bestiaria

Dentro de una semana exacta, el día 1 de julio sale a la venta mi primer libro, "Bestiaria", basado en los textos de este blog. Contiene unos setenta artículos sobre el universo femenino, especialmente aguafuertes, estereotipos y algunas teorías descabelladas. Hay algunos nuevos, otros reescritos, y otros que se ampliaron. Sólo la esencia permanece intacta.

El prólogo es de Hernán Casciari y hay algunas ilustraciones de Celina Hilbert. Acá está la tapa, la contratapa, y el prólogo, que también va a estar como adelanto en la página de Alfaguara desde los primeros días del mes que viene.

libro de bestiaria

Bestiaria cuenta —como todos los relatos— dos historias.

La primera, sin querer, está emparentada con los bestiarios medievales, los libros de botánica, los diccionarios y la guía telefónica. Es, ante todo, un inventario imperfecto del mundo. Un glosario de estereotipos impuros de mujeres clasificadas según sus rarezas, su forma de divorciarse, sus métodos para superar una ruptura, el arco de su nariz, la pose del dedo meñique al tomar una taza de té, su rol en la escuela secundaria, el contenido de su cartera, el grado de impaciencia para disolver un caramelo en la boca o la relación con su padre.

Bestiaria es un bisturí. Un rayo de luz que descubre las imperfecciones en el pliegue de una tela. Una fórmula que intenta ordenar un universo; porque quien ordena, inventa una nueva estructura, un lenguaje, una forma de entender el mundo.

La segunda historia de Bestiaria es la mía. El libro recorre los años más importantes de mi vida. Cuenta los primeros meses de convivencia con mi pareja, tres mudanzas apuradas, las peleas con mi madre, mi pasión por las golosinas, media docena de trabajos ruines, y por sobre todas las cosas, mi necesidad de escribir. Yo soy todas sus mujeres. No hay ninguna que no contenga mis angustias y mis preguntas. En todas estoy yo, incluso cuando me contradigo.

En Bestiaria se pueden leer las dos historias. Quienes busquen contradicciones y anécdotas femeninas leerán la primera. Los que sospechen que las mujeres son una excusa para escribir sobre la humanidad, serán lectores de otra. Y los compartan conmigo el amor por los catálogos, las palabras y las rarezas, serán testigos de las dos. Dos historias que a primera vista no tienen nada que ver entre sí: la historia de una matemática secreta cifrada en las mujeres, y la historia de una mujer que escribe. Todo al mismo tiempo, con las mismas letras, en la misma hoja.

La afectada

El mejor lugar para reconocer a una afectada es la cocina. Es la única persona que corta medio tomate y guarda la otra mitad en un tapercito adentro de la heladera, le pone un broche al paquete de yerba, usa una bandita elástica para cerrar el paquete de galletitas y huele absolutamente todo lo que va a comer.

Además, revisa puntillosamente la fecha de vencimiento de todos los productos, va al supermercado con una lista, descarga los productos en orden sobre la cinta de la caja registradora (primero carnes y lacteos, luego verdulería, después perecederos, bebidas y limpieza) y pone los pollos y las bandejitas de carne en otra bolsita de nylon de la verdulería para evitar que alguna gota de sangre salpique la mercadería.

La afectada nunca cocina sin receta. Es incapaz de innovar o modificar la los condimentos de acuerdo a su gusto personal. No improvisa ni una ensalada. Su cocina se parece a una gran cadena de franquicias: es siempre la misma tarta, con la misma cantidad de queso y el tomate puesto en el mismo lugar. Si aprendió a hacer un plato que lleva doscientos setenta y cinco gramos de queso rallado y sólo tiene doscientos cincuenta, el menú se frustra hasta nuevo aviso.

Pero aparte de obsesiva, la afectada es supersticiosa y obediente como un empleado estatal. Tanto, que es la última mujer del mundo que todavía cumple con ciertos mitos de la gastronomía hogareña. Es la única que pone a leudar una masa todo el tiempo que indica la receta, la que deja en remojo las legumbres durante toda la noche (los demás nos olvidamos y las cocemos directamente o las ponemos en agua dos horas antes), la que espera que una torta se enfríe para probarla (las personas normales le cortamos un pedacito apenas sale del horno, nos quemamos vivas, la destrozamos y después la emparchamos con relleno), la que cree que hay bolsas especiales para freezer, y la típica ama de casa que trasvasa fideos, arroz y azúcar en frascos individuales que vuelve a llenar con el paquete original a medida que va consumiendo el contenido.

Por otro lado, la afectada lee las etiquetas de lavado de todas las prendas, refuerza la costura de los botones antes de que se caigan, repone el cepillo de dientes cada seis meses, jamás se sienta en un inodoro ajeno (incluso abre la puerta con papel higiénico en la mano), lee el manual de instrucciones antes de armar un mueble y todas las noches gira la almohada una veintena de veces hasta encontrar la mejor posición.

Cree en las ceramidas, en la placenta de tortuga, en los oligoelementos, en los productos fortificados con hierro, en el triángulo de las bermudas, en San Expedito, en las propiedades sanadoras del germen de trigo, la fórmula secreta de coca cola, y en todo lo que dicen en la televisión.

En la escuela secundaria, es muy fácil reconocer a la afectada porque tiene colores para subrayar y siempre sabe qué hay que hacer para el otro día. Pero desgraciadamente para ella, sus rituales no se mezclan nunca con la inteligencia. De hecho, en la mayoría de los casos es una burra infernal que memoriza las lecciones como un grabador de mano y pregunta —por las dudas, para estar segura— cuarenta veces por clase si ese tema va a estar en el examen, si es lo mismo comprar flauta Melos que Yamaha, y si puede usar el manual de geografía que usó su hermana el año anterior.

En la universidad, la afectada toma minuciosos y estériles apuntes de obsesiva. No escribe palabras clave ni hace cuadritos con flechas. Como una secretaria antigua, copia hasta el último artículo y la última conjunción de la lección. Es la víctima número uno de los rumores académicos sobre profesores incorruptibles y burocracia descabellada sobre el porcentaje de asistencia y otras pavadas. Se cree todo. Si le dicen que no puede entrar pasados cinco minutos de clase, piensa que de verdad le van a cerrar la puerta.

Cuando tiene un hijo, la afectada no hace nada que no haya dicho el pediatra. Lo llama cuarenta veces por día para preguntarle si puede reemplazar la zanahoria con zapallo, la manzana por banana o el yogur de vainilla por uno sin sabor. Sin embargo, su taradez no está asociada a un trastorno obsesivo. No se enferma de angustia si el nene tiene tos o llora por la noche. Simplemente no sabe ni puede imaginarse qué hacer para curarlo. No entiende. No sabe en dónde buscar. Se queda clavada en el piso.

Cada vez que sucede algo nuevo, la afectada se para como un juguete sin pilas. Para ella, todo lo que no tenga instrucciones es un agujero negro. Cada suceso, cada noticia, cada variación, es como una angustiosa caja de sorpresas que hay que mantener cerrada a cualquier precio. No vaya a ser cosa de que se abra y ella no tenga ni un tapercito, ni un broche, ni una gomita, ni una bolsita de freezer, para meterlo todo adentro de nuevo.

 
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