Y Dios creó a la mujer...

Columna Revista Gataflora Abril 2008
Según la religión cristiana, en el sexto día Dios creó al hombre, y como lo vio demasiado solo, tomó su costilla y creó también una mujer para que le haga compañía. Por el contrario, en la mitología griega, Zeus hizo una mujer de arcilla, pero no para entretener al hombre, sino para castigarlo por su soberbia. Desde entonces esta ecuación precaria se repite en todas las fábulas: en los cuentos infantiles, las telenovelas y en las comedias románticas. Desde la Biblia hasta Pigmalión. De maneras más o menos evidentes, es el hombre a través de su deseo quien le da sentido y vida a la mujer.

La Sirenita, por ejemplo, cuenta la historia de una sirena hermosa de voz dulce, que se enamora a primera vista de un joven capitán a quien rescata de un naufragio. Conmocionado por el accidente, cuando el capitán despierta, la confunde con otra mujer, a quien le propone casamiento. La Sirenita, entonces, consulta a una bruja mala, quien le da un par de piernas de mujer a cambio de su bella voz, bajo la advertencia de que podrá recuperarla sólo si logra que el capitán se enamore de ella.

La historia de la Cenicienta es parecida. Una joven hermosa es obligada a servir como esclava a su madrastra y a sus dos hijas feas, hasta que un día con la ayuda de un hada madrina, -que le da un vestido y un carruaje hasta las doce de la noche- asiste a un baile en el palacio real, en donde conoce al príncipe del reino, quien la rescata de su familia y la lleva a vivir con él.

En la Bella Durmiente, la protagonista es una hermosa princesa víctima de un embrujo. Un hada maligna la condena a permanecer dormida durante cien años, y un hada buena, para ayudarla, modifica ese hechizo para que se despierte cuando un joven príncipe se enamore y la bese.

Tanto en la Sirenita, como en la Cenicienta, como en la Bella Durmiente, Blancanieves o Rapunzel, para dar algunos ejemplos, sólo el hombre puede darle sentido a la vida de la mujer. La mujer es un ente inmóvil sin ambiciones ni sueños, paralizado en su propia tragedia, hasta que un príncipe valiente la rescata, le devuelve su voz, la libera de la esclavitud o la vuelve a la vida con un beso.

Por otro lado, Blancanieves duerme en una caja de cristal, Rapunzel vive prisionera en una torre, la Bella Durmiente está en coma en un castillo abandonado, la sirenita aislada debajo del mar. Pareciera que todas las mujeres de los cuentos están adormiladas, atontadas, al margen del mundo real, y que los hombres fueran los encargados de volverlas a la realidad. Sus besos les dan vida, como si fueran muñecos de arcilla. Los hombres son como dioses creadores y las mujeres, animales mitológicos o muñecos que sólo con el deseo de un otro se transforman en una persona completa.

En los cuentos infantiles, además, las mujeres son objetos que poseen belleza como único atributo. Y este atributo a su vez les confiere su esencia: las mujeres lindas son buenas, y las malas son feas. Mientras que las primeras enamoran al príncipe valiente con esa cualidad única e insuficiente, a las segundas solo les queda conspirar y sentir envidia. No hay otra opción. En los cuentos las mujeres buenas no existen; la protagonista debe conformarse con la ayuda de animales, seres fantásticos, enanos o leñadores desconocidos.
En “El príncipe encantado”, a primera vista pareciera que la ecuación de invierte: una mujer debe besar a un sapo que en realidad es un príncipe. Pero la premisa es engañosa, porque la moraleja de la historia (y su posterior simbolismo en el cotorreo femenino de peluquería) dice lo opuesto: que una mujer que no se fija en la apariencia de un hombre, puede llevarse una sorpresa y quedarse con un príncipe. Es decir, ganar el premio máximo: un hombre rico.

Las burbujas de las fábulas en las que el príncipe es siempre virtuoso y valiente y la mujer siempre bella e indefensa, persistieron hasta que los hombres se destruyeron en las guerras mundiales. Sólo entonces la realidad transformó la fábula y las mujeres salieron de sus castillos a trabajar, a estudiar y a conocer el mundo. Sin embargo, pasado el tiempo, las cosas parecen volver al mismo lugar. A pesar de que en las jugueterías hay celulares con música, computadoras y patinetas, hoy, millones de años después de Adán y Eva, el producto más vendido no es otro que el disfraz de princesa.

 
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