La gavilana

La gavilana realiza un trabajo irritante y minucioso muy parecido al control de calidad de los laboratorios. La única diferencia es que lo suyo es ad honorem; es como una supervisora espontánea y autogestionada del mundo, que —sin que nadie se lo pida— trabaja fiscalizando todo lo que pasa a su alrededor.

Desde que nace la gavilana tiene el mismo espíritu controlador. Sus primeras palabras no tienen nada que ver con el amor filial; lo primero que dice es "no" y “mío”. Ya a los cuatro años se dedica, como el adalid de un orfanato, a supervisar los movimientos de su hermano menor. Su voz es como una sirena. No pasan dos minutos sin que se escuchen sus agudas denuncias de alcahueta: “Mamá, Pedro está tocando el horno”, “Mamá, Pedro puso el canal que nos dijiste que no miremos”, “Mamá, Pedro dice que Papá Noel no existe”, “Mamá, Pedro respira más de lo que debe”.

Más tarde, es la alumna que le avisa a la maestra que alguien se está copiando, y la que se pone a llorar histérica cuando sus amiguitos se le amotinan y no quieren jugar con las reglas que ella pautó.

De grande, la gavilana vigila su territorio como un perro guardián. Si alguien (su marido, una amiga, una hija, por ejemplo) cocina en su cocina, merodea la cacerola como un buitre que sobrevuela un nido, e imparte órdenes disimuladas en forma de pregunta (¿Cebolla no le ponés? ¿Así de rapidito lo sacás del horno? ¿Ni un chorrito de leche lleva?). Pero no se queda ahí. Apenas el chef se da vuelta, la gavilana se abalanza sobre la cacerola para bajarle el fuego "porque se estaba quemando", agregarle sal "porque le faltaba un poquito" o una pizca de azúcar “para quitarle el amargor”.

Cuando ella cocina tampoco deja que nadie disfrute de la cena. Se la pasa dando indicaciones de cómo hay que consumir el plato, y si alguien elige comerlo de un modo distinto (separado, picado, frío, poniéndole mayonesa, por ejemplo) lo sermonea como un disco rayado o aprovecha un descuido para tirarle salsa arriba del plato o corregir el aliño como ella había determinado que debía ser en un principio.

Si tiene una mucama, por ejemplo, la gavilana la persigue por toda la casa con un trapo secundario, limpiando encima de la empleada y reacomodando los adornos de porcelana que corrió para limpiar la chimenea, mientras le dice –con falso entusiasmo- “Elllllllllvira, ¿Sabés qué? Las casitas de cerámica las ponemos asíiiiiii”.

En general, su técnica controladora atraviesa cuatro estadios: la persuasión, la súplica, la amenaza y finalmente, el regalo. Arranca diciéndole a su marido lo que tiene que ir a un casamiento con un traje azul.

“Bueno, yo sólo digo, que lo mejor es ir con el traje azul… Vos andá con el que quieras, pero ahí se va con traje azul… Los demás todos van a ir de azul. Vos hacé lo que quieras, yo solo digo…. Todos van de azul”.
Si su marido se niega rotundamente a ir con ese traje, la gavilana, con lágrimas en los ojos, que por favor que no la avergüence yendo vestido de cualquier manera.
“Todos van a ir de azul, vos siempre dando la nota, siempre haciéndome pasar vergüenza en público.”
Si tampoco consigue lo que busca, lo amenaza:
“Desde ya te aviso que yo con vos vestido de cualquier manera no voy. Si querés ir conmigo te ponés un traje azul como todos los demás. Yo no voy a pasar vergüenza. Punto”
Pero sí aún así no puede salirse con la suya, adopta un método más práctico y eficaz. Se aparece con un traje azul envuelto para regalo, una sonrisa encantadora y dice:
“¡Sorpresa! Tengo algo para vos, algo que te va a encantar"
Es la misma, además, que mientras alguien le habla, le mira fijo sus zapatos viejos, la misma clava la vista en el cuenco vacío de un tuerto que pide limosna, la misma que pregunta “¿Esto se puede tirar? cuando alguien apoya un papel al lado del teléfono o termina de leer un diario, la misma que nos arruina la sobremesa porque debe levantar los platos apenas el último comensal cruza los cubiertos y por último, la misma que cuando alguien se fastidia de su supervisión y le pide de rodillas que lo deje en paz, rompe en llanto plañidero y culposo, gritando que no era para tanto, que ella sólo quería ayudar.

 
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