Extraña pareja

Las mujeres estamos convencidas de que nuestra pareja es algo de otro mundo. Que nuestros problemas y anécdotas son la expresión más particular y sofisticada del amor. Que nuestros recuerdos deberían ser un libro, una comedia romántica, o por lo menos una anécdota curiosa que viaja de sobremesa en sobremesa.

Esta creencia torpe e ingenua a mí me parece encantadora. Como un coleccionista apasionado, cada vez que una mujer me cuenta las primeras citas con su novio, me fascina abrir los ojos bien grandes y decirle que nunca escuché cosa más especial. Nunca falla. Apenas digo que es la mejor historia del mundo, empiezan a soltar la lengua.

La histérica y el boludo son, por ejemplo, el tipo de pareja más común que conozco. Ella es chillona, prepotente y caprichosa, y él es un pancito de Dios. Ella se la pasa cagándolo a pedos delante de todo el mundo, pidiéndole cosas o poniendo mala cara porque trajo las facturas equivocadas, tiró un vaso de agua sobre la alfombra o se olvidó de comprar limones cuando fue al supermercado.

No lo deja hacer nada de nada, principalmente si tiene relación directa con sus amigos de soltero. Si vienen a su casa a comer o a ver un partido, la tolerancia de la histérica dura quince minutos. Pasado ese tiempo, se escucha un graznido que dice: "MAAAAAAAAAAAARCEEEEEEELO VENI POR FAVORRR"), se meten en el cuarto y se escuchan susurros ininteligibles. Cuando Marcelo sale, le dice a sus amigos siempre lo mismo: “Chicos, Maru se siente mal y nos tenemos que ir” o “Chicos, Maru tiene razón, no da que vengan si ustedes no pintaron y empapelaron la casa. Le tenemos que pedir perdón”.

Cuando frecuentan amigos de ella, en cambio, se pone de buen humor y se dedica a hacer chistes despectivos sobre su pareja, ridiculizando sus puntos débiles y contando un montón de intimidades que jamás deberían haber abandonado su habitación. Además, la histérica está obsesionada con que el hermano, el jefe o el socio de su novio lo están cagando y le llena la cabeza de teorías conspirativas para que pida un aumento o se busque un trabajo nuevo.

Si bien nadie la soporta, los amigos nunca le dicen a Marcelo lo que realmente piensan de su novia. Recién el día en el que él toma coraje y la deja, su familia festeja con una suelta de globos y él por fin recibe el aluvión de reproches y anécdotas horribles sobre su ex pareja.

A la inversa, la fanática y el engreído son otro modelo de relación muy común. Por medio de ardides psicópatas, él la convence de que es un héroe griego, y desde ese momento, ella vive para contar anécdotas que ilustren la engreída estampa de semidiós de su pareja. Que sabe todo, que es el más lindo, que siempre tiene razón. Todos los demás viven equivocados a la sombra de este profeta grandilocuente y sabelotodo que nos ilumina con sus anécdotas. Y como si fuera poco, mientras ella relata cómo él se peleo con un amigo, él asiente desde el fondo, como un entrenador de perros orgulloso mirando como su cachorra ataja un huesito de alimento balanceado sin moverse de la mesa.

Cuando sale con sus amigas, la fanática tiene un hábito inmoral y repugnante. Cada vez que alguna relata un defecto de su pareja, ella ofrece un contrapunto fantasioso y edulcorado sobre la suya. Si su amiga se queja de que su novio deja el baño mojado, ella acota que el suyo lo lustra con mirada de rayos laser sin moverse del bidet. Si dice que su novio no cocina, la fanática acota que el suyo la lleva a comer afuera todos los días y a la vuelta la carga en andas y le canta una serenata en la puerta del edificio.

Los siameses, otro estereotipo muy corriente de pareja, borran todos los pronombres, verbos y anécdotas en singular de su vocabulario. Se las ingenian como maestros de la lengua castellana para relatar absolutamente todo en la primera persona del plural: "A nosotros nos encantó esa película", "La zanahoria no nos gusta", "No somos de salir mucho".

Son, además, los creadores del numerito de "cortá vos" (que consiste en llamarse por teléfono y una vez agotada la conversación, exhortar al otro a que corte primero: "Cortá vos" "Nooo, cortá vos", "No, vos", "¡No! ¡Vos") y de "Yo te quiero más", un ritual parecido pero aún más empalagoso, en el que ambos amantes intentan convencer al otro de que ellos aman más: "Yo te amo más", "No, yo más", "No, yo", "¡No! ¡Yo te amo más!".

Previsiblemente, van a todos lados juntos. Él es el boludo que vemos a la salida de una clase esperando a su novia con la campera en la mano, y de ella es la cabecita que se asoma desde el auto cuando él baja para dejar algo en la casa de un amigo.

Otro ejemplo un poco más raro pero frecuente son la boluda y el gritón, que tienen un pacto secreto para mantener viva la relación: él la trata como un trapo de piso y ella lo excusa diciendo que está muy nervioso por el trabajo.

Son, paradójicamente, el matrimonio perfecto. Se complementan de manera vital, necesaria: él precisa a quien pisotear, y ella es una masoquista que encuentra goce en ser pisoteada. Cada vez que él la humilla en público, la increpa por una camisa mal planchada o le dice que es una inútil, ella se autoconvence de que lo soporta porque en el fondo él es bueno y la quiere. Pero la realidad es otra. Debajo de su mansa tolerancia, está segura de que su novio tiene razón: si lo deja se la comen los piojos.

Los presumidos escandalosos, en cambio, se gritan de manera recíproca. Su numerito más famoso es discutir en la calle y que uno se vaya caminando y el otro lo siga y lo agarre del brazo para retenerlo. Son como un espectáculo teatral interactivo, que incluye amigos, transeúntes y policías que no quieren participar de la obra, pero lo terminan haciendo.

Son celosos, posesivos, irracionales y no tienen vergüenza. Hacen cualquier cosa para ser el centro de atención (ya sea para que los miren, los consuelen o los atajen cuando se están por trompear con un tercero). Cuando van a una fiesta, por ejemplo, uno de los dos se emborracha y termina arruinando la velada. A veces ella pone mala cara hasta que él estalla de ira, a veces uno de los dos coquetea con un tercero, y otras veces ella agarra de los pelos a alguna soltera que tuvo la mala idea de mirar de reojo a su novio.

Por teléfono también tienen un show interesante. Mientras ella sale con sus amigas él llama para pelear a su celular. Si ella no lo atiende, insiste al de sus amigas, y si no quieren pasarle con su novia, se va hasta allá y arma un escándalo con botellazos y todo.

Y por último, están el desastre y la salvadora. Antes de conocerla, él era el peor partido del mundo: mujeriego, ludópata, mentiroso, irresponsable. Pegaba los mocos debajo de la mesa, se olía sus medias sucias, se gastaba el sueldo entero en la ruleta. Pero ella ve algo especial en él, lo convierte en su proyecto personal, y luego de un año de convivencia, encuentran una forma de tolerar las mutuas extravagancias.

A pesar de que nadie cree que su relación puede prosperar, se quedan juntos muchísimos años, unidos por un vínculo misterioso y singular, que nadie —ni sus propios hijos— terminan de entender nunca.

Mi nuevo blog

Yo odio a casi todos los taxistas, salvo a los que tienen el auto perfumado y no me hablan en todo el viaje. Tengo problemas con la mayonesa, con la gente que me llama mucho, con los deconocidos que me tocan el timbre, con la gente que me invita a su cumpleaños, con las vendedoras, con los operadores de telefonía celular, con el servicio técnico de mi proveedor de internet, con la u dueña de mi departamento, con mi vecino que escucha cumbia, con los cubiertos de plástico que se rompen, con la gente que condimenta la ensalada en desorden (1. Sal, 2. Aceto, 3. Oliva), con los que dicen "el barba", "el trompa", "el bobo" y otras barbaridades.

Me molesta también que me hablen en el supermercado, que mi marido destroce la comida en el plato, que las mozas se olviden de traerme el limón, que la gente me pregunte la hora si no uso reloj. Es decir, que tengo un carácter de mierda y no puedo remediarlo. Soy como una vieja mañosa de 100 años que se queja de todo

Pero luego de años de soportar mis ataques de ira y mi malhumor crónico, de intentar aplacar mi furia y mis mañas con terapias alternativas, sobornos, súplicas y amenazas, alguien me va a pagar por pelearme con todo el mundo. Mi familia apenas puede creerlo. Creyeron que este carácter iba a hundirme y, por el contrario, no hace más que darme alegrías. No sólo pago la mitad en Fibertel y el verdulero me regala ciruelas para ahorrarse mis quejas. Sino que este temperamento inflamable, además de mi cruz, ahora es mi trabajo.

Desde el 2 de marzo, además de seguir leyéndome -esporádicamente- en Bestiaria podrán ser testigos de mi incoherente malhumor en este blog del diario Crítica.

No tengo que aclarar lo contenta que me pone ser parte de Crítica y todo eso, porque me imaginarían feliz y es algo que no quiero. Yo nunca estoy bien. Soy pesimista: vivo para quejarme y para protestar. No puedo remediarlo. A diferencia del resto del mundo, yo nunca pienso en vasos medios llenos o vasos medios vacíos, yo pienso que el vaso tiene vida, y que me quiere matar.

 
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