La vida es sueño

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Columna revista Gataflora Enero 2008

A mí, después del chocolate, lo que más me gusta en el mundo es pensar pavadas. Mi abuela diría que tengo pájaros en la cabeza, pero yo prefiero pensar que soy inocente y cursi como una heroína de folletín.

Durante mucho tiempo creí que soñar despierta la mitad del día era el rasgo más llamativo de mi personalidad. Que ser una soñadora hacendosa y precisa era una cualidad especial, como ser tartamudo, pelirrojo o zurdo lo es para otras personas. Sin embargo, hace unos años, conversando con amigas, me di cuenta de que mi vicio no era mío. Que todas las mujeres pasábamos horas practicando diálogos irreales en voz alta, besándonos con actores de Hollywood entre sueños, o imaginándonos vestidas con el trench de Michelle Morgan y un collar doble de perlas viajando en el Orient Express.

Mis sueños, por ejemplo, siempre tienen que ver con amor y dinero. Me gusta pensar que soy millonaria o que por motivos extraordinarios puedo hacer un gran viaje. Miro un mapa durante horas, elijo falsos itinerarios, e incluso me debato entre dos destinos en puntos opuestos de un mismo continente. Soy una ilusa escrupulosa, cuido todos los detalles: pienso en las vacunas, en cuantos días se necesita para recorrer el país, o si alcanzará con saber inglés y pobre francés para hacerme entender.

Pero no siempre me dediqué a los viajes; cuando era soltera me volcaba más a las tonterías noveleras. Ensayaba mentalmente miles de escenas en las que alguien que me volvía loca en la vida real se enfermaba de amor por mí. Me imaginaba todos los escenarios probables, las líneas de diálogo más originales y me reía en voz alta si el chiste que alguno de mis personajes ameritaba un festejo.

A diferencia de los hombres, las mujeres no soñamos con desprolijidad. Nuestras fantasías son el cuadro hiperrealista de un artista obsesivo. No nos alcanza pensar en un par de brazos fuertes o en un millón de dólares caído del cielo. Para fantasear como se debe, las mujeres necesitamos verosimilitud marcial. Si vamos a soñar que nadamos en dinero, antes de gastar un centavo virtual necesitamos saber cómo llegó esa plata a nuestras manos, si retiramos una suma fija del banco o tenemos baldes llenos de monedas, si vamos a dejar de trabajar de por vida o si vamos a seguir haciéndolo por placer.

Ni siquiera en materia sexual podemos aislar la fantasía de su contexto. No manejamos el delirio abstracto. Si soñamos con un hombre, necesitamos saber –como mínimo- a qué se dedica, cómo nos conocimos, y qué sentimos por él. Sin aclarar ese panorama, las fantasías pierden atractivo. Son como una película pornográfica muy tirada de los pelos que nos deja insatisfechas.

El momento predilecto para pensar tonteras es por la noche, antes de dormir. Mientras encontramos la posición ideal de la almohada, la mayoría de nosotras empieza a esbozar los primeros trazos de un delirio somnoliendo parecido a los libros de Sidney Sheldon. Cada una elige su propia aventura. Algunas hacen escarmentar a su jefa, otras se acuestan con un compañero de facultad, otras le roban el marido a la hermana, y algunas se animan a ganar el Oscar.

Tan minucioso es el desglose de escenas y el pulido de los detalles, que muchas veces nos quedamos dormidas antes de empezar a fantasear, cuando todavía estamos preparando el trasfondo de la historia. Si tenemos una fiesta, por ejemplo, la pre-vivimos veinte veces. Recorremos todos los desenlaces probables con tanto esmero, que difícilmente nos llevemos una sorpresa el día del evento.

Este vicio, sin embargo, tiene efectos colaterales que nos perjudican. El primero es que se multiplican los planteos hipotéticos que le hacemos a los hombres: “Si yo me muriera ¿Con cuál de mis amigas te casarías?”, “Si tuvieras un millón de dólares, ¿en qué los gastarías?” “Si llegamos a viejitos juntos, vos preferirías: A. Morirte primero. B. Que me muera primero yo. C. Que nos muramos juntos en un accidente de tránsito”.

El segundo, es que tenemos miedo de que se nos suelte el último cable conectado al sentido común y se nos borre el delicado límite que separa la realidad de la ficción. Que un día, presas de un delirio romántico, entremos al aula de la universidad vestidas de novia, con todo el maquillaje corrido, a decirle que sí, que nos vamos a casar, a un profesor que apenas si retiene nuestro apellido.

Contra lo que pudiera parecer, este nivel de ensoñación no merma ni con romance ni con billetes. Las fantasías no son, para nosotras, un placebo. Son una forma de vida. Cuando estamos enamoradas, igual soñamos con tener una aventura escandalosa con otro hombre o con hacer escarmentar a un ex novio por indiferente. Nos motiva la venganza. Nos encanta pensar que abandonamos a nuestra pareja (contador, gordito, hipocondríaco) cuando inesperadamente conocemos a un neurólogo valiente del Chicago County Hospital (pintor torturado o empresario italiano también valen) y nos fugamos con él, dejando al gordito hecho pedazos, llorando arrepentido por no habernos acompañado a ver vidrieras o levantado sus propias medias del piso. Si mi abuela supiera, diría que se nos volaron todos los pájaros. Yo, en cambio, prefiero pensar que hacemos justicia.

Un matrimonio perfecto

La razón y los sentimientos son como un matrimonio de viejos locos que se detestan. Viven en la misma casa y muchas veces duermen juntos, pero se llevan tan mal, que no pueden dialogar ni ponerse de acuerdo. Siempre que hablan terminan peleados, sin dirigirse la palabra durante un tiempo.

Cuando una mujer decide casarse con un hombre por su dinero, por ejemplo, el corazón siempre se mete en el medio. Se frunce cuando el marido le pide un beso, mira con lascivia a otros hombres más lindos, y habla todo el día de culpa y remordimiento. Espera calladito y vengativo que la razón se duerma borracha o se distraiga en un acto fallido para ponerla en evidencia delante de todo el mundo.

Lo mismo sucede en el caso inverso: cuando una mujer se enamora, la razón la tortura con que ese hombre es un mujeriego, con que no deja propina o con tiene un edipo mal resuelto. Y por más que los sentimientos se tapen las orejas o pongan la música bien fuerte para no escuchar, siempre se filtra algún pensamiento.

Pero a pesar de que no entienden las razones del otro, la razón y los sentimientos tienen un pacto tácito que respetan a muerte: ante los demás son un frente unido. Son la misma persona. En casa podrán discutir y revolearse todo lo que encuentren, pero de la boca para afuera, los sentimientos y la razón siempre se muestran como un matrimonio perfecto.

Imágenes de mujeres: la quilombera

Cuando cumple los nueve meses de edad, lo primero que dice la quilombera no es ni "mamá" ni "papá". Sus primeras palabras (antes que "tutú", antes de "babau") son “Tenemos que hacer algo” o “¡Hay que ir a hablar!”

De chica o de grande, no hay semana en que la quilombera no haga llamar al encargado de un negocio, quiera ir a hablar a una reunión de consorcio, vaya como representante de sus compañeros a quejarse a la junta directiva del colegio, envíe un mail para exigir un bocinazo, o llame al servicio al consumidor para hacer una denuncia.

Sin embargo, a pesar de que siempre quiere hablar con alguien, su misión tiene muy poco que ver con las palabras. Hablar le da lo mismo que cantar, gritar o revolear papeles. A ella lo que le gusta es "ir a hablar" que es una acción completamente distinta a una charla con otra persona.

Si sólo hay tizas blancas, por ejemplo, la quilombera quiere tomar la universidad. Si el consorcio quiere poner vidrios lisos en vez de esmerilados, quiere armar una asamblea y derrocar al administrador. Si en el trabajo van a cambiar de marca de papel, quiere hacer un piquete a la salida. Nunca acepta una propuesta, o emplea una vía diplomática de negociación. Su respuesta es siempre “no”. Todo es una violación a los derechos, una vergüenza, una maniobra ilegal.

En la secundaria, la quilombera es delegada de su curso. Organiza el viaje de egresados y se amotina en el hotel de Bariloche cuando comen milanesa dos noches seguidas. En la universidad es miembro del centro de estudiantes y militante de alguna agrupación. Es la que nunca está conforme con ningún rector, la que no deja votar a nadie, la que escracha a todos los profesores que la reprueban e interrumpe las clases ajenas para hacerle un homenaje al Che Guevara.

Pero más allá de su pasión minuciosa y dedicada, la quilombera no persigue ningún fin concreto. Milita por militar, por el placer de oponerse. Mientras sus camaradas intentan definir los objetivos de su lucha, a ella le gusta reunirse en asambleas pajeras de cuatro noches para discutir si la bandera debería decir "camaradas" o "compañeros, si van a arrancar la manifestación desde Plaza de Mayo o desde el ministerio o si conviene imprimir panfletos doble faz para ahorrar papel.

La quilombera va a todas las marchas. Incluso si las consignas se contradicen entre sí. Va con Blumberg a pedir mano dura y con un grupo de taxistas a exigir la condena de policías represores. Cualquier problema que ande dando vueltas por ahí le sirve para canalizar su infinita sed de jaleo. Si tiene suerte y va la televisión, puede gritar en el micrófono de un movilero las palabras “injusticia” y "compañeros golpeados" un par de veces. Y si además le pegan un codazo de casualidad, siente el éxtasis divino de haber sido reprimida por luchar por sus ideales.

Así como para un músico tocar una buena guitarra es un sueño, para ella, agarrar un bombo o una pancarta, es un pedazo de cielo. La consigna que escriban sobre la tela es lo de menos, lo importante es golpear el tambor bien fuerte y revolear muchos papelitos.

Cuando es madre, la quilombera defiende a sus hijos con negación vehemente. Mientras que el resto de los padres detesta las reuniones escolares, ella las espera ansiosa porque piensa promover la crucifixión de una maestra o exigir la renuncia del director. La palabra "comité" o "junta" le causa orgasmos múltiples. De sólo pensar en reunirse para armar un petitorio, se hace pis encima de la alegría. Ni siquiera le interesa investigar a fondo la cuestión. Lo importante es agarrárselas con alguien y pasar años alterada por el asunto.

En todas sus actividades, la quilombera desborda con sus problemas a los demás, como una bañadera llena de agua que rebalsa y que moja el piso. Si ella es la encargada de tipear un trabajo en grupo para la facultad, el día de la entrega aparece llorando, pide un abrazo y dice que su cuñada tiene cáncer, para hacer sentir a cualquiera que le pregunte por la monografía una mierda insensible y egoísta.

Si, además, alguien quiere razonar con ella, en seguida apela a la emocionalidad y contraataca con un montón de argumentos irracionales y lágrimas de cocodrilo. Si ella no llevó el trabajo y aplazan a su grupo, no importa, porque hay gente que se caga de hambre. Si ella se olvida de entregar un sobre ajeno en un concurso, no importa porque total todo está podrido y corrupto. Si alguien tiene una opinión distinta a ella es siempre lo mismo: un fascista.

Por otro lado, tener esa veta quilombera tampoco es nada fácil. Muchas veces, sabiendo que le conviene callarse, no puede parar. Termina arruinándose la carrera por su necesidad permanente de pelotera. Su castigo es siempre el mismo: muchas veces, todos los que dijeron estar de acuerdo, dan un paso hacia atrás apenas ella golpea la puerta del director y dice que hay un problema del que tienen que hablar.

Concurso de blogs

Hay un nuevo concurso de artículos de blogs en español sobre leyendas o mitos locales. Para participar, hay que escribir un post contando con un máximo de mil quinientas palabras una curiosidad de tu ciudad o barrio.

¿Recuerdas aquella historia de un barrio, pueblo o ciudad, que cuando llegó a tus oídos pensaste que no era cierta, pero que ahora no estás tan seguro…? Escríbela en forma de post de un blog, envíanosla y participa en nuestro concurso”

El premio, (1.000 € para el mejor post de todos, 500 € para el segundo y 250 € para el tercero), lo elegirán los lectores por medio de un voto online –que ya está disponible en la página-, y un jurado de escritores, bloggers y periodistas de diferentes países. En la página ya hay algunos artículos participantes para empezar a leer y a votar, las bases del concurso, los nombres del jurado y un formulario para mandar el artículo con todos tus datos.

Pero en definitiva, lo único importante es contar una buena historia y escribir bien. Y los que no escriban tan bien, pueden agregar una foto para hacer el relato más atractivo. Tienen hasta el 15 de febrero para hacerlo.

Concurso patrocinado por jpsica.com

 
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