Somos lo que no comemos

Me niego a compartir el mundo con mujeres que no necesitan hacer dieta. No puedo aceptarlo. Es indignante, inmoral, imposible. Es una cuestión de principios: si tengo que asumir que algunas comen todo lo que quieren sin sufrir las consecuencias, no quiero seguir viviendo.

Supongamos que las mujeres se pueden ordenar de acuerdo a su forma de comer y que en la punta superior están las que apenas prueban bocado (las que se olvidan de almorzar, por ejemplo) y en la otra, la inferior, las golosas insaciables, que como yo, por la noche sueñan con orgías de scones. En el medio quedarían, entonces, las flacas que nunca engordan, las que hacen dieta toda la vida y las gordas resignadas.

Las que a mí me interesan, las que hacen dieta toda la vida, pueden ser gordas o flacas. La silueta es lo de menos. Algunas hacen ayunos, otras se entregan a una fuerza superior, y otras se engañan mientras recuperan los kilos de a poquito. Todas son, a su manera, diferentes; cada una cree en un dios distinto. Sin embargo, hay algo que las une. Bajen o no bajen de peso, están destinadas a una dieta mientras vivan y, a diferencia del resto del mundo, no están definidas por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer, o para ser más clara, por lo que no comen.

La gorda negadora

Mantra: “Yo prefiero tener unos kilos de más pero disfrutar, no me van esas minas que se la pasan contando calorías todo el día”

La negadora vive mirando el canal Gourmet y probando recetas de Narda Lepes como Plumcake con amapolas o Shepherd´s Pie, creyendo que en vez de una adicta imparable, es una sibarita. Como no considera sus excesos gastronómicos como un problema, cree que cuando quiera bajar de peso, lo hará sin mayor inconveniente. Porque “cuando ella se pone, se pone”.

El problema, sin embargo, es que nunca se pone, que nunca se pesa y que no ve la cantidad que come porque cree que los restaurantes sirven platos pequeños para estirar el presupuesto y que los paquetes que dicen “rinde 4 porciones” en realidad son para uno solo.

La negadora siempre hace dieta sola, en su casa, sin consultar a nadie, midiendo la bajada con el talle de pantalón para no enfrentarse a la amarga realidad de la balanza. Opta por versiones extremas, como la dieta de la luna, o la dieta de Atkins, pero después de dos días, cuando se siente una sirena, siempre la deja.

La gorda dietera

Mantra: “Sí, mayonesa light se puede”

A diferencia de la anterior, la gorda dietera tiene la sensación de que vive a dieta desde que tiene doce años. Y digo “la sensación” porque si realmente viviera a dieta, sería flaca.

A pesar de que a veces tiene nada más que cinco kilos de sobrepeso crónico, la gorda dietera ya probó de todo: tratamientos, acupuntura, pastillas, actividad física extrema. Cada vez que arranca un nuevo régimen, se entusiasma y dice que está distinta, que no tiene hambre, que no le cuesta hacerlo y que esa es la solución de su vida.

Sin embargo, son solo palabras. A las dos semanas inexplicablemente empieza a faltar, deja de pesarse, agrega un poquito de comida, y otras delicias de la vida dietera. Delicias, que, por otro lado, anticipan un fracaso estrepitoso y un encuentro esperable con las harinas complejas.

Como la anterior, también vive cocinando, pero para sostener una ingeniería dietética de placebos que la ayuden a sostener el régimen de comidas. Realiza toda clase de recetas en versión light, pasando por tortas, merengues y confituras a base de leche en polvo, edulcorante, gelatina sin sabor y esencias, que si bien tienen menos calorías que sus versiones regulares, son sumamente engordantes de todas maneras.

Es la consumidora número uno de todos los disparates light del mercado. Desde crema 0% grasas hasta salame bajas calorías, y aunque sepa que son engaños viles, prefiere creerse que no engordan antes de cerrar el pico.

La obsesiva

Mantra: “En vez de comer un helado, prefiero comerme 1 barra de cereal + 1 vaso de leche con cacao amargo y edulcorante + 1 banana mediana, que tiene las mismas calorías"

La obsesiva sabe las calorías de todos los alimentos como un fanático religioso que se aprendió la Biblia de memoria. Tiene teorías propias de combinaciones de ingredientes que aceleran el metabolismo, tés diuréticos y otros hechizos (adora la gelatina y las manzanas por ejemplo, pero jamás mezcla pastas con proteínas) y sufre una relación patológica de amor odio con los hidratos de carbono.

Además, vive negociando y calculando el impacto de lo que va a comer como si fuese un corredor de bolsa. Piensa en el gimnasio ya no como una fuente de salud, sino un sistema de reintegro abierto de calorías. Si come un plato de ravioles, por ejemplo, y consume seiscientas calorías en el almuerzo, por la tarde va al gimnasio a quemar otras trescientas para poder hacer una cena más suculenta.

Es previsible, entonces, que suba y baje de peso todo el tiempo. Semejante coordinación y montaje de artimañas dieteras, sólo tiene un final posible: engordar.

La fabuladora

Mantra: “Chicas, chicas, estoy re gorda”


La fabuladora no es flaca, es flaquísima. Su actividad principal es decirle a sus amigas que comió un montón de chanchadas e imitar el tamaño de los alimentos con el contorno de los dedos. Sin embargo, todos los que alguna vez la vieron comer, saben que miente; que cuando jura haberse atracado con un millón de empanadas, en realidad quiere decir que le robó un pedazo de repulgue al novio.

Para probarle a sus desconfiados interlocutores la veracidad de estos supuestos, la fabuladora ejecuta siempre una prueba física: se contorsiona, se agarra la piel de la panza, y, disfrazándola de rollito, pide que todos miren lo gorda que está.

Si además sus amigas hablan de hacer dieta, ella no puede soportar quedarse afuera, y aunque no tenga nada para bajar propone que vayan todas juntas a Figurella o empiecen el mismo día, la dieta Scardale. Si, en cambio, hablan con resignación de lo mucho que comen, ella se muerde el labio inferior y niega con la cabeza mientras repite que no tiene arreglo, que le gustan demasiado los chocolates.

La tramposa

Mantra: “Un poquito no hace nada” “Mañana todo líquido”

La tramposa vive dibujando y reagrupando lo que come como un contador evasor de impuestos. Cada vez que rompe la dieta, en vez de empezar de nuevo o de imponerse disciplina, piensa “bueno, comer media banana más es como si antes hubiera comido una banana más grande” o “en realidad no es tan grave, porque es fruta, es pura agua”.

Lentamente va estirando y deformando las consignas de la dieta, con tanta destreza, que hasta ella misma se convence de que no baja de peso por un problema metabólico. Si el médico le asigna 100 cc de leche descremada por día, arranca tomando leche entera, después la cambia por yogur, más tarde por queso blanco y después por 100 gramos de queso camembert con galletitas.

Siempre posterga el problema o le atribuye el fracaso de su dieta a otros motivos. Se promete a sí misma rutinas de ejercicio para el día siguiente, jura que ese bombón que tiene en la mano será el último y que volverá sin probar bocado de un banquete romano, pero nunca cumple.

Por último, hay algunas menos interesantes pero igualmente reales: la terrorista (que sólo consume tomates cherry y coca light por miedo a engordar), la oral (que se la pasa hablando de calorías, nutrientes, colesterol, mientras se come una hamburguesa en un fast food) y finalmente, la madre represora (que como fue gorda de joven ahora persigue a su rolliza hija de ocho años para que el lunes arranque la dieta de la luna con ella).

La nube negra

Dicen que la mayoría de la gente se arrima a sus amigos sólo cuando están en las buenas: cuando alquilan una casa de veraneo, cuando ascienden en el trabajo o cuando se ganan la lotería. La nube negra, sin embargo, es la prueba viviente de que esa conspiración no es más que un prejuicio. Como un tiburón que huele sangre en la inmensidad del mar, o un conductor que baja la velocidad para mirar un accidente, cada vez que alguien tiene una mala noticia, la primera en acercarse es ella.

La nube negra es un juglar de pesimismos. Va saltando de charla en charla con sus violines lastimeros, sembrando la duda y la tristeza en los ilusos corazones de su parentela. Cuando alguien le cuenta un plan optimista, la nube negra encuentra siempre un atajo al fatalismo. Si su mejor amiga le comenta que se va de vacaciones a Brasil, la nube negra le pide que tenga cuidado con la violencia. Si además acota que consiguió unas cabañas hermosas y baratísimas, le sugiere que se cuide de las estafas. Y si encima planea ir con el novio, la nube la felicita por la audacia, ya que conoce muchísimos casos en los que unas simples vacaciones terminaron con la pareja.

Cada vez que un conocido le pregunta cómo está, la nube negra abre una puerta al infierno. En vez de cumplir con el protocolo social y elegir una respuesta diplomática ("bien" o “acá ando", por ejemplo) dice siempre que está mal y enhebra diez anécdotas tremendas sin repetir y sin soplar. Intercala estafas domésticas (el plomero le cobró setecientos pesos y la cocina sigue perdiendo agua) con desgracias de salud (tiene la espalda a la miseria), con policiales (al hijo de una amiga lo asaltaron), deblaces económicas (le cuatriplicaron el ABL) y fábulas del apocalipsis (se viene la guerra de Medio Oriente o el dólar sube a nueve pesos).

Es, además, exagerada. Cualquier suceso ordinario es, para ella, un melodrama potencial. Con un poco de imaginación agorera, la nube asciende cualquier tropezón a la categoría de accidente, aunque sólo se haya cortado un dedo picando cebolla o se haya caído en un charco de agua. Desde ese momento en adelante, basta que le digan lo rica es la pizza, para que ella aclare que desde “el accidente” ya no puede amasar por el dolor de espalda.

Cuando la nube negra es chica, su parte preferida de los juegos es enumerar las reglas y todo lo que no se puede hacer. Secretamente adora cuando le diezman los ejércitos en el TEG, saca doble cero, o levanta la carta "marche preso" en el juego de la vida. Cuando se enferma, adora tomar jarabes feos frente al espejo, porque su esfuerzo la hace sentir una suerte de mártir: la Juana de Arco de los catarros. Reza para que la enyesen, le pongan aparatos, le extirpen las amígdalas o la internen en un orfanato y poder sufrir, como las heroínas de las novelas.

Más tarde, cuando tiene sus propios hijos, es una madre tediosa y sombría. No los deja salir a la calle cuando llueve, les prohíbe el viaje de egresados, y los asusta con mitologías rudimentarias que heredó de su bisabuela (si se meten a la pileta después de comer tienen un calambre, si mezclan sandía con vino se mueren, si se tocan les salen pelos en la mano como al hombre lobo, si se ponen bizcos y viene un viento se quedan ciegos y si andan a caballo en el monte quedan estériles para siempre).

En su tiempo libre, la nube negra mira documentales de intervenciones quirúrgicas o animales devorados por otras especies en el África y novelas mexicanas con galanes indigentes. Le gusta también leer a Nostradamus, textos de autoayuda acerca de envejecer o amar demasiado y biografías sobre grandes personajes que terminaron sus días comiendo mendrugos y pidiendo limosna para comprar carbón y leña.

Es verdad que no hay por qué escucharla o que no es necesario tomarla en serio. Pero tampoco hay que confiarse demasiado. Después de tantos años de flagelo y sufrimiento, la nube logra perfeccionar su fatalismo de tal manera, que siempre logra colar una sombra en las ilusiones de los demás. Por las dudas, hay que andar siempre con cuidado y evitar hablarle de buenas nuevas. Basta con gotear un poquito de sangre para que venga la nube negra.

 
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