50 piedras con las que las mujeres tropezamos una y otra vez

1. Teñirnos el pelo o probar un corte de pelo nuevo un día antes de una cita.
2. Mirarnos los granitos, la nariz, los dientes en una vidriera espejada (Si sabemos que adentro hay gente).
3. Confiar en que un hombre va a llevar a pasear, bañar y a juntar la caca del cachorro.(Mienten con esto desde los 5 años de edad)
4. Hablar de más.
5. Pesarnos después de tomar dos litros de agua pensando que nos la vamos a bancar (Y después llorar)
6. Indagar sobre un tema que sabemos que nos va a hacer mal saber.
7. Creer que vamos a poder rescindir el contrato cuando queramos.
8. Volver a probar con el autobronceante en crema todos los veranos (Es imposible no marcarse los dedos)
9. Confiar en que vamos a comer uno solo (una sola bandeja)
10. Comprar la horma entera de queso "para tener" (Tener panza)
11. Preguntarle y creerle pronósticos a la tarotista (Sólo si son buenos)
12. Ponernos al sol con aceite de cocina al mediodia porque el sabado tenemos una fiesta (Y necesitamos estar bronceadas ya mismo)
13. Creerle a todas las publicidades de productos para el cabello (Al único que hay que creerle es al photoshop)
14. Pensar que es sólo una amiga.
15. Aceptar que te presenten a un amigo del novio de tu amiga (Los hombres normales no aceptan esas cosas)
16. Hacer trabajos en grupo en la facultad (Vamos a terminar haciendo todo nosotras)
17. No ir a cambiar un pantalón que nos queda chico porque vamos a bajar de peso y nos va a entrar (De guante)
18. Ofrecer la casa para una fiesta
19. Pensar que en una relación puede haber un bueno y un malo (Si estuvieron juntos tanto tiempo...)
20. Darle otra oportunidad sabiendo que no va a funcionar
21. Creerle a un hombre que va a cambiar (Cambiar de novia)
22. Pensar que las rayas o los colores claros no nos hacen más gordas, que es un mito. (Es un mito. Lo que nos hace más gordas es comer pan)
23. Comprar una una prenda color blanco creyendo que la vamos a cuidar
24. Creer en la palabra "temporal".
25. Presentarle un novio a tu familia.
26. Pensar que "total, al otro día hacemos todo líquido" (Sí, licor y crema sin batir)
27. Perdonar a una amiga que nos robó un novio.
28. Preguntar "¿En qué estás pensando?"
29. Hacernos toda la película con un hombre luego de la primera cita.
30. Creerle a la vendedora (Que encima trabaja por comisión)
31. Suponer que sí, que después del programa y antes de quedarse dormido, efectivamente va a lavar los platos.
32. Dejar de hacer algo por un hombre.
33. Pasarnos la maquinita porque nos invitaron a una pileta de imprevisto, aún cuando habíamos jurado no volver a hacerlo nunca más.
34. Amargarnos o alegrarnos por el horoscopo del domingo.
35. Mirarnos en el espejo del ascensor.
36. Creer en la envidia sana.
37. Contestarle el teléfono a un ex novio.
38. Encargarnos de organizar algo en el colegio de nuestros hijos, de juntar la plata para una cena, de comprar el regalo de fin de año de una maestra.
39. Decir toda la verdad.
40. Creernos que "están juntos por los chicos"
41. Prestar ropa, libros o cds.
42. Confiar en el mozo que dijo que no tenía crema ni aceite. (Por favor, los cocineros de bares no saben cocinar sin crema o aceite)
43. Creer en la centella asiática, las ceramidas, la placenta de tortuga, las propiedades del té verde y del adelga-mate.
44. Pensar que quizás esta Navidad la pasamos bien.
45. Creernos que lo exterior no es importante (Pero por favor, claro que es importante)
46. Aceptar el consejo de una amiga resentida con los hombres u obsesionada con su ex marido.
47. Pagar mil doscientos pesos por un tratamiento con cápsula de ozono, algas y vendas frías (¡Chicas, sabemos que es todo mentira!)
48. Pensar que se asustaron, que perdieron tu teléfono, que tienen miedo de quedar desesperados, que están intimidados.
49. Salir con tipos muy lindos, muy preocupados por la ropa, o que conozcan muchos restaurantes y boliches.
50. Decir "te amo" antes que ellos.

Sueñan las mujeres con canciones de Peter Cetera?

Columna en Gataflora de Noviembre

En la década del cincuenta, y en los primeros años de los sesenta, la única carrera posible para las mujeres era la de esposa perfecta. Desde muy chicas, las solteras se entrenaban en el arte de sonreír, cocinar y arreglarse el pelo, consagradas a la bella empresa de “casarse bien”. El objetivo era conseguir los últimos electrodomésticos y un marido adecuado. Nada más. Ni viajes extravagantes, ni sexo prematrimonial, ni tacos aguja, ni una carrera. La vida giraba alrededor del matrimonio, entre cuatro paredes, detrás de una pila de camisas para planchar.

En el cine, fue la época de las grandes divas y galanes de Hollywood. Doris Day y Rock Hudson filmaban decenas de comedias inocentes que terminaban siempre en el altar. La televisión era un rosario de shows familiares, concursos, y publicidades de tupperwares. En la radio, los hits del momento eran “All my love”, “Sentimental me”, “Because of you”, “Unforgettable” y “When I fall in love”.

Ese mundo fuera del tiempo, ese infierno tranquilo, no podía durar para siempre. En la segunda mitad de los sesenta, una nueva generación se rebeló contra los principios de la anterior. Ser ama de casa pasó a ser sinónimo de esclavitud. Las nuevas mujeres ya no querían planchar las camisas de nadie (¡Ni siquiera las propias!). Preferían irse a vivir solas, salir de noche, tener sexo ocasional, estudiar carreras masculinas y si querían, ser madres solteras. Abandonaban, por primera vez, el corsé, el maquillaje y los ruleros, porque conquistar un marido proveedor había dejado de ser la única forma legítima de subsistencia.

En Hollywood, Doris Day se quedaba sin trabajo, Rock Hudson contraía sida, y desaparecían la mayoría de las comedias románticas. Las historias también cambiaban: las protagonistas ya no querían casarse de blanco, querían triunfar como cantantes de rock. Los hits de la época eran “Let it be”, “War”, “Fame”, “Disco lady”, “Dancing queen” y “Saturday night fever”. Nada de duetos románticos ni jingles pegadizos; la música era para protestar o seducir.

Sin embargo, todos estos cambios no liberaron a la mujer de sus ficciones. Le dieron más independencia, es verdad, pero a nivel emocional el avance fue muy precario. La mujer tuvo que seguir fingiendo: en los cincuenta, que la felicidad era tener un marido y dos hijos, y en los setenta, que la felicidad era no tenerlos.

Recién en 1980 se dio la verdadera revolución femenina. Por primera vez, los medios de comunicación reflejaron con infinita precisión el mundo interior de la mujer. Cada comedia romántica, cada miniserie, cada balada. Todo se volvió exagerado y cursi, pero finalmente se supo la verdad: que cuando las mujeres pensaban en amor, no soñaban ni con matrimonio ni con sexo libre. Se imaginaban una gran historia, llena de diálogos amanerados y proezas. Todos los clisés, las grasadas románticas y los diálogos bananas se fundaron en la década del ochenta.

La moda también reflejó este impulso. Luego de años contemplando si un vestuario era apropiado o elegante, burgués u opresivo, las mujeres se pusieron, literalmente, lo mismo que las niñas de cuatro años le ponían a sus muñecas: vestidos con mangas enormes, prendas atiborradas de moños y voladitos, bijouterie de strass, y polleras de princesa.

En el cine hubo una desbocada proliferación de sensiblería adolescente. Algunos argumentos -a pesar de su inverosimilitud- hoy son paradigmas del cine de esa década: el soñador que trama un plan estúpido para conquistar al amor de su vida, el triunfo de los perdedores sobre los ganadores, el baile y las coreografías nabas como canal de expresión, el personaje que, contra todos los pronósticos, intenta concretar un sueño –casi siempre ridículo- en una academia.
Se instituyeron también los nuevos leit motivs del cine superficial: el baile de graduación, los amantes que se corren sin motivo por la playa, la música estridente en el clímax, los tortolitos que se tiran harina o látex mientras cocinan o pintan una pared, el reconocimiento público del héroe al final de la película.
En la música, volvieron las baladas románticas llenas de falsetes y alaridos. La gente volvió a bailar lentos. Los autores volvieron a componer duetos unisex. Heart reclamaba amor en Alone y What about love? Phil Collins escribía los hits clásicos A groovy kind of love o Against all odds, y Peter Cetera subrayaba el contenido novelero de ciertas películas con su edulcorada poesía (¿o alguien puede concebir líneas más rosas que éstas: “I am a man who will fight for your honor / I'll be the hero you're dreaming of”?)

Muchos pueden decir que sólo es una cuestión de gustos y que el pasado siempre nos parece ridículo. Pero como se explica, entonces, que las escenas románticas de los cincuenta hoy sean clásicos y la de los ochenta nos den vergüenza ¿Por qué bailar como Ginger Rogers y Fred Astaire es una hazaña, pero hacer la coreografía de Dirty Dancing es, en cambio, un papelón que sólo puede ejecutarse borracha y con amigas? Si sobre gustos no hay nada escrito ¿Por qué nadie se declara fanático de Molly Ringwald o escucha Air Supply, en el auto, a todo lo que da?

Hubo otras épocas igualmente bizarras y no han dado, sin embargo, ni un solo videoclip del que reírse hoy. No nos confundamos. No nos burlamos de los ochenta porque sean una payasada pueril. Renegamos de los ochenta porque tenemos vergüenza. La misma vergüenza que sentimos cuando alguien nos lee el diario íntimo o cuando descubren qué chico nos gusta en la escuela. El cine clásico representa lo que las mujeres querríamos soñar (Ser Audrey Hepburn en Sabrina, por ejemplo), mientras que los ochenta reflejan lo que en realidad soñamos (Ser Alexis Carrington en Dinastía).

Seguirán pasando los años y se acumularán más películas y canciones. Sin embargo, yo dudo que las mujeres alguna vez soñemos con bodas apropiadas o relaciones modernas. En el fondo, aunque muchas se enojen, cuando nos imaginamos el amor perfecto, pensamos en Molly Ringwald. Que te abandone tu novio o que te dejen plantada en la iglesia no se parece a ninguna escena del cine francés. El mal de amores suena como las canciones de Peter Cetera.

Cuatro miedos femeninos

Hoy en día, el género femenino está amenazado sólo por cinco plagas: los hombres emocionalmente tarados, la falta de autoestima (con todos sus disfraces), las suegras jodidas, las amigas roba-novio y, por último, los miedos irracionales.

De los primeros ya me he encargado en varios artículos. De las amigas roba-novio y de la autoestima he hablado mucho también. De las suegras ya escribí cinco veces, sólo que nadie sabe que estoy hablando de ellas. Es un secreto que va a morir conmigo. Sobre los miedos femeninos, sin embargo, apenas si garabateé algún dato aislado.

El miedo más famoso que tenemos las mujeres, es a morirnos solas y llenas de gatos. Cada vez que terminamos una relación, vemos el mismo flash forward: nos imaginamos hablando solas, en un departamento lleno de bolsitas de residuos y revistas viejas, tapadas de gatos sucios con cara de hombre, que piden alimento balanceado trepados a los estantes de la biblioteca. Pensamos que cuando nos llegue la hora, nadie va a saber que estamos muertas, y será el portero quien descubra nuestro cuerpo verde e hinchado diez días después. En esos momentos, todas caemos en la misma rutina ansiosa: buscamos amigos que oficien de plan alternativo, y arreglamos matrimonios conjeturales si es que a los cincuenta años todavía seguimos libres.

El segundo miedo dura más o menos una década y luego desaparece. Arranca entre los once y doce años, con la primera menstruación, y va menguando cada veintiocho días, hasta perderse en la memoria para siempre. Los primeros dos años son, sin duda, los peores. Durante cinco días al mes no hacemos más que sufrir e imaginar que escondemos en la pollera del colegio un espeso río carmesí de vergüenza que apenas nos paremos, se escapará zigzagueante por una pierna. Cada diez minutos sometemos a nuestras amigas a mirarnos el pantalón para ver si estamos manchadas (boluda, mirame, mirame ¿me manché?), como si en esa confirmación se nos fuera la vida, y vamos al baño todavía más seguido para volver a revisar.

El tercer miedo no tiene un objeto específico, pero sí un escenario. Las mujeres creemos que cualquier ruido nocturno significa que hay un asesino en casa. Cualquiera. Incluso un ladrido o una bolsa de nylon que se mueve. Así como nos lavamos el pelo todos los días, o vamos a la peluquería una vez cada dos meses, las mujeres, noche por medio, vamos al living con un cuchillo en la mano. En épocas de vientos fuertes incluso más. Quizás todas las noches. Esta es, además, una fobia narcisista, porque dormimos como un ojo abierto, como si fuésemos el líder de la mafia o un magnate griego, pero en la mayoría de los casos es tan poco lo que nos pueden robar que no vale la pena ensuciar el cuchillo.

El cuarto y último miedo es muy simple: tenemos pánico a que nos dejen de querer de repente. Cada vez que un hombre nos dice “tenemos que hablar”, en vez de pensar que quiere debatir las próximas vacaciones o el estado de las plantas del balcón, preferimos creer que conoció a otra mujer. Es lo primero que se nos viene a la cabeza. Cualquier actitud no convencional es, para nosotras, la máscara de un engaño. No hay otra forma de verlo. Por eso desmenuzamos sus palabras y su conducta como analistas de calidad en un laboratorio. Nos alivia pensar que si estamos alerta quizás no pase nunca, y si tiene que pasar, que podamos descubrirlo antes de que sea demasiado tarde para tirarles el placard por el balcón.

Es verdad que hay otros. Algunas le tenemos miedo a las ratas, otras a las arañas y alguna a los perros grandes. También a morirnos, a engordar, a que nos corten mal el pelo, a que nos metan los cuernos, a que se nos corra la media, a que se nos caiga un bebé al piso, a quemarnos con la plancha.

Sin embargo, ninguno es absoluto. Yo, por ejemplo, no tengo hijos y puedo aplastar arañas con un zapato sin ningún temor. De las mujeres que conozco, en cambio, no hay ninguna que no despierte al marido a la medianoche porque “hay ruidos”, o caiga en el lamento de que va a morir sola en un departamento lleno de telarañas y recuerdos.

Yo pienso que es genético. Que algunos miedos vienen junto al color de ojos o a un lunar en forma de pera que tiene toda tu familia. Para probarlo, basta con saber que el el mayor miedo de los porteros es encontrar a una vieja muerta en su departamento y tener que llamar a la familia, el de los gatos que fallezca la dueña que los acaricia y les da de comer, y el de los hombres, sentar a su novia en una mesa y decirles que van a dejarla por otra mujer.

 
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