1. Teñirnos el pelo o probar un corte de pelo nuevo un día antes de una cita.
2. Mirarnos los granitos, la nariz, los dientes en una vidriera espejada (Si sabemos que adentro hay gente).
3. Confiar en que un hombre va a llevar a pasear, bañar y a juntar la caca del cachorro.(Mienten con esto desde los 5 años de edad)
4. Hablar de más.
5. Pesarnos después de tomar dos litros de agua pensando que nos la vamos a bancar (Y después llorar)
6. Indagar sobre un tema que sabemos que nos va a hacer mal saber.
7. Creer que vamos a poder rescindir el contrato cuando queramos.
8. Volver a probar con el autobronceante en crema todos los veranos (Es imposible no marcarse los dedos)
9. Confiar en que vamos a comer uno solo (una sola bandeja)
10. Comprar la horma entera de queso "para tener" (Tener panza)
11. Preguntarle y creerle pronósticos a la tarotista (Sólo si son buenos)
12. Ponernos al sol con aceite de cocina al mediodia porque el sabado tenemos una fiesta (Y necesitamos estar bronceadas ya mismo)
13. Creerle a todas las publicidades de productos para el cabello (Al único que hay que creerle es al photoshop)
14. Pensar que es sólo una amiga.
15. Aceptar que te presenten a un amigo del novio de tu amiga (Los hombres normales no aceptan esas cosas)
16. Hacer trabajos en grupo en la facultad (Vamos a terminar haciendo todo nosotras)
17. No ir a cambiar un pantalón que nos queda chico porque vamos a bajar de peso y nos va a entrar (De guante)
18. Ofrecer la casa para una fiesta
19. Pensar que en una relación puede haber un bueno y un malo (Si estuvieron juntos tanto tiempo...)
20. Darle otra oportunidad sabiendo que no va a funcionar
21. Creerle a un hombre que va a cambiar (Cambiar de novia)
22. Pensar que las rayas o los colores claros no nos hacen más gordas, que es un mito. (Es un mito. Lo que nos hace más gordas es comer pan)
23. Comprar una una prenda color blanco creyendo que la vamos a cuidar
24. Creer en la palabra "temporal".
25. Presentarle un novio a tu familia.
26. Pensar que "total, al otro día hacemos todo líquido" (Sí, licor y crema sin batir)
27. Perdonar a una amiga que nos robó un novio.
28. Preguntar "¿En qué estás pensando?"
29. Hacernos toda la película con un hombre luego de la primera cita.
30. Creerle a la vendedora (Que encima trabaja por comisión)
31. Suponer que sí, que después del programa y antes de quedarse dormido, efectivamente va a lavar los platos.
32. Dejar de hacer algo por un hombre.
33. Pasarnos la maquinita porque nos invitaron a una pileta de imprevisto, aún cuando habíamos jurado no volver a hacerlo nunca más.
34. Amargarnos o alegrarnos por el horoscopo del domingo.
35. Mirarnos en el espejo del ascensor.
36. Creer en la envidia sana.
37. Contestarle el teléfono a un ex novio.
38. Encargarnos de organizar algo en el colegio de nuestros hijos, de juntar la plata para una cena, de comprar el regalo de fin de año de una maestra.
39. Decir toda la verdad.
40. Creernos que "están juntos por los chicos"
41. Prestar ropa, libros o cds.
42. Confiar en el mozo que dijo que no tenía crema ni aceite. (Por favor, los cocineros de bares no saben cocinar sin crema o aceite)
43. Creer en la centella asiática, las ceramidas, la placenta de tortuga, las propiedades del té verde y del adelga-mate.
44. Pensar que quizás esta Navidad la pasamos bien.
45. Creernos que lo exterior no es importante (Pero por favor, claro que es importante)
46. Aceptar el consejo de una amiga resentida con los hombres u obsesionada con su ex marido.
47. Pagar mil doscientos pesos por un tratamiento con cápsula de ozono, algas y vendas frías (¡Chicas, sabemos que es todo mentira!)
48. Pensar que se asustaron, que perdieron tu teléfono, que tienen miedo de quedar desesperados, que están intimidados.
49. Salir con tipos muy lindos, muy preocupados por la ropa, o que conozcan muchos restaurantes y boliches.
50. Decir "te amo" antes que ellos.
50 piedras con las que las mujeres tropezamos una y otra vez
Escrito por Carolina Sección: InventariaEn el cine, fue la época de las grandes divas y galanes de Hollywood. Doris Day y Rock Hudson filmaban decenas de comedias inocentes que terminaban siempre en el altar. La televisión era un rosario de shows familiares, concursos, y publicidades de tupperwares. En la radio, los hits del momento eran “All my love”, “Sentimental me”, “Because of you”, “Unforgettable” y “When I fall in love”.
Ese mundo fuera del tiempo, ese infierno tranquilo, no podía durar para siempre. En la segunda mitad de los sesenta, una nueva generación se rebeló contra los principios de la anterior. Ser ama de casa pasó a ser sinónimo de esclavitud. Las nuevas mujeres ya no querían planchar las camisas de nadie (¡Ni siquiera las propias!). Preferían irse a vivir solas, salir de noche, tener sexo ocasional, estudiar carreras masculinas y si querían, ser madres solteras. Abandonaban, por primera vez, el corsé, el maquillaje y los ruleros, porque conquistar un marido proveedor había dejado de ser la única forma legítima de subsistencia.
En Hollywood, Doris Day se quedaba sin trabajo, Rock Hudson contraía sida, y desaparecían la mayoría de las comedias románticas. Las historias también cambiaban: las protagonistas ya no querían casarse de blanco, querían triunfar como cantantes de rock. Los hits de la época eran “Let it be”, “War”, “Fame”, “Disco lady”, “Dancing queen” y “Saturday night fever”. Nada de duetos románticos ni jingles pegadizos; la música era para protestar o seducir.
Sin embargo, todos estos cambios no liberaron a la mujer de sus ficciones. Le dieron más independencia, es verdad, pero a nivel emocional el avance fue muy precario. La mujer tuvo que seguir fingiendo: en los cincuenta, que la felicidad era tener un marido y dos hijos, y en los setenta, que la felicidad era no tenerlos.
Recién en 1980 se dio la verdadera revolución femenina. Por primera vez, los medios de comunicación reflejaron con infinita precisión el mundo interior de la mujer. Cada comedia romántica, cada miniserie, cada balada. Todo se volvió exagerado y cursi, pero finalmente se supo la verdad: que cuando las mujeres pensaban en amor, no soñaban ni con matrimonio ni con sexo libre. Se imaginaban una gran historia, llena de diálogos amanerados y proezas. Todos los clisés, las grasadas románticas y los diálogos bananas se fundaron en la década del ochenta.
La moda también reflejó este impulso. Luego de años contemplando si un vestuario era apropiado o elegante, burgués u opresivo, las mujeres se pusieron, literalmente, lo mismo que las niñas de cuatro años le ponían a sus muñecas: vestidos con mangas enormes, prendas atiborradas de moños y voladitos, bijouterie de strass, y polleras de princesa.
En el cine hubo una desbocada proliferación de sensiblería adolescente. Algunos argumentos -a pesar de su inverosimilitud- hoy son paradigmas del cine de esa década: el soñador que trama un plan estúpido para conquistar al amor de su vida, el triunfo de los perdedores sobre los ganadores, el baile y las coreografías nabas como canal de expresión, el personaje que, contra todos los pronósticos, intenta concretar un sueño –casi siempre ridículo- en una academia.
Se instituyeron también los nuevos leit motivs del cine superficial: el baile de graduación, los amantes que se corren sin motivo por la playa, la música estridente en el clímax, los tortolitos que se tiran harina o látex mientras cocinan o pintan una pared, el reconocimiento público del héroe al final de la película.
En la música, volvieron las baladas románticas llenas de falsetes y alaridos. La gente volvió a bailar lentos. Los autores volvieron a componer duetos unisex. Heart reclamaba amor en Alone y What about love? Phil Collins escribía los hits clásicos A groovy kind of love o Against all odds, y Peter Cetera subrayaba el contenido novelero de ciertas películas con su edulcorada poesía (¿o alguien puede concebir líneas más rosas que éstas: “I am a man who will fight for your honor / I'll be the hero you're dreaming of”?)
Muchos pueden decir que sólo es una cuestión de gustos y que el pasado siempre nos parece ridículo. Pero como se explica, entonces, que las escenas románticas de los cincuenta hoy sean clásicos y la de los ochenta nos den vergüenza ¿Por qué bailar como Ginger Rogers y Fred Astaire es una hazaña, pero hacer la coreografía de Dirty Dancing es, en cambio, un papelón que sólo puede ejecutarse borracha y con amigas? Si sobre gustos no hay nada escrito ¿Por qué nadie se declara fanático de Molly Ringwald o escucha Air Supply, en el auto, a todo lo que da?
Hubo otras épocas igualmente bizarras y no han dado, sin embargo, ni un solo videoclip del que reírse hoy. No nos confundamos. No nos burlamos de los ochenta porque sean una payasada pueril. Renegamos de los ochenta porque tenemos vergüenza. La misma vergüenza que sentimos cuando alguien nos lee el diario íntimo o cuando descubren qué chico nos gusta en la escuela. El cine clásico representa lo que las mujeres querríamos soñar (Ser Audrey Hepburn en Sabrina, por ejemplo), mientras que los ochenta reflejan lo que en realidad soñamos (Ser Alexis Carrington en Dinastía).
Seguirán pasando los años y se acumularán más películas y canciones. Sin embargo, yo dudo que las mujeres alguna vez soñemos con bodas apropiadas o relaciones modernas. En el fondo, aunque muchas se enojen, cuando nos imaginamos el amor perfecto, pensamos en Molly Ringwald. Que te abandone tu novio o que te dejen plantada en la iglesia no se parece a ninguna escena del cine francés. El mal de amores suena como las canciones de Peter Cetera.
Las españolas por una argentina y las argentinas por un español
Escrito por Carolina Sección: Mujeres fantásticas
Las españolas, por Bestiaria.
La abuela de mi marido vino de Asturias a los veinte años casada con un soldado que huía de sus enemigos. Hasta el último día de su vida suspiró por España, comió galletas María, fue fanática del Sporting de Gijón, y escondió su dinero celosamente en una valija. La mía, en cambio, vino de Italia y, junto a mi abuelo, despilfarró hasta el último peso en el casino de Mar del Plata. Fue una de las primeras mujeres en agregarse busto y hacerse liposucción. Jamás la vi sin maquillaje, ni siquiera cuando estuvo enferma, y cuando murió de Alzheimer lo único que hizo fue llorar y pedir que alguien le depilara las piernas.
Hace sesenta años la española y la argentina eran la misma mujer. Pero hoy, aquí, me temo que de esas abuelas no queda nada. Los genes italianos han hecho mejores su tarea, porque a nosotras, sus nietas, sólo nos interesa despilfarrar dinero en ropitas, hablar mucho, y engatusar a los hombres mostrando el escote, exagerando, y sacudiendo las pestañas.
Las españolas -o al menos las cosmopolitas- son la policía del feminismo. Viven supervisando la conducta de otras mujeres y los mensajes machistas cifrados en el comportamiento de todos los hombres que conocen. Malinterpretan y deforman todos sus gestos. Cualquier cosa que hagan, son siempre unos cerdos que quieren esclavizarlas para que cocinen y frieguen para sus doce mocosos. A las argentinas que un hombre les pague la cena las hace sentir bonitas. A las españolas, en cambio, las hace sentir un trapo de piso.
Tan obsesionadas están, que cada cinco minutos arrojan una estadística sobre el porcentaje de ejecutivas en las empresas de España, Noruega y Etiopía y proyectan cuantos habrá en 2056 en el marco de un festival sobre la mujer. Y si sugieres que es demasiado, que ya están obsesionadas, te tildan de machista también y te largan un sermón sobre las mujeres en Medio Oriente.
Este feminismo extrème trae además una consecuencia inesperada, porque la mayoría de las españolas apoya su teoría con el cuerpo. Comparadas con las argentinas, las españolas apenas si se acicalan. Acá hay una peluquería cada dos cuadras, allá no es necesario, porque la mayoría se lo deja crecer como si fuesen yuyos en un terreno baldío. Además, consideran que el soutien es una forma de castración medieval y desfilan por la calle con sus pechos caídos debajo de una camiseta. En Argentina es un milagro encontrar un corpiño que no tenga un push up de acetato para agrandar el busto. El escote es lo más importante que una mujer puede tener.
Por otro lado, aunque ya lo he comentado, muchas españolas consideran que la depilación es un castigo de sociedades tercermundistas. Y no es porque tengan unos vellos discretos y no lo necesiten. Sino porque consideran que lo correcto es pasearse por la vida con una peluca en las axilas. Por algún motivo que desconozco, no pueden conciliar la belleza con la inteligencia. Para ellas, son dos carreras y hay que decidirse por una. O eres cirujana o Miss Mundo. Y si eres la primera, no podés ser bonita.
Otra característica de la mujer española que no comprendo es su fascinación por la realeza. ¡Por amor de Dios! ¡Los reyes de España son un invento del presidente para entretener a las amas de casa! ¿Cómo alguien puede soñar con ser ellos? ¡Si son horrendos! ¡La revista Hola! es como el álbum de fotos de una familia muy fea! ¡Y no son sólo las revistas! ¡En España se transmiten bodas reales por televisión! ¡Aunque se esté casando una infanta con cara de hombre con su primo homosexual! En Argentina, nadie en su sano juicio miraría una boda por televisión. La gente fea aquí no sale en la tele, así sean reyes de Kamchatka.
Y por último, las fantasías sexuales de las argentinas son las noches de sábado de una madrileña. Mientras que para nosotras las experiencias homosexuales, el sexo grupal, o ser swinger son proezas de una amiga anónima que todo el mundo invoca pero nadie conoce, para las españolas son actividades de lo más comunes. En ningún país se dice tanto la palabra “vibrador" como en la península ibérica. Ya que les gustan las estadísticas, deben tener, como mínimo, cuatro vibradores per cápita. En Argentina, salvo en algunos círculos, todavía creemos que son sólo para mujeres feas y necesitadas.
Las argentinas, por Nada importa.
La argentina nace con la palabra seducción impresa en las entrañas.
Maldita sea, el termino “coqueta” lo inventaron ellas.
Las argentinas viven obsesionadas con estar “lindas”. ¿A que nunca han visto a una argentina bajar en chándal a comprar el pan?.
Se maquillaban cuando tú solo te dedicabas a ver “Dragon Ball” y quizás por eso ahora juegan contigo como un gato con un peluche.
Esto no siempre es positivo, no crean.
Pasa como con el dulce o el vodka barato. El exceso cansa.
A veces tanto flirteo empalaga.
Intensidad y piel.
Las porteñas son todo piel. Emoción y alegría, tristeza y bronca o miedo.
Gritan, declaman, versan y teatralizan cada minuto de su vida.
Eso se traduce en 2 cosas.
Follan como nadie.
Tocan las pelotas como nadie.
En pocas palabras, unas histéricas.
Egocentrismo y farándula.
No puede haber dos protagonistas en una relación. Sé que es una verdad absoluta que a veces cuesta tiempo y desengaños aprender.
Sin embargo con una argentina es fácil.
Ella es la protagonista.
Siempre.
El puto centro de atención.
Todas las conversaciones girarán en torno a ella y siempre tendrá la última palabra.
Si hay dos argentinas en la mesa, pide un Gin Fizz y disfruta. Habrá guerra.
Superstición y hechizos de barrio.
Las argentinas creen en las reencarnaciones, las estrellas, los abalorios y las cartas astrales.
Lo primero que harán después de cenar contigo es escudriñar el horóscopo y comprobar si vuestros signos del zodiaco presagian un futuro de pasión, complicidad y amor eterno.
Se funden la plata en libros raros y, si es necesario, irán a que una vieja con el pelo blanco y mucho cuento les adivine el futuro en las líneas de la mano.
Ella nunca es.
Es inútil tratar de hacer entender a una argentina de que ha sido culpable de algo.
Primero. Porque ella nunca es culpable de nada. Faltaría más. Probablemente es culpa tuya, “que no te enteras de nada“.
Segundo. No trates de comprenderla. Nunca. Nunca reconocerá que la entiendes así que mejor la boca cerradita.
Ambos serán más felices.
Apunta y calla, querido.
La porteña es ministra, abogada, curandera, puta y novelista.
Ella puede dialogar sobre todos los temas habidos y por haber. Siempre lo ha leído en tal o cual sitio o se lo ha dicho no se quién que es amigo del primo de tal que entiende un huevo.
La cuestión es que ella lo sabe.
Y tú no tienes ni puta idea.
Eso se traduce en que meten la pata cada dos por tres pero claro, como nunca aceptan la cagada nunca pasa nada.
Ni debajo del agua, tienen la boca cerrada.
Estirpe, verbena y compromisos.
Las argentinas viven pendientes de las reuniones sociales.
Tienen una extraña habilidad para estar en todos los saraos y siempre se están quejando porque claro, nunca tienen qué ponerse.
Adoran la familia.
Así que tu vida será una singular tourné de cumpleaños, bodas, bautizos, comidas familiares, bailes de disfraces, cenas de amigos, despedidas, bienvenidas, cafés en Starbucks y asados en el campo.
Colega, si eres introvertido, mejor búscate a una gallega.
Hoy en día, el género femenino está amenazado sólo por cinco plagas: los hombres emocionalmente tarados, la falta de autoestima (con todos sus disfraces), las suegras jodidas, las amigas roba-novio y, por último, los miedos irracionales.
De los primeros ya me he encargado en varios artículos. De las amigas roba-novio y de la autoestima he hablado mucho también. De las suegras ya escribí cinco veces, sólo que nadie sabe que estoy hablando de ellas. Es un secreto que va a morir conmigo. Sobre los miedos femeninos, sin embargo, apenas si garabateé algún dato aislado.
El miedo más famoso que tenemos las mujeres, es a morirnos solas y llenas de gatos. Cada vez que terminamos una relación, vemos el mismo flash forward: nos imaginamos hablando solas, en un departamento lleno de bolsitas de residuos y revistas viejas, tapadas de gatos sucios con cara de hombre, que piden alimento balanceado trepados a los estantes de la biblioteca. Pensamos que cuando nos llegue la hora, nadie va a saber que estamos muertas, y será el portero quien descubra nuestro cuerpo verde e hinchado diez días después. En esos momentos, todas caemos en la misma rutina ansiosa: buscamos amigos que oficien de plan alternativo, y arreglamos matrimonios conjeturales si es que a los cincuenta años todavía seguimos libres.
El segundo miedo dura más o menos una década y luego desaparece. Arranca entre los once y doce años, con la primera menstruación, y va menguando cada veintiocho días, hasta perderse en la memoria para siempre. Los primeros dos años son, sin duda, los peores. Durante cinco días al mes no hacemos más que sufrir e imaginar que escondemos en la pollera del colegio un espeso río carmesí de vergüenza que apenas nos paremos, se escapará zigzagueante por una pierna. Cada diez minutos sometemos a nuestras amigas a mirarnos el pantalón para ver si estamos manchadas (boluda, mirame, mirame ¿me manché?), como si en esa confirmación se nos fuera la vida, y vamos al baño todavía más seguido para volver a revisar.
El tercer miedo no tiene un objeto específico, pero sí un escenario. Las mujeres creemos que cualquier ruido nocturno significa que hay un asesino en casa. Cualquiera. Incluso un ladrido o una bolsa de nylon que se mueve. Así como nos lavamos el pelo todos los días, o vamos a la peluquería una vez cada dos meses, las mujeres, noche por medio, vamos al living con un cuchillo en la mano. En épocas de vientos fuertes incluso más. Quizás todas las noches. Esta es, además, una fobia narcisista, porque dormimos como un ojo abierto, como si fuésemos el líder de la mafia o un magnate griego, pero en la mayoría de los casos es tan poco lo que nos pueden robar que no vale la pena ensuciar el cuchillo.
El cuarto y último miedo es muy simple: tenemos pánico a que nos dejen de querer de repente. Cada vez que un hombre nos dice “tenemos que hablar”, en vez de pensar que quiere debatir las próximas vacaciones o el estado de las plantas del balcón, preferimos creer que conoció a otra mujer. Es lo primero que se nos viene a la cabeza. Cualquier actitud no convencional es, para nosotras, la máscara de un engaño. No hay otra forma de verlo. Por eso desmenuzamos sus palabras y su conducta como analistas de calidad en un laboratorio. Nos alivia pensar que si estamos alerta quizás no pase nunca, y si tiene que pasar, que podamos descubrirlo antes de que sea demasiado tarde para tirarles el placard por el balcón.
Es verdad que hay otros. Algunas le tenemos miedo a las ratas, otras a las arañas y alguna a los perros grandes. También a morirnos, a engordar, a que nos corten mal el pelo, a que nos metan los cuernos, a que se nos corra la media, a que se nos caiga un bebé al piso, a quemarnos con la plancha.
Sin embargo, ninguno es absoluto. Yo, por ejemplo, no tengo hijos y puedo aplastar arañas con un zapato sin ningún temor. De las mujeres que conozco, en cambio, no hay ninguna que no despierte al marido a la medianoche porque “hay ruidos”, o caiga en el lamento de que va a morir sola en un departamento lleno de telarañas y recuerdos.
Yo pienso que es genético. Que algunos miedos vienen junto al color de ojos o a un lunar en forma de pera que tiene toda tu familia. Para probarlo, basta con saber que el el mayor miedo de los porteros es encontrar a una vieja muerta en su departamento y tener que llamar a la familia, el de los gatos que fallezca la dueña que los acaricia y les da de comer, y el de los hombres, sentar a su novia en una mesa y decirles que van a dejarla por otra mujer.

