Imágenes de mujeres: La opinadora

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Ilustración de Santiago Mansilla para "La opinadora". Pueden ver más en su blog

Hay sólo dos formas de sobrevivir a una cena con “la opinadora”. La primera es ser sordo, y la segunda, es dejarse conmover por la vergüenza ajena que despiertan sus sentencias. No hay nada más. Si uno es incapaz de sentir pena y no tiene problemas auditivos, lo más posible es que la termine amordazando antes de que traigan el postre.

La opinadora, como su nombre lo anticipa, es una charlatana ignorante que no puede controlar su frenesí parlanchín. Se mete en todas las conversaciones sin pedir permiso, abriéndose paso a los gritos pelados, con el fin de lucir su infinito abanico de apreciaciones. Cualquier tema es bueno para opinar. Cocina, educación, seguridad, nanotecnología. No deja pasar nada. Sobre todos tiene una anécdota sin remate o alguna teoría que mal aprendió de la televisión.

Su educación es haragana y pueblerina, pero piensa que nadie se da cuenta. Todos sus conocimientos los adquirió mirando cirugías y documentales en el Discovery Channel y leyendo las columnas de la revista "Viva" del diario Clarín. Jamás abrió un libro que no esté de la mesa de autoayuda, ni estudió un tema completo, ni se planteó ir a la universidad. Su biblia es el control remoto y el Código Da Vinci.

Además, tiene un gabinete de asesores que siempre está conformado de la misma manera: una amiga abogada (que conoce todos los casos policiales famosos), una que vive en Estados Unidos (y vio de cerca el derrumbe de las torres gemelas), una que tuvo cáncer (y vivió en carne propia mafia de las obras sociales), una de familia adinerada de apellido aristocrático (especialista en etiqueta y farándula) y un sobrino que trabaja en una multinacional de internet o telefonía (que conoce todos los secretos de Google y Echelon).

Amparada por la sabiduría parcial de sus ministros, la opinadora se considera habilitada para exponer, como si fuese una eminencia, la infinita sarta de pavadas que se le viene a la cabeza. Sólo procura utilizar una fórmula sencilla: arranca con la fuente que certifica la idoneidad de su burrada y listo. “Mi amiga, que vive en New York, dice que el derrumbe de las torres fue nada, pero nada que ver como dijeron los noticieros”, “Yo soy amiguísima, de siempre, de toda la familia Pueyrredón, y él sabía muy bien lo que estaba haciendo. Se sabe desde hace años. En San Isidro todos lo sabíamos”.

O para formularlo de manera más precisa, sería algo así:

[vínculo habilitante] + tema + [opinión o secreto a develar] + {gesto de viveza: guiño de ojo con cara de joker, alzado de cejas, revoleo de ojos}

Esta grieta en la veracidad de sus sentencias encuentra su origen en una falla conceptual que arrastra desde la adolescencia: la confusión entre la proximidad sentimental de su asesor y la capacitación del mismo. Ella cree que su confianza en el testigo es lo que lo vuelve confiable. No entiende que su sobrino es otro nerd del montón. Para ella, que sea el que más sabe de internet en su familia lo convierte en un gurú internacional.

Otro método de opinión esterilizada que usa mucho es el certificado invisible. Arranca todas sus oraciones con la palabra “Dicen”, creyendo que la mente del receptor completará esa idea con opiniones calificadas. “Dicen que la próxima guerra será contra Cuba”, “Dicen que el dólar se va a siete pesos después de las elecciones”. “Dicen que Menem mismo mandó a matar a su hijo”.

Sin embargo, si alguien, curioso, le pregunta quiénes son los que “dicen” semejante cosa, se indigna y grita que “los que saben”, o “la gente”, o “todo el mundo”, cuando en realidad, lo único que todo el mundo sabe es que su disparate es obra de la televisión vespertina. “Dicen que hay que comer seis veces por día” “¿Por qué? “Porque es lo mejor, eso dicen los que saben. Se descubrió hace poco. Se hizo un estudio, que salió en el diario, en una Universidad de los Estados Unidos de Norteamérica y se descubrió”.

En internet, la opinadora rebota de página en página, avisando como hay que escribir, qué dice su amiga abogada, qué receta no es original, y como se hace en Estados Unidos. Corrige blogs, artículos del diario, e información general de lo más diversa.

Es la pionera de todas las mitologías berretas que circulan por la calle y transportista fiel de rumores tontos que no le importan a nadie. Desde que “sandía con vino te mata” hasta quien se va a divorciar en la televisión. Cualquier premisa dudosa que ande dando vueltas por ahí se le pega como un bicho al parabrisas de un auto. Cualquier cosa. Total, dicen que el saber no ocupa lugar. ¿Quiénes? Los que saben, por supuesto.

El cromosoma chueco

Para mí, la ciencia fue siempre un gran misterio. Tanto, que de mi rudimentario aprendizaje en el colegio sólo pude retener dos cosas: que no hay que comer grasas saturadas y que la explicación de todas las deficiencias está a menudo en la cantidad de cromosomas. Será por eso, entonces, que desde hace muchos años asumí de manera irresponsable y autodidacta, que las mujeres como yo debemos tener uno de los dos últimos cromosomas (las famosas "XX" que determinan, entre otras cosas, el género) con una pata chueca o borroneada.

El cromosoma chueco cumple su función con dignidad y eficacia. No tiene grandes falencias. A primera vista, las mujeres como yo somos iguales al resto. También sufrimos por amor, lloramos día por medio, nos volvemos locas por los zapatos, y nos queremos casar con Michael Scofield. Nada demasiado inusual; somos una más del montón. De hecho, si no nos hubiésemos comparado con amigas en el secundario o hubiésemos visto programas de televisión adolescente, todavía ignoraríamos esta diminuta invalidez.

La única consecuencia puntual del cromosoma chueco es un grupo de anomalías en las respuestas arquetípicas del propio género. Esto quiere decir que las mujeres que tenemos la equis comprometida muchas veces reaccionamos de manera imprevisible y no convencional a ciertas situaciones genéticamente programadas para el sexo femenino.

Este es un concepto ininteligible para quien no padece esta enfermedad, porque cada persona representa a su género a su manera. No existe una forma universal de ser mujer. Lo que existe es una serie de comportamientos más o menos ventajosos para interactuar con el sexo opuesto. Una fórmula aceitada que nosotras, las minusválidas del cromosoma chueco, no terminamos de resolver nunca.

Aunque hay muchos síntomas visibles, existen varios factores inequívocos para determinar si una mujer posee las dos equis funcionando correctamente: el retoque de maquillaje, por ejemplo, es uno de ellos.

Antes de salir para una fiesta, las mujeres nos maquillamos. Algunas usamos base, rímel, brillo para labios y otras, además agregan sombra y delineador. Pero a pesar de habernos pintarrajeado en casa, las mujeres además llevamos el arsenal de pinturitas apretujado en la cartera para retocarnos en la fiesta. Luego de un par de horas en el evento, las chicas se van al baño discretamente, se empolvan la nariz y vuelven relucientes, como una pared recién pintada. Las minusválidas como yo, en cambio, cargan el maquillaje como mulas por toda la reunión, convencidas de que esta vez van a retocarse, pero siempre se olvidan de hacerlo. O, peor aún: sabiendo que tienen que hacerlo, se tiran en la silla como un vagabundo, y se resignan a salir en todas las fotos con la piel brillosa y el labial entre los dientes porque les da fiaca ir a pintarse otra vez.

Otra forma de averiguar si una mujer posee esta irregularidad es observar con atención los actos escolares. Si a una nena le dan el rol de granadero o de sereno colonial normalmente llora. Pide ser dama antigua, suplica de rodillas, pega alaridos, dice que no quiere ir. Las del cromosoma chueco, en cambio, están encantadas con el morrión de oso o el farol del sereno. Caen el día del acto, pintaditas con corcho quemado y la ropa de un hermano mayor, y sienten pena por las otras chicas con sus cargados miriñaques y sus peinetas con pena, que apenas pueden moverse y se están por desplomar del calor en el patio del recreo.

Más adelante, este mismo síntoma se pone en evidencia en todas las fiestas de disfraces. Las mujeres normales nunca quieren vestirse de algo feo. Tratan de conciliar la consigna con el sex appeal. Si la fiesta es de terror, por ejemplo, las chicas van de vampiresa, de bruja o de diablita. En cambio nosotras, las minusválidas, queremos ir siempre de zombie con los órganos de afuera, o forradas en papel higiénico como momias. Elegimos lo que es más divertido o más original, sin tener en cuenta nunca que vamos a ir horribles, hediendo a témpera verde o a boligoma, a una fiesta llena de chicos.

Las mujeres normales, además, conocen los límites del vestuario. No van a un cumpleaños en jogging por más tristes que estén. Saben que el jogging una trampa, porque si bien es muy cómodo, proyecta en su entorno un holograma de desidia insuperable. Que hay un código de vestimenta implícito: se puede usar en casa o para hacer gimnasia, pero no para salir de compras, ir a tomar el té o andar por la vida. Nosotras, en cambio, si bien luchamos contra este hábito maldito, al segundo o tercer día siempre volvemos a caer. Entre una cosa y la otra, volvemos a usarlo con total impunidad en ámbitos insólitos, como si estuviésemos de punta en blanco. Nos encontramos con una amiga para almorzar, vamos a hacer compras, e incluso aparecemos en una cita diurna con semejante atuendo porque tuvimos pereza de cambiarnos.

A pesar de lo dicho, esta anomalía no confundirse con falta de femineidad ni estampa de varonera. No puedo explicar cuál es el límite concreto, pero no somos menos mujeres que el resto. A lo sumo, tuvimos mayoría de amigos hombres en la escuela, no sabemos caminar con tacos altos, y somos más graciosas que el promedio de nuestro género. Pero como dije antes, la ciencia es un gran misterio. Por algo en las matemáticas siempre hay que despejar la equis. Todos saben cuánto vale “Y”, pero la “X”, la equis es siempre una incógnita.

Imágenes de mujeres: Negocios sucios

En todas las galerías viejas, -especialmente en aquellas que se abren en avenidas secundarias- hay un zapatero, un local que arregla radios y televisores, una receptoría de Clarín clasificados, y una lencería que vende bombachas de vieja y sábanas Pierre Cardin. Sin embargo, en algunas, detrás de todas estas reliquias comerciales, entre una casa de cotillón y una santería umbanda, existen portales a otra dimensión.


Escondidos en un firulete de ese gran laberinto de mármol vencido, hay locales que, además de negocios femeninos, son un viaje a una realidad paralela que no atiende las leyes del mercado; empresas diminutas y absurdas que despiertan en la gente siempre la misma pregunta: ¿De qué viven si nunca hay clientes?

La anciana polillera, por ejemplo, regentea una suerte de feria americana congelada en el tiempo, cuyo nombre siempre arranca con la palabra “Creaciones”. Su vidriera es un desierto que apena incluso al más insensible de los hombres. No tiene surtido de productos; sólo un par de cachivaches sueltos que exploran el delicado límite entre lo viejo y lo usado: pulseras de acrílico de los setenta, aros de plástico dorado, pelucas roídas, maquillaje vencido, monederos de hule, peinetas de carey, bolsos marineros, anteojos de sol enormes, porta-cosméticos a lunares (con olor a bolso de playa húmedo), talco de violetas y cajas de jabones Heno de Pravia.

Todo el local tiene olor a colonia Mary Stuart, a naftalina, a casa de veraneo cerrada, y su ambientación (incluyendo el empapelado y los cuadros) parece la escenografía de algunas viñetas de Isidoro Cañones. Sus únicos clientes son grupos de adolescentes que van a robarse algún adefesio o a probarse sus cachivaches y reírse en los probadores.

Otro negocio con síntomas parecidos es una antigua boutique que vende ropa elegante de vieja a precio de oro. Para ponerle un nombre al estilo, digamos que ofrece el vestuario de una sesentona millonaria que toma whisky y maltrata mucamas en una novela de canal nueve. Allí se visten viejas divas del Festival de Cine de Mar del Plata, mujeres mayores que no pueden pagar ropa de diseñador, y abuelas jóvenes que conciben la elegancia a partir de los conjuntos de blusa y pollera en composé.

Lleva siempre el nombre de su dueña, por ejemplo, “Graciela Bernardini”, y a veces incluye el subtítulo: “prêt-à-porter” o “diseños exclusivos”. Hay mucha ropa de fiesta, palazos de crepe, carteritas importadas con lentejuelas, remerones de hilo de seda estampados en colores tierra, trajecitos pinzados (a veces marineros), vestidos de “soirée” y conjuntos de camisa y pollera haciendo juego.

Los precios –que nunca bajan de los doscientos pesos por prenda- están escritos en cursiva enrulada sobre cartelitos blancos, que dicen muchas veces la palabra “chaqueta”, “de fiesta”, y “degradé”. Hasta hace unos años, cuando se abastecían también en Estados Unidos, agregaban el adjetivo “importado” debajo de cada prenda.

Sus maniquíes tienen peluca, pestañas y maquillaje, y siempre miran, altivos, con las manos en la cintura. Lo atiende siempre una señora paqueta, parecida a Olga Zubarry, que explica dedicadamente si la pollera es “de noche”, si “va con todo”, o si la tela es italiana.

Otro comercio absurdo es el bazar de gnomos de masa, sahumerios y demás cachivaches olorosos consagrados a la industria de la buena onda. Son locales pequeños con estanterías de vidrio atiborradas de chucherías ociosas para atraer energía, llamar ángeles o armonizar el ambiente, que casi siempre se llaman “Artesanías duendes del bosque”, “Siddartha” o “Energiz-arte”.

Estos negocios se abastecen de baratijas en el Once y en el mercado de frutos del Tigre, sin excepción. Las vedettes de la casa son las velas caseras de parafina con incrustación de caracoles o flores secas, las piedritas de vidrio para decorar macetas, las pirámides de vidrio, los candelabros de hierro forjado, las esencias berretas para hornillos, los angelitos de yeso patinado, y los adornos hindúes en cobre repujado.

Por alguna razón insólita estos lugares lograron posicionar tres objetos sin pies ni cabeza: el “fanal” (una vela hueca a la que hay que ponerle otra vela adentro), las fuentes feng shui, (unas charolas con piedras y plantas artificiales que tiran agua todo el día) y las ranas de yeso.

En general, lo atiende una señora muy pintarrajeada que escribe con faltas de ortografía y repite las mismas descripciones para cualquier producto: “artesanal”, “Ideal souvenir” y “de la buena onda/de la suerte/de la abundancia”. También usa mucho el diminutivo (Canastita tejida a mano con piedritas de colores) y si bien no emplea nombres como “centro de mesa” o “arreglo floral” (porque son más bien utilisimescos), sí menciona las técnicas de manualidades (imitación mármol, craquelado o patinado) como si fuesen procedimientos quirúrgicos muy sofisticados.

Por último, existe una suerte de injerto comercial, invasivo como un yuyo, que lentamente se ha metido en todos los rincones de los kioscos, locutorios y mercerías del país: el stand de jabones artesanales y sales de baño.

Este comercio nómade a veces no es más que una estantería, una mesa, o una canasta de mimbre. Todos los productos enfatizan su calidad de artesanal, buscando premeditadamente esconder en esa palabra que son salvajes manufacturas perpetradas por las manos roñosas de un ama de casa que compra materia prima en el supermercado chino.

Todos los productos tienen la misma presentación. Su nombre (una degeneración inconsciente de Victoria´s secret como “Lila´s garden” o “Maia´s relax”) está impreso en una etiqueta hogareña en colores pastel. El packaging intenta ser femenino, pero grita “pobreza” y “casero” por todos lados: las sales siempre se envuelven en bolsitas de celofán atadas con una cinta bebé al tono, y los jabones en tul cerrado con el mismo lacito tristón. Las más visionarias hacen también sets en canastitas de junco o cajitas de cartón corrugado que compran en una papelera del centro, a la que le agregan espuma de baño (detergente) y una toallita de mano (marca Carrefour).

Absolutamente todas estas líneas amateur tienen los mismos hedores -ellos las denominan “fragancias”: floral, lavanda, jazmín, opium, y el color azul siempre, pero siempre, se llama “Marina” u “Oceánica” y tiene olor a desodorante de inodoros.

Los jabones son de glicerina (aunque dicen “glicerina y coco” en la etiqueta) y se derriten luego de pasarlos durante dos minutos debajo del agua. Las formas tampoco varían demasiado. Hay estrellas, conchillas marinas, flores, barras, círculos con esponja vegetal adentro, y otras formas maquiavélicas con flores y caracoles en la pasta.

Lo que sí varía son los precios. Están las que creen que están montando el nuevo emporio Martha Stewart y hablan de “materia prima”, “mi política” o “primerísima calidad” y están las que, temiendo que bromatología asalte sus garajes con máscaras antigás, cobran 1,50 los jabones y venden las sales por kilogramo.

Como sea, no pueden ser muy distintas entre sí, porque la única respuesta posible a la eterna pregunta del consumidor asombrado, es que, o bien hostigan a su familia para venderles sus cositas, o las regalan para todos los cumpleaños, o se compran sus cachivaches entre ellas.

 
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