Imágenes de mujeres: mil formas de ser golosa

La lúdica juega con las golosinas. Agrupa los confites por colores, compra chupetines con silbato, y se pone en el dedo una galletita en forma de anillo para morderla alrededor. La voraz engulle un chocolate en dos bocados como un ave de patas largas que recorre una gran distancia con cuatro o cinco zancadas. La aspiradora, una versión desaforada de la voraz, detiene su pantagruélica ingesta sólo cuando escucha la cuchara raspando el telgopor final de un pote de helado. La disociada le saca todas las frutas al pan dulce y separa las tapas de una galletita, lame el relleno, y luego moja las masas solteras en leche. La compulsiva se mete en la boca todos los caramelos con intención de chuparlos hasta que se hagan chiquititos, pero al final siempre los muerde. La disciplinada, en cambio, compra una bolsa entera y saca sólo dos por día durante todo el mes. La obsesiva come el mismo chocolate todos los días desde hace cuarenta años (y se quiso suicidar una vez, cuando desapareció el bloquecito Suchard). La vocera describe en voz alta la tierna consistencia de tortas y postres caseros a todos sus compañeros de oficina. La mayorista fue siempre la envidia de todas sus amiguitas porque en su casa había postrecitos, golosinas y alfajores como en la nuestra había arroz, leche o pan. A la complicada sólo le gusta una quisquillosa marca de chicles que su hermana le manda desde Europa. La minuciosa dobla el papel del alfajor en cuatro, le saca las migas, lo corta al medio, y lo consume delicadamente, limpiándose los labios entre bocado y bocado. La desesperada es capaz de chupar cascotes de azúcar refinada o abrir el alfajor que le dieron en un micro a Mar del Plata con tal de no ir a comprar al kiosco. La exagerada hace sus propias golosinas mezclando ingredientes imposibles adentro de una cochina ensaladera. La contradictoria se compra un helado cada vez que vuelve caminando del gimnasio o pide edulcorante en los bares mientras se come las masitas del café. La gourmet se hace un lemon pie para tomar el té –sola- en su casa un jueves por la tarde. La sonámbula se despierta de madrugada, desesperada por algo dulce, y termina comiendo mermelada a cucharadas en la puerta de la heladera. La aguafiestas compra varios chocolates “para tener”, pero esa misma tarde se come los cuatro y luego se pone a llorar en su habitación. La previsora jamás sube a un colectivo sin antes haber llenado la cartera de golosinas. Y por último está la hereje, que no toma helado porque le hace mal a los dientes, no come golosinas porque la empalagan, y elige siempre la torta más insulsa y mediocre de todas las mesas dulces, bares y heladeras.

Un agujero llamado Britney Spears

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Britney Spears creció delante de mis narices. La primera vez que la vi no tendría más de dieciocho años y empezaba su carrera adulta. Había llamado la atención bailando en un videoclip vestida de colegiala, mostrando una panza chata como un panqueque, y afirmando -con cara de piedra- que todavía era virgen. Enseguida tuvo un hit, fue disco de platino, luego doble platino, triple platino, y de diamante. Colocó un número uno durante cuarenta semanas en el top forty, se hizo multimillonaria, sex symbol, reina del pop, soltera más codiciada de Hollywood, cantante más joven con más números uno, mejor cuerpo de Estados Unidos, y soltera número doce en Maxim Hot 100. Todo eso. Y en cinco años.

La última vez que la vi, sin embargo, de su inocencia virginal y del panqueque no quedaban ni las sobras. Britney estaba gorda de drogas y colesterol como Elvis, se había rapado, y trataba de romper el auto de su ex marido con imprecisas patadas voladoras de drogadicta.

Si es verdad, entonces, que una transformación es una suerte de viaje interior, me pregunto qué clase de atajo macabro tomó Britney Spears para dejar de ser una diva pop (un poco trashy y mal vestida, pero diva al fin) y convertirse en esta trastornada, que se resbala, amnésica y borracha, en las entregas de premios que trasmiten por tevé.

No se quedó sin voz ni se fue a la bancarrota. No tuvo una enfermedad incurable. No sacó un disco malo y perdió su contrato discográfico, ni se fracturó la columna vertebral y dejó de bailar. Britney Spears se enamoró, le fue mal, y no sólo perdió el amor. Perdió todo.

La antigua reina del pop no es, sin embargo, un caso aislado. Hay muchas mujeres que sufren del mismo “efecto rebote” al concluir una relación. Mujeres fabulosas, exitosas, atractivas, que se enamoran perdidamente de un imbécil, y que, cuando la relación termina, no pueden regresar a su estado original. Quedan como una remera estirada que pierde la forma: engordan cuarenta kilos, caen en una depresión bizarra, destruyen su carrera o se vuelven adictas a las drogas. Como si el amor fuese una venda que al despegarse arranca, con la herida, el pelo y la piel también.

Los motivos de este fenómeno son un misterio. Es justo que una ruptura nos encuentre tristes ¿Pero cómo entender que el amor se lleve virtudes que no había aportado en el comienzo? Que un hombre ramplón y mediocre, al irse, en vez de restituirnos la dignidad, arrastre con él nuestra salud mental, nuestro sentido común o nuestra autoestima? ¿Es el amor fallido como el casillero de “pierde todo” que hay en el tablero de algunos juegos? ¿Cómo un poderoso agujero negro que absorbe todas las cosas del universo?

La lógica y las matemáticas, sin embargo, desmienten esta teoría. Dicen que si alguien tiene una manzana y le agrega otra manzana, tiene dos manzanas. Y que si luego pierde una, todavía le queda otra fruta. Que ese alguien le explique, entonces, a Britney Spears, a mi prima Paula, a Juana “La loca”, a Miss Havisham, a la profesora Calabresse por qué cuando sumás manzanas 1 + 1 es igual a 2, y 2 – 1 es igual a 1, y cuando sumás o restás personas en vez de frutas, 2 – 1 da siempre 0.

Las desilusiones más grandes de las mujeres

Nota original en revista Metrópolis de Julio

Hay mujeres abogadas, traductoras de italiano, dermatólogas, lanzadoras de jabalina, actrices. Hay algunas que quieren triunfar en Hollywood, otras casarse y tener muchos hijos, investigar en un laboratorio, o incluso comprarse una granja en el sur. No hay una igual a la otra. Todas tenemos nuestra carrera, nuestros objetivos, nuestros sueños. Todas somos distintas.
Sin embargo, nos une el amor. En materia de relaciones y sentimientos, somos todas parecidas. Nos enamoramos y decepcionamos exactamente de la misma manera.
Estas nueve desilusiones que detallo a continuación pueden, en principio, parecer un escaso muestrario de la realidad. No obstante, son las que sufre cualquier mujer. Los hombres pueden encontrarlas caprichosas, o incluso superficiales, pero, desgraciadamente, no por ser arbitrarias o subjetivas duelen menos.

1. Cuando te das cuenta que tu papá ya está casado con tu mamá.
Cuando tenés tres o cuatro años, estás convencida de que tu papá es también tu novio. Con picardía e ilusión, le decís a todo el mundo que cuando seas más grande te vas a casar con él. Por las tardes, lo esperas sentada al lado de la puerta, para contarle que, mientras él no estaba, tu celosa y truculenta madre te pegó con un palo, te retó, y te atiborró de acelga. Y si todos estas artimañas, no dan resultado, conspirás abiertamente para desplazarla de la cabecera de la mesa y del lecho conyugal.
Llega un día, sin embargo, que, mirando una novela o conversando con un compañero de jardín, tenés una revelación precisa y sombría: tu padre, el primer hombre que te prometió todo, el que te hizo creer que eras la más linda de todas, el que te llevó de viaje y te cubrió de muñecas, el que le dijo a todo el mundo que eras su princesa, en realidad, ya está casado con otra.

2. Cuando una amiga te traiciona
Desde el primer día del jardín de infantes hasta el último año del colegio secundario, la persona más importante de tu vida es otra mujer: tu mejor amiga.
Vas a dormir a su casa tantas veces, que sus padres te tratan como a otra hija. Le confesás cosas tan privadas y patéticas, que luego de algunos años, compartís una intimidad soldada, conjunta. Nada puede separarlas. Juntas sobreviven a las injusticias de padres, maestros. Juntas sobrellevan las maldades de otras chicas y el pánico de la adolescencia. Juntas son una sola.
Pero llega un día, en que tu mejor amiga besa al chico del que estuviste enamorada, en secreto, durante toda la secundaria. ¡Al amor de tu vida! ¡A tu futuro marido! ¡Al padre de tus hijos! Lo besa y quiebra para siempre tu cándida confianza de íntima amiga. De alguna forma, la trastornada llegó a la conclusión de que tu pasión también era la suya. Y ese beso la transforma en una persona distinta, lejana, siniestra. Una persona que nos recuerda, que una amiga es una amiga, pero también es otra mujer.

3. Cuando te cortás el pelo bien cortito pensando que ibas a quedar fantástica y quedás como Gustavo Bermúdez
Cada tanto las mujeres nos levantamos insatisfechas. Algunas veces, intentamos solucionarlo comiendo cuatro kilos de masas finas, llorando frente al espejo o gastando toda la plata del alquiler en trapitos caros y mal cosidos que jamás nos vamos a poner. Pero también, de vez en cuando pasa, que ese mismo día concurren otras dos variables: hace calor y vemos una película de Halle Berry.
Apenas la vemos, pensamos en lo linda que es, en lo bien que le queda el pelo corto y en lo cómodo que debe ser cuidarlo, y decidimos (como si pudiésemos decidir algo con tanta tristeza) que nosotras necesitamos un cambio como ese.
Al día siguiente, le marcamos prepotentemente la foto de una modelo semi-calva al peluquero, que babea, degenerado, pensando en todo lo que va a poder tusar. Mientras nos corta el pelo, revolvemos revistas, hablamos frivolidades y nos imaginamos nuestro nuevo look. Cuando termina su tarea y gira la silla la imagen resulta tristísima. Además de una mujer deprimida, somos, desde ese momento, una mujer galletona y masculina, con el corte de un colectivero. Y no habrá hebillita, fijador de pelo o postizo que nos pueda ayudar.

4. Cuando te preparás durante días para una cita y el tipo no aparece.
Hace unos siete años, cuando todavía era soltera, gasté $550 en una cita. Me compré un par de zapatos y una cartera, un perfume y ropa interior. Más tarde, fui a la peluquería y me corté el pelo, me hice un baño de crema, y me arreglé las uñas de las manos y de los pies.
Un tiempo antes, una amiga me había hablado de un amigo. Me había contado, casi como si fuera un héroe legendario, que era inteligente, cariñoso, y tenía una pequeña empresa propia que adoraba.
Esto podía, en principio, parecer una buena noticia. Incluso una foto había corroborado que, en efecto, era buenmozo. Sin embargo, al lado suyo, yo era un prospecto deprimente: todavía me sobraban unos cuantos kilos, estaba cambiando de carrera y mi trabajo me parecía odioso.
Recuerdo que cuando me pasó a buscar, bajé aterrada. Recuerdo que el corazón me palpitaba como una bomba en la garganta. Y recuerdo, también, la desilusión que sentí al verlo.
Era como la versión desprolija del príncipe azul que me habían prometido. Tendría unos treinta kilos más que en la foto, un pantalón que se apretaba debajo de su enorme panza, y coronas de aluminio en tres o cuatro dientes. Y como si eso fuera poco, su auto estaba tuneado como una barcaza infernal.
Sentí una furiosa decepción. No porque fuese espantoso y además, un imbécil. Sino porque me había gastado $550 al pedo, cuando con peinarme hubiese alcanzado. Quería darle vuelta esa chata inmunda, hacerle comer su foto, pegarle con una fusta a mi amiga y, exigir el reintegro del dinero invertido en esa larga noche de terror.
Las tarjetas de crédito deberían asegurar las citas, -como aseguran los viajes, las compras, los retiros en efectivo del cajero- y reintegrar el importe invertido en peluquería, si la experiencia no satisficiera las expectativas del cliente.

5. Cuando te rompen el corazón por primera vez.
El primer hombre que me rompió el corazón fue Christopher Reeve. Me enloquecía su ceñido traje de superhéroe y el rulito congelado que llevaba en la frente. Quería casarme con él, tener sus hijos, zurcirle las medias, plancharle las camisas.
Mi mamá consiguió la dirección de su fan club y le escribí una esmerada carta declarándole mi amor. Contra todos los pronósticos, a las seis semanas recibí una respuesta. El sobre contenía la agradecida fotocopia de una carta impresa, una foto de Superman parado en la luna, y un folleto con filmografía y otros datos. No me desmotivaron su dedicatoria impersonal ni su firma mentirosa, pero la lista de sus películas me partió el alma. Yo sabía que Christopher Reeve era Superman, y que Superman era Clark Kent, y podía vivir con eso. Tenía amor para los tres. Pero no para los otros. Según su filmografía, mi hombre era también cuatro sacerdotes (dos pobres y dos cobardes), un estafador profesional, un mayor del ejército, un bostoniano remilgado y un astronauta.
No fue el primero en hacerme creer que era alguien que no era y romperme el corazón con sus mentiras, pero si el primero. Y dicen que el pega primero, pega dos veces.

6. Cuando te das cuenta que tu marido es igual a todos los maridos de las series del canal Sony.
Me enamoré de mi marido porque era brillante, ingenioso y porque escribía bien. Pero también porque era diferente. El no iba a ser un abogado proveedor y yo su incubadora postergada. Íbamos a ser compañeros. Íbamos a leer, a viajar, a ver películas, a cocinar, a criar un gato.
Sin embargo, llegó un día en el que mi marido empezó a mutar. Comenzó con un hábito premonitorio que francamente no supe interpretar: dejaba pirámides de vasos y envases de postrecitos en la mesa de luz. Luego siguieron las peores fechorías: toallas húmedas en el piso, regueros de yerba húmeda coronando el tacho de basura, botellas y leches vacías en la heladera, o lo que es peor, dedos con mermelada en mi notebook y en la lectora de dvd. Sin embargo, nada de esto constituía un peligro concreto. O eso creía yo. Hasta que llegó el día del canapé.
Como mi marido es de los que lloran cuando tienen hambre, antes de las comidas, yo suelo hacerle una entradita mientras mira televisión. Desgraciadamente, un día, distraído con un partido de tenis, tiró todas las tostaditas con paté al piso. Cuando entré, estaba se chupaba los dedos hipnotizado con un tie break, como si al lado de la cama no hubiese una serpentina de cebollín y tostadas adheridas al piso a la manera de ventosas. Shockeada, le dije: “Gordi, ese piso estaba limpio…” Y él contestó, feliz y sorprendido: “¡Ay! ¡No sabía!” Y se agachó, junto las tostadas, y se las comió.

7. Cuando te meten los cuernos
La comedia romántica es mi género preferido. Me encantan las películas de Drew Barrymore, de Renee Zellwegger y de Meg Ryan, porque son como yo: imperfectas, torpes, vulnerables, impulsivas.
Odio, en cambio, las de Cameron Díaz, Julia Roberts o Gwyneth Paltrow porque son como ellas tres: gélidas, almidonadas e inverosímiles.
El caso de Jennifer Aniston es más complejo. Sus comedias siempre me resultaron insulsas y ella misma no me generaba ninguna empatía, sin embargo, un buen día se divorció de Brad Pitt y todo cambió. Desde entonces, ella tiene, para mí, un candor especial, y sus comedias, siendo las mismas, me hacen reír.
No hay ninguna enfermedad que se propague de forma tan efectiva como el síndrome de Jennifer Aniston. No hace falta más que hablar con una amiga o prestarle una revista para contagiarla.
A las mujeres, nos conmueve cualquier cosa, pero sólo una realmente nos quiebra: que le rompan el corazón a otra mujer. Somos capaces, quizá, de cerrarle la puerta a un perro que pide comida o de ahorrarnos una limosna, pero jamás podríamos darle vuelta la cara a una mujer engañada por su marido.
El de Jennifer Aniston es, además, el caso extremo (casi rozando la pesadilla). Su marido la engañó con la mujer más sexy del mundo, se casó con ella, adoptó a todos sus hijos, la embarazó de mellizos y salió en millones de revistas cargando pañales y enfriando mamaderas.
Todas buenas razones para que a mí me gusten ella y todas sus películas.

8. Cuando hacés dieta y no adelgazás ni 100 gramos.
Una mujer que hace dieta una semana y luego no baja de peso, además de ser una gordita, es un brusco animal herido. En efecto cuando se baja de la balanza, se parece más a un toro al que le clavan las primeras banderillas que a una mujer decepcionada.
Es tal su enojo, que, en la mayoría de los casos, se arroja sobre una montaña de panes con manteca o una bañadera de mayonesa, creyendo, ilusa, que es una suerte de venganza contra el Dr. Cormillot.
Esta obtusa vendetta, lejos de serenarla, ensancha el problema hacia el infinito. Con seguridad, la semana siguiente, aun habiendo esquivado chorizos pecadores y una pastafrola tendenciosa, la balanza le hará pagar, con adiposidades, cada despechado mignoncito. Y a su vez, esta misma experiencia potenciará un nuevo festival de lágrimas y carbohidratos, que no tardarán en hacerse cadera y pantorrillas.
Una mujer que hace dieta una semana y no baja de peso, no es una gordita triste, es una crisálida de hiperobesa.

9. Cuando te prometen todo y te dejan a los 4 días.
Así como hay sádicos a los que les gusta amagar que van a levantarse y bajarse del colectivo para ilusionar a la gente que va parada, también hay hombres a los que les encanta usar el tiempo futuro, decir “nosotros” en todas las oraciones e, inmediatamente después, desaparecer.
Los síntomas no tienen misterio. En general, declaran amor a primera vista y te presentan a sus amigos en la segunda cita. También adoran decirte “cuando nos casemos” y “cuando vayamos juntos de vacaciones” en la misma semana que dicen “fuimos demasiado rápido” y “necesito espacio”.
El problema es que, no importa cuánto hayamos madurado, caemos siempre en la misma trampa, y no por sacar la venda de un tirón, la herida duele menos.

Carol Ann no tiene quien le escriba

imagenes de mujeres
Ilustración: Santiago Mansilla - Más en su blog diburtimentos

En la película The way we were, Katie Morosky (Barbra Streisand) es una militante de izquierda algo robusta y narigona, de sólidos principios y carácter imposible, que trabaja en una radio pacifista durante la segunda guerra mundial. Por casualidad, se encuentra con su viejo compañero de universidad, Hubbell Gardiner (Robert Redford), un frívolo atleta de clase alta, inteligente y buenmozo y, aunque no tienen nada en común, se enamoran el uno del otro.

Previsiblemente, las cosas no funcionan como lo habían planeado. El necesita una esposa encantadora y una anfitriona popular para sus cocktails, pero ella siente que ocupar ese lugar es negarse a sí misma. No puede negociar sus ideas, ni soportar los chistes ligeros de sus amigos, ni solidarizarse con su rutina de dandy.

Con el tiempo, la relación se vuelve más tensa y compleja. Ella lo cuestiona, lo acorrala y lo presiona, y él la evade. Ella espera que él escriba literatura pero él prefiere trabajar en Hollywood. Él le pide diplomacia, y ella arma escenas afiladas e imprudentes. El es elegante, discreto, refinado. Ella es corriente y dice lo primero que le viene a la cabeza.

La relación comienza a desintegrarse cuando él la engaña con Carol Ann, su antigua novia de la Universidad, que además de ser la esposa de su mejor amigo, es el preciso reverso de Katie: una manequin aristocrática de finos rasgos que no se despeina, no grita, y –lo más importante- no quiere ser nadie más que “la esposa de alguien”. Una muñeca.

Luego de esta traición, Katie y Hubbell se divorcian y no vuelven a verse hasta unos años después, cuando se encuentran por la calle. Hubbell lleva a una inofensiva señorita parecida a Carol Ann de la mano y Katie lleva panfletos contra la guerra de Vietnam. Cuando se despiden, Katie lo saluda con lo que luego sería una de las frases más famosas del cine:

“¡Adiós Hubbell, tu chica es adorable!”

La sabiduría popular nos dice que los hombres como Robert Redford a menudo se enamoran de Katies, pero se casan con mujeres del tipo de Carol Ann. Como Big en Sex and the City, que se niega a formalizar con Carrie pero se casa con Natasha. O como Johnny Johnsson, que juega con Laura Ingalls pero se enamora de su hermana Mary, o como Dermot Mulroney en La boda de mi mejor amigo, que vive suspirando por una despeinada Julia Roberts, pero desposa a Cameron Díaz.

Tan exigente es este axioma, que no sólo los hombres demandan Carol Anns. Las madres, las suegras y las abuelas también las prefieren. Nos piden que nos sentemos derechas, que no digamos malas palabras, que no nos manchemos la ropa y que nos casemos -o, al menos, que llevemos un novio a las cenas familiares.

Nosotras, por otro lado, también somos responsables de este fenómeno. Durante el colegio secundario, todas queremos llevar la vida de una porrista norteamericana y no de una narigona imperfecta. La bulimia y la anorexia, las uñas esculpidas y las cirugías de nariz, son, entre otras cosas, algunas pruebas de nuestros intentos por corregir la diversa naturaleza de nuestros cuerpos y transformarnos en otra mujer perfecta, pero olvidable.

La economía y el marketing también colaboran con esta secta. Las marcas de ropa, las publicidades de cigarrillos y los tips de las revistas de moda, dialogan todo el tiempo con Carol Ann. Nadie diseña, en cambio, ni produce para Katie.

Humildemente revolucionaria, cada vez que me siento en mi notebook, escribo para Katie Morosky. Las Carol Ann pueden quedarse con el resto del mundo; con las revistas de moda, las remeras talle único, las muñecas Barbie y las ensaladas de lechuga. No necesitan nada más, y menos mi columna. Después de todo, puede que las mujeres adorables compren perfumes y cigarrillos, ¿Pero quién quiere escribir sobre ellas?

Artículo originalmente publicado en la Revista Gataflora

 
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