No envidiarás

  1. A las mujeres despreocupadas, irresponsables e impulsivas que tienen la suerte de caer siempre bien paradas.
  2. A las dueñas de un marido devoto que les consigue carne jugosa en los asados o se levanta a ver qué pasa cuando sienten ruidos por la noche.
  3. A la compañera de clase que pase lo que pase, y estudies lo que estudies, siempre se saca mejores notas que vos.
  4. A las mujeres que están siempre arregladas e impecables, aunque tengan una entrega, estén resfriadas, y no hayan dormido en ocho días.
  5. A las nenas que tienen las últimas barbies, una pila de figuritas bien gorda o una caja de marcadores de 256 colores.
  6. A las mujeres que comen lo que quieren, no hacen actividad física y se mantienen en el mismo peso desde los dieciseis años.
  7. A esas parejas tranquilas, perfectas, que cenan mucho con amigos, viajan a lugares exóticos, y van al cine o al teatro con mucha frecuencia.
  8. La capacidad de trazar una línea impecable con el delineador de ojos o con el esmalte blanco para hacer manicura francesa.
  9. A las hermanas menores que agarran a los padres cuando ya están más blandos y permisivos.
  10. A las mujeres que su marido les provee todo y pueden dedicarse a lo que quieren, en la medida que desean.
  11. A las felices poseedoras de trabajos o carreras apasionantes.
  12. A esa compañera de trabajo que llega todos los días con un par de zapatos distintos. (¿Cómo hace si gana lo mismo que yo?)
  13. Las uñas largas que no se rompen.
  14. Las tetas grandes y naturales que se quedan, firmes, en su lugar.
  15. Hijos tranquilos, encantadores, calladitos, que no se pierden en el supermercado, no gritan en el restaurante y no saltan y se cambian de lugar en el auto.
  16. A las protagonistas de comedias románticas o melodramas de ficción con final feliz (¡Sarah Tancredi, devolveme a mi novio!)
  17. El talento para combinar dos o tres prendas raras con un accesorio viejo y quedar fantástica. (nosotras las mezclamos y parecemos la dueña de una feria americana mugrienta).
  18. A cualquier mujer lampiña o que tenga poco pelo en las piernas y axilas.
  19. A los hombres que dejan de comer pan, toman menos coca cola y bajan diez kilos en un mes.
  20. A las herederas de departamentos o suculentas rentitas que no saben lo que es trabajar o pagar un alquiler.
  21. A las parejas que se besan o se agarran de la mano. (Especialmente en bares y plazas).
  22. A la afortunada que compró una prenda o accesorio increíble por dos monedas.
  23. A las solteras que pueden irse de viaje sin dar explicaciones, dormir hasta el mediodía, y tener citas con alguien distinto todas las semanas.
  24. A las mujeres muy activas y organizadas que al final del día hicieron todo lo que tenían para hacer (nosotras hicimos dos ítems de la lista, postergamos diecisiete y estamos agotadas)
  25. A las que se lavan el pelo con cualquier shampoo barato y lo tienen fuerte, brillante y suave. (Nosotras tenemos el préstamo personal Kerastase)
  26. A esa amiga que no tiene dolores pre-menstruales.
  27. A las mujeres cool, que no siguen las tendencias, sino que las imponen.
  28. Las pieles perfectas (Nosotras tenemos granitos hasta el preciso instante en el que empezamos a tener arrugas)
  29. A esa chica que está todas las mañanas en el gimnasio, llueva o truene, con sus calcitas blancas y su cola perfecta, haciendo sus tortuosos ejercicios con una sonrisa de felicidad.
  30. A las mujeres universalmente hermosas.

Imágenes de mujeres: Sylvia Plath y la anorexia emocional

Sylvia Plath nació en Boston, el 27 de Octubre del 1932. Hija de un profesor de biología y una profesora de inglés y alemán, empezó a escribir desde muy pequeña, y publicó su primer poema a los ocho años y su primer cuento a los once, en la revista “Seventeen”. Muchos dicen que la temprana muerte de su padre, en 1940, fue la razón principal de su personalidad oscura y retraída, pero para muchos de nosotros, los freudianos compulsivos, a esa edad la suerte está echada.

Para cuando empezó a estudiar inglés en el Smith College, Sylvia ya tenía un prestigioso historial de premios y publicaciones. En Smith escribió unos cuatrocientos poemas, le publicaron algunos relatos en prestigiosos diarios y revistas, y ganó un concurso literario organizado por Mademoiselle. Sin embargo, a pesar de su excelencia académica y su incipiente y exitosa carrera como poetisa, la constante oscilación entre sus manías obsesivas y su depresión terminaron infiltrándose en su rutina.

Durante su estadía en Smith, por ejemplo, Sylvia sufría a causa de una profesora, que se empeñaba en calificarla sólo con “B”. Jamás con “A”. Escribía en su diario que jamás alcanzaría la perfección que tanto ansiaba su alma y que el no ser perfecta “la hería”. Llamaría a esta etapa el “strip-tease de matarse lentamente”. Se autoflagelaba cortandose el cuerpo, comparándose con autores consagrados y diciendo que su estilo era una serie de trucos precarios y excentricidades de romanticismo cursi, a pesar de que a esa altura su poesía había deslumbrado a unos cuantos profesores.

En 1952 Sylvia no pudo pagar la abultada matrícula de Smith y tuvo que asistir a otra universidad. Esta resignación la hizo sentir mediocre e inadecuada, y no pudo escribir con regularidad. Tuvo, entonces, su primer intento de suicidio. “Morir es un arte” dijo “Y yo lo hago excepcionalmente bien”.

La terapia de electroshock y las sesiones con su psiquiatra la aliviaron parcialmente. Cuando mejoró, se graduó con honores, ganó una beca Fullbright y se mudó a Inglaterra, para perfeccionarse en la Universidad de Cambridge, en donde conoció al poeta Ted Hughes, de quien se enamoró perdidamente.

El matrimonio, sin embargo, no fue fácil para ella. Su primer libro de poemas, "El coloso", recibió críticas escasas y moderadas. El de su marido, en cambio, fue un éxito editorial en Estados Unidos e Inglaterra.

No importaba cuando se esforzase. Vivía bajo la sombra del talento de Hughes, e insegura y resentida, en vez de escribir, hacia las veces de secretaria y ama de casa tipeando los poemas de su marido y horneando cantidades preocupantes de comida para postergar las horas que debía dedicarle a su propia escritura. Durante aquellos años, Sylvia incluso llegó a dar clases de inglés en Smith, aparte de encargarse de la crianza de los hijos por completo, para poder mantener a su familia mientras Ted se dedicaba sólo a escribir.

El vacío y la certeza de haberse transformado en todo lo que no quería para sí misma (una sumisa ama de casa sin vida propia) y su desmedido afán de posesión sumada a la volátil condición de mujeriego de Ted, terminaron por destrozar sus nervios. Sylvia descubrió que Ted tenía un romance con otra poetisa, (Assia Gutmann, la esposa del poeta canadiense David Wevill) y previsiblemente se divorciaron.

Ted fue, entonces, todo lo cruel que pudo con Sylvia: le dijo que su vida con ella había sido una pesadilla, que nunca había querido tener hijos, que hacía años que pensaba dejarla y que le extrañaba que no se haya suicidado aún. Ese día, Sylvia quemó sus manuscritos y los de su marido y se mudó a un pequeño departamento con sus dos hijos.

Mientras su inestabilidad emocional se agudizaba cada vez más, Sylvia escribía cada vez más y mejor. Durante la madrugada, mientras sus hijos dormían, tipeaba frenéticamente los oscuros poemas que conformarían, más tarde, su libro “Ariel”. Al mismo tiempo se publicaba, bajo un seudónimo, “The bell Jarr”, una novela autobiográfica que fue recibida por la crítica con entusiasmo.

Sola, enferma de gripe, al borde de la miseria, y exhausta por la crianza de dos hijos, un par de meses más tarde, Sylvia se suicidó con gas en la cocina de su casa. Tenía treinta años.

Dos años después, su marido, quien –por accidente- quedó a cargo de su obra, editó y publicó sus últimos poemas y quemó gran parte de los diarios íntimos de Sylvia, para proteger su imagen y evitar que sus hijos los leyeran. La crítica recibió "Ariel" con alabanzas y Sylvia fue la primera poeta en obtener un premio Pulizter luego de su muerte. Ted, por su parte, no pudo repetir el éxito editorial y Assia Gutman, su amante, se suicidó de la misma manera.
Hoy Ted Hughes es un conocido poeta, pero ante todo, es el editor, marido, y destructor de los diarios de Sylvia Plath.

Imágenes de mujeres: la dejada

La dejada es una militante de los rituales inversos. En vez de preparar el escenario minuciosamente para disfrutar de una tradición, olvida, improvisa, y posterga.

Su rasgo principal es la incapacidad para ejecutar una tarea en tiempo y forma. Todo lo que a los demás les lleva un día, a ella le consume seis. No tiene ni memoria, ni compromiso, ni apuro de ningún tipo. Todas sus labores flotan, incompletas, en un limbo comandado por su potencia minusválida y su falta de iniciativa.

Cuando tiene que hacer un trámite o pagar un impuesto, por ejemplo, en vez de abonar en término para evitar punitorios y colas interminables, espera que llegue el aviso de corte. Pero cuando llega, en vez de ir a pagarlo inmediatamente, lo vuelve a tirar en la frutera hasta la mismísima mañana en la que van a suspenderle el servicio, para poder salir corriendo, andrajosa y apurada, a suplicarle clemencia al cajero de Metrogas.

Vive, además, en la más absoluta y remolona marginalidad: no tiene documento de identidad, ni legalizó su título, ni renovó el carnet de conducir, ni dio de alta la obra social. Siempre se mentaliza para hacerlo la semana siguiente, pero luego le da fiaca y lo deja para otro momento.

Su casa se parece el gabinete de un inventor loco. Todos los electrodomésticos tienen un arreglo perezoso concebido como un remiendo provisional que el tiempo luego transformó en permanente. Su calefón se apaga sólo cuando cierra la llave de paso del gas, su televisor se enciende con una birome (los botones se hundieron y perdió el control remoto) y, como no las tiene llaves de la puerta de entrada, abre y cierra con medio picaporte que a menudo se olvida sobre la mesa del living. Cuando se lo deja piensa seriamente en llamar a un cerrajero, pero al final siempre se cuelga de la medianera como un gato vagabundo o le pide a un vecino que la deje treparse al techo para saltar, y se olvida del arreglo hasta la próxima madrugada que amanece en el palier.

Tiene la heladera siempre vacía. No va nunca al supermercado, y las sobras de delivery se le pudren escondidas detrás de una gelatina medieval. Si alguien la visita, no puede servirle más que un vaso de agua tibia, y cuando quiere hacer una comida, se olvida siempre de comprar algún ingrediente de la receta, y para no volver a salir, hace el plato sin la cantidad de huevos o harina necesaria. Más tarde, ajusticiada a carcajadas por sus conocidos, suspira que estaba chirle y quemado pero “que igual estaba bueno”.

La comida no es lo único que escasea en su hogar. Es frecuente que se olvide de reponer el jabón o el shampoo y tenga que restregarse el pelo con una piedra pómez y jabón federal, tenga que comprarse un desodorante por la calle o coserse un pantalón en el baño de la oficina porque no tenía hilo. Tampoco tiene botiquín, (porque no piensa en que va a cortarse o a sentir un malestar sino hasta que se cae en el baño y se parte la cabeza), ni herramientas, ni ahorros, ni teléfonos útiles a mano.

Si tiene patio o jardín, es un depósito de sus apáticas intenciones. La ropa se pudre, mojándose con cada lluvia y secándose con cada mañana de sol, abandonada a su suerte en el tender, mientras ella la busca, indignada, en las bolsas del laverap. Hay también muchas plantas secas, una regadera oxidada y una mesa a medio pintar que se hincha, despareja, con el rocío de la mañana.

Por último, la dejada es, también, la reina de la improvisación y la emergencia. Para ella, planear una actividad es delirar con una amiga o garabatear listas imposibles en un cuadernito raído que luego tira debajo de la cama. No importa cuanto proyecte; nunca mide antes de cortar o clavar. Tira la malla mojada directamente en el bolso. Va al cine sin consultar en qué horarios hay función. No pone papel de diario en el piso antes de pintar. Empieza a armar un mueble sin leer las instrucciones. Rompe los paquetes desde el centro. Lava la ropa con papeles en los bolsillos. Y nunca, pero nunca tiene un plan “B”.

Imágenes de mujeres: la autoloser

La autoloser es el reverso deshilachado de la presumida. Es una antiheroína social: mientras que el resto de las mujeres esconde sus carencias debajo de plisados artificiales, voladitos, y estratégicos pespuntes, ella muestra los hilos sueltos de las costuras.

A primera vista, un lector apurado puede confundirla con una perdedora común y corriente, pero la verdad es mucho más compleja. La autoloser no se inscribe en ninguna de las dos variantes de perdedora: ni se esfuerza en vano por cambiar, ni se resigna apáticamente a lo que es. Por el contrario, en vez de luchar por salir a flote o entregarse para morir ahogada, nada, como una suicida entusiasmada, hacia el fondo del océano.

La autoloser mira su propia vida como un espectador divertido con el drama de un personaje. Sufre, sí. Pero de manera periférica, impersonal. Transforma todas sus miserias en anécdotas agridulces parecidas al cine de enredos francés. Hace un ejercicio de inteligencia y desapego que debiera ponerla a salvo de que esas mismas historias la aludan, porque quien se ríe de sí mismo, no es risible. Es incluso una persona superior, un santo que camina entre los mortales.

Pero este recurso tiene, también, un efecto colateral. Como sus fracasos son parte de una ficción ajena, no siente el peligro en carne propia y no se detiene a tiempo. Es como un personaje interpretado por Woody Allen, que con cada vuelta que da, se hunde cada vez más en un laberinto de papelones y humillación masoquista.

Si un hombre la deja y le rompe el corazón, en vez de alejarse, se acerca. Siguiendo su instinto tullido, le envía mails “para ver como está” o concibe planes estúpidos para cruzarlo a la salida del cine. Sabe que cada encuentro la empuja más y más al abismo de la vergüenza, pero no puede parar. Se convierte en su amiga, atiende sus llamados borrachos y tristes los sábados por la madrugada, e incluso se queda a dormir con él, conciente de que va a echarla a la madrugada a los apurones, sin una bota ni la cartera. Cierra la noche llorando en la calle, muerta de frío, suplicándole a los gritos que le tire las botas por al balcón porque le costaron doscientos pesos y desayuna, emparchada y tuerta por un taco volador, en el departamento de su mejor amiga.

Su verborragia posterior matiza el desengaño con mínimas felicidades que la consuelan. Intercala carcajadas con lagrimones mientras detalla lo que gritaba por el balcón, cómo la asaltaron en el viaje de vuelta, y cuanto tuvo que suplicarle al colectivero de la línea 59 que la lleve gratis y descalza hasta la casa de su amiga.

Desde muy joven sus anécdotas son la delicia de padres ajenos y maestras. Va al jardín de infantes y cuenta que toda su familia se llenó de piojos y que el tío Ronny está preso por robar plata del club. En la primaria, le confiesa a quien quiera oírla que gusta un chico y ni el pudor ni sus victorianas compañeritas (que le cantan “tiene novio”) la obligan a replegar su enfática estrategia.

Para los dieciocho años, su vida a es un rosario de catástrofes sentimentales. Se enamora siempre de patanes buenosmozos que le suben la ventanilla del auto cuando pasan delante de sus amigos, la someten a rutinas sexuales extravagantes, se acuestan con su mejor amiga, o la dejan tirada del otro lado de la General Paz por la madrugada, luego de una pelea.

Cuando se deprime, al contrario del resto de los mortales, no se refugia en la televisión berreta ni en los dulces. Acepta invitaciones que la conectan con situaciones que violentan su amor propio. Acompaña a una tía soltera a entregar un perro salchicha usado que vendió por Internet, se va al cine sola, o se amarga en una fiesta de solos y solas junto a dos amigas resentidas que doblan sus tacos aguja bailando, borrachas, en la improvisada pista de un húmedo departamento.

La autoloser siente un tímido orgullo de sus torpezas. Siente que le dan volumen, carácter. Se vanagloria de sus fracasos culinarios (es famosa por sus tortas isóceles decoradas con chupetines clavados y confites de anís), no le importa ser fofa y mala en los deportes (jamás pudo hacer flexiones y va al gimnasio sólo dos días por año a mirar fijamente a las deportistas), canta mal (y por eso canta más fuerte), y no sabe nadar ni andar en bicicleta sin rueditas (pero se tira de cabeza en lo profundo y chapotea hasta llegar al borde de la pileta).

En cualquiera de los ámbitos de la vida, la autoloser siempre quiere más. Como si sufriera para tener qué contar, o como si contara para no tener que sufrir. Avanza, como un mosquito hipnotizado, hacia una luz blanca y brillante, sabiendo que va a freírse contra la panza caliente de un foquito criminal.

Concurso Intel de blogs

Como ya se habrán enterado por las malas lenguas, gané el premio Intel en la categoría Arte y cultura.
Es verdad, la categoría no es muy precisa, pero tampoco "Música y Entretenimientos" o "Periodismo" dado que no hago ninguna de las dos cosas. Bien o mal, escribo, y -supongo- que eso puede encuadrarse en cultura. Como sea, el jurado pensó que estaba bien y yo no pienso discutir nada. Tienen razón en todo.


 
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