Las 50 frases que más detestan las mujeres

  1. Necesito tiempo
  2. Necesito espacio
  3. ¿Qué te hiciste en el pelo?
  4. Vas a sentir un tironcito...
  5. Te llamo.
  6. El celular al que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura.
  7. Negro no tenemos más, tengo salmón rayadito o melón con botones.
  8. Y tooooooda la gelatina y el líquido que quieras.
  9. Perdoname que te lo diga así de frente, viste...
  10. Cuando tengas tu casa, harás lo que quieras. Mientras vivas en mi casa...
  11. Tenemos que hablar
  12. El cajero está actualmente fuera de servicio.
  13. (Por megáfono) ¡Las solteras a la torta!
  14. No trabajamos tarjetas de crédito.
  15. El sábado a las 15.30 es el babyshower de Laurita, ¿te acordás, no?
  16. Te juro que es la primera vez que me pasa.
  17. Si no me la prestás, le cuento a mamá.
  18. Vivo con mi vieja porque estoy cómodo. Cuando sienta la necesidad de irme, me iré.
  19. Es simpático, buen tipo.
  20. ¿Tenías turno?
  21. ¡Maaaaaaaaaaaaaaa, Laurita me está molestando!
  22. Uh, me olvidé la billetera.
  23. Respirá hondo...
  24. Para mañana.
  25. ¿Talle como para vos?
  26. Sos demasiado para mí.
  27. Es hasta que se estiren. El cuero re cede.
  28. Preguntale a tu padre.
  29. ¿Sabés cual es tu problema?
  30. Ahora no puedo hablar
  31. Usted tiene cero mensajes nuevos
  32. Estoy confundido.
  33. Hasta esa zona no llegamos.
  34. ¡Y nueve, y dieeeeeez! ... Y diez más!
  35. ¿Cómo una chica tan linda como vos no tiene novio?
  36. Estás sobrecalificada para el trabajo
  37. No sos vos, soy yo
  38. Mail Delivery Subsystem - Delivery Status Notification (Failure)
  39. A vos te quiero, a ella no
  40. El domingo comemos en lo de mi vieja.
  41. Es una amiga, nada más.
  42. María Luz está de vacaciones, te va a atender RAMON.
  43. Esto no sale con nada, señora.
  44. Ahí los junto / Ahí voy / Ahí los lavo
  45. A tu edad, ya estaba casada con tu padre y tenía a Laurita y a vos.
  46. ¿Te vino, no?
  47. Se comunicó con el 1564200988. Después del tono, deje su mensaje.
  48. 4567 kcal per serving / Servings per package: 1
  49. Otro día te cuento...
  50. No.

Imágenes de mujeres: la planta carnívora

En la escuela primaria, todas nos enamoramos del chico más veloz. No es frivolidad. A los diez u once años, correr rápido es el atractivo más grande que un hombre puede tener. Durante todo el ciclo lectivo, suspiramos, apasionadas, cada vez que su boca húmeda nos muerde el alfajor o nos elige en su equipo en la clase de gimnasia. Hasta la coincidencia más pequeña es una forma de magia sencilla.

Es, también, el primer enamoramiento serio. Con fantasías, diario íntimo, y confidente. ¿De qué otra forma podemos canalizar, sino, los cimbronazos de ese amor desconocido? Le contamos a una amiga que “gustamos” del hombrecito en cuestión, y eso alcanza para sellar un pacto sigiloso que sólo se aviva cuando corremos a decirle que lo tocamos, sin querer, jugando en el patio en el recreo.

Pero la ilusión dura poco. A fin de año, él la saca bailar en una fiesta, y cuando ella lo abraza, deja de ser una actriz de reparto en el melodrama, y pasa a ser la protagonista de la novela; la tragedia de la planta carnívora. Y desafortunadamente, a esa edad todavía no sabemos disimular. No podemos decir "boluda, todo bien, es un pibe" mientras nos desangramos por dentro. A esa edad nos ponemos a llorar en el medio de la fiesta. Ahí nomás. Y somos tan obvias, que cuando alguien nos pregunta el motivo, decimos que se nos murió una mascota o que nos duele la cabeza.

Y eso es sólo el principio. Con los años, la planta carnívora mecaniza ese mismo ritual: se entera de que estamos enamoradas de alguien, lo seduce descaradamente, nos rompe el corazón, llora sin consuelo, se arrastra pidiendo disculpas, y si logra que la perdonemos, empieza de nuevo. Y si no, huye malherida a robarse otro nido lleno de huevos ajenos.

En la secundaria y en la universidad, todos los trucos de su psicología caníbal alcanzan su máximo grado de perversión. Apenas detecta que nos gusta alguien (como un gato olfateando la medianera), salta encima del muchacho, le chupa la oreja y le hace vocecitas, mientras nos guiña un ojo y susurra que “está tanteando el terreno”.

Los fines de semana también insiste. En las fiestas, se desploma, balbuceando incoherencias de doble sentido, con la alevosa premeditación de una borracha malintencionada, encima del hombre de nuestros sueños. Ni siquiera se priva de confesarle que lo amamos en secreto. Nada se interpone entre nuestro pavo amor y su jodidídismo deseo.

Después improvisa. Dice “que estaba borracha”, “que estaba re mal”, o “que no pasó nada” o peor aún, "que ella no sabía que a nosotras nos encantaba". Llama a todas nuestras amigas en común llorando, haciéndose la víctima, diciendoles que jamás hubiese hecho algo así de haberlo sabido y que no quiere perder nuestra amistad.

Si la perdonamos, con el tiempo reincide. Con un novio, con un compañero de trabajo, con el chico que atiende en un bar y que nos encanta en secreto. Ella siempre quiere ayudar, y nosotras, que somos ridículas, culposas e inseguras, le tendemos la cama para que se acuesten: le presentamos al hombre en cuestión, los dejamos conversar en la cocina y le creemos que siempre es una casualidad, que ella no había entendido, que ni siquiera le interesa, que no vamos a arruinar la amistad por eso.

Para cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde y estamos, otra vez, en el final de su ciclo. No hay nada que podamos hacer. Una vez que las plantas carnívoras cierran el buche, la víctima siempre se queda adentro.

50 formas de tener un orgasmo

  1. Que te den muchas muestras gratis de perfumes y cremas.
  2. Hablar con un amiga por teléfono hasta la madrugada.
  3. Entrar a tu casa el día que fue la empleada doméstica y que todo esté inmaculado.
  4. Llegar a una cita a ciegas y que el tipo sea de tu tipo.
  5. Quedarte todo el fin de semana en casa, sin bañarte, en jogging, comiendo chatarra, tomando coca cola light y viendo películas malas por cable.
  6. Que te corresponda el hombre del que estuviste perdidamente enamorada mucho tiempo.
  7. Ver el par de zapatos de tus sueños en una vidriera.
  8. Lavarte la cabeza en la peluquería, sentir el masaje de la yema de los dedos y el agua tibia que cae, lenta, desde el nacimiento del pelo.
  9. Salir de compras, cargarte de bolsas y luego desparramar todo en la cama para mirarlo detalladamente.
  10. Llegar a casa y que él, de casualidad, no haya ensuciado todo.
  11. Aterrizar en la cama borracha y con los pies doloridos por culpa de unos zapatos nuevos.
  12. Que te hagan masajes cuando te duelen los pies o la espalda.
  13. Tomar café y comer torta con una amiga, leer revistas, criticar gente, ponerse al tanto de las novedades de la otra.
  14. Que tus hijos tengan un cumpleaños que dure desde el mediodía hasta la noche.
  15. Descubrir que la nueva novia de tu ex novio es horrible.
  16. Mirar vidrieras y e inspeccionar minuciosamente todos los productos que no vas a comprar sin que nadie te apure.
  17. Subirte a la balanza y haber bajado de peso luego de matarte de hambre durante la semana.
  18. Ver a al hombre que secretamente te encanta.
  19. Darle el primer beso a alguien que te gusta mucho.
  20. Ir a tomar el té a lugares lindos, como la confitería "Las violetas" y la casa del bosque en Mar del Plata.
  21. Planear un viaje
  22. Viajar sola.
  23. Dormir la siesta muy abrigada en un día de lluvia.
  24. Ver maratones de series y sit coms hasta la madrugada.
  25. Acostarse en una cama con sábanas recién lavadas y planchadas, con mucho olor a suavizante para ropa.
  26. Tirar cosas viejas (puntos dobles: tirar cosas viejas y feas de tu novio que nunca habías podido tirar, por ejemplo, una campera vieja y repugnante que él adoraba).
  27. Nadar desnuda.
  28. Quedar atrapada con un libro y terminarlo compulsivamente de una sentada.
  29. Ganar una discusión y escuchar "tenías razón".
  30. Alzar cachorritos en brazos, pellizcar bebés, ver fotos de tu novio cuando era chico, comer tomates cherry y zanahorias baby.
  31. Ir a comprar algo y que haya una promoción o un descuento inesperado sobre ese ítem.
  32. Lograr cerrar la puerta de tu departamento justo antes de que la vecina abra la suya.
  33. Ducharte con agua bien caliente después de hacer actividad física.
  34. Estar recién depilada o con las manos recién hechas.
  35. Que te cuenten con lujo de detalles toda la historia de otra mujer, que ni siquiera conocés ni vas a conocer.
  36. Que te agarren la mano en el cine.
  37. Todo lo que tenga perfume: los baños con sales y espuma, la ropa limpia, los lápices de colores nuevos, las figuritas con olor, los jabones y las velas.
  38. Ir a comer afuera.
  39. Dormir en posición cucharita.
  40. Leer revistas chatarra gratis en la peluquería, casas ajenas o bares.
  41. Vestirte con ropa nueva.
  42. Que te lleven el desayuno a la cama.
  43. Ver películas de amor tristísimas y llorar descontroladamente
  44. Poner en loop una misma canción y escucharla una y otra vez.
  45. Fantasear con personajes de películas, series o libros.
  46. Llamar a una amiga después de una cita y escuchar toda la crónica.
  47. Que te abrace un hombre grandote, con brazos pesados y espalda ancha.
  48. Comer chocolate
  49. Encontrar un programa que adorabas cuando eras chica en la televisión.
  50. Y tener sexo
relatos e imagenes de mujeres

Los secretos mejor guardados de las mujeres

Artículo originalmente publicado en revista Metrópolis de Mayo

Para la mayoría de los hombres, las mujeres estamos escritas en otro idioma. Somos como actrices extranjeras, como un ovillo de lana enredado, como una piedra rosetta. No entienden nada de lo que sentimos o necesitamos. Por ignorancia, intentan acercarse a nosotras de de manera formularia y superficial, y en consecuencia, la mayoría del tiempo nos sentimos vacías e incomprendidas.
No obstante, algunos hombres, por herencia o por azar, han podido entrever el nebuloso mundo femenino de otra manera. Sus hermanas charlatanas o sus incontinentes madres les han revelado, por ejemplo, que odiamos que nos ignoren, que no recuerden lo que les pedimos, o que huyan como ratas de una discusión.
Sin embargo, a pesar de estos torpes esfuerzos y revelaciones parciales, las mujeres seguimos siendo para los hombres, una bolsa llena de agujeros. Tenemos tantos secretos y atajos que es imposible llegar al centro.
Sigue ahora, una traducción esforzada y generosa de algunas molestas incógnitas que todavía guardamos a la sombra de la verdad. No creo que sirvan de mucho, pero mi ambición es poca: si un hombre más nos entiende, habrá valido la pena.

1. Tenemos una compulsión enfermiza por depilarnos
Hace tiempo todos aceptamos que la depilación es un hábito bárbaro y machista que degrada a la mujer, y, sin embargo, cuando un hombre nos sugiere que dejemos de hacerlo, amenazamos con suicidarnos. Es la cera o la vida.
¿Cómo puede ser que hayamos podido abandonar el corset y el miriñaque, o las calurosas enaguas con puntillas y no hayamos podido zafar de esta tortura?
El secreto por el cual nos depilamos reside en la privacidad de las camillas de los centros de belleza o en el corazón de cada botiquín del baño: a pesar de nuestras amargas quejas, arrancarnos esos pelos es una forma de felicidad.
Nos encanta extraerlos uno por uno y verlos pegados a la cera como millones de hormigas atrapadas en la arena. Podemos pasar horas mirando nuestras piernas como palomas buscando alimento en el piso de una plaza, buscandonos pelos en las cejas frente a un espejo, o admirando los rodillos de la depiladora eléctrica trabajar.
No puedo explicar por qué, pero despedirnos de ese vello que cosechamos en nuestro propio cuerpo, nos genera un doble sentimiento: la indignación de comulgar con un hábito tan salvaje, y la serena gratificación de quien realiza una artesanía.

2. Tenemos una falla en el sistema racional
Es muy común que una mujer interrumpa una actividad de rutina para llorar desconsoladamente. A veces sólo basta un pequeño traspié (se quema la comida o se derrama la sal) para tener un acceso de pena. Cuando esto sucede, los hombres quedan perplejos: no logran entender por qué lloramos, si hasta entonces “estabamos tan bien”, y prefieren, entonces, pensar que estamos locas.
A pesar de lo que cree la mayoría, este vicio tan irritante no es un síntoma de demencia, es una falla en el sentido común llamada golpe de estado emocional; un instante de trágico descuido en el que las emociones pisotean y derrocan a la razón tomando el control absoluto de todo el cuerpo.
El sistema dramático envía agudas descargas de indignación al cerebro, y en menos de cuarenta segundos, congestiona el hemisferio izquierdo, produciendo episodios de crisis emotiva y profuso llanto. El encéfalo, desbordado y caliente como una molleja, redirige a la mujer a la manera de un escudo que rechaza toda argumentación racional o intento de postergar la disputa, recita extensos inventarios de suculentos reproches, estimula los lagrimales, y tiene violentos chispazos de ira demencial. Sólo después de varias horas, con el llanto entrecortado por el hipo, las emociones le restituyen el mando al sentido común, que nos duerme mansas y culpables hasta el otro día.

3. Creemos que 10 + 10 es igual a 7
Las mujeres tenemos una matemática simbólica paralela. Mientras para el resto del mundo un número es un número, para nosotras son dos: el que decimos, y el que callamos. Las modelos, por ejemplo, tienen noventa centímetros de cadera; todas las demás mujeres, obviamente, tienen más, mucho más. Y sin embargo ¿Alguien escuchó jamás a una amiga decir que tiene «un metro» de contorno?
Lo mismo sucede con el peso: todas las mujeres pesamos 49 ó 59 kilos, y, si somos muy grandotas, 69, pero ninguna acusa 62 o 71. Nadie sabe tampoco quién usa talle large o extra large; porque todas somos (como mucho) medium, talle 1 ó 2 de medias, y 37 de zapatos. Tampoco es fácil descubrir la edad: todas las mujeres tenemos 29 ó 38 ó 49 años y medio; en 1977 y 1967 no nació nadie. Menos aún puede saber un marido «cuanto costó la remerita», porque siempre, absolutamente siempre, «estaba de oferta». Por último, nadie puede confirmar la cantidad de amantes que tuvo su novia antes, porque hay muchos “que no cuentan” y otros que es mejor olvidar.

4. Regamos sus secretos por todos lados
Las mujeres tenemos un sentido de la privacidad muy difuso. Mientras los hombres apenas si le dicen a sus amigos que estan saliendo con una chica, nosotras vomitamos toda la información luego de la primera salida. Entre amigas, las confidencias viajan como un malón de indios borrachos que van a saquearlo todo. Hablamos tanto, que destruimos el tabique de intimidad que separa a la una de la otra. Somos como dos celulares con bluetooth, como un extenso túnel que nunca dobla, como una cuadra de casas sin medianera.
Si bien los hombres conocen esta debilidad, no se imaginan al grado de indiscreción al que podemos llegar. Ignoran que esa amiga que viene a casa tan seguido sabe absolutamente todo sobre ellos. Que conoce todos sus movimientos en la cama como si los hubiera espiado. Que sabe que cuando eran chicos se tocaban con sus primas y jugaban con las muñecas de sus hermanas. Ignoran que a esa amiga se le desprendió la laringe de tanto reirse cuando supo que lloraron con Bambi y con la despedida de los almuerzos de Mirtha Legrand; que los detesta porque nos dejaron plantadas o nos hicieron llorar, y que nos aconseja que los dejemos cada vez que le contamos la última estupidez que hicieron.

5. Somos amazonas
Cuando una mujer descubre que su marido la engaña lo primero que pregunta no es: “¿Por qué lo hiciste?“, sino “¿Quién es ella?”. No le interesan los motivos de la traición; lo que le importa saber es si la otra era más jóven o más linda, si era mejor en la cama, en dónde se conocieron y cuantas veces tuvieron sexo.
Cuando yo era más jóven, por ejemplo, terminaba todos los años durmiendo con mi ex novio. Invariablemente, sin importar cuales fueran las circunstancias, luego de un tiempo caíamos en la misma rutina: nos despedíamos, nos separábamos, y volvíamos a dormir juntos cuando él estaba de novio con otra. Durante un par de años pensé que estas idas y vueltas significaban que estabamos hechos el uno para el otro; pero mi reincidencia tenía muy poco que ver con el amor. Mi deseo no era recuperarlo. Mi objetivo era probar que yo era inolvidable. Competía con ella sin importar quien fuera; tenía que demostrarle al mundo que yo era la mejor de todas.
Las mujeres, a diferencia de lo que los hombres creen, estamos en constante conflicto con nuestro género. Ellos son, cuando mucho, personajes secundarios. Cuando vamos a un casamiento, por ejemplo, no nos importa llevar compañía para bailar o para conversar entre comidas. Necesitamos llevar pareja para que el resto de las mujeres no puedan jugar la carta de: “yo tendré tres pibes y pareceré un colchón mal atado pero vos ni tenés marido”, y nostras podamos, en cambio, mostrar nuestro juego: “Mientras vos fregás pañales de rodillas yo tomo cocktails con sombrillitas y me burlo de tu panza”.

6. Somos puro envoltorio
No es ningún secreto que las mismas mujeres que se ofenden por una grosería, en la intimidad son mucho menos remilgadas. Sin ir más lejos, los hombres -que intuyen esta hipocresía- suelen preguntarnos incisivamente qué hacemos cuando estamos solas. Sin embargo, estos curiosos apenas sospechan el grado de impostación a la que podemos llegar.
Las mujeres que apenas comen en una cita, por ejemplo, llegan a su casa y se atoran con galleta rancia, desgarran un salame entero con los colmillos y apuran una lata de salsa de tomate de un trago. Aquellas que censuran a un hombre por limpiarse con el puño, son las mismas que pescan medibachas del canasto de la ropa sucia antes de ir a trabajar, eructan como un albañil descompuesto delante de las amigas y comparten con su gato un yogur a la mañana. Y también están las que se escandalizan cuando alguien les grita cochinadas por la calle, y luego escupen cuando nadie las mira, se lanzan como una araña sobre un taxi boy o gritan como tumberas depravadas en la cama.

7. Vamos al baño juntas por necesidad
A los hombres les gusta inventar fábulas femeninas de corte lesbiano-inverosímil. Están convencidos, por ejemplo, de que el baño es para nosotras un bollero hamam en el que nos embadurnamos de lapiz labial transpirado y nos acariciamos el cabello mientras nos decimos, pegajosas bajo el vapor del secamanos, qué lindo nos queda el pantalón.
Es hora de que se sepa: cuando vamos al baño juntas no hablamos de ustedes ni nos manoseamos. Si vamos de a dos es porque nos llevaron a una fonda mugrienta en la que nuestra compañera tiene que sostenernos la puerta del baño o boxear contra otra mujer por el último cuadrito de papel higiénico. Mientras ustedes creen que “cuchicheamos” estamos combatiendo el cólera trepadas sobre una letrina y repeliendo murciélagos con la tapa del tacho de basura.
Y ya que estamos, tampoco jugamos a la guerra de almohadas cuando dormimos juntas, no nos secamos entre nosotras en los vestuarios, ni nos sentimos extrañas y confundidas cuando le pasamos bronceador a una amiga por la espalda.

8. Somos víctimas del amor colectivo
Todas las mujeres compartimos sin saberlo un tórrido amorío unilateral. Como telépatas programadas nos enamoramos, sin premeditación, de un mismo hombre al mismo tiempo. Durante mucho tiempo ignoramos este tibio sentimiento que trasciende nuestros gustos personales, hasta que un día, viendo una película o una serie de televisión, nuestros suspiros se encuentran y la verdad sale a la luz. En una época fue Brad Pitt, luego vino George Clooney, después Russell Crowe y hasta hace poco, Jude Law. Sin embargo, en este preciso momento, todas quieren a Adrien Brody y a Roger Federer.

Imágenes de mujeres: la mocita

La mocita es una camarera menuda, malhumorada y perezosa que maltrata clientes y mezcla pedidos en un bar cualquiera de Capital Federal.

En general, a la mocita no le gusta trabajar. Prefiere mirar televisión y conversar con otras mozas. Cuando un cliente la llama y está ocupada mirando una revista o imaginándose como protagonista de la novela de la tarde, la mocita se hace la distraída y se da vuelta. Está convencida de que traer mayonesitas, limpiar mesas pegoteadas de café volcado o levantar platos con esculturas de puré frio y colillas de cigarrillo está bien para otras chicas, pero es poco para ella.

Tanto odia su trabajo, que a menudo se desquita con los clientes y la encargada del local, a quien desafía y boicotea, odiosa, con solapadas camarillas de mosquita muerta. Se hace la enferma los días de más trabajo, le ofrece a toda la concurrencia hablar con su jefa ante el menor inconveniente, y, callada, espera silbando que se acabe el edulcorante para ver a la encargada mendigarle de rodillas una bolsa de seis mil sobrecitos a un proveedor de Villa Zagala que le cobra doscientos cincuenta pesos de remise.

Cuando la retan, la mocita jamás replica. Sólo pone mala cara, ladea su trompita insolente, sube las cejas, y revolea los ojos siguiendo una mosca imaginaria. Pero más tarde, cuando nadie la ve, cuchichea artificialmente con el repartidor de lácteos y tira frases en voz alta como “pero acá viste como es” o “ese no es mi trabajo viste, no es mi prolema”
La mocita tiene, para sus clientes, una sola clase de respuesta: “no”. No se puede cambiar la manteca por queso blanco. No tiene hora. No puede mudarte a otra mesa. No tiene cambio. No sabe en dónde para el colectivo 152. No encuentra el diario de hoy. No sabe cómo salió boca y no, nadie se olvidó un juego de llaves en el bar.

Es, además, dura como una piedra para las cuentas, y no puede retener más de dos pedidos por vez. Le lleva un cortado a todos los que pidieron la “Promo 6” de milanesa, se olvida el azúcar, y calcula mal cuando tiene que cobrar. Y si el cliente la corrige, en vez de sentir vergüenza, le arranca el ticket de la mano y se lo tira a la encargada sobre la barra señalando la mesa en cuestión con su indignada nariz, y murmura que le descuente cuatro pesos del agua que nunca les llevó.

Por otro lado, la mocita es siempre muy coqueta. Toda la energía que ahorra haciéndose la sorda con los clientes o escondiéndose en la cocina, la invierte en empotrarse los pantalones más ajustados que puede y embarrándose los ojos con delineador negro. La encargada la vive retando porque deja olor a perfume berreta y pasta de dientes en el baño, pero ella no puede remediarlo. El desodorante Jovialle es su heroína.

Es, además, solidaria con los proveedores. Fomenta descaradamente la calentura del repartidor de lácteos, que la ametralla de guarangadas mientras descarga los cajones de leche en la vereda, y el amor sencillo del muchacho que trae las medialunas, a quien rechaza, melancólica y cachonda, todos los viernes.

Su corazón no tiene lugar para corredores de golosinas o remiseros. La mocita está perdidamente enamorada de un cliente casado, cuarentón y medio chanta, que va todas las mañanas al bar a tomar un cafecito en la barra y a hablar a los gritos por el celular. Está convencida de que como sabe su nombre, le hace chistes y le mira el culo, en cualquier momento le pide casamiento y la saca de esa pegajosa pocilga para siempre.

Para asegurarse su improbable conquista, la mocita atiende al cliente como una geisha. Lo llama por su nombre, conversan, se hacen bromas, y a veces, incluso, ella le cuenta alguna intimidad que él analiza con falso interés de pirata.

Mientras tanto, nosotros podemos desgarrarnos la laringe para conseguir otro café o un enchufe para la notebook, aunque nos negará ambas gentilezas, ocupada, trepándose al palo de luz de la calle, como una mona, para bajar un cable pelado con la boca, para que su novio de mentira pueda enchufar su laptop y se quede a trabajar ahí toda la mañana, mientras deglute los cuatrocientos gramos de masitas que le llevó con su miserable café.

 
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