Supersticiones femeninas de ayer y de hoy

  1. Usar algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul para el casamiento.
  2. Cortarse el pelo el luna llena para que crezca más fuerte.
  3. No pensar en comida cuando hacés dieta porque engorda.
  4. Deshojar una flor sacando un pétalo por cada "te quiere mucho", cada "poquito" y cada "nada", para saber si el hombre en el que estás pensando te quiere en serio.
  5. Pensar que si se te caen las cosas repetidamente alguien está pensando en vos.
  6. No dejar que el novio vea el vestido de su futura esposa antes de la boda.
  7. Creer que cuando la panza del embarazo es en punta la madre va a tener un varón.

  8. Pensar que si no cumplís un antojo durante el embarazo el bebé va a tener una mancha en el cuerpo con la forma de ese antojo.
  9. Cambiarte la bombacha que tenés puesta por una nueva color rosa el 31 de diciembre a las 12 en punto para tener un buen año.
  10. Estar convencida de que si te acostás en la primera cita el hombre no vuelve a llamarte.
  11. Creer que a los hombres se los conquista por el estómago.
  12. Evitar las hojas de laurel en tu plato al servir la comida para no quedarte soltera para siempre.
  13. Cerrar los ojos si ves a un ciego estando embarazada para que tu bebé no nazca ciego también.
  14. Pensar que si el novio lleva la corbata torcida durante la boda, va a ser infiel.
  15. Cuando descorchan un champagne, creer que si te cae el corcho encima vas a casarte.
  16. Procurar que no se te acabe jamás la sal en casa porque es mala suerte.
  17. Mirar la cantidad de pedazos en el que se rompe la copa en un casamiento judío porque representa la cantidad de años que durará la pareja.
  18. No dejar la cartera apoyada en el piso porque te va faltar el dinero.
  19. Tratar de atajar el ramo de la novia en los casamientos.
  20. Poner una escoba invertida detrás de una puerta para que las visitas inoportunas se retiren pronto.
  21. Plantar una ruda macho y una hembra en el jardín para tener buena suerte.
  22. Creerle a tu abuela que podés quedar embarazada al sentarte en un inodoro desconocido.
  23. Decir que se casa una bruja cuando hay sol y lluvia al mismo tiempo.
  24. Tratar de no pasar la escoba por encima de los pies de una soltera al barrer porque se queda para vestir santos.
  25. No que casarse ni embarcarse un martes 13.
  26. Cuando se te cae una pestaña, ponerla entre tu dedo pulgar y el de otra persona y pedir un deseo.
  27. Creer que la mayonesa se corta en presencia de una embarazada.
  28. Tirar de las cintitas de las tortas de bodas esperando un anillo.
  29. No pisarle la cola a los gatos por compasión pero también para evitar el celibato.
  30. Decir y creer que las mujeres somos el sexo débil.

16 claves para sobrevivir en pareja



Las parejas que están enamoradas no necesariamente son las que están bien. Cuando se trata de armonía y felicidad, estar enamorado es absolutamente secundario.
El amor no baña al perro, no hace las compras, no siempre se viste correctamente o soporta a los amigos del otro. Las parejas que intentan vivir sólo de amor, son una gran fortuna en manos de un comerciante mediocre, un mocoso torpe con buenas intenciones, una copa llena de espuma.
Las parejas que están bien no son las que más se quieren ni las que más se extrañan, sino las que hacen, al menos, algunas de estas cosas:

a. Si ambos son alfa, uno se transforma en beta.
En una manada de lobos, el macho alfa es quien toma primero la comida, se queda con las hembras y lidera al resto del grupo. El beta, en cambio, no necesita tantas guirnaldas ni trompetazos y se acomoda en un lugar satelital. En una pareja de personas, como en cualquier otro grupo, sólo puede haber un carácter alfa, porque si hubiera dos, nadie podría estar alrededor.
El miembro alfa jamás comparte su liderazgo y protagonismo. Es como un árbol que hace sombra a su alrededor, y que ocupa todo el cielo, todo el aire y toda la tierra.
Las parejas que están bien siempre se acomodan en roles distintos. Sólo uno puede comerse las patas del pollo, el otro, lamentablemente, deberá conformarse con la pechuga.

b. Encuentran soporte logístico en una empleada doméstica
Es muy difícil sobrevivir a la rutina sin la ayuda emocional y ejecutiva de una empleada doméstica. Cada vez que los hombres se olvidan la leche fuera de la heladera, que revolean sus mugrientos bandoneones de medias en el piso o que siembran la cocina con migas de pan, ellos sienten “que viven la casa” y nosotras, que la matan poco a poco.
Las parejas que están bien se ponen en manos de su mucama, y esperan sus visitas como sedientos peregrinos en el desierto, ansiosos por ser salvados.

c. Jamás usan sobrenombres terminados en “u” o “i” latina.
El sobrenombre vulgar es la primera falta de respeto de la pareja, la capa inicial de melaza, de romanticismo rollizo. Ninguna pareja cargosa tiene chance. Los detalles amorosos de hoy, son las anécdotas kistch de mañana. Me animaría a decir que todos los que llaman a su cónyuge “pupi”, “coqui”, “bicho” “o amorci” merecen ser abandonados.
Las parejas que están bien se comunican entre sí con un apodo ingenioso o el nombre de pila. Entienden que llamarse “vebu” o “pochi” es una perversa ignominia estética, y que nadie que tenga un poco de dignidad permitirá ser llamado por el nombre de un antipático pekinés de solterona.

d. Tienen actividades complementarias pero no superpuestas
Las parejas que están bien poseen un encastre perfecto de vocaciones. Son suficientemente diferentes para poder evadir la competencia, pero tienen puntos de encuentro para compartir paseos, lecturas y conversaciones. Una arquitecta puede llevarse de maravillas con un diseñador gráfico, una maestra de colegio se logra entender muy bien con un veterinario y una actriz, por ejemplo, tiene buenas chances con un músico o un productor de espectáculos.
Es improbable, en cambio, que un mimo y una ingeniera lleguen a buen puerto, o que dos escritores peleen sin que llegue la policía a separarlos. Por este motivo, existen los tardíos cambios de carrera, que en la mayoría de los casos-contra lo que pudiera parecer-, no son reuniones con la vocación perdida, sino meditados intentos de salvar la pareja.

e. Incorporan las taras del otro a la rutina.
Las parejas que están bien integran todas las ineptitudes y manías de su amado a la rutina. Por ejemplo, mi marido adora leer en el living con una reposera y el mate en el piso, sólo toma en vasos de boca ancha y bebe un lacteo alternativo mitad leche mitad yogur de banana. Me enorgullece sentir que he podido asimilar que su colorida poltrona playera estará en el medio de la casa cada vez que yo abra la puerta o que su gata dormirá con nosotros durante los próximos quince años.

f. No juegan dobles.
Un vínculo sólido es aquel que evita concientemente los juegos competitivos en pareja. Jugar dobles en tenis, paddle o incluso pool puede acarrear salvajes contiendas erizadas de burlas hirientes y reproches deportivos. Las parejas que están bien se ejercitan por separado o no se ejercitan, pero jamás se dejan tentar por la alta competitividad.

g. Sincronizan el exceso de peso.
La relación entre un gordo bon vivant y una mujer sana es una bomba de tiempo. Tarde o temprano, ese marido panzón y divertido que hace ricos asados se transforma en un paciente cardiovascular con 400 de trigliceridos a punto de estallar como un zeppelin de manteca, y su pareja no tiene más opción que acecharlo con las milanesas de soja por toda la casa. Inevitablemente, el gordo esconderá jamón crudo, buscará complicidad en sus hijos para gestionarse un choripán y terminará por agotar a su saludable esposa, quien lo abandonará, enferma de sacar piolines de salame de atrás de la heladera.
La parejas que están bien tienen un acuerdo tácito en el peso. Para esto, existen sólo dos opciones: o se ponen el jogging para pasear en la costa y saquear los tenedores libres como dos vikingos borrachos fuera de control, o bien se lo ponen para ir a caminar a Palermo.

h. No se acompañan a lugares.
El pegoteo adolescente no tiene lugar en el mundo del amor eficaz. Los novios que esperan en el pasillo con la campera del otro en brazos, que se acompañan a la panadería a elegir facturas, o que escoltan a la novia hasta la parada del colectivo, son bufones ridículos destinados al rechazo.
Las parejas que están bien saben conciliar la individualidad y el compañerismo, van juntas a donde ambos quieren ir, y van solas a los lugares que el otro detesta.

i. Reparten las obligaciones de manera justa o tiránica.
La injusticia doméstica siempre deriva en complicados motines hogareños. Las parejas que funcionan bien siguen una de estas dos recetas:
- Dividen exactamente todas las obligaciones. (Mi marido y yo, por ejemplo, hemos negociado nuestra cantidad de tareas diarias como mastines rabiosos que defienden su territorio. Yo soy la encargada de embolsar la ropa para el lavadero automático, pero él debe llamarlos y bajar las bolsas; y yo, por último, las recibo y las ordeno en el placard cuando vuelven.)
- Someten o persuaden al otro para que haga absolutamente todo y nunca pueda comparar su esfuerzo con el suyo propio.

j. No son primerizos.
Quienes se casan a los dieciocho, se divorcian a los treinta convencidos de que el mar está lleno de peces, y terminan, diez años después, abriendo mejillones podridos en el puerto.
Las parejas jóvenes que no pudieron probar, equivocarse, y elegirse entre otra gente, se quedaron, básicamente, con lo primero que vieron. Por este motivo, tienen la secreta ilusión de que el mundo de los solteros está lleno de complacientes príncipes azules sin olor a pata e insaciables hembras sin trastornos emocionales.
Las parejas que están bien revolvieron hasta el fondo del canasto y saben lo que hay afuera: emparchados galanes llenos de problemas y locas de remate que llaman y cortan toda la noche.

k. No se regalan ni peluches ni corbatas.
Un matrimonio en el que el hombre mira TV echado como una bolsa de tierra y demanda resfrescos y entremeses a los gritos jamás puede prosperar.
Daniel, un amigo de un amigo, precipitó el final de una relación al regalarle a su novia una “llama que llama” de peluche para un cumpleaños. Ese mismo día, la chica en cuestión le armó el bolso y se lo dejó en el pasillo del departamento.
Las parejas que están bien saben malcriar y consentir al otro. No regalan cachivaches sin sentido, ni artículos genéricos, ni se arrojan al fuego abrasador del romanticismo grasa.
Los vagos, los inútiles y quienes no saben regalar tienen graves dificultades para sostener una relación, porque –contra lo que dice el adagio “la intención es lo que vale”- un desayuno en la cama es un gesto muy pobre si el café está aguado y las tostadas quemadas.

l. Se esfuerzan en la cocina.
Las parejas están bien cuando comen bien. Es imposible llegar a la madurez sin resentimiento luego de haber soportado mala cocina durante años. Comer salchichas o hamburguesas en la juventud es pintoresco, a los cincuenta años, en cambio, es deprimente.
Las parejas que están bien no le tienen miedo a un helado de pimienta rosa o a unos chips de remolacha, saben algo de vinos y, cada tanto, amasan el pan.

m. Niegan a una de ambas familias políticas y se integran a la otra.
Si tomamos como promedio 2.5 hijos por matrimonio, asumimos que cada persona tiene 1 cónyuge, 1.5 hermanos, 2 padres y 4 abuelos, 3 tíos, 1.5 x 1.5 x 2 primos, 3.75 sobrinos de cada lado de la familia, 1 ahijado, y –si suponemos que es mayor- 3 amigos en pareja y 2.5 hijos cada uno.
Si esto es así, cada miembro de la pareja tiene, además de Navidad, Año Nuevo, día del padre, de la madre, del niño y la fiesta de fin de año de su empresa, 38 cumpleaños anuales. Esto quiere decir que entre ambos, deben asistir a 74 agasajos; o sea, casi 1,5 por fin de semana.
Es imposible resistir con estoicismo tal martirio festivalero y además negociar con el otro todos los eventos que se superponen. Las parejas que están bien desprecian y niegan a una de las dos familias y se fusionan con la otra y sus hijos pasan todos los fines de semana con los mismos abuelos o tienen primos que jamás conocen.

n. Comparten rituales cotidianos
Las parejas que están bien tienen la jornada minada de curiosos guiños privados, leitmotivs y ceremonias. Mi marido y yo, por ejemplo, sólo vamos al cine si llegamos una hora antes y si está libre la fila 15.
Si no estuviesemos juntos, yo extrañaría el deshonesto sabor a alfalfa de su yerba o sus somnolientos audiobooks de historia universal atronando los ventanales de la casa; y él, por su parte, extrañaría calmar mis napolitanos desbordes de enojo o encontrar mis llaves sumergidas en la pileta de la cocina.
mm. Las parejas que están bien dejan mojones de memoria en la rutina, para extrañarse, para reencontrarse, o para matizar los conflictos de la convivencia.

ñ. Licúan sus clases sociales:
Que una chica de Quintana y Ayacucho se enamore de un muchacho del barrio “Los Piletones” de Villa Soldati, sólo tiene dos destinos posibles: o bien él renuncia a hacer asado con una remera atada en la cabeza o ella se hace los reflejos en casa, dada vuelta sobre una ensaladera plástica. Si un año van a Punta del Este, al año siguiente no pueden volver a San Clemente del Tuyú; uno de los dos hábitos debe morir. O “pieza” o “dormitorio”; o el choripán fluorescente o el queso feta, o los náuticos o el jogging de “La Salada”.
En las parejas que están bien, las clases sociales se licúan. El miembro más hábil le imprime sus costumbres a la rutina, el otro se transforma dócilmente en su Pigmalión y, unos años después, aquí no ha pasado nada.

o. Manejan todas las técnicas de negociación
Las parejas diplomático-diplomática y camorrera-camorrero tienen gravísimas consecuencias. Los primeros pagan de más en todos los extractos de tarjeta de crédito y se comen las pastas crudas en todos los restaurantes. Los segundos, en cambio, viven siendo expulsados de los clubes, colegios o reuniones de consorcio a los que asisten.
Las parejas que están bien se componen por un diplomático y un camorrero.
El primero es quien re negocia el alquiler o le pide disculpas a un vecino por el volúmen de la música, y el segundo, en cambio, está a cargo de las amenazas telefónicas a la compañía de internet, de poner en su lugar a un pariente desubicado que insiste en hacer visitas inoportunas y de zarandear el mostrador de envíos a domicilio del supermercado cuando no llegan hasta su casa.

Imágenes de mujeres: la esposa de

Hay mujeres que son psicólogas, adictas a las novelas de amor, comen productos orgánicos, escuchan ópera a todo volumen, son integrantes del fan club de Star Trek y además, están casadas; y hay otras que sólo están casadas.

Las primeras, además, tienen un nombre propio: se llaman María, Luciana o Cecilia. Las segundas, en cambio, sólo usan un incómodo epíteto posesivo: “la esposa de Juan” o “la novia de Pedro”.

“ La esposa de” es la sombra difusa de su marido. Crece, miedosa, como un yuyito al costado de un árbol inmenso. No tiene un universo previo al compromiso, y si lo tuvo, lo disuelve con el tiempo. Su rutina y sus deseos son un enfermo duplicado de la intimidad de su pareja. Vota al candidato que él elige, frecuenta a sus amigos, se fanatiza con sus hobbies. No tiene identidad. Ni adentro, ni afuera de su casa. A donde vaya es la esposa de alguien y nada más.

“La blandita”, por ejemplo, es el representante actual de las mocosas de once años que se casaban con vaqueros, y tenían que llevar adelante un rancho sin saber leer ni sumar. En general, es joven y atractiva, pero tiene la autoestima por el piso y vive convencida de que su marido es un hombre brillante, cuando en realidad, es un viejo absurdo que tiene miedo de quedarse pelado y grita mucho.

Es, además, inoperante hasta lo prohibido. Un trámite sencillo es, para ella, una misión imposible de completar. Si se inunda la casa, por ejemplo, en vez de cortar el agua y llamar al administrador, se atrinchera en el baño y espera llorando que llegue su esposo de la oficina. Si no puede esperar y tiene que comprar algún repuesto o negociar con el plomero, no toma ninguna decisión sin antes llamar setecientas veces al celular de su marido, que se las ingenia para incluir “boluda” e “inútil” en todas sus respuestas.

Si bien no trabaja ni estudia, no tiene ni un minuto libre. Está demasiado ocupada haciendo malabares para que él no se enoje: esconde las cosas que rompe, tira el extracto de la tarjeta de crédito cuando se excede con los gastos o se confabula con la mucama hacer desaparecer las camisas que juntas arruinaron en el lavarropas.

El, por su parte, expresa su cariño exhibiéndola como una perrita campeona en fiestas y recepciones, arrimándola estratégicamente al lado de las desvencijadas esposas de sus amigos, y bancándole algún proyecto estúpido relacionado con tortas o bijouterie.

El caso de “la mujer del maestro” es un poco más complejo; porque si bien se dedica a lo mismo que su esposo, es la versión opaca de su marido. El es, por ejemplo, un violinista prestigioso que toca en la filarmónica, y ella es profesora de música y chelista amateur. Ella lo admira, lo atiende, lo quiere, y él, a pesar de ser consciente de la mediocridad de su esposa, la aconseja y la contacta con la gente adecuada. Es dedicada y laboriosa, sin embargo, nunca logra abandonar su condición de acompañante. Por este motivo, durante años acumula un sereno resentimiento, que, si bien no es culpa de nadie, deviene en una escandalosa infidelidad al promediar los treinta y cinco años.

Por último, está “La señora del doctor”, una matrona de clase alta que hace honor al viejo adagio que dice que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, creyendo que ser esposa de un hombre exitoso es un triunfo personal. No se cansa de repetir que ella dejó su profesión para cuidar a su familia, aunque en realidad, lo único que perseguía con su renuncia era dedicarse a mandonear mucamas y comprar tonteras a jornada completa.

No tiene ninguna otra aspiración más que organizar cumpleaños, hacer de remise de sus hijos o planear algún viajecito. Y, a diferencia de las demás, que quisieran recuperar sus nombres y abandonar el angustioso epíteto marital, cada vez que hace un llamado o se presenta en algún lugar, se infla como gallina ponedora y cacarea: “Habla la señora del Doctor Peralta”.

Los secretos mejor guardados de las mujeres

Este mes también pueden leerme en la revista Metrópolis.

Para la mayoría de los hombres, las mujeres estamos escritas en otro idioma. Somos como actrices extranjeras, como un ovillo de lana enredado, como una piedra rosetta. No entienden nada de lo que sentimos o necesitamos. Por ignorancia, intentan acercarse a nosotras de de manera formularia y superficial, y en consecuencia, la mayoría del tiempo nos sentimos vacías e incomprendidas.
No obstante, algunos hombres, por herencia o por azar, han podido entrever el nebuloso mundo femenino de otra manera. Sus hermanas charlatanas o sus incontinentes madres les han revelado, por ejemplo, que odiamos que nos ignoren, que no recuerden lo que les pedimos, o que huyan como ratas de una discusión.
Sin embargo, a pesar de estos torpes esfuerzos y revelaciones parciales, las mujeres seguimos siendo para los hombres, una bolsa llena de agujeros. Tenemos tantos secretos y atajos que es imposible llegar al centro.
Sigue ahora, una traducción esforzada y generosa de algunas molestas incógnitas que todavía guardamos a la sombra de la verdad. No creo que sirvan de mucho, pero mi ambición es poca: si un hombre más nos entiende, habrá valido la pena.

1) Vamos al baño juntas por necesidad
A los hombres les gusta inventar fábulas femeninas de corte lesbiano-inverosímil. Están convencidos, por ejemplo, de que el baño es para nosotras un bollero hamam en el que nos embadurnamos de lapiz labial transpirado y nos acariciamos el cabello mientras nos decimos, pegajosas bajo el vapor del secamanos, qué lindo nos queda el pantalón.
Es hora de que se sepa: cuando vamos al baño juntas no hablamos de ustedes ni nos manoseamos. Si vamos de a dos es porque nos llevaron a una fonda mugrienta en la que nuestra compañera tiene que sostenernos la puerta del baño o boxear contra otra mujer por el último cuadrito de papel higiénico. Mientras ustedes creen que “cuchicheamos” estamos combatiendo el cólera trepadas sobre una letrina y repeliendo murciélagos con la tapa del tacho de basura.
Y ya que estamos, tampoco jugamos a la guerra de almohadas cuando dormimos juntas, no nos secamos entre nosotras en los vestuarios, ni nos sentimos extrañas y confundidas cuando le pasamos bronceador a una amiga por la espalda.

2) Creemos que 10 + 10 es igual a 7
Las mujeres tenemos una matemática simbólica paralela. Mientras para el resto del mundo un número es un número, para nosotras son dos: el que decimos, y el que callamos. Las modelos, por ejemplo, tienen noventa centímetros de cadera; todas las demás mujeres, obviamente, tienen más, mucho más. Y sin embargo ¿Alguien escuchó jamás a una amiga decir que tiene «un metro» de contorno?
Lo mismo sucede con el peso: todas las mujeres pesamos 49 ó 59 kilos, y, si somos muy grandotas, 69, pero ninguna acusa 62 o 71. Nadie sabe tampoco quién usa talle large o extra large; porque todas somos (como mucho) medium, talle 1 ó 2 de medias, y 37 de zapatos. Tampoco es fácil descubrir la edad: todas las mujeres tenemos 29 ó 38 ó 49 años y medio; en 1977 y 1967 no nació nadie. Menos aún puede saber un marido «cuanto costó la remerita», porque siempre, absolutamente siempre, «estaba de oferta». Por último, nadie puede confirmar la cantidad de amantes que tuvo su novia antes, porque hay muchos “que no cuentan” y otros que es mejor olvidar.


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La masturbación femenina

La técnica ideal de masturbación femenina es por teléfono, y con una amiga. Lo óptimo es estar acostada en la cama, fumando un cigarrillo, y tener la noche libre. Se puede empezar conversando sobre el final de una relación reciente o sobre una actual que se tambalea; lo único indispensable es que tenga muchos agujeros y malentendidos.
Una puede comenzar inventariando todas las conversaciones y salidas que precedieron la ruptura. Entre las dos deben desmenuzar obsesivamente cada palabra, buscando significados ocultos, dobles sentidos, interpretaciones mágicas. ¿Por qué habrá dicho "hasta luego" esa vez antes de cortar el teléfono? ¿Qué significa que la última vez que salieron juntos él no le haya abierto la puerta como siempre? ¿Habrá sentido que lo presionaba cuando habló de las vacaciones? ¿Se habrá asustado por la responsabilidad y el compromiso que significa pasar dos semanas juntos?
También repiten de memoria antiguas conversaciones sin obviar un solo detalle. Se incluye hasta la intensidad de la respiración, los actos fallidos, la posición de las manos, y–para completar el cuadro- la música que sonaba y lo que llevaban puesto. "Entonces le dije: mirá, yo no puedo tener una relación a medias. Y él me dijo: es todo lo que puedo darte. Y le digo...podrías haber avisado antes ¿No? …Y me dice: Perdoname, y le digo: vos no tenés perdón".

La amiga puede subir la temperatura de la conversación intercalando reclamos despechados y expresiones cizañeras: "Claro, el señor se acuerda ahora de que no puede", "¡Qué hijo de puta!", "Típico", “Yo, si un tipo me hace algo así, lo dejo plantado”.
El eje temporal es arbitrario y maleable. Se puede ir hacia atrás y hacia adelante las veces que sean necesarias. Lo importante es repetir, explicar y agotar cada anécdota de manera pendular y onanista, como si la otra no la supiera ya de memoria, hasta encontrar una respuesta que nos alivie, aunque sea una interpretación tendenciosa o una sentencia delirante llena de fantasías.
El clímax se anticipa con la anécdota más brutal, que en general, coincide con el final de la relación. En ella se recogen todas las pistas anteriores, se atan todos los cabos, se cierran las teorías: “Claro… Esta vez se topó con una mina que le puso un límite”, “El tipo sigue enganchado con la ex”, “Es claro. Se asustó”.
Este diagnóstico amateur es una suerte de revelación orgásmica. Ambas decretan que no valía la pena, que tienen problemas con el padre o que era un hijo de puta, cortan el teléfono, giran en la cama y se duermen llorando, livianas, hasta el otro día.

 
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