7 maneras de ser rubia

Primero está la rubia translúcida: una figurita de porcelana de cabello escaso, ojos claros, cuello de cisne y manos finas. Después viene la rubia desabrida: un pantagruélico trapecio de carne albina, cuyas débiles facciones se pierden en su cara como en un bollo de masa cruda. Después está la rubia orgullosa de ser rubia, quien cree que su color de pelo es una cualidad tan importante como ser médica, arquitecta o astronauta. Luego está la rubia vieja, que siempre fue morocha, pero empieza a teñirse de rubio para disimular las raíces plateadas. Está también la rubia que se niega a ser rubia y se tiñe de negro azabache, y la rubia confundida, que fue rubia hasta los trece años y se sigue describiendo como “rubia oscura” aunque ahora sea castaña clara. Y por último está la rubia imposible: una ilusa morena empecinada en ser rubia que finalmente logra, a fuerza de violentos baños de lejía, lucir en su cabeza una rugosa peluca color zapallo intenso.

Imágenes de mujeres: la vieja minotauro

La vieja minotauro comparte una bombardeada casona de material con un marido paralítico, un hijo holgazán de cuarenta años y una hija gorda y gritona, que luego de divorciarse de un chanta, le usurpó el garage. Su jardín delantero aloja las más fabulosas porquerías: cordilleras de baldosas mordidas, un bidet de cerámica con un aloe vera, una pirámide de latas de pintura viejas y una chevy destartalada que el vago de su hijo intenta componer durante todo el santo día.
La vieja minotauro es robusta como una heladera, tiene brazos musculosos y cara de hombre. Todas las mañanas baldea su vereda vestida con floridos batones empapados con salsa y tomate y lavandina, la tintura inconclusa y los pelos de la barbilla recién peinados, y escucha a Raphael a todo volúmen. Mientras tanto , su hija, una gorda que se hace la permanente y usa jeans claritos apretados, pega alaridos fantasmales desde su cuarto, para que la deje seguir durmiendo. Desde que viven juntas de nuevo el padecimiento de la vieja minotauro se multiplica: la hija acapara la televisión y se insulta por teléfono con su ex marido, un desgraciado que vende seguros, durante todo el día y a duras penas colabora en la casa. Sus nietos tampoco suavizan esta rugosa convivencia: el más grande, un idiota con dos monumentales orejas de milanesa, se la pasa todo el día colgado de la moribunda catramina de su tío, retando a su hermana más pequeña e imitando un avión con ambos brazos abiertos.
El marido, que casi siempre quedó tarado en alguna guerra, se sienta en un banquito en la vereda desde donde insulta en italiano a la gente que pasa caminando. El hijo mayor, en cambio, prefiere estar parado fumando en la esquina, hablando estupideces con los pibes del barrio y fabulando negocios invisibles que hizo gente desconocida y se convirtió en millonaria.
Los seis miembros de la familia viven con la pensión del padre y de un cartel de “Nextel” que alojan en la terraza, y a pesar de su precaria situación y las arengas de la vieja minotauro, jamás trabajan en nada útil. Están colgados de todos los servicios y jamás pagaron aguas sanitarias o rentas gracias a la eficacia de la vieja para repeler cobradores con un palo de escoba desde la ventana.
Es tanto lo que padece la vieja minotauro, que con los años va mutando en una suerte de enérgico toro bravucón que no le tiene miedo a nada. Acostumbrada a no contar con la ayuda de su colchonera familia, desarrolla una fuerza descomunal: es capaz de levantar un fiat 600 cuarenta centímetros del piso. Camina por el barrio abriendo las piernas como un cowboy, seguida por una jauría de perros desiguales y rotosos de nombres espeluznantes como “Popina” o “Chuky“, que ladran, se arrojan contra los autos como terroristas y se huelen sus cochinas colas hasta quedar exhaustos.
Por las tardes, la vieja minotauro juega a la quiniela clandestina, fuma cigarrillos baratos y amenaza de muerte a los hijos de las vecinas que le dijeron “boludo” a su nieto. Al caer la tarde la vieja junta misteriosos cachivaches dentro de una bolsa o clasifica porquerías en el patio, cuelga ropa de la soga (siempre está colgando ropa mojada) y por la noche, cuece una charola de tuco aceitoso mientras mira “Cantando por un sueño” en la TV.

La vieja minotauro está basada en un personaje de mi hermano Agustín, una de las personas más divertidas del mundo.


10 indicios de que te estás haciendo vieja

masoquismo femenino

1. Cambiás de tupperware compulsivamente
A cierta edad, las mujeres son poseídas por el burocrático impulso de mudar la comida de tupper en tupper, a medida que la misma se va consumiendo. Por ejemplo, las sobras de una torta pueden cambiar de recipiente cada vez que alguien corta una porción, ocupando entre tres y cinco tupperwares diferentes durante un solo fin de semana . Este es un momento clave en la vida de una señora: la puerta de la vejez se abre el día que considera que cambiar una ensalada a un bowl más pequeño es una empresa indispensable para “hacer lugar en la heladera”.


2. Abusás de la tecnología chatarra
Las mismas mujeres que cuando eran niñas atesoraban figuritas con brillantina y muñecas de porcelana, encuentran el primer arcón de chiches de la madurez. Deslumbradas por las nuevas tecnologías, se dejan arrastrar por la pasión colorinche del emoticón, el gif animado, la tarjeta virtual y por las presentaciones de power point con perritos y amaneceres. Sus hijos y amistades son las únicas víctimas de este arrebato de cotillón: sus austeras casillas de mails apenas soportan los cartelones fucsias en letra “comic sans”, la rosa que se deshoja al pie del email, y las interminables cadenas de virus sensacionalistas que amenazan con derretir la lectora de cd.

3. Elogiás a un hombre diciendo que es “un señor”
Una mujer puede considerarse una “señora mayor” cuando comienza a catalogar a los hombres como “buenmozos”, “pintones”, “churros” y finalmente -para los buenos cantidatos-, “potables”.

4. Dejás de odiar a Celeste Cid
A cierta edad, una mujer deja de ver a todas esas actrices y modelos de 19 años como zorritas perfectas que prueban lo mal armada está ella, y comienzan a hablar de ellas de la siguiente manera: “¨¡Qué rica que es esa chica Celeste Cid! ¡Qué cara, parece una muñeca!”.

5. No actualizás a tus proveedores
Siguen diciendole “Entel” a la compañía telefónica, “Segba” a “Edenor”, el nombre de la vieja nuera a la novial actual de su hijo, y -en casi todos los casos- dictan los números telefónicos sin el cuatro adelante.

6. Te quejás públicamente
Hay un momento de la vida en el que una mujer se vuelve oficialmente vieja: cuando llama a una radio AM o a un programa de TV para protestar u opinar sobre el plan económico, el gatillo fácil o “la juventud de hoy”.

7. Te repetís en la moda
Una mujer es oficialmente vieja cuando encuentra en todas las vidrieras la misma cartera que tuvo a los quince años.

8. Tenés conflictos en el transporte público
Un indicador curioso para establecer la edad de una mujer es su relación con la expendedora de boletos del colectivo. Por algún motivo que desconozco, la expendedora deja pasar las monedas de todas las jóvenes secretarias con elegante fluidez, y traba únicamente las de aquellas mujeres que se están despidiendo de los cincuenta. Una mujer es joven hasta que pronuncia por vez primera: “Yo puse un peso veinticinco!” mientras el colectivero sacude la máquina y la deja pasar gratis.

9. Tenés rutinas y procedimientos para todas las épocas del año.
Una mujer alcanza la vejez el día que tiene una receta clásica de Navidad, una torta de cumpleaños que repite hasta el hartazgo, vajilla para las visitas, servilletas de tela para algunos días y descartables para usar en la semana, una receta para “cuando no hay nada en la heladera”, una marca preferida de jabón en polvo, un lugar fijo para las papas y cebollas, un día para cambiar las sábanas, un encargado de toda la vida y un perfume que sus hijos reconocen como “olor a mamá”.

10. Volvés a emborracharte
Promediando los veinticinco años las mujeres abandonan las borracheras con tragos de colores y cerveza, y comienzan a festejar con una cena y un buen vino tinto. Sin embargo, cuando llegan a cierta edad, el relajado vicio de beber vuelve a atraparlas otra vez: en sus anécdotas empiezan a despuntar palabras como “champancito”, “whiskicito” y “licorcito”, y, durante la segunda mitad de las fiestas, cada vez con mayor frecuencia, se ríen, se confiesan, y respingan brutalmente hacia la pista de baile cuando aturde el primer compás.

 
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