Tres formas de curarse de amor

masoquismo femeninoEl día después de una separación se parece a una caída. La pérdida de ese amor se siente como una paliza en todo el cuerpo. El dolor es tan crudo, que se come, como un agujero negro, todas las actividades de la rutina: los rituales de belleza, las salidas con amigas, las jornadas laborales y la capacidad para estudiar. Es un momento de comunión con la soledad más dura; nadie conoce los detalles privados de ese amor: ni la textura muda de viejas palabras, ni los olores detrás de cada foto, ni los silencios de cada espera. Nadie puede adivinar lo difícil que fue superar juntos ese año de mala suerte, o lo importante que fue dormir abrazados esa noche de tragedia. Ni el amigo más cercano. Ni el hermano más unido. Ni una bruja tarotista. Cada recuerdo tiene un sentido privado que se muere adentro nuestro.

Sin embargo, hay tantas formas de negociar con el dolor como mujeres dolidas. Están aquellas que lo dejan ser (las deprimidas), las que lo niegan (las metamórficasn), y están también las que lo transforman en odio (las paranóicas).

Las primeras, las deprimidas, se revuelcan en el dolor: durante todo el período de purga se mutilan los oídos con la música que escuchaban juntos, se descompensan del sufrimiento mirando películas románticas, y se autoflagelan llamando como un chicle pegajoso a su ex pareja para "darle un cierre" a la relación. Todo su tiempo libre lo consumen atropelladas en una cama llena de porquerías, mirando mediocres series repetidas y comiendo fideos con manteca, sandwiches de miga y gaseosas calientes, o hablando con sus amigas acerca del duelo amoroso. Durante este tiempo dejan de bañarse y se visten como linyeras: salen a comprar pan en camisón y campera, y usan jogging siempre que pueden. Pero, sin duda, la actividad más importante es llorar. Las deprimidas lloran cuando encuentran una nota con su letra, cuando se les quema la comida, cuando alguien les pregunta si tienen novio, cuando ven a una pareja por la calle, cuando no encuentran el control remoto y cuando releen (por millonésima vez) los mails que él enviaba.

Las segundas, en cambio, no sólo niegan el dolor, sino que también elipsan el pasado. La ruptura las devuelve al mundo mujeres nuevas: adelgazan diez kilos, se anotan en un gimnasio, se vuelven a maquillar, adoptan nuevas rutinas de vestuario, se desquitan en la peluquería y comienzan a estudiar francés. Repentinamente se vuelven contra todo lo que constituía ese vínculo destruído. Si su ex novio era médico, consultan un homeópata brasilero. Si detestaba salir, se entregan al quilombo desenfrenado de las fiestas. Si odiaba a las pelirrojas, se tiñen de borravino; y si salían con un intelectual, se vuelven muñecas chillonas henchidas de frivolidad y cotilleo.
Las terceras, por último, son un caso poco habitual pero no por eso inexistente. Las paranoicas encuentran una forma de prolongar el vínculo aún cuando la relación amorosa está formalmente terminada. Se dedican a acechar, vigilar, y perseguir con tanta de dedicación que su ex pareja no puede empezar su nueva vida sino hasta que ellas terminan con éste duelo. Y si bien no todas son peligrosas o violentas, en menor o mayor medida, todas tienen la misma rutina: llaman a su ex familia política y a los amigos en común para detallar la dimensión de su tristeza; le hackean la casilla de mail y le borran la bandeja de entrada; lo llaman intermitentemente durante toda la noche; se aparecen en su casa borrachas y con la cara fucsia de llanto; acechan y amenazan a todas las mujeres que consideran una posible candidata, se roban el resúmen de su tarjeta de crédito, e incluso llegan a programar fabulosas enfermedades que los unen por un rato.
Confieso que a veces he sido la primera, a veces la última, y en una ocasión, las tres juntas. No creo que haya una sola forma de sufrir, ni una mujer que sufra siempre de la misma forma. Contra todo lo que pueda parecer, la variable no es el tipo de mujer, ni la situación particular, ni los detalles de esa ruptura. Lo importante es, sin duda, la magnitud de la pérdida.

Casting de actrices

La diva de naftalina
Este fósil de actriz en blanco y negro vive encerrada en la casa del teatro, vestida de gala para el festival del Mar del Plata y adornada como una calesita durante las veinticuatro horas del día. Usa siempre el pelo esponjado como un bizcochuelo, maquillaje abundante y cremoso, y una redudante batería de bijouterie pasada de moda. Está pendiente de todas las cortesías salameras del mundo del espectáculo como si fueran asuntos de gran importancia: de los ramos de flores que se envían, de los saludos, de los agradecimientos, de las menciones y de los llamados telefónicos que se devuelven y de los que no.
Si conoció la fama cuando joven, (hay un test muy simple: las que trabajaron con Sandrini se consideran más célebres que el resto) de vez en cuando la invitan a algún programa de cable para rellenar un bloquecito. Emocionada, llega al set de grabación al mediodía, vestida como las cortinas del palacio de Versalles, ahorcada por un repulgue de gasa y una enredadera de lamé y serpentinas de strass. Durante la entrevista, mira fijamente a cada cámara durante algunos segundos, y luego cambia de pose como las falsas estatuas de las plazas. Es inútil que en ese mismo set haya “movileros” en short, un cameraman con el torso desnudo o seis secretarias en patines y tanga, para ella, la televisión siempre será sinónimo de glamour.

La actrizuela
Mientras todas sus compañeras viven en sucias madrigueras compartidas y trabajan de mozas en Palermo o bailan vestidas de empanada para pagar las clases de teatro, la desvergonzada actrizuela tiene la sensación de que la carrera de actor es más un placer que un sacrificio. Su experiencia le dice que basta con estudiar teatro durante un año, hacer un taller de expresión corporal o un curso de circo y malabarismo en el Centro Cultural Rojas para conseguir un protagónico en el cine, suculentas publicidades de gaseosas o celulares y -por qué no- conducir un programa de juegos por la tarde.
Durante su breve paso por el conservatorio la actrizuela ocupa su tiempo intercambiando masajes con sus pares, provocando, con su manoseo en nombre del arte y la relajación, toda clase de amores hirvientes y frustrados Sin ser una trepadora, curiosamente siempre concluye sus trabajos poniéndose de novia con los profesores, con el director de la película, con el compañero de clase más talentoso o con el dueño del canal.

La actriz imaginaria:
Esta aspirante a actriz posee un extenso currículum de trabajos en cortometrajes estudiantiles y minúsculas participaciones en la televisión local. A pesar de este consagrado anonimato, la actriz imaginaria es proclive a invocar actores famosos por su nombre de pila o apodo (le gusta mucho decirle “Ricardo“ a Ricardo Darín), y a decir que son íntimos amigos, cuando, en realidad, su única coincidencia es haber agarrado el mismo sandwichito en la mesa del catering. Es hacendosa y enérgica: siempre está empezando algún taller de utilización dramática de la voz, expresión corporal y -sobre todo- de canto, en cuyas clases desafina como una mesa arrastrada por el parquet. A pesar de que repite que “ella está en los medios” o que “tiene muchos proyectos para el 2008” como un autista trabado, sus únicos trabajos como protagonista son en la versión número setecientos cincuenta de “La lección de anatomía” y en obras-instalación en donde siempre está desnuda, golpeada, violada o haciendo una interpretación simbólica de la muerte o de una medialuna.

Al alternactriz
Siempre existe una actriz jóven cuyo talento es famoso en el underground porteño o el off Corrientes. En todos los casos es fea: tiene una nariz o un mentón descomunal, es exageradamente enana o es cuadrada y no tiene cola ni cadera. Por este motivo, se vuelve “alternativa” y realza su fealdad con prendas tan absurdas que parece un personaje de Pedro Almodóvar. No importa qué papel ejecute o en qué obra mediocre diga sus líneas: así tenga que interpretar veintiséis papeles distintos en la misma obra o cantar una opereta en hongkonés, lo hace tan bien que conmueve.

La segundona:
Todas las esposas, hermanas e hijas de un personaje famoso que no saben que hacer con su vida, quieren ser actrices. Sus mecenas les pagan la escuela de comedia musical de Valeria Lynch y las clases de teatro con Guillermo Bredeston, e inmediatamente consiguen un papel en una tira diaria o en una obra de teatro que produce un familiar o un amigo de toda la vida. Lamentablemente, en la mayoría de los casos, la novel interprete fracasa de tal manera que nunca vuelve a incursionar en el mundo del espectáculo y termina montando su propio teatro o animando patéticos programas de Utilísima Satelital.

El amor y la magia

Todos los 13 de junio, miles de mujeres acuden a la capilla de San Antonio a pedir un amor. Dejan en su estatua nerviosos papelitos, cuyos pliegues esconden las ansias más comunes: conocer al hombre de sus sueños, recuperar el afecto de un marido indiferente, o incluso conquistar al de otra mujer. Hasta hace no mucho tiempo, en caso de fracaso, el rito se completaba con extorsiones muy poco piadosas: si el Santo no escuchaba los ruegos, se lo ponía de cabeza hasta que apareciera el pretendiente; y si eso tampoco funcionaba, se lo enterraba hasta el cuello con la amenaza de no sacarlo hasta que no cumpliera el deseo.
En el antiguo Egipto, en cambio, los conjuros eran un poco más complejos. Para conseguir los favores del amante deseado, las mujeres debían cumplir con una ecléctica burocracia. En primer lugar, era necesario consagrase a Hathor, (diosa del amor y los borrachos), luego -según consta en el Papiro Mágico Demótico de Londres y Leyden- tenían que mezclar en un caldero: opobálsamo, malabathrum, merué y aceite puro, y rociarlo sobre un pez kesh negro, atado a un sarmiento de vid que hubiera sido embalsamado con cerveza y finas vendas de lino. Por último, el hechizo no quedaba completo hasta no tener sexo con el sacerdote (hombre o mujer) que hubiera preparado la magia.
En el medioevo floreció la magia negra. Las brujas, generalmente solteronas pobres y traicionadas, invocaban al Diablo para satisfacer su desbocado apetito carnal. Beata de Huete, quien fue enjuiciada en 1499 por la Santa Inquisición, fue acusada de conjurar diabólicos filtros de amor sobre un fraile dominicano, a quien sedujo por medio de un rebuscado artificio: tomó pelos de su barba y los restos de su pan y les clavó agujas agujas para que “no tuviera ojos para otra mujer”. Juana de Sancta Fimia fue quemada en la hoguera en 1519, no sólo por embrujar al sacerdote Pedro de Villar de Olalla, sino también por ayudar a su amiga Pascuala Ximénez a seducir al sacerdote Fuentesclaras, quien aparentemente no sólo la frecuentaba a ella sino también a otras mujeres.
En la ciudad de Khajuraho, una pequeña aldea al norte de India, los ritos de amor tenían tanta importancia, que hoy existen cerca de 85 templos dedicados a Visnú y Shiva, y en cuyas paredes, frisos y columnas hay cerca de diez mil figuras de piedra que representan el acto sexual. El propósito es incierto, pero la teoría más aceptada es que en esos templos se realizaban rituales de amor y se enseñaba a las mujeres jóvenes las técnicas del kamasutra.
En la actualidad hemos abandonado estas supersticiosas empresas. La modernidad nos ha traído el agua gasificada, los lentes de contacto descartables, la tecnología bluetooth, la clonación de embriones y la energía nuclear. Sin embargo, cuando un amor nos hace dudar y nuestro corazón acongojado nos pide respuestas, nos entregamos nuevamente a los naipes y al zoodíaco, a deshojar la margarita, a pedir deseos debajo de una escalera, y a creer en las almas gemelas.

50 contradicciones del mundo femenino

A mi marido.

  1. Gritar furiosa y llorar desconsoladamente durante la misma discusión.
  2. Conquistar a un mujeriego para transformarlo en un hombre de familia.
  3. Dejar a ese reluciente hombre de familia para conquistar a otro mujeriego.
  4. En una cita, insistir en pagar la mitad de la cena y no volver a salir con él si acepta la oferta.
  5. En invierno, salir con una remera diminuta y pollerita y terminar envuelta en un sweater enorme y prestado que dice "Viaje de egresados 1998".
  6. Repetir incansablemente que sólo necesitás amor, comprensión y estabilidad, y sentir repulsión por un hombre bueno y simple que te manifiesta frontalmente su devoción.
  7. Comprar modernas prendas holgadas y llenas de cachivaches que sólo otra mujer puede apreciar.
  8. Ponerse a dieta terminal para ir a un casamiento y comer como una piraña fuera de control durante toda la fiesta.
  9. Seguir pretendiendo que los hombres puedan ver lo enojada o triste que estás sin haberles contado nada.
  10. Guardar rencor y bronca durante meses y estallar porque se derramó la sal.
  11. Analizar tu vida amorosa desglosando cada frase y cada actitud de tu pareja con tus amigas pero cortar una relación si la tarotista asegura que no es el indicado.
  12. Enamorarte de un hombre casado porque es incapaz de traicionar a su mujer.
  13. Despotricar cuando un hombre pesado e insistente te corteja, y perder la cordura cuando por fin deja de hacerlo.
  14. Catalogar a una amiga sexualmente hiperactiva como “una perdida” y a una más selectiva de perdedora o lesbiana encubierta.
  15. Comprar una remera de verano en noviembre sabiendo que en enero va a estar a mitad de precio.
  16. Dejar a un hombre porque ya no te gusta y que vuelva a gustarte cuando él encuentra a otra.
  17. Ponerte ropa nueva para una cita sabiendo que un viejo vestido negro te queda mucho mejor.
  18. Hacerte la permante si tu pelo es lacio, plancharlo si está enrulado o teñirlo de rubio si es oscuro.
  19. Insistir y esperar cuando la relación está acabada hace tiempo.
  20. Morir de amor por un hombre que cría sólo a sus hijos y sentir pena por una mujer que hace lo mismo.
  21. Decir que las modelos “son demasiado flacas” mientras te tambaleás por el cuarto día de ayuno.
  22. Declarar durante todo el año que celebrar el aniversario es una estupidez y enojarte con tu pareja cuando la fecha llega y se olvida.
  23. Seducir a un hombre sabiendo con seguridad que jamás vas a dejar que te toque un pelo.
  24. Negarte a dejar los dulces para bajar el colesterol pero hacer la dieta del arroz para usar un vestido.
  25. Creer en el horóscopo en las semanas que anuncia cosas buenas.
  26. Ir a una fiesta en stilettos y tirarlos debajo de la mesa luego de quince minutos para poder bailar.
  27. Hablar de dieta con una torta en la mano y hablar de tortas cuando estás a dieta.
  28. Quejarse de que la depilación es un hábito primitivo y gritar de asco cuando tu marido dice que dejes de hacerlo.
  29. Tomar sol al mediodía untada en aceite de cocina y comprar crema antiarrugas y gel para contorno de ojos.
  30. Declamar una y otra vez fuerte e independiente que sos y simular debilidad e indefensión cuando necesitás de un hombre.
  31. Decir que no querés nada para Navidad y secretamente esperar el regalo sorpresa.
  32. Remover esos aros divinos de tus inmensas orejas alérgicas, esperar dos o tres días y volver a usarlos.
  33. Decir que “lo importante es lo de adentro” cuando tenés un novio feo, y alegar que “la piel es todo” cuando conseguiste uno lindo.
  34. Creerle al mismo hombre cuando habías jurado no volver a hacerlo.
  35. Perseguir a tu pareja para que colabore en la cocina pero echarlo por inepto en cuanto empieza a ayudar.
  36. Espiar y acechar a las compañeras de oficina más vagas e ineptas para amargarte y sufrir.
  37. Probarse ropa durante toda una tarde y salir con el primer conjunto que elegiste.
  38. Arrancarte los pelos de piernas, axilas y cavado con cera caliente o una máquina eléctrica y llorar cuando te quebrás una uña.
  39. Abandonar a tu novio porque es celoso y sentirse fea y desamparada cuando no te celan.
  40. Ser capaz de dirigir una empresa de doscientos empleados, un país de treinta millones de habitantes o una familia de doce miembros pero llamar a tu mamá cuando te duele la muela.
  41. Dejar la ropa más nueva y linda para salir cuando en realidad pasás cuarenta y ocho horas semanales en la oficina y tres o cuatro en una salida.
  42. Pellizcar bebés ajenos, pensar hasta el cansancio los nombres de tus futuros hijos, emocionarse con los embarazos de tus amigas y llorar desconsoladamente el primer día de atraso.
  43. Ir a una fiesta o reunión en la que está el hombre que te rompió el corazón.
  44. Preguntar si estás gorda para que te digan que estás flaca.
  45. Mirar comedias romáticas y melodramas al día siguiente de cortar con el amor de tu vida.
  46. Censurar a las amas de casa porque no tienen una carrera y a las que tienen una carrera porque la empleada doméstica cuida de sus hijos.
  47. Sentir discriminación si eligen a un hombre para tu puesto pero tener un derrame cerebral de ira si eligen a otra mujer.
  48. Llorar con los documentales de los animalitos de “Animal Planet” e hiperventilarse de excitación frente a una cartera de cuero.
  49. Considerar que a los sesenta años un hombre es joven, y una mujer una abuela.
  50. Bajar de peso, hacerte las uñas, broncearte y vestirte mejor cuando terminás una relación y engordar 20 kilos y ponerte el jogging, cuando empezás una.

 
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