Se lo que hicieron el verano pasado

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La compañía ideal para irse de vacaciones es no llevar ninguna compañía. Los ásperos caprichos de quienes viajan con nosotros sólo entorpecen la sencilla calma del ocio. Sin embargo, la juventud nos vuelve más flexibles, y en nombre de esa docilidad, aceptamos tomar café instantáneo o dormir del otro lado de la cama por quince días. Pero a cierta edad, la vejez corrompe esa mansa tolerancia y las vacaciones nos encuentran rugiéndole a las chiquilinas que se empujan y gritan por la playa, como gallinas acaloradas, contaminando de ruidosa estupidez los balnearios y comercios de la zona, bajo el efecto de la disparatada fantasía de que son mujeres independientes y no unas patéticas mocosas estirando sus mugrosos suelditos en tibias cervezas de fogón diluidas con saliva ajena.

1) La que tiene novio
La que tiene novio desperdicia todas sus vacaciones adentro de una cabina de teléfono, llorando y disculpándose con su pareja, quien le pregunta que hizo durante el día para poder gritarle que es una puta hasta ensordecerla. Es imposible sobrevivirlos: todos los días a las 19 hs, la que tiene novio obliga a sus amigas a correr como avestruces asustadas al departamento para atender la llamada de control de su prometido, y por la noche, espanta grupos de muchachos con sus ojos reventados por el llanto y su melancólico relato del novio castrador.

2)La que consigue novio

Para afrontar los posibles resbalones vacacionales, las mujeres solemos llevar -entre otras cosas- repelente, la tarjeta de crédito, y analgésicos. Sin embargo, extraviar el pasaporte o contraer malaria no representan, para nosotras, una verdadera tragedia. Un obstáculo difícil de sortear es, por ejemplo, que tu mejor amiga se enamore ni bien despacha el bolso en la terminal. Desde ese momento, las vacaciones son la sucesión del mismo ritual repitiéndose en tu retina: dos tórtolos encimados, dándose besos azules de asfixia, con las lenguas atoradas como dos cobras en un canasto.
Ni siquiera el regreso logra aliviar la situación; las secuelas de este vínculo transitorio se extienden hasta junio, cuando por fin conocen a otra persona y se cansan de ahorrar para viajar y volver a verse.

3) La que no consigue novio

La que no consigue novio está enamorada en silencio de un muchacho que apenas conoce. Sus vacaciones se esfuman montando una guardia estéril a la salida del bar en el que él trabaja, en el boliche al que va por las noches o en la playa en la que toma sol. Su pasiva contemplación es tan esmerada como inútil: él nunca se da por aludido y ella termina llorando borracha, colgada de un peñasco, cuando lo ve compartiendo un licuado de dos sorbetes con una chiquita parecida a Luisana Lopilato.

4) la mayordoma
La mayordoma se encarga de seleccionar, firmar el contrato y checkear el inventario del departamento que alquilan. Hace la lista del supermercado, asienta en una planilla los turnos para lavar los platos y maneja el presupuesto estacional. Si surge algún inconveniente, la mayordoma tiene un botiquín, aguja e hilo, protector solar factor 45 y una tarjeta para llamadas de larga distancia.
Es la primera en protestar porque nadie "colabora en la casa", porque alguna duerme hasta muy tarde o porque el baño está lleno de arena; mientras repite que es "una falta de respeto" como un fanático estribillo adolescente y habla por teléfono con su madre para relatarle sus vacaciones de pesadilla.

5) La desubicada

La desubicada cae de sorpresa durante la primer semana de vacaciones, con su bolsito lleno de "buena onda", la billetera vacía y muchas ganas de salir. Le pide plata prestada a todo el mundo y consume descaradamente los bienes comunes mientras grita que ella no sólo pagará su parte sino la de las demás. Prefiere emplear su tiempo en tomar sol untada generosamente con bronceador ajeno, en dar sorbitos prestados de tragos anónimos y en dormir hasta tarde. Cualquier reclamo que le hagan sus amigas es rechazado y declarado "mala onda", y en ningun caso afecta su rutina de relajada vividora. En todo caso, si hay chispazos en las convivencia, la desubicada se va a la playa bien temprano a hacer nuevas amigas, mientras los demás se envenenan juntando sus porquerías o dejándole el bolso en la terminal de tren.

6) La fulana
Para la fulana las vacaciones son una torpe excusa para el borroso suministro de sexo a granel. Víctima de sus hormonas tiranas y expansivas, la fulana se ofrece como carne de oferta por toda la costa. Su recorrido cubre las más diversas áreas: es capaz de sacarse toda la ropa bailando en la barra de una disco y de atorar a un jóven padre mientras juega al metegol con sus dos hijos menores. Por la noche, se encierra con algún desconocido en las habitaciones de sus amigas, y las deja paradas en el pasillo hasta pasado el mediodía, cuando se despierta, semi inconciente y golpeada en el balcón vecino.
La fulana también es muy proclive al hurto de novio, a la infidelidad variada y a la desaparición repentina. Es común encontrarla amnésica en otra localidad de la costa, con un pelado de cincuenta años que le dice "Jesica" y le regala moneditas para la máquina de peluches.

7) La saboteadora
El número más típico de la saboteadora es perder los pasajes, el dinero del viaje o incluso el avión quince minutos antes de salir de viaje. Su presencia trae siempre sorpresas que complican el desarrollo natural de la estadía: una convulsa alergia a la arena debajo de la epidermis o cuatrocientos pesos en incómodos luncheon tickets que sólo aceptan en un bar del centro.

8) La muerta
La muerta dedica la mayor parte del día a tomar té y escribir tullidos relatos deprimentes y mala poesía en un cuadernito de espiral, escondida en las alturas de una cama marinera. Es la primera en irse a dormir y la primera en despertarse y su misteriosa rutina es tan aburrida como ella misma: da largas y monocordes caminatas por la playa, despacha cartas deformes en una putrefacta estafeta del centro, y por las noches prefiere quedarse en casa antes de ir a bailar.

Los niños primero y las damas después

Dicen que somos ansiosas, que nos ahogamos en un vaso de agua, que no sabemos respetar los tiempos del otro, que exigimos compromiso y fidelidad cuando no es necesario, que somos emocionales e impulsivas, que marcamos territorio y que no tenemos paciencia. Pero no es cierto. Por ahora, las mujeres vivimos esperando.

Que crezcan los pelos
Diez días después de una depilación, todo es calor y amarga espera. No importa lo que diga Braun en la TV; la piernas lisas sólo duran –cuando mucho- una semana. A partir de ese día, comienza la cuenta regresiva; los pelos son demasiado largos para usar pollera, pero cortos para la cera.

Que llegue el indicado
Antes del amor hay millones de citas mediocres, decepciones disfrazadas de payaso, un simulacro eficaz, dos inviernos de celibato, seis fiestas de casamiento sin cita, e incluso, un embarazo aparente. Y detrás de cada fracaso, nos espera, en silencio, la íntima angustia de un posible futuro lleno de mañas y soledad. En la mayoría de los casos, la espera vale la pena, y en los otros, no vale la pena esperar.

Que vuelva a crecer el cabello
Las mujeres somos víctimas de un curioso ritual involuntario que se repite en cada peluquería del mundo: pedimos que nos corten un poco las puntas (solo “dos dedos”), pero el necio estilista nos deja calvas como un sonajero. Desde ese día, todo es lágrimas y hebillitas, y quizás algún pañuelo.

Que madure
Que prefiera viajar por el mundo a comprar un televisor de plasma. Que no se gaste todo el sueldo el día ocho. Que deje de decirle “los chicos” a sus amigos de 39 años. Que no se vista de mamarracho. Que deje de hacer chistes pavos. Que se acuerde de sacar al perro. Que crezca.

Que traigan tu talle en negro (la semana que viene van a entrar)
Las diseñadoras se empeñan en pintarrajear sus figurines color verde loro y rosa frambuesa, cuando la mayoría de las mujeres morimos por la ropa negra. Es inevitable: si tienen tu talle no se hizo en color negro (la vendedora dirá que lo tienen en blanco porcelana, cemento-hormigón o chicle de uva) y si –afortunadamente- ese modelo sí viene en negro, sólo quedan talles diminutos o demasiado grandes.

Que él te llame
De todas las promesas masculinas, ofrecer un llamado es, sin duda, la más perversa. Las mujeres no entendemos esta oferta como un saludo de cortesía o una posibilidad. Para nosotras, es siempre una propuesta genuina. En la espera, no somos todas iguales: están las impúdicas que atienden el teléfono con la voz empapada de expectativas y están las discretas, que sólo abren el celular de vez en cuando, para ver las llamadas perdidas.

Que él arregle algo de la casa
Sus holgazanas promesas de plomero charlatán se renuevan cada fin de semana. Las excusas son poco variadas y previsibles: que está cansado, que no hay tornillos o que la mudanza se aproxima. Cualquier excusa es buena para ver televisión en calzones, dormir la siesta y no salir de casa hasta el lunes siguiente.

Que llegue el verano
Hipnotizadas por un descuento, compramos sandalias en la liquidación de mayo o un sweater tejido a mano en pleno octubre. Con suerte, hay que esperar dos meses para estrenar, y en el peor de los casos, guardarlo hasta el año que viene.

Que se divorcie
Cuando crezcan sus hijos. Cuando su mujer se recupere. Cuando su madre se muera. Cuando se anime. Cuando ponga todo a su nombre. Cuando ella no lo amenace con matarse. Cuando ella no lo amenace con matarlo. Cuando seamos viejas y cuando lo odiemos: en ese momento dejaremos de esperarlo para siempre.

Que te venga
No existe demora más inquieta y sofocante que un atraso. La agobiante posibilidad de tener un hijo con el hombre equivocado no puede mermar sino hasta que ese hijo llega. La espera de los exámenes corregidos, de un avión que no aterriza, o del sueldo que no llega, no puede compararse a la violenta sorpresa de esa nueva presencia.

Que él cambie
Miente descaradamente quien dice que busca un príncipe azul. Las mujeres no buscamos perfección. Buscamos potencial. Vivimos recuperando malandras, enderezando casos perdidos y emprolijando vagabundos. Nos queremos creer todas las promesas; incluso las más remotas y oxidadas. No hay duda, no buscamos hombres a estrenar; lo nuestro es el reciclaje.

Que los niños crezcan
Cuando yo era chica, mis hermanos menores saqueaban mi placard, invadían mi cuarto y disponían de mi biblioteca a voluntad, y cada vez que yo reclamaba, mi madre me consolaba diciendo que “ya crecerían”. Cuando cumplí veintitrés años supe que esa ansiada maduración no tenía fecha precisa, y elegí mudarme. Hice bien. Mi madre todavía espera.

Que se vean los primeros resultados del tratamiento
Los tratamientos estéticos son un acto de fé. Aplicamos catorce pomos de centella asiática movidas por la promesa de una madurez lozana y digna. Nuestras garantías son débiles y pocas: el consejo de una amiga, una corazonada o la publicidad. Y seamos sinceras: rara vez seguimos las instrucciones al pie de la letra o llegamos hasta el final.

Que el tipo que te gusta se conecte
Estoy dispuesta a pecar de “nerd”, de perdedora, de ridícula o de patética, pero alguna vez yo también esperé ansiosamente que alguien se conecte a internet. Cada falsa alarma es un nudo en la garganta, pero no recuerdo sensación más prometedora que ver el muñeco carmesí de su nombre ponerse verde.

Imágenes de mujeres: ombliguita

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Ombliguita está sugestionada con que sus hábitos y bienes son siempre superiores a los demás. Tanto, que no ahorra hipérboles o signos de admiración a la hora de describir sus lustrosas pertenencias. Su perturbado inventario incluye las más floridas rencillas: puede competir para ver quien tiene la TV más grande, o mejor aptitud para el buceo, o una fiesta de navidad más feliz, o un lavarropas con mayor capacidad de carga, o vacaciones de invierno más largas, u orgasmos más intensos, o hijos más abanderados. No importa el objeto ni la circunstancia: por azar o insistencia, lo suyo es siempre mejor.
Cuando Obmbliguita era pequeña, ni siquiera las tiernas maestras de jardín toleraban escucharla hablar; un poco por su empalagosa autosuficiencia chillona, y otro tanto porque todas sus frases empezaban aclarando que su papá, que era doctor, decía tal o cual cosa.
Durante la escuela primaria, cuando invitaba a sus amigos a su cumpleaños les advertía que no concurriesen con las manos vacías o llenas de baratijas como bombachas y medias. Sin embargo, regalar un juguete tampoco garantizaba una velada agradable, porque su luminosa arrogancia exasperaba incluso a los más dóciles: sólo prestaba las muñecas feas y los roles se repartían siempre de idéntica manera; ella era la señora de la casa, y su amiga era Ramona, la mucama.
La escuela siempre fue para ella, un ámbito ideal para el alardeo y la competencia. En los actos del colegio, por ejemplo, Ombliguita se hiperventilaba si en vez de interpretar a la madre de Sarmiento, le asignaban el rol de dama antigua de relleno. Sin ir más lejos, el día del acto de séptimo grado se presentó sorpresivamente vestida de una amnésica Mariquita Sanchez de Thompson, aún cuando sus propios padres sabían que se le había asignado el rol de “mazamorrera”. Ese mismo año, su macizo narcicismo se expandió como una plaga por todo el curso: a pesar de que los padres habían acordado que todos los alumnos llevasen la misma cantidad de dinero al viaje de egresados, Ombliguita llevó el doble, una tarjeta de crédito y un ruidoso celular; y en día del maestro, mientras sus compañeros le entregaban una camisa a la profesora, Ombliguita apareció con un televisor atado con un manojo de globos y un traidor moño colorado.
Durante la adolescencia, Ombliguita tuvo su primer novio -una blanda marioneta abducida por su familia-, que le hacía las tareas y la esperaba a la salida del colegio con la tierna esperanza de experimentar el amor carnal. También le dio un nuevo significado al término “ostentación” con su fiesta de quince años, que se extendió -como una boda real-, durante catorce horas y cincuenta minutos, y en la que hubo tres cambios de vestuario, palomas, mariachis, bandas en vivo, sorteos de electrodomésticos, karaoke y una donación para el hospital de niños.
Ahora, de adulta, su creciente fascinación por opacar las posesiones y logros ajenos no encuentra un techo, y en su prepotente afán de deslumbrar, comete los actos más mezquinos contra ella misma. Consume diez cigarrillos más que su amiga, trabaja dieciséis horas por día para cobrar un sueldo mejor al de sus compañeras e incluso deja a su novio cuando su prima se casa con un adinerado empresario. Pero cuando parece que su batería de exageraciones finalmente la va a extinguir como a una vela consumida, un súbito destino le permite canalizar su desbocada sed de triunfo: el matrimonio. Desde ese momento, su marido y –mas tarde- sus hijos, se convierten en el paradigma de la excelencia forzada. El primero es el más recto, trabajador y exitoso, abogado del mundo, y los segundos, generosos prodigios destinados al premio Nobel.
Durante el día, Ombliguita se dedica a organizar la vida escolar de sus hijos y a presidir inquisidoras juntas de padres dedicadas a azuzar profesores, convencida de que ella y su familia son una fuente de inspiración para la comunidad.
Durante las noches, por el contrario, recibe matrimonios amigos en casa, con el único fin de alardear y contar las mismas anécdotas una y otra vez: que su marido puso en su lugar a su jefe y toda la oficina lo aplaudió, lo rápido que aprendieron a leer sus hijos, que desciende directamente de los reyes de España o que su nuevo televisor de pantalla plana tiene aproximadamente cuatrocientas funciones.
Tan aguda y espesa es su intención, que incluso cuando las visitas dejan la casa, saludan a los anfitriones, se suben al auto, llegan su departamento, y se van a dormir, todavía pueden oir un zumbido aterrador:
“Nosotros, con Eduardo, cuando fuimos a Miami fuimos sólo a hoteles cinco estrellas, porque si uno va, hay que ir bien, para ir mal quedate en tu casa” “¿Le mostraste a tu primo la Play Station nueva? ¡No seas así, prestasela que él no tiene una en su casa!” “Ah, pero a nosotros nos pasó miles de veces” “Eduardito sacó los dientes a las tres semanas, y ni lloró. El médico dijo que nunca había visto a un chico tan precoz”

 
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