La tragedia romántica

El último trabajo de mi amiga Paula es la envidia de cualquier soltera: un empresario de treinta años la contrató para que lo ayudara a comprar un loft. Durante la semana, ella habla con inmobiliarias, visita algunas propiedades y saca fotos de aquellas que le parecen buenas, y el sábado por la mañana, él la pasa a buscar para ir a ver las que seleccionó. Como este recorrido les lleva buena parte del día, pasan mucho tiempo juntos, y entre visita y visita almuerzan, charlan, se pierden, se ríen de los departamentos y se van conociendo un poco.
A primera vista, esta situación podría ser el comienzo de una divertida comedia romántica. En Alguien tiene que ceder, por ejemplo, Jack Nicholson se enamora de Diane Keaton -una escritora que lo detesta- cuando tiene un infarto en su casa y debe que convivir con ella durante su convalecencia. En Cuando Harry conoció a Sally, Meg Ryan y Billy Crystal comparten un incómodo viaje en auto desde la Universidad hasta New York, y en Mujer Bonita contrata a , Richard GereJulia Roberts, una prostituta ordinaria e ingenua, para que lo acompañe durante una semana que finalmente se convierte en “toda la vida”.
Sin embargo, como la de Paula es una situación de la vida real y no una ficción, de romántico sólo tiene la cáscara. A ella no le gusta él, y, hasta donde sé, él tampoco está interesado en ella.
La comedia romántica, en casi todos los casos, se construye sobre la misma fórmula: dos personajes, que ignoran que son el uno para el otro, se ven unidos por una situación inesperada que los obliga a descubrirse y enamorarse.
El melodrama, en cambio, se articula sobre la estructura inversa: los personajes saben que son el uno para el otro desde el comienzo, pero se ven separados por situación externa que los obliga a luchar para concretar su amor. Por ejemplo, en Orgullo y prejuicio, los protagonistas se enamoran a primera vista, pero no logran estar juntos hasta que ella vence su orgullo y convence a su familia, y él supera sus prejuicios y su timidez.
Es decir, que la primera siempre relata la historia de dos personas que están juntas pero no saben que se aman, y la segunda, la de dos personas que no pueden estar juntas a pesar de estar enamoradas. En la comedia, el clímax es la confesión del amor, el descubrimiento de ese cariño mútuo, y en el melodrama, en cambio, es la unión de los amantes.
La vida real, por el contrario, rara vez ofrece la pícara perfección del cine. Nuestras relaciones son, en su mayoría, una versión oscura y apolillada de la ficción. Las escenas románticas no suceden en bailes primaverales, barcos demorados o balcones de piedra gris; sino en clubes de barrio con olor a cloro, autos sin aire acondicionado o cafeterías con mozos de mal humor. No nos enviamos cartas de amor, ni nos encontramos en París; hablamos por telefonos públicos en estaciones de ómnibus llenas de ruido.
En consecuencia, si alguna vez conocemos al hombre ideal en una situación perfecta, sabremos que una de ambas variables es, necesariamente, parte de una ficción. O terminamos la noche accidentadas, detenidas en una comisaría o sepultadas bajo una lluvia de granizo, o descubrimos que el candidato perfecto era un asesino serial, un retrasado mental o un gigoló. Es hora de entenderlo, chicas: en la vida real, los únicos fuegos artificiales que existen son los petardos.

Un par de esposas abiertas

El primer enemigo del matrimonio que conocí fue Bernard Shaw. Antes de leerlo, casarse era, para mí, el delta inevitable de la rutina. Su veneno fue una revelación, porque sin saberlo, yo también creía que el matrimonio era una institución opresiva y gris que anulaba a la mujer, ensombrecía al hombre, y asfixiaba a los hijos; y no quería morir aplastada bajo el monocorde ritual de una hipoteca, cambiar un pasaje a Londres por cuatro a Pinamar o comer los pesados ravioles de una suegra los domingos.
Pero la madurez y el amor entibiaron esa verdad. Con el paso del tiempo, descubrí que mi aversión por el matrimonio no era una cuestión de principios: yo no me oponía al contrato matrimonial, yo luchaba contra el único que conocía.
Ahora, que he visto tantos tipos de uniones como personas, perdí el miedo para siempre. La historia esconde millones de ejemplos de parejas más interesantes que las que yo conocí.
El antropólogo Edmund Leach, quien estudió durante largo tiempo a los nativos de Sri Lanka, quedó estupefacto al enterarse de que una chica de diecinueve años había estado casada siete veces. Los nativos le explicaron que bastaba que una mujer cocinara para un hombre para dar por consumado el matrimonio, y que, por el contrario, el vínculo concluía cuando ella dejaba de preparar sus comidas.
En ciertos grupos de indios nativos de América del Norte se consideraba que las personas que eligieran desarrollar trabajos correspondientes al género opuesto podían casarse con otra persona de su mismo sexo, siempre y cuando ésta otra se desempeñase el rol opuesto en la división laboral. Era absolutamente normal que una mujer con tareas “de hombre” se casara con otra mujer que hiciera un trabajo femenino. Tan importante era el “género social”, que un matrimonio heterosexual cuyos miembros realizaran idénticas tareas era rechazada y marginada por el resto de la sociedad.
En algunas culturas de China y Sudán, las familias sólo podían tener una hija soltera. Por esto, cuando una mujer se declaraba solterona, sus padres debían encontrar un marido para sus hermanas de manera urgente. Para algunas de estas mujeres la única forma de continuar una vida independiente, era “casarse con una lápida”, es decir, con un jóven muerto. Esta práctica era muy normal entre las hilanderas de seda, quienes podían prescindir de la manutención de un marido, pero podían ofrecerle así a su propia familia, los beneficios de los lazos políticos con una nueva.
Y por último, los Na, una comunidad de treinta mil personas en la República de Yunnan, quien creían que el matrimonio no era una institución seria o significativa. Hermanos y hermanas vivían juntos para toda la vida, criando a todos los hijos que las mujeres pudieran concebir mediante furtivas visitas de amantes llamadas “Nan – Sese”.

Fuente: "Historia del matrimonio" de Stephanie Coontz

La boda real

Las recargadas paredes de la iglesia son un preludio a los cucuruchitos de guacamole, daikiris fluorescentes, bochas espejadas y, en el peor de las casos, a un gomoso y bochinchero carnaval carioca.
Es por esto, que para mí, las fiestas de casamiento siempre fueron la quintaesencia del cirujeo visual; y como no bailo, no me saco fotos y no participo en ritos grotescos (ni ligas, ni torta, ni ramo) me puedo dedicar puntillosamente a la mofa descarada y al prejuicio más cruel. Después de todo, no es mi culpa si la pista se llena de micos sofocados con estribillos de Paulina Rubio o viejas papeloneras bailando como en “El club del Clan”.
Por ejemplo, la novia marioneta - de contextura pequeña y rasgos dulces-, pasa toda su fiesta posando, saludando familiares lejanos y corriendo de un lugar a otro, mandoneada por su marido y su madre. Aunque siempre soñó con una torta de vainilla y dulce de leche y un vestido con rosas de tul, no pudo tenerlos; las carcajadas de su suegra la hicieron sentir tan pequeña y vulgar que terminó eligiendo la ganache de hinojos y un el lánguido vestido camisón.
La novia turra, por el contrario, conduce un ejército de cuñadas y amigas entrenadas para ejecutar sus mandados nupciales. Elige sola toda la lista de regalos, diseña su propio vestido, e incluso compone la música de la ceremonia y edita el discurso al cura para sacarle el subtexto castrador. Cuando llega la ceremonia, la novia turra tiene pensados hasta los nombres de sus nietos, y camina hacia el altar como un elegante felino satisfecho, con la mirada fija en su novio, que todavía ignora que será aplastado por la amazónica bota de su prometida en cuanto suban al taxi que los llevará al aeropuerto.
Otro personaje común son las amigas de la novia, un enjambre de histéricas que bailan toda la noche alrededor de la homenajeada, y la siguen en grupo, como un equipo de fútbol femenino detrás de la pelota. En general, van acompañadas de un monigote de corbata berreta que consiguieron en el trabajo o van solas, para poder bailar sudadas, levantandosé la melena y acariciandose la cadera, para excitar a primitos adolescentes que las miran desde la mesa.

La vieja impostada es una tía absolutamente insoportable y malhumorada, que está tan conmovida y movilizada, que circula borracha de buen humor pregonando de mesa en mesa qué importante es la familia y la sangre, la salud de los mayores, estar todos juntos, y recordar al abuelo que se murió.
La prima púber tiene doce años, y siempre es difícil ubicarla en una mesa: ya está demasiado grande para sentarse con los niños, pero todavía es una gordita ridícula para sentarse con los de veinte. Tiene zapatos de taquito cuadrado, brillo de labios, y un vestido aniñado que querría hacer jirones, y aunque tiene ganas de bailar, se conforma con moverse un poco al borde de la pista, buscando con la mirada al primo mayor de quien está afiebradamente enamorada, pero con quien jamás hablará, debido a la constante presencia de las primas de ocho y seis años, que la siguen sin piedad por todo el salón.
Una cabeza por encima del resto, baila una mujer tan linda que es, de alguna manera, todos los centros de mesa del salón. Mientras todas tienen un prolijo brushing o un simpático rodetito con hebillitas, ella sacude su dorada melena L´oreal como una hipnotizante capa de torero, como si fuera un holograma, una aparición divina, una estatua de cartón de una publicidad de perfume Dior.
Por último, también está la moza caza-marido, la vieja en estado vegetativo que cree que todos son sus nietos, la suegra desquiciada, la amiga conventillera, la novia de un primo que nadie conoce cubierta con una hoja de parra, la madre primeriza que se va a las 12.30, las dos tías que no se hablan, la atea que se ríe en la iglesia y la esposa calladita y delicada del hermano mayor. A veces pienso que, aunque los solteros no lo sepamos, todos estos personajes son un servicio más, como el catering o el fotógrafo, y que justamente por ese motivo, están en todas las fiestas.

 
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