Los 50 peores momentos en la vida de una mujer

Cuando te das cuenta que tu papá ya está casado con tu mamá.
Cuando te hacés pis en el jardín.
Cuando ese chico que te encanta saca a bailar a tu amiga
Cuando tu hermano se enamora de una de tus muñecas y ya nunca te la devuelve.
Cuando te das cuenta que te manchaste todo el pantalón con sangre.
Cuando te rompen el corazón por primera vez.
Cuando te sale un grano en la nariz justo antes de esa cita.
Cuando un degenerado te dice cochinadas o te apoya en el colectivo por primera vez.
Cuando todos se enteran de quien te gusta en el colegio
Cuando tu hermano te roba y diario íntimo y lo lee con sus amigos.
Cuando te enamorás de alguien imposible.
Cuando tu mamá te obliga a vestirte de blanco para la fiesta de 15.
Cuando te cortás el pelo bien cortito pensando que ibas a quedar fantástica y quedás como un varón de 14 años
Cuando vos vas pero él no.
Cuando él te dice que ya no te quiere.
Cuando te das cuenta a último momento que no te depilaste
Cuando te dejan por teléfono.
Cuando otra mujer más linda se queda con tu ascenso.
Cuando te enterás que está casado.
Cuando te duelen los ovarios.
Cuando por fin te enfrentás a que nunca va a quererte de esa manera.
Cuando te das cuenta que siempre va a dejar la ropa en el piso, el baño inundado y la botella sin tapar.
Cuando te cruzás con EL ex novio en jogging, musculosa desteñida y zapatillas viejas.
Cuando tu hijo deja de pensar que sos la mujer más linda del mundo.
Cuando te dejan plantada por primera vez.
Cuando te enterás que es infiel.
Cuando se muere tu mamá.
Cuando creías que lo superaste pero no.
Cuando tu ex novio te avisa que va a casarse con otra.
Cuando se te corre la media cinco minutos antes de salir.
Cuando te divorciás y él se vuelve a enamorar a los cinco minutos.
Cuando te invitan a un casamiento y no tenés pareja.
Cuando vas a un casamiento con cualquier pareja y conocés al hombre de tu vida
Cuando encontrás el pantalón perfecto, pero sólo les queda en verde lima.
Cuando encontrás la respuesta justa recién en la escalera.
Cuando tu primera relación sexual es con un idiota mental
Cuando se te escapa “te amo”
Cuando nunca te dice “te amo”
Cuando te traiciona tu mejor amiga.
Cuando tenés que avisarle que sos virgen.
Cuando te preguntan si sos virgen pero no sos.
Cuando tu mamá quiere sentarse a explicarte qué es el sexo.
Cuando te probás la ropa de invierno del año pasado y el pantalón te queda atascado en las rodillas.
Cuando esperás que él llame.
Cuando tenés un atraso.
Cuando sabés que no tenés que llorar, pero no podés contenerlo.
Cuando te das cuenta de que no va a volver.
Cuando se te declara tu mejor amigo y no te gusta.
Cuando te das cuenta que se te cayó la cola.
Cuando te ceden el asiento del colectivo por primera vez.

Imperdibles de los lectores:

Cuando te dicen señora por primera vez.
Cuando gastás el alquiler en un vestido nuevo para una cita y te dejan plantada.
Cuando te dicen que no hay talle para vos.
Cuando un imbécil te moja en Carnaval.
Cuando el atraso no es sólo un atraso.
Cuando te das cuenta de que tu suegra está patológicamente enamorada del hijo.
Cuando te salen tetas en quinto grado y todos los chicos se burlan de tu nuevo cuerpo.
Cuando te prometen todo y te dejan a los 4 días.
Cuando te das cuenta de que ingeriste 4500 calorías en veinte segundos.
Cuando tu mamá le cuenta a todos que ya sos "señorita".

Costumbres femeninas IX

Cada vez que estamos a solas con un espejo, la tentación es irresistible. En el baño, la calle, o una vidriera, cuando nadie nos ve, acercamos la cara al vidrio hipnotizadas y evaluamos el estado general de la piel. Con las yemas de los dedos tanteamos y recorremos todas las áreas, destacando las imperfecciones que arruinan la tersa porcelana que tuvimos cuando niñas.
El area de mayor interés, es, en todos los casos, la nariz, que aloja, hacia ambos lados, un lipídico caballo de troya agazapado; aunque también nos obsesionan las arrugas, las líneas de expresión, la oleosidad, la hidratación, el vello, el contorno de los labios, los surcos de la frente, los puntos negros, el acné, las ojeras, las bolsas, las patas de gallo, la elasticidad, la dilatación de los poros, y, obviamente, el color.
Con tanto para revisar, no es nada raro ver salir del baño a alguna compulsiva señorita con lamparones colorados de piel masacrada en toda la cara.
Es increible, pero a solas frente a un espejo, aún en las situaciones más raras e inconvenientes, la tentación es imposible de resistir.

La glándula

El progreso es el efecto residual del encuentro entre la envidia y el trabajo duro.
Todas sentimos envidia alguna vez; de una compañera de facultad que sólo se saca diez, de la hija de un millonario que vive de tienda en tienda, o de cualquier mujer con un cuerpo perfecto. Sin embargo, para “La glándula”, más que un sentimiento esporádico, la envidia es una forma de vida, un viento autóctono, un aire de familia.
Apenas huele el triunfo ajeno, “la glándula” siente que el aire caliente le quema los pulmones. Se queda ciega, sorda y pierde el equilibrio. Siente que se muere, que se enferma, que se pudre por dentro. La ira le trepa hasta el ojo izquierdo, que palpita como una granada de mano, y llora frente al espejo mientras se arranca jirones de cuero cabelludo e insulta su suerte.
Sin embargo, contra lo que pudiera parecer, este peligroso comportamiento no tiene fundamento psicológico. La razón de semejantes picos de histeria envidiosa, es un órgano parásito inextirpable que se aloja en una cavidad fantasma del cráneo, y que comanda, a través de una cápsula de control, un hemisferio del cerebro completo. Por este motivo, “La glándula” es una enferma envidiosa desde muy pequeña.
Durante su lactancia, "la glándula" siente tantos celos de los pechos maternos que mutila sus pezones con sus ácidas encías de perra loca. A los dos años, cuando su madre le regala una muñeca a la hija de su mucama, “la glándula” la desfigura con un salvaje sacacorchos, escondida en el cuarto de servicio, adentro del canasto de la ropa sucia. A su hermana menor, por ejemplo, la esconde en el lavarropas, la ahoga con un osito en el moisés, le da una bolsa de medio kilo de canicas de vidrio para atragantarla y, por último, le moja la cama para que la reten.
Durante la adolescencia, "La glándula" no la pasa mucho mejor. Arrima a sus amigas a la anorexia con sus retorcidas opiniones, boicotea todos los trabajos en equipo y teje los más conventilleros sabotajes contra cualquier fiesta de quince años que la supere en cantidad de invitados o magnitud de souvenir.
Al llegar a la madurez, las cosas empeoran exponencialmente. La única forma de subsistencia que tiene es arrebatar bienes ajenos o destruirlos para eliminar el objeto de la envidia. Emborracha y seduce al novio de su mejor amiga, un virgen misionero del litoral, para arruinarle el futuro casamiento a la pareja; asciende a supervisora y somete a las vendedoras más lindas a acomodar mercadería en el depósito durante todo el día y finalmente, se equivoca al darle la dirección a la modista que ceñiría el vestido de novia de su hermana el día de su casamiento.
Pero el peor momento en la vida de “la glándula” es, sin duda, cuando forma una familia. Su envidia se proyecta en toda su prole y ya no se resiente contra su competencia, sino que también odia a los muchachos mejores que sus hijos y los hombres más exitosos que su marido. En ese momento, la cantidad y el tamaño cobran un sentido trascendental para “La Glándula”. El volúmen de la pileta, la cantidad de pisos de la cartuchera de su vástago o la dimensión de la torta de cumpleaños son asuntos que la trastornan peligrosamente. .La pantalla de la TV vecina le causa un brote alérgico de reptil y le despega cuatro capas de la piel de la cara, y condena a su familia a una dieta estricta de arroz y agua para ahorrar y poner un tobogán acuático encima de su modesta pileta de riñon.
En esta época, la actividad de su glándula celosa alcanza su pico máximo de actividad, secretando hasta dos litros de jugos diarios, garantizando veinticuatro horas de recelo y resquemor
Al llegar a la tercera edad, “La glándula” pierde el poco pudor y disimulo que tenía, y se convierte en la vieja más siniestra del geriátrico. Tira de la cama a una anciana que goza de un cuarto para sí sola, se roba los bombones de una abuela que no puede hablar e incluso confunde a las visitas de otros diciéndoles que su familiar se encuentra en cama y no pueden verla.
Durante la vejez, la frenética sudoración de su órgano no merma sino hasta seis días posteriores al deceso, cuando finalmente, el glándula se corroe con sus propios ácidos y sólo quedan activos el pelo y las uñas, que sí, finalmente son las más largas de toda la parcela.

 
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