La mujerona

Marcia tiene treinta y nueve años y vive sola en el microcentro, en un semipiso empalagado de detalles de escenografía de canal 9, cuya torpe jerarquía no es otra cosa que el lujo y la elegancia imaginada por un pobre. A Marcia le gustan los objetos monumentales: en el living, por ejemplo, hay un enorme sillón esquinero con frunces, una ciclópea mesa de vidrio con dos columnas de cemento, jarrones marmolados y varios muebles de melamina combinados con caño pintado de negro.
Marcia usa siempre trajes con pantalón pinzado marca Etam o Chatelet, que convierten su invertido cuerpo de manzana en un triángulo escaleno dado vuelta. Usa parkas o tapados largos y rectos, hombreras suaves y una bata de seda para desayunar. El fin de semana, en cambio, elige jeans de tiro bien alto, buzos grandes arremangados y zapatillas enormes de cuero blanco con moño en el cordón. Aunque quiere ser femenina y le encantaría usar diminutas sandalias o un solero floreado, Marcia sabe que su espalda de nadador, sus patas rectas de palo, y su abultado vientre facturero la condicionan: cada vez que intenta suavizarse o adoptar un recurso demasiado femenino, parece un travesti.
Marcia es gerente de una sucursal de Banco o dirige una imprenta en la calle Uruguay. Trabaja más de catorce horas por día y es severa. Grita bastante, es rígida, y jamás socializa con sus empleados, a quien tiene atemorizados a fuerza de amenazas repetidas con su rocosa voz de cigarrera. Tiene un maletín negro en donde guarda su enorme agenda con cierre, una calculadora de teclas inmensas y una pesada lapicera Cross.
Su auto es también una lancha inmensa de cuatro puertas, porque los compactos la hacen sentir indefensa. Fuma una caja de cigarrillos por día y vive a dieta, pero jamás adelgaza. Adora los hidratos de carbono y la comida picante y detesta los sabores cítricos o suaves. Consume bolsones diabólicos de galletas con café negro como brea y comida que la madre le pone en el freezer durante la semana.
Al llegar a casa, Marcia se prepara un gin and tonic mientras rastrea los números de quienes no dejaron mensaje en el contestador. Espera el llamado de su novio, un semi empresario casado que la mantiene escondida entre cuatro paredes y la visita, con suerte, dos veces por semana. Si llama, posiblemente se depile o se haga brushing en el pelo mientras escucha a Tina Turner y baila con impericia frente al espejo. Sino, si la deja plantada, quizás converse con su madre por teléfono o mire fragmentos de películas malas en el cable, en donde las heroínas son siempre más lindas, mas delicadas, más femeninas que ella.

La historia de mi histeria

Ese verano estaba estudiando en Cuba; tenía dieciocho años, un permiso por ciento ochenta días para salir del país y una divertida inclinación por las fiestas y el ron en tetra brik. Nascimento, en cambio, era angolés, tenía treinta y cinco, era profesor y no quería más fiestas: se había enamorado de mí y yo ni sabía ni quería corresponderlo.
Su amor me indignaba. No entendía como se atrevía a semejante sentimiento. Qué idiota, qué inoportuno, qué infantil ¿A quien se le ocurre? Venir a joderme en mi primer viaje lejos de mi familia.
Sin embargo, recuerdo que su insistencia, de alguna forma negra y morbosa, me fascinaba. Me gustaba verlo arrastrarse como una babosa mareada. Me asombraba que se sometiese a mis humillantes restricciones, que me dejara fumarle en la cara, que me mirara embobado con sus encandiladas pupilas de girasol y que me siguiera por todas las fiestas como un perrito extraviado con la correa suelta.
No iba a quererlo nunca, no era para mí. Su cariño de moscardón pesado y su anodina mansedumbre, lejos de apenarme, me enojaban. Cada vez que venía con sus chucherías emocionales, tembloroso e hipnotizado, me invadía el mismo pavor: que el infeliz se pusiera a llorar delante mío y yo tuviese que inflamarle la cara de un trompazo para calmarlo. Pobre Nascimento, es rotoso el destino de aquel que se enamora de quien nunca estuvo enamorado.
Lo ignoré, lo humillé, me revolqué con un alumno suyo, pero su amor no se apagó. Mis desplantes parecían oleadas de acetona que avivaban su esmerado y sofocante cariño masoquista.
Su exagerado sacrificio y mi conducta adolescente finalmente dieron sus frutos, y Nascimento dejó de hablarme y yo aprendí la lección: los hombres nunca se quedan con la mala del cuento no porque sea mala, como tampoco eligen a la buena por su monocorde y aburrida bondad. Rechazan a la mala porque a pesar de su venenosa malicia, está explícitamente enamorada y entregada, y, en cambio, la buena siempre tiene dudas o no está disponible. Aparentemente, ser una turra desdeñosa y difícil es irresistible. Los hombres necesitan conquistar el inexpugnable Castillo Himeji y no una insignificante toldería llena de indios embarrados y desprevenidos. Mientras más frías son las miradas y más dolorosa es la conquista, más grande es su admiración e incondicional su cortejo. Es inútil intentar disuadirlos con genuina honestidad, incluso cuando necesitamos espantarlos con eficacia, los hombres son como un chicle en la suela del zapato, que mientras más se la intenta despegar, más fuerte se pega.

Los 21 prejuicios del mundo femenino

  1. Las artesanas hippies son promiscuas y roñosas.
  2. Las maestras jardineras son todas tontitas y hablan en diminutivo.
  3. Las estudiantes de teatro se acuestan con todo el mundo (especialmente con los profesores de teatro)
  4. Las alumnas de colegio de monjas son atorrantas.
  5. Las divorciadas pelirrojas están desesperadas.
  6. Las enfermeras son todas putas y se acuestan con todos los médicos.
  7. Las porteras son chusmas.
  8. Las gitanas son sucias y hacen pis en la calle.
  9. Las rubias son taradas.
  10. Las ayudantes de cátedra lindas consiguieron el trabajo ofreciendo sexo oral.
  11. Las otras minas que usan el baño del shopping, oficina, restaurante son sucias.
  12. Las gordas de pelo corto son lesbianas.
  13. Las amas de casa son todas cornudas.
  14. Las mujeres que veranean en carpa son todas fáciles.
  15. Las contadoras son frígidas.
  16. Las mujeres de uñas largas nunca trabajaron en la vida.
  17. Las psicólogas analizan a todos los hombres todo el tiempo.
  18. Los modelos son tontas y burras.
  19. Las hijas únicas son caprichosas.
  20. Las gordas son simpáticas y las flacas son histéricas.
  21. Las japonesas son prolijas.

Cat fight

Haciendo a un lado las excepciones, podemos decir que las mujeres se inclinan más hacia los gatos, y los hombres hacia los perros, y que incluso la mayoría de ellos –sobre todo los cincuentones - los detesta con tanta intensidad, que es capaz de hacerles daño con sádico placer.

La génesis de tanta crueldad viene de una idea muy arraigada en todos los hombres machistas: si uno les pregunta por qué odian a los gatos, automaticamente responden que son animales infieles, egoístas, desobedientes, y que las hembras -cuando están en celo- gritan enloquecidas y se frotan lascivamente contra la pared.

A diferencia de los perros, los gatos no se someten a la voluntad de su amo. Ante un golpe, el perro se agacha o baja las orejas. El gato, en cambio, araña y muerde.

Asumo que debe ser incómodo para los hombres mayores, educados en una sociedad machista y reprimida, soportar que una hembra, de la especie que sea, demande sexo a viva voz y exponga su apetito con tanta firmeza, que no les preste atención o los reconozca como el amo de sus deseos. Después de todo, si hay una frase que han popularizado nuestras madres y abuelas es: “No sé. Preguntale a tu padre”.

 
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