Vanidad, divino tesoro

Sufrir por una infidelidad es un acto de vanidad. No es el dolor de la traición ni el desengaño de la mentira. Esas lágrimas de asfixia, esos pimpollos de histeria, esos escándalos irreprochables no son producto de un secreto o de una infamia. Lo verdaderamente doloroso de la infidelidad no es el doblez ni la confianza extinguida: lo que nos duele es perder.
Ser fiel es estar comprometido con una misma elección, aún si existieran mejores opciones. Ser infiel, entonces, no es faltar a la verdad ni mentir, sino saltear el compromiso; es hacer una elección distinta, aunque sea por una sola noche.
Si bien nos duele que él ignore la palabra empeñada, lo devastador de la infidelidad es que él haya preferido a otra. Lloramos de de desilusión y de celos, sí; pero también de pena e indignación, porque ese día, por unas horas, fuimos la relegada, la perdedora, la que no sabe, la que no importa. Porque entre lastimarnos y no tenerla, prefirió tenerla, y porque, aún sabiendo que podía perdernos, eligió correr ese riesgo por estar con ella. Ella fue la deseada, la predilecta, la inevitable. Ella fue la mejor.
Cuando era más jóven terminaba todos los años de la misma manera: durmiendo con mi ex novio. Invariablemente caíamos la misma rutina: despedirnos, separarnos, que él conociera a otra, y luego volver a estar juntos hasta que su novia se enterara y lo dejase para siempre. Durante mucho tiempo pensé que era el destino, y que así sucedía porque estabamos hechos el uno para el otro; pero luego descubrí que la reincidencia no tenía nada que ver con él, que mi único deseo era volver para probar que yo era esencialmente inolvidable. Competía con ella, pero no importaba quien era, porque yo era mejor que cualquiera que intentara tomar mi lugar, era la mujer de su vida.
Sufrir por una infidelidad, es, desde mi razón, un acto de vanidad; aunque en mi corazón sea el legítimo sentimiento de estafa por excelencia. Me basta con mirar alrededor: cada vez que nos vestimos con una prenda que los hombres no pueden comprender ni apreciar ¿Para quién nos estamos poniendo lindas? Si sabemos que ningún hombre preferiría un pantalón enorme a uno pequeño, por qué estamos pendientes de la moda? Y si nos vestimos para nosotras mismas ¿Por qué no usamos esa ropa solas, dentro de casa?
En todos los grupos de mujeres hay un puñado de traiciones apretujadas en el pasado. Todas tenemos una amiga que le dijo que sí a ese chico que nos encantaba, que se acostó con nuestro ex novio o que intentó seducir a la pareja de otra. Nos reiteramos en la misma anécdota de mal gusto una y otra vez: a diferencia de los hombres, nos vivimos robando el novio, seduciendo al hombre equivocado y pidiendo perdón al otro día.
Cuando vamos a un casamiento y somos la única soltera de la mesa, los hombres no se enteran. Son las mujeres quienes nos miran como desabridas perdedoras incapaces de enamorar a nadie y nos hacen esas preguntas incómodas que nos hacen sentir más solas que nunca. No la pasamos mal por no haber encontrado al amor de nuestras vidas, sino porque ellas aprovechan cada ocasión para sugerir que son mejores por haberlo logrado antes.
Cada vez que nos interesa saber cómo era su ex novia, cada vez que nos recocijamos porque la nueva mujer es más fea, cada vez que llevamos la mejor torta de cumpleaños al jardín, cada vez que una amiga nos aconseja que lo dejemos, cada vez que comentamos que otra está más gorda o más vieja, y cada vez que una amiga se le insinúa a un hombre que nos encanta, probamos que en el universo femenino hay muchos menos conflictos entre el hombre y la mujer, que entre nosotras mismas.

La extra-brut y la espumosa

La extra-brut sale de trabajar y se sienta sola en la barra del Claridge a tomar un negroni mientras lee un libro.
La espumosa se va a un boliche, se mama con daikiri de melón y New Age, y habla pavadas como un loro con todos los desconocidos.

La mujer extra-brut espera al novio con una cena sorpresa. Compra un vino, alquila una película y compra unas cositas en Valenti.
La espumosa se mete de incógnito en su casa, le hace las compras, le deja el freezer lleno de milanesas, empanadas y papas fritas congeladas con las instrucciones marcadas con resaltador.

La extra-brut festeja el cumpleaños en su casa, cocina Tandoori Chicken para diez amigos y conversan hasta la madrugada.
La espumosa hace una fiesta de disfraces en el salón del edificio con toda la gente del trabajo, la facultad, familia política y compañeros del secundario.

La extra-brut va con el novio a un bar de tapas y pide varias diferentes para compartir.
La espumosa pide un plato raro, no le gusta y le picotea del plato a todos los demás comensales. Con la panza llena, luego le suplica al novio compartir una torreta enorme de helado y obleas que deja por la mitad.

La extra-brut quiere ir de vacaciones a una playa desierta.
La espumosa a la casa de los tíos en la costa atlántica.

La extra-brut se viste con prendas simples de colores neutros, chatitas y pashminas que compró durante sus viajes. En la cara usa humectante de labios y rimmel transparente.
La espumosa adora los estampados y las mostacillas y está con tacos altos todo el día. Usa gloss con gusto a banana y se perfuma varias cada vez que entra al baño.

La extra-brut se relaja escuchando música.
La espumosa la canta a viva voz.

La extra-brut adora irse a una quinta los fines de semana largos, quedarse en Buenos Aires yendo al cine durante Enero e ir al Barrio Chino durante el año nuevo oriental.
La espumosa adora la Navidad, los petardos y las fiestas de la empresa con cena show.

La extra-brut tiene siempre flores frescas en la mesa del living.
La espumosa le puso cinta scotch al desodorante de ambientes Peach Fantasy para que pulverice perfume sin parar.

La extra-brut se casó por civil y festejó con un almuerzo y un viaje de bodas a Irlanda y Escocia.
La espumosa hizo una fiesta con carnaval carioca para trescientas cincuenta personas, llegó en mateo, se cambió el vestido cuatro veces, le puso ligas a las solteras y se fue esa misma noche a Cancún con la bikini puesta debajo de la ropa.

Las cinco mujeres de las que se enamoran todos los hombres

Podríamos decir que nuestra vida amorosa comienza cuando dejamos de ver a los hombres como pequeños monos bravucones sin modales que nos empujan en la fila del colegio y nos pierden la plasticola, y que desde entonces, –involuntariamente o no- intentamos llamar su atención. Sin embargo, en muchos casos, no importa cuanto pestañeemos o cuanto acortemos la pollera, por instinto o elección, la mayoría de los hombres, siempre las prefiere a ellas.

La delicada:
La delicada es una etérea y virginal muñequita de piel translúcida, frágil cabello rubio, ojos claros y finos rasgos. Sus movimientos son elegantes, su risa sutil y su voz siempre suave. Es tímida y dócil en todos los casos y jamás se enoja o levanta la voz. Es obediente y sumisa, quiere tener muchos hijos y dedicarse a su familia con esmero. Su ropa es cómoda y femenina y ni siquiera en una fiesta se viste sugerente o provocativa. Le gustan los colores pastel, los saquitos finitos y los bordados. Tiene una medalla milagrosa en el cuello y algunos anillitos de oro finitos en sus ligeras manos de ninfa. Aunque jamás toma la iniciativa o deja entrever sus intereses amorosos, su comportamiento aniñado de mujercita despierta en todos los hombres el deseo de protegerla como a un pajarito con la patita quebrada.

La vieja fogosa:
La vieja fogosa es una arrebolada comehombres con un omnívoro apetito sexual. Para ella, absolutamente todo está relacionado con la sexualidad, y tiene un eminente talento para infectar cualquier diálogo con su prosáica mitificación de la carne y el fuego. Usa expresiones como "tener buena cama" aproximadamente veinticinco veces por día y lee únicamente al marqués de sade, a Lawrence Durrell y a Antonin Artaud. Va al taller literario de Dalmiro Sáenz, en donde corrige sus interminables crónicas pornográficas sin sentido. Siempre se tiñe de pelirrojo, usa medias panty negras y tapados oscuros hasta los tobillos. Fuma provocativamente, toma mucho café y su voz es ronca y quebradiza. Visita teatros, cines, y lee en bares de la calle Corrientes, en donde también se encuentra con amigos con quienes conversa acerca del "quiebre del teatro", el "no-teatro" y la erotización del arte. Le encanta ser la amante de alguien comprometido o acostarse con mocosos sedientos de aprendizaje que luego terminan enamorándose de ella hasta la anorexia.

La perfecta
La perfecta es casi siempre médico, arquitecta o abogada. Tiene una rutina inquebrantable y es la mujer orquesta: jamás llega tarde al trabajo, siempre luce demencialmente impecable, sabe un poco de todos los temas, y su cartera es un botiquín de primeros auxilios, un camarín y una alacena. La eligieron abanderada y “mejor compañera” durante toda la escuela primaria, y en la secundaria fue delegada, “Reina de la primavera” y diploma de honor. Nunca tuvo piojos en el colegio, nunca se hizo pis encima en el jardín, nunca se resbaló en la calle, nunca se le quemó una torta, nunca tuvo resaca después de una borrachera, nunca se le corrió una media en una fiesta y nunca, pero nunca, reprobó una materia.
Los hombres se enamoran de ella porque fantasean con la vida armoniosa y fluída que tendrán a su lado: camisas planchadas, dos hijos amorosos, carreras envidiables y una casa con cerco blanco que nunca se despinte.

La cool
La mujer cool puede ponerse un vestido de la abuela, la campera del colegio secundario, una frutera en la cabeza y botines de fútbol y lucir como la tapa de Vogue. Está siempre un paso adelante de las demás: todo lo que organiza es divertido y original, escucha los mismos grupos que los otros pero desde que no habían sacado el primer disco, y tiene amigos chic en el ambiente de la música y el diseño que la invitan todos los lugares a donde hay que ir.
La mujer cool es siempre DJ o diseñadora gráfica, de indumentaria o industrial. Vive sola, tiene un gato, y casi nunca está en su casa porque vive en ferias, restaurantes y reuniones con amigos. Rara vez se enamora, pero en el trabajo y en la facultad, cuando camina por los pasillos envuelta en su colonia de peras y malvaviscos, los hombres se mueren de amor y las mujeres de envidia.

La puta autodestructiva:
La puta autodestructiva es un agujero negro con piso en el infierno. Tiene problemas con la familia, con la justicia y consigo misma, y siempre elige hombres que la sacuden, le roban, o la embarazan y la abandonan. En general tiene alguna adicción severa: es drogadicta, anoréxica o alcohólica, y jamás se somete a un tratamiento. Su vida es una película de Hallmark Channel que concluye en el primer acto, porque cada vez que se encamina, ella vuelve a arruinarlo todo. Su repertorio de actividades es sórdido y desolador; mientras la rutina de otras mujeres es estudiar, trabajar, leer, hacer compras o tomar mate, la puta autodestructiva mata el tiempo chocando, desapareciendo, abortando, emborrachándose o revoléandose zapatillas con el novio en el pasillo de un hotel.
Todos los hombres buenos e inocentes quieren salvarla y transformarla en una mujer normal, pero es imposible: la puta autodestructiva es una valija de doble fondo, ni bien logran limpiarla de drogas y verla sonreir, se corta las venas en el baño la noche de bodas.

la loca artista

La loca artista tiene aspiraciones inverosímiles de pintora, escritora o provocadora vanguardista, y si bien su carrera profesional comienza y termina dentro de cuatro paredes, su cuestionable creatividad no merma jamás a la hora de innovar y expresarse como poeta del mundo.
Desde que se casó, su marido financia su impopular carrera de pintora, cediéndole mansamente el garage para que establezca su desordenado atelier. Allí la loca artista experimenta esculpiendo adoquín y pintando con bayonetas de paintball, mientras sus nietos corren en libertad por el resto de la casa, custodiados por una mucama que apenas puede controlar los enchastres de la señora.
Todos los años, la loca artista se embarca en un nuevo proyecto. Montó un taller de expresión corporal, una escuela de pintura para chicos, y una exposición de doscientas instalaciones realizadas con granadas de mano y tampones llamada “El ejercito, el coito y yo”. Su incapacidad comercial y organizativa condenan a sus disparatadas empresas al fracaso, y ocasionan –para ella y su familia- brutales agujeros financieros y penosos episodios con la ley.

Una alumna, por ejemplo, fue internada con la cara desintegrada luego de que estallara el horno del curso de alfarería, y los hijos de la vecina fueron al colegio con la ropa apestando a hollín durante un año debido al incendio que provocó en su living regulando generosamente su soplete para botellas. Su familia perdió dos propiedades a causa del juicio de una antigua mucama, que perdió la movilidad de las extremidades al hacer una réplica de la crucifixión y fue arrojada desde una camioneta en la puerta del Instituto Pasteur por su patrona, quien estaba segura de que allí era donde debían atenderla.
La loca artista diseña y hace su vestuario y bijouterie, que consiste en cachivaches de feria americana pintados a mano y un cascote colgado del cuello que le trae paz. Tiene una fijación escandalosa con su sexualidad y fue presa dos veces por mostrarle una teta a la policía al grito de “belleza es verdad, cana hijo de puta” y por montar una muestra al aire libre llamada “Cuarenta bajorrelieves de mi vagina en do menor”.
En la década del 70, la loca artista fue al Di Tella, pero sus compañeros siempre la consideraron una payasa grotesca dedicada a la artesanía y el escándalo. En las desenfrenadas orgías, la loca artista era obligada a colgar los abrigos y cebar mate de coca, y en los happenings, probaban con ella todo experimento que hiciese peligrar la integridad humana. Fue víctima del saturnismo cuando realizó pinturas rupestres en una mina y fue raptada por un grupo swinger que organizaba versinagges nudistas en las oficinas de la revista “Destape”, y luego vendía sus fotos privadas a publicaciones de historietas pornográficas de altísima rotación.
En la década siguiente, sus amigos del Di Tella se exiliaron, triunfaron como artistas o directores en museos y la loca artista no tuvo más remedio que casarse. Como no sabía hacer nada útil, su familia fue siempre atendida por una mucama distinta, que los abandonaba casi todos los meses, harta de los llantos y destrozos de la señora en el atelier. En esos períodos, su familia se alimentaba con sandwiches de mermelada y helados de agua y sus hijos nunca iban al colegio peinados o con ambas zapatillas del mismo par.
La loca artista tiene un grupo de amigos: jóvenes estudiantes de bellas artes que todavía no saben que es una mamarracha impostora, y se someten a sus ridículos proyectos con entusiasmo. Sin embargo, la relación siempre concluye cuando son procesados o linchados por unos obreros que perdieron el presentismo a causa de su descabellado plan de pintarles una réplica de la capilla sixtina en la sala de máquinas o los dueños de un edificio que no querían ese mural-collage de municiones y plasticola que decía “Fuera Bush de América Latina”.
Por algún extraño motivo, la pobre loca artista nunca da en la tecla. Mientras otros triunfan haciendo torres de profiteroles monumentales con caca de conejo o haciendo crítica de arte en un canal de TV, sus móviles de obleas Día Discount (una metáfora de la globalización de la pobreza) y sus espectáculos de baile y priapismo sólo son tomados en broma.
Será cuestión de seguir probando hasta que las demandas judiciales y su marido, la arrojen a la calle con todas sus porquerías.

Las viejas paquetas: la zángana

La vieja zángana nunca ejecuta una tarea realmente necesaria. Todas sus labores, forzadas obligaciones, y ridículos deberes son descarados inventos de utilidad discutible, y ocio recreativo ejecutado con concentración.
Las viejas zánganas son siempre esposas de alguien y han llegado invíctas a los cincuenta años sin tener que trabajar. Se mantienen activas, chupándoles la sangre a sus empleadas domésticas y organizando pavadas para complicarle la vida a todos los familiares y amigas que sí tienen algo para hacer.
Los cursos de acuarela o alfarería, las agrupaciones caritativas, los té-bingo, las asociaciones culturales y las clases de idiomas son un vaporoso hervidero de viejas holgazanas, y basta con ver la grilla de los gimnasios o talleres de “arte” de Belgrano o San Isidro para adivinar quienes son las estupendas alumnas de los horarios 10.30 y 15.45 hs.
Dentro de la vieja zángana, existen dos variantes muy propagadas: la casera y la moderna. Ninguna trabaja ni tiene una carrera, pero ambas viven con holgura. Les encanta decir que se recibieron de maestras y que dejaron su exitosa carrera para dedicarse a su familia. De jóvenes fueron bonitas, incluso las más lindas de algún pueblo. Ambas compran todos los objetos más intrascendentes e improbables que se puedan fabricar: pinches para agarrar el choclo (en forma de choclito), minicuchillitos untadores, mantitas para ver TV, bolsas de broderie para los pompones de algodón, perfumeros, almohadillas de lavanda para la ropa interior, jabones en forma de fruta, y platos para dejar el saquito de té.
Sin embargo, detrás de todas estas similitudes hay también varias diferencias. La primera, -la vieja zángana casera- luce mayor, tiene el vientre abultado y no hace deportes. Se corta el pelo debajo de las orejas y jamás viste nada sugerente o ceñido. Se la pasa probando nuevas recetas, decorando la casa, llamando a las hijas, tomando el té con amigas, cultivando su jardín o pintando sobre madera. A las nueras, que trabajan 16 horas por día en un banco, las azotan con preguntas inverosímiles y patéticas: por qué no amasan la base de tarta ellas mismas –que es una pavadita-, por qué no asisten al curso “mamá y yo” con el nene o cómo puede ser que se les sequen toda las plantas.
La segunda, en cambio, siempre es socia de un club de tenis, hace yoga o Pilates. Está en forma y se cuida en las comidas, aunque nunca se priva del vino y la torta para el té. Va a “Timodella” tres veces por semana, se mete en la cápsula de ozono y toma “Total magnesiano” todas las mañanas. A su pobre hija, quien acaba de tener cuatrillizos y trabaja como profesora de matemática en seis colegios, la invita incansablemente a la clase de yoga de las 10 am o le regala un certificado para todo un miércoles de placer en un Spa de Zona Norte que no puede utilizar.
La primera es católica, colabora en la reparación de la Catedral de San Isidro y jamás pasa un fin de semana sin posar su cornudo trasero cuadrado en un banco de la iglesia. La segunda tampoco descuida su lado espiritual; lee todos los libros de autoayuda con fervor estudiantil y asiste con frecuencia a talleres de Insight.
Por las tardes, la primera pinta magnolias sobre un porta rollo de cocina, conversa de todas las conocidas invocándolas por su nombre en diminutivo y su apellido de casadas y se dedica a acosar a sus hijos mayores con agotadores llamaditos sin sentido, a pasear a sus rubias nietas en vestidos de punto smock y a atormentar a la mucama con la limpieza de los bronces de la casa. La vieja zángana moderna, en cambio, juega a las cartas con las amigas, llama su hija que estudia en Londres y juntas hacen saltar la central telefónica, va de shopping a comprar estupideces o a visitar a una conocida que trae ropa de US y persigue a la mucama porque no plancha las sábanas como debería.
Pero la vieja zángana no es lo que parece: detrás de su fachada relajada y perfecta, se esconde una resignada manipuladora que sólo busca llenar las horas para no pensar. Para no pensar en dónde quedó la vocación perdida, qué edad tiene la amante de su marido o qué excusa darán sus hijos para evitarla. Para no pensar que dentro de poco tiempo, cuando todo acabe, sus almidonados moños y ostentosos baby showers de cartón tendrán todavía menos sentido.

 
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