La solterona

María del Carmen tiene treinta y nueve años y todavía vive con sus padres, en un oscuro departamento de Monserrat, en el que nunca pasa el tiempo. Las cortinas apenas dejan pasar un débil y polvoriento rayo de luz que fríe un bolsudo sillón de cuerina, en donde Pomelo, su apolillado perro pekinés, duerme la siesta todo el día. Su dormitorio no es muy diferente: sobre su cama de una plaza hay veinticuatro muñecas que todavía conserva intactas, porque siempre fue “muy cuidadosa con las cosas”, y un juvenil escritorio con alzada en donde guarda su mayor tesoro: las novelas de misterio de Agatha Christie que canjea en parque Rivadavia. Durante la adolescencia durmió junto a sus padres, en un dormitorio separado por un inmenso placard. Por tal motivo, la pareja nunca tuvo intimidad, pero jamás les importó, porque los tres eran muy unidos.
María del Carmen nunca estuvo de novia, pero detrás de su simulado desinterés romántico se esconde una enamoradiza soñadora que siempre fantasea con hombres fuera de su alcance. Tuvo sexo sólo cuatro veces en la vida, casi todas con un compañero de trabajo que la sedujo precariamente, la llevó a un hotel y nunca más volvió a saludarla. Desde ese episodio, María del Carmen prefiere pasar sus noches jugando scrabble con sus padres o cenando con su mejor amiga, María Cristina, quien estuvo en pareja 6 años con un vividor que la dejó en la ruina.
María del Carmen es contadora y trabaja haciendo auditorías en el Banco Central, a donde nunca falta. Es adicta a la calculadora con rollo de papel, al liquid paper y a la abrochadora, y aunque se lleva muy bien con la computadora, jamás se olvida la lapicera de oro que sus padres le regalaron cuando se recibió en la facultad, con el mejor promedio de su clase.
Como ella, en su casa se sostienen los mismos hábitos con absoluta rigurosidad. Compran exclusivamente productos “La Campagnola” porque son “de calidad” y los fideos siempre deben ser marca Terrabusi, y por las noches, invariablemente comen queso y dulce y toman un cafecito chiquito con dos pastillas de sacarina o una copita de licor de huevo marca Cusenier.
María del Carmen tiene un camisón fresquito de abuela y usa bombachas de algodón de tiro alto, marca Sol y Oro. Aunque se considera clásica, su ropa es ridícula y demodé. Usa polleras plisadas, pantalones de tiro alto, chaquetas de terciopelo y camisas bucaneras. Compra todos sus zapatos en “San Crispino” con su madre, porque “es preferible pagar un poco más pero comprar algo bueno”. Odia los jeans y la ropa apretada y en invierno usa un largo tapado negro con hombreras o un sacón de piel de nutria que le regalaron para lucir en un casamiento. Se perfuma con la misma colonia Ambré de siempre, adora los broches y jamás se quita la virgencita que su madrina Olga le regaló para la primera comunión.
María del Carmen cree en Dios, es devota de San Cayetano y tiene un cura de cabecera que la confiesa desde la confirmación. También adora la música romántica, coleccionar saquitos de té y escribirse con una pen-friend a la que llama “mi amiga de Canadá” y a quien le envía fotos rancias de Pomelo refregándose contra el piso.
La madre de María del Carmen le hace la comida para llevar al trabajo, le lava la ropa, le paga el celular y despulga al viejo Pomelo. Le cose los botones, le sirve café de noche, la despierta a la mañana, le plancha las camisas. María del Carmen es su vida, la luz de sus ojos; una luz cegadora, infinita. María del Carmen no sabe qué hará cuando su madre ya no esté. Su madre tampoco.

La vieja perinola

La vieja perinola se llama Susana, Beba o Graciela, y vive encerrada en un coqueto piso de Barrio Norte con su marido, sus dos hijos, y Elsita, su mucama de toda la vida. Pasa el día entero en camisón, con un vaso de whisky y un cigarrillo en la mano, girando sin rumbo por los pasillos, como una calesita descarrilada y maltratada por el tiempo.
Apenas se despierta, cerca del mediodía, se saca el antifaz, juega con el almuerzo, prende un cigarillo y grita enloquecida hasta que Elsita le lleva un té y las pastillas. Luego le dice que ese día no tiene hambre, pregunta si el señor llamó, pide un whiskicito con hielo porque está muy nerviosa y exige que le alcancen el inalámbrico con urgencia.
La vieja perinola casi nunca deja su penumbroso departamento. Alguna vez va la peluquería a hacerse brushing o de shopping a comprar pavadas. Casi siempre pierde el auto en el estacionamiento, se olvida las llaves –o no puede abrir porque le tiemblan las manos-, extravía el celular y maneja sin registro de conducir. También se pierde en su propio barrio, y como no sabe volver, le pide ayuda a los playeros de la estación YPF, con quienes coquetea patéticamente, riéndose desmoronada, mientras les pide –pícara- que le llenen el tanque de nafta. Cuando no sale, en cambio, le pide a Elsita o a cualquiera que pise su casa que baje a comprarle cigarrillos o una botellita de algo, pero si nadie puede, no se amedrenta: se pone la parka o el tapado arriba del camisón y se gestiona su propia bebida.
La vieja perinola no tiene amigas, salvo Blanca, la madrina de su hijo mayor. Los matrimonios amigos del club huyeron aterrados luego de que se estrellara de frente contra una barra de tragos y acusara, con su voz quebrada y cenicienta de rockero vencido, a todas las esposas de acostarse con su marido.
La vieja perinola es la reina del fuego. Se duerme con cigarrillos encendidos, perfora todas las sábanas y quema sus amarillentos e insensibles dedos, cuya piel es tan dura como la suela de un mocasín. Tampoco usa calzado con regularidad, y tiene las plantas del pie resecas como tasajo. Usa anteojos negros todo el día, jamás se maquilla las ojeras y puede salir con un zapato de cada color a causa de su distracción.
Cerca de las siete, cuando su marido llega de la oficina, la vieja perinola está en la cumbre de su borrachera, y resentida por la indiferencia, lo persigue por toda la casa intentando averiguar qué hizo durante el día. Si logran acostarla, levanta el tubo del teléfono hasta la madrugada y habla encima de todas las conversaciones convencida de que el interlocutor no es otro que la puta amante de su marido. Alienada y herida, corretea a su esposo por toda la casa, tomando carrera como un autito de juguete a fricción e invariablemente termina gritando que su padre era un señor estrolada contra el parquet, con el labio quebrado y las manos cortadas por los vidrios del vaso de scotch. En ese momento, casi todas las noches, su marido, abrumado hasta la locura, agarra una valija y comienza a llenarla. La perinola entonces, se trepa por las paredes y culmina la noche colgada del balcón, bamboleándose como la piedra de Tandil, amenazando con tirarse de cabeza contra el asfalto.
Cuando Elsita logra bajarla, le prende un Jockey Club con su propia boca, y la acuesta llorando en la habitación de servicio, al lado de un colchón en el piso, desde donde la mira de reojo durante toda la noche.


50 cosas para hacer antes de conocer al amor de tu vida

Al niño pol, mi inspiración constante.
1. Acostarse con un desconocido absoluto y nunca volver a verlo.
2. Ir a la tarotista compulsivamente y seguir sus instrucciones al pie de la letra. Comprar velas, hacer "novenas" en la mesada de la cocina, y tirar los platos al lado de un árbol, cuando los vecinos no miren.
3. Vengarse furiosamente de una amiga.
4. Acostarse con alguien sabiendo que es un error y que las consecuencias serán te-rri-bles.
5. Perseguir a un hombre que te vuelva loca y urdir planes maquiavelicos y ardides delirantes hasta conquistarlo.
6. No usar ropa interior.
7. Revolcarse con más de dos hombres la misma noche.
8. Comerse un pote de dulce de leche en la cama y dejar el envase en la mesa de luz.
9. Ser infiel y no contarlo nunca, ni a tu mejor amiga.
10. Robar un novio.
11. Romperle el corazón a alguien.
12. Irse de viaje sola a algún país lejano y sin demasiados planes.
13. Ir hasta la selva chaqueña a conocer a un tipo del chat (que siempre es horrible, claro)
14. Salir con dos hombres al mismo tiempo.
15. Tener la casa impecable.
16. Empujar a una vieja.
17. Enamorarse perdidamente de un profesor, suspirar y ponerse nerviosa si te habla.
18. Dejar a alguien, aún estando muy enamorada, porque tenés la noble certeza de que no es para vos.
19. Tener dos citas la misma noche.
20. Emborracharse hasta el desmayo y no recordar absolutamente nada el día siguiente.
21. Reptar por la casa en jogging, sin bañarse y con la remera sucia, durante todo el fin de semana.
22. Acostarse con un amigo gay, completamente borracha.
23. Hablar cinco horas seguidas por teléfono con una amiga.
24. Comprar un best seller impresentable, leerlo apasionadamente y luego forrarlo en papel de diario y esconderlo en la biblioteca.
25. Enamorar perdidamente a alguien.
26. Acostarse con alguien que no hable el mismo idioma.
27. Agarrarse de los pelos con otra mujer.
28. Ver comedias románticas y llorar.
29. Escuchar el mismo tema doscientas cincuenta veces a todo volúmen.
30. Empapar el baño y no secarlo.
31. Desayunar pizza.
32. Ir a dormir a lo de tus amigas.
33. Tener la toalla de manos del baño impecablemente doblada.
34. Comer parada en la heladera.
35. Cambiarte de ropa con la ventana abierta para que te vea el vecino.
36. Gastar $300 en una cartera color “ciruela pasa”.
37. Usar la última bombacha enorme, sin elástico, desteñida y agujereada.
38. No lavar la ropa cuatro semanas y usar el vestido de comunión para ir a trabajar.
39. Coquetearle a un proveedor para conseguir un descuento.
40. Hablar pestes de otras mujeres luego de una reunión.
41. Mentirle a un hombre sólo para llevarlo a la cama.
42. Mirar maratones de reality shows durante todo el fin de semana.
43. Invitar a salir a alguien.
44. No lavar el auto en siete meses y dejar adentro botellitas de coca light, cáscaras de mandarina, mudas de ropa, zapatos, papeles del trabajo, caramelos pegados en el piso y el bolso del gimnasio lleno de ropa sucia.
45. Bailar la coreografía de “Fiebre de sábado por la noche” en el living, poniendo cara de “cool” y misteriosa.
46. Practicar conversaciones frente al espejo, riéndote como una estúpida y haciendo mohines vergonzosos.
47. Chupar el relleno de las galletitas y dejar el resto, o mordisquear bombones y dejarlos porque son feos.
48. Hacer dietas ridículas basadas en teorías delirantes o cábalas sin sentido.
49. Leer revistas frívolas.
50. Probarse el ropero entero antes de salir.

Yo, 32/50.

Hombre encerrado

No sé si los hombres cambian. Sé que nosotras sí. Cada vez que una mujer se enamora o conoce a alguien especial, hay pequeños detalles que la ponen en evidencia: la forma de acomodarse el pelo, el suave sonido de su risa o cuánto tararea una canción. Yo pienso que son diez, pero debe haber un millón. Un millón de pistas para saber cuándo hay hombre encerrado y cuándo no:

1. Desaparece los fines de semana. Deja de llamar los domingos a la tarde.
2. Sorprende con planteos extraños sobre su personalidad: “¿A vos te parece que yo no se escuchar?” “¿Yo estoy a la defensiva con los hombres?”
3. Se maquilla y deja las zapatillas. Quizás se cambia el corte de pelo por uno más moderno.
4. Si tiene un blog, deja de postear. (Vuelve cuando corta, y escribe interminables avalanchas de preguntas retóricas y reflexiones negras)
5. Pregunta reiterativamente que novedades tenés, si pasó algo, cómo marchan tus cosas.
6. Hace comentarios misteriosos acerca del futuro: “Nunca sabe que puede pasar”, “No se que será de mí el año que viene”.
7. Habla de lugares nuevos, a los que es poco probable que haya ido sola: restaurantes en el río, cenas arriba de un barco, ferias de diseño.
8. Abandona una vieja costumbre: deja el café, el cigarrillo, cambia de compañía telefónica.
9. Revela mitologías demasiado precisas: “Ni loca me compro un televisor de plasma. Duran 2 años máximo ¿No sabías? El 85% de los televisores de plasma tienen una vida útil de 3 años y medio. Salvo "Mitsukusisisi", la segunda marca de "Sansei". Esos duran diez, porque la pantalla tiene litio afgano”
10. Canta mientas trabaja.

Medio-hermanas

Si en en una familia hay dos hermanas mujeres, casi siempre hay una “winner” y una “loser”. Hay una abanderada y una burra, una prolija y una torpe, una popular y una ermitaña, una novia eterna y una solterona, y también, aunque las dos compartan la misma nariz e idéntica boca, hay una que -si bien es muy parecida a la otra- es un poco más fea.
De pequeñas, la diferencia ya es notoria: mientras la primera camina a los ocho meses y es campeona de salto con garrocha y gimnasia artística desde los seis años, su hermana, en cambio, es fofa y remolona, es lenta como una babosa, se cae al piso todo el tiempo, y cuando eligen integrantes para un equipo deportivo, siempre queda al final.
La “ganadora” además es firme, emprendedora y ambiciosa; cuida bebés desde los catorce años y juntó el dinero de su viaje de egresados vendiendo rifas. Su hermana, por el contrario, usó chupete durante ocho años, repitió la adaptación del jardín hasta noviembre, vive pegada a un broncodilatador y como vendió solo dos rifas, sus padres tuvieron que pagar la diferencia del viaje.
De adolescentes, mientras la “winner” compra novedosos soutienes de encaje, se pone de novia con un chico más grande y se va de vacaciones sola con las amigas, la segunda multiplica sus adiposidades, se corrige los dientes con aparatos fijos y se encierra con otra amiga fea a hacer burlas telefónicas, mirar reality shows y jugar al chin-chón.
Cuando llegan a los veinte años, la primera se muda sola y consigue una beca en una prestigiosa universidad del exterior. A la misma edad, a su hermana la embaraza un vago impresentable, le dan un ascenso en Mc Donald´s y vive en el garage de sus padres desde donde se pelea a los gritos con su madre durante todo el día.
Si trabajan juntas en un negocio familiar, la primera tiene siempre un cargo importante y carga en la espalda con la otra hermana, que pica piedra en el fondo del local o es empaquetadora en el depósito; y si bien la familia prefiere aparentar que ambas son iguales, a la primera le consultan acerca de sus inversiones, y a la segunda le preguntan si falta detergente.
Jacqueline Du Pré, la mejor chelista del mundo, tuvo una hermana, Hilary, quien fue una flautista mediocre. La primera se casó con Daniel Barenboim y recorrió el mundo; y la otra, en cambio, se casó con un granjero y vivió en las afueras de Londres, hasta que él la engañó con su blonda hermana genio.
Dentro de los ejemplos locales, tenemos a Soledad Pastorutti, quien autogestiona una redituable carrera como cantante folklórica, mientras su hermana (muy parecida pero más fea) le hace los coros y revolea el poncho en el fondo de su escenario vestida como un peón junior.
Sin embargo, hacia la mitad de sus vidas, las hermanas llegan al punto máximo de su éxito o al límite más bajo de su fracaso. Como un esclavo enfermo de ira y resentimiento, la “loser” cobra venganza delatando a su adúltera hermana con su marido o contándole a todos que es bulímica desde los cuatro años, y finalmente, el universo recupera su equilibrio.
Jacqueline Dupré, por ejemplo, luego de traicionar a su hermana, quedó postrada, víctima de la esclerosis múltiple. Perdió el habla, la movilidad, y ─obviamente─ no pudo volver a tocar el chelo.Agonizó durante catorce años, hasta que murió, a los cuarenta y dos. Su famoso marido se casó con otra mientras ella aún estaba viva, y la cuidó su hermana, Hilary, quien luego la destrozó en un libro con sus memorias.
A veces es la vida y a veces es tu hermana, pero el universo siempre recupera su forma. Nadie puede vivir para siempre bajo la sombra fría de un árbol inmenso, así que cuidate Soledad Pastorutti, porque no sabés la que te espera.

 
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