Todas

Bueno, no gané el mundial del blog, se lo llevó -como predije- un blog en inglés. Pero no fue poca sorpresa estar nominada.
Gané otro concurso, "Mejor Artículo sobre la Mujer" por "El feminismo paranoico".
Para usted, Sil, que tanto me festejó el post. Gracias por leerme tanto y tan bien.
Me gané una Ipod. La otra, la ganó Lucía Etxebarría, sepanlo.

Orsai

El amor es un acto de fe, es ver en el otro la escultura dentro del mármol, es sospechar una perfecta sincronía en el tiempo. El amor es vernos, ya no como quienes somos, sino como todo lo que podríamos ser.
Supongamos que te ponés de novia a los 19 años, que él estudia letras y escribe poemas y vos seguís historia en la universidad. Pensemos que ambos son pobres, que subsisten con los vueltos y la caridad de sus mayores, que todavía viven con sus padres, que no tienen intimidad y que tu familia lo odia.
Supongamos también que él consigue trabajo como becario de la biblioteca barrial y vos en un sanguinario callcenter y que entonces se mudan a un departamento horroroso con el baño inundado y las paredes henchidas de verdín y humedad . Demos por hecho que abandonan la pobreza para zambullirse de lleno en la indigencia, que miran VHS pirata, que usan una máquina de escribir sin “ñ”, que tienen agujeros en las medias, que conocen todos los diseños de fideos, que se desmayan de sueño en el trabajo, y que los fines de semana sólo limpian y duermen siestas eternas.
Y así transcurren los últimos años: lavándole a mano la ropa, tipeándole los cuentos, haciéndole café hasta la madrugada, enseñándole a vestirse, dándole clases de inglés. Cinco años limpiando como una fregona miserable, estudiando sin dormir, sacando cuentas en el supermercado, empujándolo para que escriba, para que publique, para que salga del cascarón. Cinco años de sacrificios, de paciente espera, de sueños imposibles, de postergaciones.
Pero entonces, cuando finalmente él gana un premio de poesía, le dan una cátedra en la universidad, una columna en un periódico y un aumento inesperado; cuando llega el tiempo de tener una mucama, una casa grande, un bebé gordito y vacaciones cerca del mar; cuando por fin podés renunciar a tu trabajo y dedicarte completamente a tu carrera, ir a la peluquería, comprarte un lavarropas, ver las películas en el cine, olvidarte de las cuentas, aparece en su trabajo una tilinga en orsai, una desvergonzada esperando robarse tu vida al lado del arco.
Y luego de haber corrido toda la cancha, de haber esquivado a los jugadores, de haberte bancado las patadas, los gritos de la tribuna, el viento en contra, los botines apretados y el jadeo agotador, en ese momento, aparece esta atorranta de la nada, parada al lado del arco, en posición adelantada. Y antes de que puedas reaccionar, la pelota está lejos, y con ella, tu embarazo postergado, tus vacaciones en la playa, tus sábanas de percal, tu orgullo, tu aire acondicionado y tu paz.
Y súbitamente, mientras pensás en qué momento perdiste el balón, ella se aleja con tu vida, acomodándose las tetas frente a un espejo, riéndose a carcajadas, frotándose los dientes con una manga. Y vos, con la camiseta desgarrada y las articulaciones palpitando como una bomba, tenés que volver a empezar, sacando del medio y abajo en el marcador.

La shirito

Definir a “la shirito” requiere precisión y paciencia, porque si bien parece una trepadora rasa, es en realidad mucho más compleja; “la shirito” es una gata en caída libre, que unos segundos antes de tocar el piso, acomoda siempre las patas.
Aunque muchas veces es fea, “la shirito” siempre es dueña de una figura excepcional. Vive en botas puntiagudas, minifaldas y anteojos espejados de moscardón. Tiene siempre un drink en la mano, un cigarrillo eventual y un celular que nunca descansa. Está vestida a la última moda y llena de accesorios, porque es conciente de que su imagen es todo lo que tiene.
Trabaja en el negocio de un amigo, en ventas o relaciones públicas: recibe gente, se muestra, promueve espacios, vende productos o simplemente “está por ahí”. Nunca hace un trabajo concreto, no puede contar hasta diez sin un ábaco, llega todos los días tarde, abusa del teléfono y fabula excusas delirantes para faltar.
En general, “la shirito” no tiene otras aspiraciones que sobrevivir y divertirse; y a pesar de carecer de espacios propios, siempre tiene un amigo o conocido en algún lugar: en una fiesta navideña a bordo de un yate, en una casa en Punta del Este, en una estancia alejada, en una fiesta de celebridades medianas o en un sereno velero prestado.
“La shirito” está completamente obsesionada con ser cool, copetea toda la semana en bares llenos de actores jóvenes, es amiga de alguna banda de música en ascenso, coquetea con un dealer que le regala papelitos y pastillitas y cena en restaurantes de autor. Como buena gorrona, casi nunca paga lo que consume, pero cuando tiene que hacerlo, no le importa vivir a arroz partido el resto de la semana.
Y aunque todo esto es muy pintoresco, la cualidad más llamativa de “la shirito” es otra. Mientras nosotras padecemos las consecuencias de nuestros errores e impulsos, ella es inimputable. No importa qué tragedia la acose; cuando por fin parece asfixiarse en su insensata vagancia e la miseria es inminente, “la shirito” tiene un último golpe de suerte parásita y arregla todos sus problemas.
Si nosotras renunciamos al trabajo intempestivamente, terminamos desayunando mate cocido y tortas fritas con Nina Peloso. “La shirito”, en cambio, consigue trabajo de actriz en la misma sucursal del correo en donde manda el telegrama.
Si nosotras hacemos una fiesta todos los días, nos desalojan con la policía y terminamos en la calle, arropadas con un felpudo robado y tomando vino en cartón para entrar en calor. “La shirito” en la misma situación se cuela en la fiesta de un amigo, y conoce un viejo verde que le ofrece cuidar su casa mientras él vive en España.
El día que no entregamos un trabajo en la universidad, ponen aplazos; pero cuando ella aparece con un papel roído y un millón de excusas, dan prórrogas. Si salimos una noche de lluvia, nos atropella un fletero y amanecemos deformadas en un hospital estatal. A ella la pisa un empresario árabe y se la lleva a una fiesta.
En vano, a lo largo de su vida “la shirito” emprende diversas actividades sin alcanzar el éxito: graba un “demo” como solista, expone sus pinturas al óleo, crea una firma de accesorios, monta una feria americana, se inscribe en la carrera de psicología y se va a Brasil a trabajar en un bar. Sin embargo, tarde o temprano, la verdad emerge con toda su fuerza: hay gente que nació para ir al club, para pintarse las uñas de los pies, hablar por teléfono, leer revistas, o para “shirar” por ahí.

Aritmética popular


“Afortunado en el juego, desafortunado en el amor”
No se puede tener todo. Ni bien conocemos a un hombre ideal perdemos un año en la facultad, y si nos dan un trabajo mejor se rompe el auto y la heladera.
El amor no es la excepción. Los hombres perfectos no existen y por cada virtud tienen también un defecto. Por esto mismo, lejos de pensar que detrás de cada zonzo hay un manantial de cualidades, lo que hay que tener siempre presente es que debajo de un gran hombre, hay también grandes conflictos.

“El hombre y el oso, entre mas feo más hermoso”
Supongamos que en cada hombre es un triángulo. El lado “A” representa el Indice de Landon y corresponde a la integridad, nobleza, y sinceridad del muchacho en cuestión; el “B” -o índice de Clooney-, representa su aspecto físico, y el “C”, también llamado índice de Hawkings, representa su inteligencia, su carrera y, por qué no, su dinero.

“Dios Mío: ¡Quítame lo Pobre! que lo Feo se me Quita con Dinero”
La hipótesis dice, que si bien hay millones de hombres distintos, ninguno tiene jamás los tres lados. A lo sumo, pueden tener dos y un tercero debajo del standard.
Claro que siempre habrá una ilusa convencida de que su novio es perfecto, pero en la mayoría de los casos él es feo –y ella no lo quiere entender-, o la engaña –y ella no lo sabe-, o es un tarado –y ella también.

"El hombre es un espejo para el hombre"
Un buen ejemplo es el galán de telenovelas: si es buenmozo y bueno, necesariamente es pobre; y si es altanero y malvado, definitivamente es rico; y cuando el amor lo cambia y lo convierte en un hombre de bien, pierde su riqueza a manos de un heredero genuino.

"No hay rosa sin espinas"
Aunque nos pese, la realidad –inequívoca y fatal- nos dice que si un hombre es bueno y brillante es irrevocablemente feo, y que si es buenmozo y honrado, necesariamente es bruto o pobre.
Por ejemplo, un escritor talentoso y reconocido, que además sea atractivo, sólo puede ser psicópata, mujeriego o alcóholico. Si en cambio, es precioso y además hogareño y buena persona, es irremediablemente analfabeto o desempleado. Y por último, si es un neurocirujano estrella y además dona la mitad de su sueldo a Unicef, sólo puede ser gordo, enano, pelado o rengo.

"Para muestra, no hace falta más que un botón"
Brad Pitt: (b-c) Como era lindo y su carrera sólo podía mejorar, engañó a su esposa con la mujer más sexy del mundo, adoptó a sus hijos, le propuso casamiento y la embarazó de mellizos antes de firmar el divorcio.
Tom Hanks: (a-c) Casado toda la vida con la misma mujer, cuando dejó de ser un comediante torpón para consolidarse como director y productor, engordó 25 kilos y desarrollo una doble papada de 4 cms y medio.
Jude Law: (b-c) Era hot, pero cuando se casó con su esposa no lo conocía nadie. Ni bien se hizo famoso, se acostó con todas las mujeres del mundo y se puso de novio con una más jóven, a quien también engañó con la niñera de sus hijos.
Daniel Day Lewis: (b-c) Actor brillante y atractivo. Dejó a Isabelle Adjani vía fax.
Bill Gates: (a-c) Es supuestamente genial y el hombre más rico del mundo. Está casado, tiene tres hijos y vive recluido en su mansión, donde juega al bridge y al golf. Es el hombre más feo del mundo, con el peor corte de pelo posible.

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Talking heads

Hace un mes atrás fui testigo de una revelación. Mi hermano Juan, de 25 años, había llevado de paseo a su prima, de 4. Estaban tomando un helado, sentados bajo una sombrilla, y él callaba, con la mirada perdida en la vereda. Ella lo miró tranquila hasta que la curiosidad hizo su trabajo, y con cautela lo interrogó: “Juan... ¿En qué pensas?
Nueve años atrás, yo solía llegar del colegio y almorzar directamente en el teléfono, charlando con una amiga acerca de lo que había pasado ese día, tan sólo unas horas atrás. Los domingos, en cambio, la conversación se iniciaba a la tarde, antes de reunirnos para armar el rompecabezas de la noche anterior, olvidado a causa del alcohol.
Otro hábito que tuve –y que misteriosamente perdí-, es el de contar una discusión con todas las líneas de diálogo, los silencios y miradas que hubo. Sin embargo, aún conservo el vicio de preguntar todo sobre una fiesta de casamiento, una relación que recién comienza o incluso sobre un menú.
Es sabido, las mujeres necesitamos hablar. Necesitamos hablar con otras mujeres: para despellejar a otra, para confesarnos, para pedir consejo, para sosegarnos, para descargar; y necesitamos –también- hablar con hombres: para preguntarles en qué están pensando, cómo les fue en el trabajo, si estamos gordas, si tienen otra, si ya no nos quieren o qué novedades hay. Si tres mujeres se reúnen para cenar, es probable que cada una cuente algo y que las otras dos opinen; sin embargo, la conversación se redondeará por teléfono al día siguiente, cuando dos de ellas se llamen para intercambiar esos pocos comentarios que no era apropiado decir.Si una amiga le cuenta a otra la cita del día anterior, el relato debe abarcar el vestuario de ambos (incluyendo una descripción exhaustiva de cada prenda), el escenario (con su iluminación y decorado), la comida, la música, los monólogos interiores y todas las palabras que se dijeron entre los dos. Si en cambio, es un hombre quien tiene que relatar un suceso, moriremos haciendole preguntas y aún así será imposible paladear una comidilla, saber qué llevaba puesto o que cara puso al saludar. Y esto no quiere decir que nuestro diálogo esté anclado en la frivolidad, esto mas bien significa que nos cuesta callarnos incluso si no hay nada para decir. Mientras ellos pueden hacer borrón y cuenta nueva, padecer en silencio u olvidar, nosotras necesitamos hablar del tema; y si bien a veces la conversación es reveladora y nos libera, muchas otras solo agudiza el conflicto. Nuestra lengua pecadora y curiosa se adelanta a los hechos, serpentea chismosa, murmura resentida, se estaciona en los dientes, nos traiciona o nos obliga a recular. Nuestra lengua tiene vida, es un segundo cerebro, una vieja llena de mañas, una base de datos, un pincel empapado, una causa perdida.
Es sabido, las mujeres necesitamos hablar; o murmurar, o conversar, o charlar, o susurrar, o dialogar, u opinar, o proferir, o enunciar, o preguntar, o comentar, o confesor, o decir, o pronunciar, o exclamar, o balbucear, o gritar, o declamar, o recitar, o sugerir.

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-4

Todas las parejas declaran menos peleas de las que en realidad tienen. Todas alguna vez se gritan, se hieren o vuelven a caer en esa infinita discusión. De hecho, si hubiese una escala de bronca conyugal, podríamos decir que la mayoría está en un nivel 7.
Sin embargo, sus deseos de civilización y madurez los obligan a decir que se pelean de vez en cuando, que discuten con calma, que negocian pacíficamente y que cada uno tiene sus espacios; lo que representaría un nivel 3.
Esta excesiva y celosa intimidad es un peligro, porque nos hemos creído que las otras parejas viven en armonía y equilibrio, y que nosotros somos una suerte de indios embravecidos que no paran de discutir.
Tenemos que abandonar para siempre este mito. Todas las parejas, las enamoradas, las nuevas, las divertidas, las rutinarias, las especiales, las apasionadas, las lacónicas, las ridículas, absolutamente todas, discuten muchísimo.
Y quiero que sepan algo. Todos esos rumores de inmaculado respeto mutuo y desayuno en familia, son sólo una farsante publicidad de mermelada. La verdad es, que todas esas parejas que parecen perfectas, más de una noche se van a dormir separadas, con la cara arañada y un plato de comida pegado en la pared.

 
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