La patchouli

A Pol, un manantial de atrocidades y encantadora violencia.
Decir que “La patchouli” es la abanderada de la pobreza es preciso pero confuso, porque “La patchouli” no padece la carencia, la goza. Entre una copa de cristal con buen vino o una lata de arvejas con sidra caliente, elige la segunda, y entre una travesía mochilera a Machu Pichu y un espléndido viaje a Europa, la elección es al revés.
Podemos pensar que es idiota, y sin embargo, ella sostiene que es feliz. Cuando pela una manzana en el colectivo o se toma esas gaseosas calientes que guarda en la yesca, “La patchouli” se siente natural, proletaria y libre.
“La patchouli” estudia bellas artes, sociólogía o terapias alternativas. Hace collares, buñuelos para vender, recipientes de cerámica esmaltada o cuida un galpón en el Tigre los fines de semana. Hace siete años que cursa en la UBA, pero jamás metió una materia; está demasiado ocupada discutiendo en asambleas, vendiendo revistas y encadenándose a los stands de Franja Morada para protestar.
“La patchouli” se baña poco, hiede a sahumerio barato, se depila de vez en cuando, y jamás se hace cortes de pelo: simplemente lo deja crecer, como maleza desorientada. Supervisa personalmente su guardarropas: compra ropa por kilo en una retacería, separa lo que le gusta y con el resto hace patchwork que canjea en el club del trueque por cajas de espirales para mosquitos.
Vive en una casa desvencijada que comparte con un fárrago de vagonetas, y jamás compró un mueble; todo lo que allí tiene lo recogió de la calle para reciclarlo algún día, y por este motivo, su living es un inmenso basural repleto de sillas rengas y electrodomésticos que funcionan a los golpes.
Tiene un grupo de amigos con los que engendra mamarrachos interdisciplinarios que expone en muestras comunales y Casas de la juventud de la municipalidad. Hacen teatro mudo con diapositivas de intervenciones cardiovasculares, instalaciones de estiercol con una orquesta de quenas y poemas compuestos únicamente con signos de puntuación.
Cambió el Sur por el Norte cuando se llenó de turistas. Viaja siempre para los Carnavales, en los que se emborracha hasta el desmayo con vino caliente y esconde papel picado en la tierra para invocar a la Pacha Mamma. En nombre de la libertad, también se manosea con los lugareños, y se mete en todas las carpas masculinas del camping a intercambiar fluidos y anécdotas del Ché.
Cuando queda embarazada, “La patchouli”sueña con parir naturalmente en el patio de su casa, pero termina bramando de dolor como un animal herido en la puerta del hospital Tornú, suplicando de rodillas que le inyecten medio litro de epidural. A sus hijos, los deja caminar descalzos por la avenida, los llama Añamembui o Huenchumilla, les corta el pelo con una piedra pómez y les hace golosinas con semillas remojadas de toronja. Jamás pisan un jardín y no aprenden a leer hasta los nueve años, demasiado ocupados amasando milanesas de soja y podando las plantas de orégano que fuma su mamá. Desde pequeños, les enseña a no sentir vergüenza de su propio cuerpo y les explica que los pedos, los olores y el mal aliento son expresiones naturales del alma, y que hay que dejarlos ser. Pero curiosamente, sus hijos nunca se le parecen; espantados por la rancia libertad de su infancia, los rincones olorosos de la que fue su casa, y su inmensa ignorancia, se empeñan arduamente en hacer todo lo opuesto, y triunfan como bioquímicos o matemáticos en alguna universidad del exterior, bien lejos de mamá patchouli y su negro hedor a Sai Baba.

El eslabón débil

Desde el principio de los tiempos, la mujer es un símbolo de fatalidad y perdición para los hombres. Adán perdió el Paraíso por la sensualidad de Eva, Sansón se dejó cortar el pelo, secreto de su prodigiosa fuerza, embaucado por Dalila que lo entregó a sus enemigos; y Salomé, con sólo contonear sus caderas, consiguió la cabeza de San Juan el Bautista en una bandeja de plata.
Para los griegos, los hombres vivían en felicidad y armonía hasta que Prometeo robó el fuego sagrado, y Zeus, furioso, quiso castigarlos creando a la primera mujer, Pandora. Hefestos y Atenea la moldearon a semejanza de las Diosas, Afrodita la cubrió de joyas, Apolo le regaló el don de la música, y Hermes, una caja. Epimeteo, quien se enamoró perdidamente de ella y la tomó por esposa, le advirtió que jamás abriera el regalo, pero la infantil curiosidad de su mujer pudo con ella y destapó la caja. De allí salieron todos los males del mundo: la tristeza, los celos, la venganza, la pobreza, la codicia, las plagas y únicamente quedó en el fondo la esperanza.
En la actualidad, abundan los ejemplos. El gran robo al Banco Société Generale de Niza, en julio de 1976, fue resuelto gracias a lo que la criminalistica considera uno de los tres eslabones débiles en estos robos: el uso precoz del dinero, la imprudencia al reducir las joyas y por último, las mujeres. La celosa amante de uno de los asaltantes, convencida de que su novio participaba en largas noches de orgías en una mansión, lo denunció a la policía. Sin embargo, la misteriosa casa era donde la banda se reunía a cavar el túnel, y donde la policía encontró la evidencia, luego de producido el robo.
Ayer mismo fue desbaratado el llamado robo del siglo a causa de dos mujeres: la esposa y la amante de uno de los asaltantes. La primera, despechada porque su marido huía al exterior con otra mujer, se acercó a la policía con parte del botín -una antigua moneda de la dinastía Ming- y delató a su esposo, quien había vuelto al país para buscar a la segunda, su sensual y jóven amante.
Sin embargo, ese que llaman el “eslabón débil” rara vez se abre por fragilidad o inconsistencia. Conscientes o no, las mujeres arrastran a sus hombres a la fatalidad por muchas más razones que debilidad y torpeza; puede ser por amor, malicia, curiosidad, codicia o por venganza también.
Como lo hizo
Helena de Troya con Paris y Menelao, Wallis Simpson con Eduardo VIII, Marguerite Gautier con Armand Duval, Lolita con Humbert Humbert, Cleopatra con Julio César y Marco Antonio, Carmen con Don José y Lady Macbeth con su marido.
Más que un eslabón débil, somos una caja de sorpresas.

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Afuera, la primavera inmunda...

Si bien San Valentín es el festejo más cretino y fraudulento del mundo, aún así, es una terrible ocasión para estar sola. Las florerías nos encandilan con celofanes y espesos moños; Blogger transforma su "B" en un corazón; tu hermana recibe una tarjeta con brillantina de un compañero de primer grado, y TNT repite "Cuando Harry conoció a Sally" una y otra vez.

Y sin embargo, con todo lo dramático que parece, se me ocurren otras ocasiones en las que la soledad es más fría y cruel: un cumpleaños fallido, unas vacaciones en Europa, una noche de silencio en una casa enorme y oscura, o por qué no, alguna de todas estas:

1. En el casamiento de una amiga: el vestido te queda mal porque estás gorda y te sientan con ex compañeras de secundaria que se chuponean con sus novios toda la noche. Uno de ellos te encanta: es ingenioso, lindo y estudia lo mismo que vos, pero cada vez que te habla, la novia le mete la lengua en la tráquea y lo succiona, alcoholizada y celosa. Te presentan un enano imbécil que baila mal, pero no te importa nada, y te lo llevás al baño diez minutos después de arrasar con la mesa de postres como una langosta.

2. Un domingo a la tardecita en Blockbuster: vas con tu mejor amiga, luciendo un jogging manchado con lavandina y una remera de "tapas para empanadas Oralí". La cola es larguísima y está llena de novios acaramelados que alquilan estrenos y compran pochoclo para microondas. Vos conseguís sólo "Durmiendo con el enemigo" en VHS y doblada al español, mientras tu amiga revisa los mensajes del celular cada diez minutos para ver si la llamó el tipo que conoció ayer.

3. Te encontrás con tu ex novio en una fiesta: como te convencieron a último momento, estás de jean y ojotas y no te hacés las raices desde que él te dejó, hace un mes. Él está radiante y tiene una novia nueva, a quien tus amigos saludan como si fuese un pariente. Conversan un rato y surgen varios temas: la beca que ganó ella, lo bien que la pasaron en Buzios, cómo pudieron echarte del trabajo por robar ganchitos de abrochadora y por qué rendiste diseño II mal otra vez.

4. En una cita a ciegas malísima: él es el hermano de una compañera de oficina que ves todos los días. Es un idiota. Te lleva a comer a "FAME" y tienen que ayudar a los viejos a servirse ensalada. Se empeña en sacarte un pato de la máquina de peluches, aunque no quieras. Te habla toda la noche del bagre que pescó en San Clemente, de su primo "destadosunidos" y de la acidez que le da el mate cocido antes de comer.

5. Los sábados a la noche: todas tus amigas tienen una cita. En TV únicamente pasan telefilms sobre mujeres golpeadas y enfermeras roba-bebés. Si salís sola, te sentís una desubicada patética; si te quedás, una matrona acabada. Te quedás chateando en un servidor tristísimo en donde conocés a un gordito depresivo y a un adolescente onanista de 13 años que te hace creer que es un médico de 26.

6. En Año nuevo: hasta tu hermana de 15 años llevó un novio. Toda tu familia te pregunta si estás saliendo con alguien, vos, que sos una chica tan linda, tan inteligente. Tu mamá te pega en la mano cuando intentás agarrar la fuente del vithel thoné -porque vas a engordar, y así nunca vas a casarte-. A las doce, mientras todos se besan y se abrazan, tu tía Beba -solterona y borracha- te susurra que ya encontrarán a alguien ustedes también.

7. Cuando estás enferma: te retorcés de dolor sobre un soufflé de bollos de papel higiénico húmedos, llenos de moco. No tenés más tazas limpias y no hay nada en la heladera. Pedís un remedio a la farmacia pero traen el incorrecto porque estás gangosa y no te entienden. Te quedás sin agua mineral y tu mamá te contesta el mensaje dos días después porque se había ido a Pinamar con un señor, a pasar el fin de semana.

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La bella y la ciega

Así como ellos pueden elegir entre carne o pollo en una boda, fumador o no fumador en un bar, y pasillo o ventana en un avión; si de mujeres se trata, los hombres están divididos en dos grupos: están los que se enamoran de Mary, y están los que se enamoran de Laura.
No hace falta aclarar que es una gran mayoría de hombres la que prefiere a Mary; a la perfecta, universal y armónica Mary, porque ella es todo lo bueno, todo lo que hay que ser. Su rostro es frágil, su cabello dorado y sus ojos azules y profundos. En la escuela, es la mejor alumna; es dulce, comprensiva, serena y jamás se exalta o toma revancha. Si Nellie la humilla o se burla, Mary perdona y pone la otra mejilla; y si le dan una orden o un mandado, Mary obedece sin cuestionar.
Laura, en cambio, es pícara, revoltosa, imperfecta e irascible. Laura escupe, pesca ranas y se enamora ciegamente. Es sentimental, impulsiva, espontánea; siente remordimiento por odiar o sentir envidia, pero no puede evitarlo. Por estas razones, quizás, es tan popular entre los hombres y tiene tantos amigos. Los hombres prefieren pescar, investigar, remontar barriletes con ella antes que bordar con su delicada hermana. Laura es perfecta para ellos, es divertida, es aventurera, es curiosa, y por eso la adoran, aunque luego todos se enamoren de Mary.
Mary adora las flores y odia la violencia. Laura amenaza a Nellie, trompea a Willie y junta renacuajos con la mano. Mary quiere aprender a bordar, a cocinar y tener muchos hijos. Laura quiere aprender a escupir y a correr carreras. Mary tiene piel de porcelana y un largo cabello rubio. Laura es pecosa, tiene los dientes salidos y usa dos trenzas pelirrojas. La mejor amiga de Mary es su madre. El de Laura, un perro viejo.
Pero para nosotras es al revés. No podemos entender por qué ellos se empeñan en enamorarse siempre de Mary, de la insulsa Mary, tan común, tan standard. De ella, que es un ama de casa amaestrada, una oveja del rebaño del señor, una incubadora, una reprimida. ¿Cómo no enamorarse de Laura, que es única? Que es valiente, espontánea, sincera, chispeante, graciosa. ¿Por qué alguien que es perfecto para ella, que persigue y sonríe con las mismas cosas, finalmente siempre se enamora de Mary?
Es un misterio; pero aunque callen sus razones, nosotras lo sabemos: los hombres siempre prefieren a Mary. Con Laura se ríen, se acuestan, se confiesan, se divierten, pero finalmente se casan con Mary.
Ayer, mirando otra vez “La familia Ingalls”, le hice a Martín la pregunta obligada: ¿Mary o Laura? Me dijo que el prefiere a Laura, toda la vida. Y yo sonreí, me alivió que no supiera que había terminado con Nellie. Aún.

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El feminismo paranoico

Estamos tan obsesionadas con la igualdad y los derechos femeninos que nos hemos transformado en conspiradoras paranoicas y resentidas. Nos asusta tanto convertirnos en la mujer detrás del hombre o a la izquierda en la mesa, que hemos perdido el centro.
Hoy, para nosotras, llevarle un vaso de agua a un hombre representa mucho más que un favor; es servilismo, sometimiento, desigualdad.
Vivimos supervisando todos los gestos, como la Santa Inquisición del feminismo. Si nos regalan una licuadora, nos están mandando a la cocina; si nos abren la puerta, nos sugieren que somos débiles; si no nos cuentan algo, no nos dan nuestro lugar; si nos consultan todo, nos ponen en el rol de madre; si nos preguntan qué vamos a comer, en realidad nos exigen la cena y si nos piden un calzón, nos están diciendo siervas, lavanderas, esclavas, lacayas.
Necesitamos dejar en claro que somos iguales o mejores que ellos con tanta avidez y desesperación, que caemos en nuestra propia trampa; porque cada vez que nos importa quien abre la puerta o quien paga la cena, estamos realzando la diferencia, probando que sí existe. Y cada vez que la negamos o la discutimos la hacemos más grande.
La igualdad no llegará hasta que nosotras nos comportemos como iguales, hasta que olvidemos el estereotipo y el mandato. No tenemos que elegir nada. No tenemos que odiar el rimmel para ser inteligentes, ser célibes para ser valientes o pedir delivery para ser modernas. Somos mujeres, y podemos tenerlo todo, lo mejor de ambos mundos: las galletas de jengibre y el doctorado. El ascenso y un costurero. Una familia enorme o una familia de dos. Podemos elegir todo. Y eso, es la igualdad.

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