
Irse a vivir con con una pareja es una decisión complicada, porque implica al mismo tiempo una renuncia y una ilusión. Cuando lo hacemos, muere nuestra privacidad absoluta, quedan al desnudo nuestros hábitos más vulgares y nuestra temida imperfección florece: aparece la ropa interior más fea y raída, se desnuda la torpeza cotidiana, la desidia dominguera o la suciedad que nadie ve.
Pero mudarse juntos también es una experiencia esencial, porque la experiencia compartida le da sentido a las escenas de transición: la felicidad de despertarse juntos, la conciliación del supermercado, la charla nocturna, el café de la mañana, los fines de semana en la cama.
Sabemos que no todo será perfecto; entre toda la ternura cotidiana, los diálogos en el baño, los diarios repartidos y las medias mezcladas, aparecerán las sombras: toallas en el piso, un wallpaper diferente, botellas destapadas, un queso mal cortado o volúmenes disímiles. Lo que nunca anticipamos es que mudarnos juntos será también una suerte de fusión estética, porque no sospechamos que existe una diferencia tan radical y aterradora entre nuestra deliciosa ambientación, y su camión lleno de porquerías.
La mayoría de los hombres entiende los objetos para la casa como útiles más o menos eficaces. Para ellos, la calidad de un almohadón depende de su tamaño, y para nosotras de su diseño, de su textura, de su utilidad e integración. Para ellos, un objeto destruído, sucio, mordido, desvencijado, pasado de moda o maloliente no necesariamente es un elemento que merezca ser descartado, sino más bien una oportunidad de deshacerse del prejuicio consumista y frívolo que representa comprar uno nuevo.
Por todo esto, puedo afirmar que la primera discusión rara vez aparece con la rutina. La primera discusión se da justito al pie del flete, en el preciso momento en el que él delira con subir todos sus cachivaches al departamento: sus muebles pegoteados, su sillón lleno de aureolas, su tenebroso placard o la única toalla que tiene. Convencerlo lleva su tiempo. Hay hombres que pueden pensar que un juego de sábanas de los Super Amigos de 12 hilos es mejor que nuestros blancos perfumados. Pero esto no es nada comparado con toda la basura que aguarda dentro de cajas, escondida como griegos agazapados en el caballo de Troya: su rascador de espalda, el palito para alcanzar los botones de la TV, sus brillantes camisetas de fútbol, su tazón sin asas, sus pósters, sus juguetes para el gato, su mesita de TV sin cantos, los sweaters que le tejió la madre, las partituras del mes en que tocó la guitarra, la colección de play-móvil sin cabeza, la almohada amarronada, las tres impresoras que se niega a tirar y su colección de trapos: la colcha pulgosa de la cama, la frazada que usaba de cortina, la hindú que cubría su sillón y las fundas de los almohadones.
En este momento, es importante ser firmes, porque este aspecto de la convivencia sólo se pondrá peor: nunca levantarán lo que tiran al piso. Nunca dejarán la ropa en una silla o en el placard. Nunca lavarán lo que usaron para comer. Nunca secarán el baño. Nunca encontrarán sus propias cosas. Nunca. Y si tenemos la desgracia de que ellos estén en casa cuando nosotras no, al volver los encontraremos radiantes, con todo el departamento dado vuelta, lleno de vasos usados, cds desparramados, libros abiertos, luces prendidas, juegos para el gato, migas y platos sucios del mediodía. Porque ellos siempre ensucian todo lo que tocan. Siempre tienen que buscar algo entre los papeles. Siempre quieren el short que está para lavar. Siempre harán las cosas más tarde y siempre se olvidaron de los mandados que acordaron hacer.
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