Costumbres femeninas VI

Las mujeres tenemos un vínculo intenso y misterioso con la depilación.
Por un lado, adoramos sentir nuestras piernas sedosas, doradas y lisas. Nos exfoliamos, nos ponemos crema y nos bronceamos esperando esos días del mes en los que efectivamente estamos lampiñas. De hecho, es tan importante, que usamos la misma depiladora toda la vida y organizamos nuestro guardarropas y vida sexual alrededor del schedule depilatorio.
Pero también es cierto que ni bien nos depilamos empezamos a acariciarnos ansiosamente las piernas, como cosechadoras esperando obsesionadas la aparición de los primeros brotes; que a veces nos gusta mirar cuánto pelo quedó en la cera y que sentimos una pasión morbosa por removerlos con la pincita de depilar, especialmente en lugares con mucha luz.
Es hora de que se sepa; cuando nos frotamos las piernas sensualmente en la playa o al borde de una pileta, no estamos mimosas, sólo queremos ver si ya salieron o no.

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The 2006 bloggies

Vía microsiervos me enteré de que soy finalista en la categoría mejor blog latinoamericano en los weblog awards 2006, ─algo así como el mundial del weblog─.
Si quieren votarme, deben hacerlo aquí, buscando la categoría Best Latin American Weblog, aunque no sé si tenga demasiado sentido, porque este blog tiene muy pocos lectores.
Gracias a todos los que me leen y soportan mi malhumor, mis arbitrariedades y mi guerra sin cuartel contra la mayonesa. Y a aquellas que me odian en secreto pero me leen a escondidas, también. Las quiero, chicas.




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Examen de glucosa

Siempre habrá un hombre que adore los chocolates; pero nunca podrá comparar su vicio con la fogosa relación entre una mujer y sus dulces.
Engullir helado sollozando por el amor perdido, recibir cajas de bombones o tomar el té con amigas son costumbres indiscutidas de nuestro género. En Japón, por ejemplo, los dulces son un vicio tan femenino, que en los restaurantes los hombres no reciben carta de postres. En Medio Oriente, en cambio, las mujeres se reúnen a solas a consumir escandalosas cantidades de sorbetes de agua de rosas y masas especiadas de miel con nueces. Y aquí y ahora, cada vez que el celibato nos sorprende, nosotras nos consolamos con helado, y los hombres ahogan sus penas en alcohol. Quizás por eso las monjas se hayan dedicado con tanto empeño a la repostería y los monjes, en cambio, a producir sidra, cerveza o licor.
Por todas estas razones, asumo que quien elige comer dulce de leche del pote o zapallo en almíbar con quesillo no puede ser la misma mujer. Nuestras decisiones pesan, dicen quienes somos.
En una heladería, supongamos, si una mujer pide vainilla y mousse de frambuesas, probablemente es clásica y equilibrada, pero interesante. En cambio, si elige un helado de chocolate y frutilla, es una irremediable simplona sin vuelo que sueña con llegar en mateo a su casamiento.
Aquellas que piden granizado o crema del cielo sin duda son infantiles, caprichosas e inmaduras, y las que eligen sólo chocolate amargo son decididas, intensas y muy seguras de sí mismas.
Un caso aparte son las que piden durazno, menta granizada o crema flan: son impostoras artificiosas llenas de trucos y mentiras, tanto como aquellas que piden un año kiwi, luego Citrus cream, después mascarpone con frutos rojos y ahora mousse de maracuyá, porque viven pendientes de la moda y no conocen su paladar.
Otro caso es el de la que pide mousse de chocolate italiano granizado con almendras y nueces y super dulce de leche con marroc. Inevitablemente es una pesada y melosa, que festeja los cumple-mes y regala cachondos perros de peluche.
Por último, mi recomendación para quienes salgan con una mujer que pide un helado de quinotos al whisky y yema quemada es que le paguen el helado y se vayan corriendo. Probablemente es una loca problemática imposible de conformar.

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Viejos son los trapos

Hay tantos tipos de mujer como mujeres. Las hay serenas, nerviosas, malvadas, dóciles, impulsivas, mundanas, ridículas o divertidas. Tantas son, que es imposible clasificarlas.
Sin embargo, siendo tan vasto el universo femenino, en la vejez no somos más que algunas obsesiones; arquetipos encaprichados con las mismas felicidades: pintarrajearse, comparar nietos, amarretear, pellizcar gorditos, esconder caramelos en el cajón de las bombachas, ir a todos los lugares gratis, rezongar, comer dulces o mirar la televisión.

Los viejos, en cambio, son todos distintos; es muy diferente un campesino a un cantante de tangos. Pero las viejas son todas parecidas, a todas las obsesiona la familia, la limpieza, la coquetería y el dinero; porque todas vivieron la misma vida, no pudieron aspirar a otra cosa: se casaron, atendieron a su marido, cuidaron la casa y criaron hijos. Cuando yo tenga 70 años, habrá todo tipo de viejas: viejas cirujanas, viejas strippers, viejas policías, viejas traficantes, viejas macrobióticas y viejas hippies. Supongo entonces, que estamos ante las últimas viejas pesadas, mártires o jodidas, o que al menos, en un futuro lejano, dejarán de ser una plaga.

La vieja pesada
La vieja pesada consagra sus despojos de vitalidad a fagocitar la paciencia de sus hijos. Aunque vive sola desde hace años, todos los días llama al hijo mayor para reclamarle que no fueron a hacerle las compras –y que necesita dulce de batata con cerezas-, que la mucama le robó sábanas, que los nietos son maleducados, que el portero no hace nada, que la mucama le robó bombachas, que la televisión es chica, que que la mucama se come las cosas a escondidas, que no le compraron los remedios y que nadie la visita.
La vieja pesada acecha a los vecinos porque su perro hace ruido al caminar, porque hay olor a bife o porque ponen adornos navidad no permitidos en el palier. Llama a la administración cada vez que gotea el baño o que el piso del hall está sin lustrar, y está obsesionada con que todos quieren timarla (especialmente los chinos del autoservicio), con las familias Reales (especialmente la española), con la desesperante soltería de su nieta de 18 años y con una lecherita antigua que desapareció de su vajilla fina.
Si tiene dinero o cobra una pensión abultada, con el correr de los años su delirio conspirativo se agudiza de manera insoportable. Piensa que todos están esperando que se muera para despojarla de sus bienes -especialmente esa nuera que detesta-, que le falta dinero en el banco, que sus hijos se quedan con su jubilación o que le robaron joyas y dinero de una peluca que tenía escondida.

La vieja mártir
En el ocaso de su vida, las únicas aspiraciones de esta vieja zorra son psicopatear y llenar de remordimiento a su familia. A menudo habla de su muerte y, con los ojos húmedos y la voz entrecortada, profetiza sobre el oscuro momento en el cual su malagradecida descendencia será abrasada por el fuego de la culpa y el arrepentimiento.
Con su extorsión melancólica lentamente toma el control de sus hijos, quienes apenas sobreviven bajo su yugo perverso y lastimero. Tarda dos días en avisar que se cayó de la escalera “porque no quería incomodar”, aclara que pasará la Navidad sola antes de festejar en otra casa, se enferma y no come si un domingo no ve a los nietos, y llama llorando a las amistades de la familia para narrar el tenebroso abandono al que la someten sus hijos desde que se casaron.
Suele inventar anécdotas con moraleja en las que los protagonistas son siempre una viejecita desvalida y su hijo malagradecido, y vive repitiendo que no quiere ser un estorbo, que se arregla en cualquier rincón, que no quiere inoportunar y que le queda poco tiempo de vida.

La vieja jodida
La vieja jodida tiene una relación patológica con toda su familia. Está unida a sus hijos por un espeso vínculo edípico y se las ingenia para hacerles sentir a sus hijas que son inútiles, feas y mediocres.
Espanta a todas las novias de sus vástagos convencida de que no eran para ellos y luego de casados, somete a las esposas a despiadados hostigamientos, maquiavélicas bufonadas y oscuras camarillas: critica sus comidas, las trata con desprecio y sugiere que son sucias y atorrantas siempre que puede.
A su hija, en cambio, le dice que está mas gorda, que el corte de pelo es ordinario, que su camisa es muy masculina o que tiene más de treinta y sigue soltera. Le cuenta de la hija de su amiga Beba (que se casó con un empresario y se recibió de abogada a los 23) y de la chica de la mercería (que es tan rica, tan fina, tan delicada, tan flaquita).
Con el correr de los años, la vieja ni se molesta en ser “pasive-agressive” y hace a un lado el poco tacto que alguna vez tuvo. Le dice a los nietos que uno es más lindo que el otro, quien es su hijo preferido o grita que la comida está fea cenando en lo de su nuera.
En las reuniones de consorcio, la vieja no tiene control: propone cortarle la calefacción a quien se atrase con las expensas, exige echar al portero porque malgasta el desodorante de ambientes, y sugiere que los últimos robos del edificio están relacionados con la apabullante cantidad de hombres que recibe la chica del 6to 19.

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Tu casa es mi casa



Irse a vivir con con una pareja es una decisión complicada, porque implica al mismo tiempo una renuncia y una ilusión. Cuando lo hacemos, muere nuestra privacidad absoluta, quedan al desnudo nuestros hábitos más vulgares y nuestra temida imperfección florece: aparece la ropa interior más fea y raída, se desnuda la torpeza cotidiana, la desidia dominguera o la suciedad que nadie ve.

Pero mudarse juntos también es una experiencia esencial, porque la experiencia compartida le da sentido a las escenas de transición: la felicidad de despertarse juntos, la conciliación del supermercado, la charla nocturna, el café de la mañana, los fines de semana en la cama.

Sabemos que no todo será perfecto; entre toda la ternura cotidiana, los diálogos en el baño, los diarios repartidos y las medias mezcladas, aparecerán las sombras: toallas en el piso, un wallpaper diferente, botellas destapadas, un queso mal cortado o volúmenes disímiles. Lo que nunca anticipamos es que mudarnos juntos será también una suerte de fusión estética, porque no sospechamos que existe una diferencia tan radical y aterradora entre nuestra deliciosa ambientación, y su camión lleno de porquerías.

La mayoría de los hombres entiende los objetos para la casa como útiles más o menos eficaces. Para ellos, la calidad de un almohadón depende de su tamaño, y para nosotras de su diseño, de su textura, de su utilidad e integración. Para ellos, un objeto destruído, sucio, mordido, desvencijado, pasado de moda o maloliente no necesariamente es un elemento que merezca ser descartado, sino más bien una oportunidad de deshacerse del prejuicio consumista y frívolo que representa comprar uno nuevo.

Por todo esto, puedo afirmar que la primera discusión rara vez aparece con la rutina. La primera discusión se da justito al pie del flete, en el preciso momento en el que él delira con subir todos sus cachivaches al departamento: sus muebles pegoteados, su sillón lleno de aureolas, su tenebroso placard o la única toalla que tiene. Convencerlo lleva su tiempo. Hay hombres que pueden pensar que un juego de sábanas de los Super Amigos de 12 hilos es mejor que nuestros blancos perfumados. Pero esto no es nada comparado con toda la basura que aguarda dentro de cajas, escondida como griegos agazapados en el caballo de Troya: su rascador de espalda, el palito para alcanzar los botones de la TV, sus brillantes camisetas de fútbol, su tazón sin asas, sus pósters, sus juguetes para el gato, su mesita de TV sin cantos, los sweaters que le tejió la madre, las partituras del mes en que tocó la guitarra, la colección de play-móvil sin cabeza, la almohada amarronada, las tres impresoras que se niega a tirar y su colección de trapos: la colcha pulgosa de la cama, la frazada que usaba de cortina, la hindú que cubría su sillón y las fundas de los almohadones.

En este momento, es importante ser firmes, porque este aspecto de la convivencia sólo se pondrá peor: nunca levantarán lo que tiran al piso. Nunca dejarán la ropa en una silla o en el placard. Nunca lavarán lo que usaron para comer. Nunca secarán el baño. Nunca encontrarán sus propias cosas. Nunca. Y si tenemos la desgracia de que ellos estén en casa cuando nosotras no, al volver los encontraremos radiantes, con todo el departamento dado vuelta, lleno de vasos usados, cds desparramados, libros abiertos, luces prendidas, juegos para el gato, migas y platos sucios del mediodía. Porque ellos siempre ensucian todo lo que tocan. Siempre tienen que buscar algo entre los papeles. Siempre quieren el short que está para lavar. Siempre harán las cosas más tarde y siempre se olvidaron de los mandados que acordaron hacer.

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Hasta que la muerte nos separe

En todos los divorcios que conozco, el hombre reconstruye su vida amorosa con más rapidez que la mujer. Quizás porque no cuida de los hijos o porque tiene más libertad económica y emocional; pero la realidad es que a nosotras nos cuesta mucho más dejar ir esa relación que alguna vez creímos para toda la vida.
Como hija de padres divorciados, fui testigo del complejo y recurrente mundillo de sueltos y solteros de 40 a 60 años, y les digo que si bien cada mujer es única e irrepetible, cuando nos separamos de un gran amor, somos siempre la misma mujer. O varias. O todas.

La sai-boba
Es psicóloga, médica o profesora. Luego del divorcio, su vida toma un giro inesperado y sucumbe a las bobadas del new age. Se anota en meditación, reiki y se atiende con un médico homeopático. Compra "La novena revelación", "Ud puede sanar su vida" y devora los libros de Osho. Habla de energías, reencarnación, ascendentes y vidas pasadas. Se vuelve relajada, comprensiva y paciente. Deja de fumar, se vuelve vegetariana y swinger. Hace bendecir su casa por un astrólogo, usa un amuleto y viaja a India. Supera el divorcio con facilidad debido a la frivolidad y estupidez de su marido que insiste en ir a la cama solar y usar jeans de tiro bajo. Persigue a los hijos para que coman semillas de lino, consulten a su guía espiritual o repitan frases cabalísticas.

La desplumadora
Es esposa de un médico adinerado o un empresario exitoso y siempre vivió holgadamente. Cuando se divorcia, contrata a dos buitres de la ley que le consiguen una pensión despampanante, la casa de Punta del Este y el piso de Libertador. Buscando renovarse, se interna en un spa, se lipoaspira, se pone extensiones y botox, se levanta los pómulos y hace shopping en Miami. No sufre demasiado el divorcio; luego de tantos años de infidelidades, cree que es el momento de disfrutar como una reina. Se jacta de haber "pulido" a su marido, a quien ridiculiza y menosprecia cada vez que puede.

La acechadora
Siempre trabaja a la par de su marido, aunque rara vez tiene una carrera. Luego del divorcio, su vida se centra en vigilarlo, controlarlo y respirarle en la nuca como un dragón 24 horas al día. Le revisa los resúmenes de las tarjetas y del celular, lo hace seguir y lo llama y le corta durante toda la noche. Simulando ser una encuestadora, consigue el teléfono de la novia nueva y la asusta, la insulta y le dice que el marido es eyaculador precoz, robó en el trabajo y tiene una orden de captura en Paraguay. Manipula a sus hijos para que presionen al padre y les llena la cabeza de odio y resentimiento y termina todas las citas hablando de su ex como una psicótica demente llena de ira. No obstante, volvería con él si se lo pidiera en cualquier momento.

La deprimida
Es un ama de casa que se casó virgen y para toda la vida. Es aburrida en la cama y nunca se imaginó que su marido fuese tan afecto a las prostitutas, a los boliches de trampa y al sexo anal. Nunca es sensual y se viste como una nena: usa ropa en colores pastel, aros de perla, carteras Mc Taylor y pelo carré. Siempre se dedicó a su familia y sólo sabe cambiar pañales, hacer ricos postres y almidonar camisas. Luego del divorcio cae en un pozo depresivo y no vuelve a levantarse de la cama o a sacarse el pijama floreado y el batín con volados. Cada vez que su ex-marido viene a buscar a los chicos, bañada en llanto, le pide que vuelva y que no destruya la familia tan linda que construyeron juntos. Mientras, la veinteañera que ocupa su lugar hace globos de chicle en el auto, se arregla el pelo en el espejito y se prende de la bocina para apurar el asunto.

La negadora
A pesar de haberse divorciado en 1990, ella todavía se siente casada con su primer marido. Nunca vuelve a salir con otro hombre, y aunque él haya vuelto a formar pareja hace 15 años, ella lo niega. En los eventos familiares, se viste de punta en blanco para impresionarlo y se derrite patéticamente cada vez que él esta cerca. Cachonda y suave, le hace chistes privados, le habla de cuando recién se casaron y de su familia política para dejar a su nueva mujer al márgen.
Siente alivio cuando su ex suegra la reconoce como su nuera e interpreta cualquier gesto de amabilidad de su ex cónyuge como una búsqueda inconsciente de reconciliación.

La reventona
Apenas se divorcia, la reventona se tiñe de pelirrojo, baja de peso y se compra un jean clarito bien ajustado. Nunca tiene un centavo, vive a arroz y zanahoria, está peleada con los padres, tiene juicios con Rentas y con VISA, el hijo tiene problemas de conducta y el ex marido es un infante en bancarrota. Sin embargo, los fines de semana se transforma en una veinteañera despreocupada y sale a reventar la noche con una amiga post-divorcio. Va a boliches de gente jóven, se emborracha levemente, baila arriba del parlante y pasa la noche con un mocoso cualquiera. Tuvo varios novios en poco tiempo: Carlos, un vendedor de autos; Enrique, un ingeniero desempleado; Diego, un chico de 25 años y Ricardo, un casado buen mozo que se queda a dormir en su casa.

La desvencijada
Siempre se tiñe de rubio platinado y adora el brillo, los tacos aguja, el maquillaje, las medias de lycra y la noche. Se vuelve loca por los poemas románticos, la música "movida" y el whisky con hielo. Conoce todos los boliches de gente grande y recorre todas las fiestas de "Solos y Solas" con su pandilla de cincuentonas. Está en todos los mailings de Buenos Aires y cena con "las chicas" en restaurantes con cena show que le hacen descuento a las mesas de mujeres.
Inocentemente, todas las noches cree que va a encontrar el amor de su vida, pero siempre son los mismos viejos piratas que quieren una noche y nada más. Sueña con enamorarse de un locutor de radio que le dedique todos los temas o el dueño de un bote que la lleve a pasear.

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