Mesa para dos

Cuando no hay nada para ver en TV, pongo el Gourmet.com o Utilísima Satelital y cuanto más los miro, más segura estoy: cada canal propone –a su manera- distintos tipos de anfitrionas, que a su vez representan dos tipos de televidente o dos maneras de ser mujer. Si bien las diferencias son muchas, el detalle revelador, creo yo, es la forma de servir: las mujeres del Gourmet.com “emplatan” la comida, y las cocineras de Utilísima llevan la fuente a la mesa.
Las primeras son cool y viven en Barrio Norte, Palermo o Recoleta. Conocen muchas hierbas, especias y granos. Usan arroz salvaje, trigo sarraceno, ruibarbo, bambú, piñones y tomates en rama. Decoran con aceite de albahaca, hojas de salvia o reducción de aceto balsámico. Pican en “brunoise”, “montan” los risotos ,“emulsionan” un aderezo o rompen la proteína de los huevos. Casi nunca usan aceite de maiz o girasol, y productos como el jengibre, el radiccio o el lemongrass se integran a la cocina con absoluta naturalidad.
Las cocineras de Utilísima, en cambio, usan muchos productos elaborados que jamás aparecen en el otro canal: litros y litros de mayonesa, salchichas de viena, jamón cocido, dulce de leche, saborizadores en cubos y pionono o masa de tarta comprada. Decoran sus platos con aceitunas, ajíes asados, huevo duro, lechuga criolla, flores de rabanito, teletubbies de mazapán y claro, mayonesa. Pican en “cubitos”, “aplastan” el puré o “trocean” alimentos y también usan mucho el microondas, las latas en conserva, el queso rallado y las hierbas secas.
Las primeras tienen a Narda Lepes (la súper cool), a Pamela Villar (la perfecta), a Dolli Irigoyen (la matrona peligrosa y controladora –háganme acordar que les cuente de Dolli como suegra-), a Paula (la orejona de la huerta que no puede esconder su amor por el dueño del vivero, Agustín Benito) y a Ada y Hebe Cóncaro (las hooligans incestuosas).
Las segundas tienen a Alicia Gallach (Una molotov de triglicéridos), a Maru Botana (la coneja repostera), a Alicia Berger (la borracha loca), a Teresa Rucci (la ordinaria que fue a la Pitman) y a una rubia regordeta que manosea la comida con tanta lascivia que me descoloca.
Qué comemos y cocinamos delata tibiamente mucho de nosotras, porque al elegir sabores, hábitos, conductas o rituales hablamos de nuestra infancia, de nuestra herencia, de nuestros deseos y de nuestro futuro.
Mi abuela paterna hacía canelones y postre de vainillas y flan Royal. Mi otra abuela, en cambio, hacía cazuela de habas y alcauciles, conocía todas las variedades de duraznos y salteaba grilos con ajo y polenta frita. Las quise a las dos, pero adoré a una, y al elegirla crecí mas libre, mas curiosa, mas intuitiva y mejor cocinera. Porque somos lo que comemos, pero también lo que horneamos.


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La selección artificial


La novedad en materia amorosa es reprobar a aquellas mujeres que afirman que la mayoría de los hombres son piratas narcicistas. Sin embargo, creer que somos nosotras las que los elegimos siempre mal es el último ardid machista, el engranaje clave en la cadena evolutiva de la generación de mujeriegos que hoy nos ofrece la sociedad. Entonces, es verdad que elegimos mal, pero porque es lo que aprendimos, y también, porque es lo único que hay.
La Selección Natural es el proceso por el cual sobreviven sólo los individuos más aptos de una especie. Cada individuo tiene un patrimonio genético heredado de sus antecesores que transmite a sus descendientes, pero cada tanto, se producen mutaciones azarosas en alguno de sus especímenes. Si esas mutaciones son eficaces, el individuo sobrevive y transmite estos nuevos genes a sus descendientes; si en cambio son perjudiciales para su substistencia, el individuo es aniquilado inmediatamente.
Por ejemplo, supongamos que en un principio, en el Artico había dos tipos de animales: de pelaje marrón y de pelaje blanco. Los primeros, con seguridad, fueron presa fácil para los depredadores y eran comidos con mayor frecuencia. Entonces, como los blancos sobrevivían en mayor medida, transmitieron sus genes a sus crías y al cabo de muchísimo tiempo, la especie fue blanca en su totalidad. Si en cambio, supongamos, esta especie hubiese tenido que emigrar a la montaña, los que habían sufrido la otra mutación ─el pelaje marrón─ hubiesen definido la especie.
Entendiendo así esta teoría, la cola del pavo real, por ejemplo, es una torpeza imposible o un misterio. Es demasiado vistosa y pesada para volar, por lo que se vuelve más lento y difícil escapar de los depredadores. Entonces, ¿Por qué una especie conserva una mutación decididamente perjudicial para su supervivencia?
La respuesta es simple: tan importante como la adaptacion al medio, es el instinto reproductivo para perpetuar la especie. La cola del pavo real tiene como único fin seducir al género opuesto y asegurar la descendencia del ave.
Entonces, se llama Selección Sexual al proceso por el cual se reproducen aquellos que sufren las mutaciones más atractivas para el género opuesto. Es decir, que las hembras preferirán procrear con un líder o con el macho que consideren más apto, atractivo y fuerte: el ciervo con la cornamenta más frondosa, el león con la melena más tupida o, en el caso de pavo, aquel que maneje la cola más grande.
Y es la hembra quien “elige” al macho, porque sus recursos fértiles son limitados. Tiene una cantidad disponible de óvulos, que a su vez pueden ser fecundados sólo en una parte de su vida. En cambio, el macho posee espermatozoides ilimitados, y por esto, mientras él intenta esparcir su semilla por todos lados, ella debe meditar acerca de quien es el mejor dotado genéticamente para fecundarla.
Viendo un documental sobre el tema pensé en mi propia especie. En cada sociedad se define un nuevo standard de deseo y atracción. Por ejemplo, hay tribus en donde se privilegia un cuello largo, sociedades en donde se prefiere el pie pequeño o épocas en las que féminas de generosas carnes eran un símbolo sexual. O sea, que en nuestra especie el parámetro es variable y adquirido, no se transmite genéticamente, sino mediante la cultura y el aprendizaje.
En nuestra generación, los padres educaron a sus hijos para mandar, para dominar, para imponerse y para inspirar respeto; es decir, para liderar. Y les enseñaron que la esposa nació para cocinar y tener cría, que ellos pueden salir con alguna loca ─porque eso no es amor, es diferente─ y que llorar es de niñas. Y mientras a ellos les palmeaban la espalda y les daban plata para el telo, o los llevaban a iniciarse sexualmente con una puta, a nosotras nos daban un cachetazo porque “nos dejamos” manosear por un novio –que también era hijo de un pelotudo que le daba plata para el telo─, porque teníamos la pollera corta o porque elegíamos una carrera “para hombres”.
E indirectamente esto es lo que vimos y aprendimos de pequeñas. Que a las mujeres se las pasea desnudas en televisión, que es normal ponerle “puntaje” a una chica, que si tenés un Citroen Claudia Schiffer se refriega en el capot alzada como un gato, o que un verdadero hombre es libre y no se deja mandar o “domar” por ninguna mujer.
Y así llegamos a este punto. En donde la mayoría de los hombres son hijos de hijos de hijos de machos dominantes narcicistas y mujeriegos que sospechan que su género es el más valioso, que están tan concentrados en sus logros y conquistas que no pueden ver otra cosa, que imponen su supremacía relegándonos, engañándonos, cambiándonos como muñecas, que no quieren establecerse, casarse, comprometerse, porque creen que su destino es esparcir su semilla ilimitadamente.
Pero cada vez que elegimos un pavo de cola enorme no sólo nos aseguramos una vida miserable para nosotras, sino también un destino trágico para nuestra especie. Que hoy, el mundo esté lleno de estos hombres es también nuestra responsabilidad, porque los seguimos seleccionando. Cada vez que podemos ver más allá de las plumas de colores y la pavada, y elegimos a otro porque es sensible, talentoso, honesto, ingenioso, noble o divertido, estamos asegurando un gen más para nosotras, para nuestras hijas y para toda la humanidad.

Año nuevo, vida nueva

Con el mes de Diciembre llega el inevitable balance anual y una lista de resoluciones que rara vez se materializan: empezar la dieta, no reincidir con un ex novio, ir al gimnasio, disfrutar de la soledad o conseguir buena compañía para las vacaciones.
Como no quiero incumplir con la tradición, hago mi modesto aporte para todas aquellas listas que aún se encuentren incompletas, y sugiero eliminar de manera definitiva al menos tres relaciones molestas antes del 2006, por ejemplo, estas tres:

La viva bárbara.

Todas tenemos una conocida dedicada exclusivamente a hacernos sentir pisoteadas, sometidas y arruinadas por algún hombre, y que cada vez que nos escucha protestar, siente una compulsiva necesidad de traer a la conversación una hipótesis sobre su supuesta experiencia.
Por todo esto, es recurrente escuchar en sus sermones y crónicas de autosuperación, expresiones como estas: “Pero vos estás loca. Yo si un tipo me dice que no le gusta la comida, lo mando a la rotisería de una patada en el culo” “Ah, no, a mi no. A mi si un tipo no me llama un sábado, que no me vuelva a llamar” “Yo, si un tipo me hace algo asi, lo pongo de patitas en la calle”, ¿Sabés cuanto dura un tipo así conmigo, no?”, “A mi, me hacés algo así y te dejo”.
Pero por suerte existe el tiempo, y posiblemente termine arrastrándose detrás de un dictador machista o entendiendo que cada relación es un mundo, llena de excentricidades y concesiones mútuas.

La relación chicle

Todas tuvimos una relación que amenaza con terminar para siempre, pero que luego reaparece en forma de novio, amigo, conocido o affaire. Nos despedimos varias veces, lloramos, tenemos una última conversación y pensamos seriamente no verlo nunca más, pero un mes más tarde lo cruzamos en un bar, o le mandamos un mail, o nos toca el timbre porque “pasaba por casa”, o lo encontramos en un cumpleaños, o lo llamamos para pedirle un libro, o vamos a averiguar algo a su facultad. Y terminamos en la cama, arrepentidas e incómodas, ahogándonos en el mismo juramento de no volverlo a ver.
Y así una y otra vez. Como una viscosa goma interminable que rebota en el futuro, como el eco del eco, como una sala espejada, como un ciempiés de mil piernas.

Vulgarcita

Existe una mujer que considera imprescindible incluir el tema del cuerpo humano en todas las conversaciones. A diario encuentra ocasión para describir enfermedades y sensaciones con inesperado detalle, o para usar expresiones como “ir de cuerpo” o “mover el vientre”, y palabras como “diarrea”, “vómito”, “acidez”, o “descompuesto”, un comodín repugnante que repite hasta el hartazgo.
Le encanta que sus hijos o nietos hagan pis y caca en una pelela para poder limpiarlos y sentirse “más madre” o explotarle granitos a toda la gente que desee su intervención. Basta con preguntarle si se siente bien, para que arranque con sus profundas disertaciones sobre fluidos corporales y malestares varios, por ejemplo las siguientes: “¿Viste cuando sentís que vas a vomitar pero después vas al baño y solo vomitas agua?” o “No me des mas mate porque tengo diarrea”.
Pero obviamente, quien más la padece es su propia familia, porque no hay día en el que la cochina no los persiga con sus puercas preguntas: “¿Hiciste caca dura?”, “¿Te limpiaste la cola?”, “¿Te duele el vientre, mamita?”, “¿Tenés gases?”...

*Basado en un mail de Ca que contiene una lista de promesas que las mujeres hacemos a fin de año -y que jamás cumplimos-, claro. Gracias.

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Costumbres femeninas V

No le temo al cabello cansado, a la carne rendida. No me asustan ni las ratas ni las arañas. No quiero parir, no quiero morir, pero tampoco es miedo. Yo le temo a a lo mismo que las demás, yo no quiero sufrir.

1.
Las mujeres soñamos despiertas gran parte del día; tomamos una porción de la inminente rutina y construimos una historia en la que todo funciona de maravillas. Siempre sentí que si seguía fantaseando con tanta dedicación, terminaría borrando el límite entre la ficción y mi empañada realidad; y en ese momento, el chico que me gustaba vendría a preguntarme la hora, y yo, emocionada hasta las lágrimas, le diría: "Sí, quiero".

2.
Hay algunos momentos en los que llorar es humillante, ridículo, pesado, patético, y sin embargo, los ojos se nos mojan con lágrimas suicidas, que amenazan con saltar del precipicio sin paracaídas. Siempre que intenté retenerlas, sólo logré poner en evidencia el bochornoso esfuerzo que hacía para contener mi desbordante femineidad herida, y desperté la sospecha de que quizás este mundo era demasiado áspero para mí.

3.
Cada vez que terminaba una relación me incomodaba el mismo temor, el miedo de haber dejado ir a alguien que quizás no era perfecto para mí, pero que no era tan malo después de todo... Siempre pensaba lo mismo: ¿Y si eso era lo mejor que me iba a pasar? ¿Y si esa era la cresta de la ola, el pico de mi vida amorosa? ¿Cómo saber si había un destino mejor para mí?

4.
En general, encarnamos el miedo a la soledad en la imágen de una vieja solterona recluída en una pocilga suburbana, rodeada de gatos gordos y melosos, entregada al ocio degenerativo, aislada del mundo y del jabón, mirando televisión encallada en un pulgoso sillón. Siempre tuve miedo de terminar mi vida sola, y de que esa soledad no fuera una elección, sino una serie de tropiezos que al acumularse se hubiesen convertido en en hábitos, y de hábitos, que al hacinarse, hubieran sellado mi destino.

5.
No importa la ocasión. Una fiesta, una presentación, un viaje, sexo ocasional, un reencuentro, una cita a ciegas, una reunión de ex alumnos, una salida con amigas, un asado con pileta, un casamiento, una clase de gimnasia, un rollo de fotos recién revelado, unas vacaciones en la playa, la primer cena con los padres de tu pareja. Siempre sentí la misma angustia ante la posibilidad de no gustar, de no ser lo suficientemente atractiva, de ser la menos bonita del grupo, de ser simplemente fea.


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Cantón lleno

Dicen que lo que no mata, fortalece, y nunca fue tan cierto como hoy. Desde 1979, debido al problema de superpoblación, en China está prohibido tener un segundo hijo. Es por esto, que muchas parejas de clase media y baja, ante la escalofriante idea de traer al mundo a una costosa hija que no pueda trabajar en la granja, mantenerlos en la vejez, o conservar el apellido de la familia, recurren al aborto selectivo o al infanticidio.
Sin embargo, quienes recurrieron a estos métodos para conseguir un ansiado hijo trabajador hicieron mal la tarea y tendrán que tragarse su misógino orgullo paternal. Las estadísticas dicen que hoy, cada 300 hombres solteros, hay sólo 10 mujeres, que por otro lado, no piensan casarse con pobretones y vulgares granjeros. Concientes de esta novedosa oferta, las chinas eligen sólo herederos o ejecutivos, y ni siquiera aquellas que son feas o poseen alguna discapacidad contemplan conocer un hombre de clase baja.
Irónicamente, la injusticia que las condenó en el pasado, hoy las vuelve poderosas, y los mismos idiotas que las negaron cuando niñas son ahora quienes sufren las consecuencias de su propia ignorancia. Gracias a sus precarios crímenes machistas, verán su apellido morir en la soltería de su único vástago.
Si bien sé que esta tragedia no traerá más que desgracias, quiero pensar que todas las generaciones de hermanas relegadas, esposas humilladas e hijas repelidas aceptaron mansamente su destino porque, a diferencia de sus rudimentarios maridos, ellas ya habían sacado esta cuenta.

La desubicada

Pol, me cansé de esperarlo a tomar el té.
Tarea sencilla es describir a una mujer cuyas acciones lo dicen todo, y sin embargo, aquí estoy; pues mi intención no es descubrir nada nuevo, sino reunir las anécdotas molestas de semejante inadaptada.
En algún momento de la vida, todas entablamos una breve amistad con una desubicada. La conocemos en el gimnasio, en la playa o en una fiesta, pero jamás en un lugar formal; y si bien al principio la encontramos impulsiva, ocurrente, desprejuiciada y libre, luego de conocerla durante algunas semanas, la desubicada se revela invasiva, inoportuna, y maleducada.
La desubicada siempre tiene trabajos no convencionales; es tarotista, profesora de Yoga, dueña de una feria americana o moza en un bar. Es casi siempre soltera y nómade, y su historial de mudanzas es sugerente: vive con un ex novio, en la casa de una amiga brasilera o con una roomate que conoció en la cartelera de Yoga ─y que inevitablemente la odia.
Su inestabilidad habitacional es siempre una bomba de tiempo. Fiel a su estilo, comienza por aparecer en casa con una botella de vino berreta y no se va hasta el amanecer; luego insiste con quedarse a dormir en el sillón porque está borracha y finalmente nos pide asilo por unos días y se queda unos cuantos meses.
En verano, en cambio, la desubicada prefiere fagocitarnos las vacaciones. Cae de sorpresa en la casa que alquilamos, con un bolso enorme y un paquete de fideos, y nos explica que ella se arregla en cualquier lado y que si bien no tiene dinero, nos devolverá el monto que le prestemos en cuanto vuelva a conseguir trabajo.
La situación se repite en todos los ámbitos y épocas de su vida y siempre la víctima es una amiga diferente. De pequeña, la desubicada aparece ─siempre sin regalo─ en los cumpleaños a los que nadie la invitó y no la pasan a buscar sino hasta la hora de cenar. Sopla las velas de la torta antes que el homenajeado y cuando le piden no lo haga, se enoja y se encierra en el cuarto a abrirle todos los regalos.
En el colegio, pide útiles que devuelve rotos o destapados, y si la convidan con algún alimento, engulle la mitad sin discreción.
En la casa de una amiga, aún si es la primera visita, abre la heladera y la revisa con impunidad y descaro. Incluso es capaz de oler los recipientes o “picar” parte de la cena. Si se queda a dormir y no concilia el sueño, prende la televisión del living y a la mañana siguiente, jamás colabora deshaciendo la cama que improvisaron para ella.
En una fiesta, cuando el vecino se queja y el dueño de casa baja la música, es la primera en volver a subirla. Como no cenó, a las cinco de la mañana se mete en la cocina y arma un sandwich con unos quesos que trajimos de Rosario, vomita sigilosamente el baño y abre todos los jabones decorativos para lavarse sus roñosas manos.
No duda en colarse si salís con otra amiga, a quien le pregunta cuanto gana y cuanto pesa en los primeros quince minutos. Interrumpe la conversación con opiniones y anécdotas, no puede pagar su parte en la cuenta del restaurant, habla en voz alta en el cine y se pelea en la cola del baño.
Mas adelante, la desubicada tiene un hijo, a quien le permite toda clase de excesos: lo deja los productos de las vidrieras, le permite gritar, llorar y hacer berrinches en el colectivo y le pela una banana ─que no piensa pagar─ en el medio del supermercado. Sin embargo, es también su hijo la víctima principal de su imperfecto sentido común. Lo alimenta con alfajores y delivery de pizza, lo deja al cuidado de desconocidos o se lo olvida en la puerta del colegio.Podría seguir así llenando carillas con sus delitos, pero esta vez prefiero callar. Todos tenemos los propios recuerdos para suplir esta ausencia: el frasco de shampoo vacío, la toalla mojada en el piso, la polera estirada, la visita sorpresa o unos cuantos dólares menos.


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