«La Magalí» tiene 10 años y es de clase baja. Tiene seis hermanos varones, una madre descuidada y un padre que no quiere trabajar. Va a una escuela privada, que paga su abuela, pero usa guardapolvo blanco para pagar boleto escolar, y por este motivo, sus amigos la llaman «La directora del Thompson».
Sol y Alejandra, de imprecisos 5 y 3 años, tienen una historia bien diferente. Quedaron huérfanas hace unos meses, cuando su mamá las abandonó y su papá se suicidó. El juzgado le dio la tutela a una conocida, que les está enseñando a comer con cubiertos, a caminar calzadas y a usar ropa interior.
Durante los primeros veinte minutos lo único que me ocupó fue contar a los chicos en todas las esquinas. Pero dejé de hacerlo cuando las más chicas me decían "Somos ocho" antes de que empezara.
Mientras tanto, «La Magalí» arribó a la conclusión de que la lana era gratis, porque las ovejas comían pasto y tomaban agua, que no costaba nada. Y mientras ella seguía sacando cuentas en su gordita cabeza, empecé a imaginarla operando una caja registradora, con un cigarrillo humeando en su boca, y fue imposible cambiar de imágen el resto de la tarde.
Sol y Alejandra no entendieron lo de la lana, pero tampoco les interesó demasiado. Se treparon a la tranquera y le agarraron la cara a una oveja enorme que les lamía las manitos buscando alimento.
El corral de las aves fue otro evento curioso. Catalina quedó prendada de los rosados flamencos y el cisne sutil. Lo miró nadar en silencio, moviéndose con elegancia y casi pudo tocar un gracioso patito amarillo que también quiso llevarse a casa.
«La Magalí» no quedó muy entusiasmada, le parecía inverosímil que el cisne no se embarrara, y aunque Catalina le explicó que los cisnes no se ensucian nunca, no quedó satisfecha.
Alejandra y Soledad volvieron a distraerse. Corrieron al pavimento a espantar palomas. Les expliqué que podíamos ver palomas en cualquier plaza e intenté mostrarles el patito, pero quisieron volver al pavimento y las dejé ir, desconcertada.
Donde estaban los felinos tuvimos otro episodio. Un tigre molesto se acercó a la fosa, gruñó asperamente y exhibió sus robustos colmillos. Martina y su hermana se asustaron y se pusieron a llorar, muy angustiadas. «La Magalí», por su parte, no acusó recibo, y Alejandra, en cambio, se acercó al vidrio y le gruñó también. Durante un momento, el tigre quedó enfrentado a una insignificante mocosa de sesenta centímetros y ambos mostraron sus dientes. Ella no dio un paso atrás y él tampoco. Ella no se asustó y él menos.
Cuando terminamos, todos querían lo mismo: dormir, comer y dejar de caminar. «La Magalí» tenía varios baldecitos, caramelos que había guardado y todos los folletos del Zoo. Catalina y Martina tenían plumas de pavo real, flores de jacarandá y lavanda y piedritas de colores. Y Alejandra y Sol tenían lo mismo que los varones: plumas de palomas, que al parecer, lograron atrapar.
Al ver los cuatro puñaditos de plumas, me acongojaron las dudas: si sólo aquellas sin educación juegan como los hombres ¿Qué es propio del género y qué es aprendizaje? Si sólo las que no tuvieron mamá o no fueron al jardín le gruñen al tigre... ¿Nos estarán educando para ser frágiles, temerosas, prudentes, prolijas, sensibles y educadas?
Si el instinto maternal es inherente a las mujeres ¿Por qué sólo dos nenas querían ver al cabrito y las otras dos sólo a la cabra? Quizás el instinto sea tan fuerte que no alcance con procrear. Quizás eduquemos hijas frágiles y temerosas para que siempre necesiten un hombre, se enamoren y tengan descendencia. Y quizás todo el conjunto sea lo que mal llamamos instinto también.


