Cuatro puñaditos de plumas

Por motivos inverosímiles, pasé todo el sábado en el Zoológico de Buenos Aires, cuidando ocho niños ajenos: tres varones y cinco mujeres. Y si bien me tocó vigilar a las niñas, no es tarea fácil si entre ellas son tan diferentes.
Catalina y Martina son hermanas y tienen 6 y 3 años respectivamente. Son de clase media y tienen educación privada y bilingüe. Están cuidadas por sus padres y consentidas por sus cinco tíos jóvenes –entre los cuales estoy yo-.
«La Magalí» tiene 10 años y es de clase baja. Tiene seis hermanos varones, una madre descuidada y un padre que no quiere trabajar. Va a una escuela privada, que paga su abuela, pero usa guardapolvo blanco para pagar boleto escolar, y por este motivo, sus amigos la llaman «La directora del Thompson».
Sol y Alejandra, de imprecisos 5 y 3 años, tienen una historia bien diferente. Quedaron huérfanas hace unos meses, cuando su mamá las abandonó y su papá se suicidó. El juzgado le dio la tutela a una conocida, que les está enseñando a comer con cubiertos, a caminar calzadas y a usar ropa interior.
Durante los primeros veinte minutos lo único que me ocupó fue contar a los chicos en todas las esquinas. Pero dejé de hacerlo cuando las más chicas me decían "Somos ocho" antes de que empezara.
La primera parada fueron las nutrias. Catalina, Martina y yo sucumbimos previsiblemente al ver a las crías nadando detrás de la madre. Eran tan torpes y graciosas, que incluso yo sentí el impulso de llevarme una casa. Pero «La Magalí» nos interrumpió sin anestesia, y nos explicó que era imposible llevarse una, porque sólo cuando fuesen más grandes podrían hacerse tapados de piel como el que ella tendría cuando se case con un señor adinerado.
En el corral de las ovejas, todas las nenas acariciaban un esponjoso corderito. Catalina y Martina lo tocaron con temor y prudencia, alejando la mano ante cada movimiento brusco. Me preguntaron si era de peluche, quien era la mamá, que comía, y claro, si nos podíamos llevar uno a casa.
Mientras tanto, «La Magalí» arribó a la conclusión de que la lana era gratis, porque las ovejas comían pasto y tomaban agua, que no costaba nada. Y mientras ella seguía sacando cuentas en su gordita cabeza, empecé a imaginarla operando una caja registradora, con un cigarrillo humeando en su boca, y fue imposible cambiar de imágen el resto de la tarde.
Sol y Alejandra no entendieron lo de la lana, pero tampoco les interesó demasiado. Se treparon a la tranquera y le agarraron la cara a una oveja enorme que les lamía las manitos buscando alimento.
El corral de las aves fue otro evento curioso. Catalina quedó prendada de los rosados flamencos y el cisne sutil. Lo miró nadar en silencio, moviéndose con elegancia y casi pudo tocar un gracioso patito amarillo que también quiso llevarse a casa.
«La Magalí» no quedó muy entusiasmada, le parecía inverosímil que el cisne no se embarrara, y aunque Catalina le explicó que los cisnes no se ensucian nunca, no quedó satisfecha.
Alejandra y Soledad volvieron a distraerse. Corrieron al pavimento a espantar palomas. Les expliqué que podíamos ver palomas en cualquier plaza e intenté mostrarles el patito, pero quisieron volver al pavimento y las dejé ir, desconcertada.
Donde estaban los felinos tuvimos otro episodio. Un tigre molesto se acercó a la fosa, gruñó asperamente y exhibió sus robustos colmillos. Martina y su hermana se asustaron y se pusieron a llorar, muy angustiadas. «La Magalí», por su parte, no acusó recibo, y Alejandra, en cambio, se acercó al vidrio y le gruñó también. Durante un momento, el tigre quedó enfrentado a una insignificante mocosa de sesenta centímetros y ambos mostraron sus dientes. Ella no dio un paso atrás y él tampoco. Ella no se asustó y él menos.
El resto de la tarde fue, más o menos, parecido. Catalina y Martina alimentaban a los camellos con timidez, Alejandra les metía la comida en la boca y se dejaba lamer y «La Magalí» amarrocaba alimento balanceado en los bolsillos de su cartera.
Cuando terminamos, todos querían lo mismo: dormir, comer y dejar de caminar. «La Magalí» tenía varios baldecitos, caramelos que había guardado y todos los folletos del Zoo. Catalina y Martina tenían plumas de pavo real, flores de jacarandá y lavanda y piedritas de colores. Y Alejandra y Sol tenían lo mismo que los varones: plumas de palomas, que al parecer, lograron atrapar.
Al ver los cuatro puñaditos de plumas, me acongojaron las dudas: si sólo aquellas sin educación juegan como los hombres ¿Qué es propio del género y qué es aprendizaje? Si sólo las que no tuvieron mamá o no fueron al jardín le gruñen al tigre... ¿Nos estarán educando para ser frágiles, temerosas, prudentes, prolijas, sensibles y educadas?
Si el instinto maternal es inherente a las mujeres ¿Por qué sólo dos nenas querían ver al cabrito y las otras dos sólo a la cabra? Quizás el instinto sea tan fuerte que no alcance con procrear. Quizás eduquemos hijas frágiles y temerosas para que siempre necesiten un hombre, se enamoren y tengan descendencia. Y quizás todo el conjunto sea lo que mal llamamos instinto también.
No sé que clase de madre abandona a sus crías. No sé que clase de cría fue esa madre y no sé que clase de madre serán serán las suyas. Sólo espero, para mi hija, un mundo de libertad; un mundo en donde todas puedan adorar al cisne y gruñirle al tigre también.

Los miopes

Hay que ser valiente para reconocer un amor a primera vista. No cualquiera se confiesa tan impulsivo, tan pasional, tan arriesgado. Hay que ser audaz para decirle al mundo que uno se ha enamorado sin más, sin saber si el otro es un asesino, un psicópata o un retrasado mental. Y por más difícil que resulte avalar tal disparate, hay que concederle al amante algún crédito por ser sincero; porque hay mucha inocencia en alguien tan precario y limitado. Repito, no cualquiera se admite tan peligrosamente superficial ante los demás.
De todas las pavadas del mundo, sin duda la más absurda es el amor a primera vista. Es el vicio de los amantes ilusos, de los místicos, de los frívolos y de los necios. Es la confusión entre la cabeza y el cuerpo, la torpe intención de cifrar un sofocón en algo duradero.
Y contra todo lo que pensamos, el amor a primera vista no es la juventud y la ternura. Es la primavera de la frivolidad, el encuentro de dos personas que consienten haberse enamorado en el preciso momento en que se vieron, sin saber si el otro leía, escuchaba cumbia villera o prefería el campo a la ciudad. Para ellos, el amor depende de una blanca fila de dientes, una linda remera o un auto descapotable, y las demás cuestiones pueden verse con el tiempo.

Mary Poppins y la linyera

Mi mamá tiene la cartera más desordenada y cochina del mundo. Tiene una billetera hinchada de papelitos, pastillas sueltas, anteojos rotos, muchísimas lapiceras robadas y algún teléfono que perdió. Cuando era chica, me encantaba ordenarsela: juntar las monedas, acomodar las tarjetas, tirar los tickets y las bolsitas; y pensaba, que cuando fuera grande, tendría la mía siempre impecable.
Pero no tuve suerte. Como todo maleficio familiar, también lo heredé yo: no sólo tengo la más desordenada, sino que está siempre incompleta y vacía.
En líneas generales, creo que el interior de la cartera define una clase de mujer, o ─para ser más precisos─, dos. Estamos nosotras, las linyeras, y está Mary Poppins, con su valijita mágica y perfecta.
Las linyeras como yo, vivimos fantaseando con tener una cartera ordenada, surtida y prolija, pero jamás lo logramos. La cambiamos con frecuencia y tiramos adentro lo que podamos encontrar en esa ocasión. Por ejemplo, yo ahora tengo una taza, una tarjeta de débito, una birome, un papel mamarracheado, edulcorante, monedas y un pedazo de sobre de capuccino instantáneo. Pero bien podría tener un cartucho recargable, un paquete de chicles, crema de manos y un gajito de planta podrido. En cambio, Mary Poppins tiene un hospital, una escuela, una peluquería. Lleva consigo todo aquello que puede necesitar una mujer, desde azúcar hasta un par de medias extra.
Mary Poppins tiene monedero y billetera. Cambia monedas en el banco por precaución y siempre lleva cédula de identidad, tarjetas de crédito y de teléfono.
Nosotras, las linyeras, optamos por un sistema mas cómodo. Tiramos bollos de billetes de dos pesos en el fondo, para comprar golosinas y conseguir cambio durante el día.
Mary Poppins tiene una cartuchera llena de útiles escolares, y a pesar de llevarlos a todos lados, nunca los pierde y sólo los reemplaza cuando están gastados.
Las linyeras jamás vimos el mismo lápiz dos veces. Tenemos una birome explotada en el fondo que manchó todos los billetes y el forro de la cartera y preferimos mendigar lapiceras en la cola del banco o anotar con delineador.
Mary Poppins tiene una barra de cereal ─por si tiene hambre─ y pastillas de menta, para refrescar la garganta.
Nosotras nos inclinamos más por los chicles fuera del paquete, los envases de golosinas, los cigarrillos picados o caramelos sin envoltorio y rebozados en tabaco.
Mary Poppins tiene agenda.
A nosotras nos gusta anotar todo ─menos el nombre del contacto─, en papeluchos mugrientos y desparramados. Preferimos ejercitar la memoria recordando visualmente que “el de la oficina es el que está escrito en lápiz sobre papel rosa”.
Mary Poppins tiene lima de uñas, costurero, jabón, desodorante, toallitas femeninas, perfume y una hebilla extra.
Las linyeras preferimos vivir a la buena de Dios. Nos sentimos más cómodas gritando y pidiendo ayuda a las desconocidas del baño o a las compañeras de trabajo y atándonos el cabello con una lapicera o un nudo.
Y las diferencias podrían seguir toda la vida. Carilinas, papel higiénico. DNI, súplica para que te paguen el cheque así. Cupón para retirar ropa de la tintorería, vago recuerdo de la bolsa. Subtecard, tarjetas de subte usadas. Un libro, carteles de subte.
Me causa una envidia villana quien mantiene ordenada su cartera, porque fantaseo con que su vida debe ser más simple, aunque nosotras, las linyeras, estamos tan acostumbradas a vivir al margen de la ley y el confort, que podríamos pasar incluso por creativas.
Sin ir más lejos, hoy cobré un cheque sin DNI, retiré fotos sin el cupón y deje cuatro mensajes en el teléfono que creo, es del laverap. Habrá que esperar y ver.

Cursi

El romanticismo es el hermano mogólico del amor. Es agregarle azúcar al té, es la galera de un mago berreta, el marketing de la cita, la luna premeditada. Es poner música incidental, apagar la luz para encender las velas y regalar flores envueltas en celofán.
El amor, en cambio, no necesita de adornos o aniversarios, prescinde de anillos y detesta las serenatas y las burbujas del champagne.
Y mientras el romanticismo se empeña en decorar las noches con su magia guionada y sus postres empalagosos, el amor crece al costado de una maceta o en las esperas que nadie recuerda.
El romanticismo habla mal del amor. Como un poeta tartamudo, un pariente latoso, una vieja pintarrajeada. El romanticismo es el defecto cursi de los amantes sin paciencia.

Instantáneas de un asado


Las mujeres ocupamos un lugar gris y marginal en el ritual del asado. Mientras que los hombres se reúnen alrededor del fuego, a nosotras nos corresponde el accesorio mundo de la ensalada y trilladas actividades domésticas como poner la mesa, lavar los platos o servir el postre. Sin embargo, lentamente hemos posicionado la ensalada en un lugar más atractivo dentro de este ritual, transformado la despreciable lechuga criolla en un "mix de hojas verdes" y ganando un lugar en la parrilla para nuestras calabazas.
Pero para algunas, no poder acceder a un lugar de mayor protagonismo cerca de la carne, es perturbador, y es por esto que se dedican a atraer las miradas de las formas más impensadas. Se me ocurren cinco variantes que inequívocamente aparecen una y otra vez en este tipo de eventos.

La novia muda: La mayoría de las veces que un muchacho presenta una novia, es muda. No sólo no conversa con nadie, sino que cuando le hablan se pone colorada y contesta con monosílabos. Durante todo el evento se aprovisiona de comida y bebida de la siguiente manera: tira de la manga de la camisa de su novio y le susurra al oído que quiere "seven up" o que la carne esta cruda y el caballero lo traduce para el resto de los comensales, como si ella no pudiera.

Instantánea: la muda se niega a aceptar un pedazo de carne mientras el anfitrión le dice que no ha comido nada.

Saturnina y familia: Saturnina está convencida de que el asado gira alrededor de sus hijos, y que todos debemos esperar que sus chicos tengan hambre para comer, que se callen para charlar y que se despierten para tomar el té. Los mocosos, siempre maleducados, lloran cuando se enteran que nadie compró pollo, que no hay coca cola o que la torta es de ricota. Ella, por su parte, obliga a la anfitriona a revolver todo el freezer buscando un postrecito o a prestarle una remera limpia para cambiarles la que vomitaron.

Instantánea: el perro llorando encerrado en el fondo debido a que puede "atacar" a los pequeños.

La desubicada: es una amiga o la hermana de la anfitriona y nadie la invitó al asado. Cae sorpresivamente a las cuatro de la tarde y la dueña de casa tiene que calentarle comida y volver a poner la mesa. Jamás levanta nada y mientras las demás lavan los platos ella fuma y charla con los señores. A la tarde, le come el dulce a las facturas, suelta al perro, se mete en la pileta -que está clausurada- y coquetea con el marido de una invitada.

Instantánea: la desubicada sube la música de la radio a todo volúmen y baila, con una copa de vino en la mano.

Martha Stewart: la anfitriona, quien amablemente cedió su casa, comienza a poner mala cara luego de los chorizos. Se arrepiente de haber ofrecido su hogar cuando un almendrado se derrite en su alfombra, le rompen dos o tres copas, o la dejan sola con los platos sucios. Reprende a su marido en la cocina durante todo el evento y cuando los invitados se van, hace un escándalo supremo y jura no volver a ceder la casa para un almuerzo.

Instantánea: la patrona se levanta a limpiar cuando la gente todavía está tomando mate. Las mujeres, incómodas, la ayudan en silencio.

La koala: "la koala" no come carne, no toma gaseosas ni agua de la canilla. Come sin sal, es alérgica al tomate y sólo consume azúcar rubia. Cuando llega, los dueños de casa se preocupan, pero ella se ríe y desestima el problema alegando que puede comer choclos, ajíes asados, ensalada y torta. Finalmente no come nada, preocupa a todos y habla todo el almuerzo sobre la vida sana y la organización "Greenpeace".

Instantánea: "la koala" discute durante toda la comida con un gordito carnívoro acalorado por el vino y el colesterol. El la trata de "rarita" y se vuelve loco cuando le dicen "triglicéridos". Ella le mira la panza con pena y le habla de las marsopas en extinción y los zapatos de cocodrilo.

Carta abierta a la incontrolable anciana tallerista

Sabemos que está ahí; entre la burra, la chica linda que falta mucho, la muda, y la anteojuda intelectual, está usted. En el fondo de la clase, escondida detrás de su reluciente cuaderno de anotaciones y su saquito abotonado, está usted, insoportable, verborrágica, espesa mujer de largas observaciones. Está usted, esperando que el profesor termine la línea para levantar su mano veloz y pistolera, esperando para acotar y compartir. Está usted, asintiendo cada palabra con su aburrida cabezota demodé.
Sabemos que esta ahí, anhelando recuperar el tiempo perdido a expensas del nuestro, luchando con la bolita del mouse, alejando y acercando sus añejos lentes, soñando con recibirse de socióloga o abogada, pretendiendo renovar su anecdotario medieval.
Sabemos que está ahí porque usted nos lo recuerda cada vez que le pide al profesor que repita, cada vez que lo interrumpe con sus ociosos aportes voluntarios, cada vez que lo arrincona en el escritorio al finalizar la clase.
Y por eso le decimos, incontrolable anciana tallerista:
Que estamos hartos de que esté en cada curso, en cada carrera, en cada aula de la Universidad.
Que sus atesorados apuntes son un vómito incontrolable de pavadas que jamás encuentran el centro.
Que a nadie le interesa donde trabaja su hijo, sus viajes a Europa o su monocorde experiencia docente.
Que el profesor la odia en silencio, gerontísima lamebotas, que tiene la paciencia quebrada y la vocación dormida desde que Ud. apareció en su clase.
Que su pregunta sí molesta. Que no toleraremos más que solicite recomendaciones, consejos, correcciones u opiniones. Que ese libro sí es viejo y no sirve para el curso, que ya se lo dijeron.
Que su torpeza la pone en evidencia: detrás de sus preguntas absurdas no hay jamás una duda genuina. Su único deseo es hablar, promocionarse y sugerir que sabe algo del tema.
Que tenemos mucho miedo de tenerla en un grupo de trabajo algún día y que escriba una presentación con su obsoleta y enrulada letra de mapoteca abandonada.
Que nos da vergüenza ajena que no acepte que es una bruta y siempre acote que “lo sabía” cuando la corrigen.
Que esto se tiene que acabar. Que está nublando nuestros sueños, consumiendo nuestras horas, chupandonos la energía, las tiernas esperanzas y las ganas de aprender. Que esto se va a acabar, insaciable e incontrolable anciana tallerista. Que va a terminar, y antes de lo que usted cree.

El sueño universal o la pesadilla infinita

Hay mujeres que nacen malditas y viven muriendo. Mujeres unidas por la esperanza del mal amor, envenenadas por un sueño imposible y un hábito perverso. Mujeres con un empeño incivil, que buscan, sin descanso, la piedra y el frío. Mujeres hermanadas por un pecado de ingenua soberbia: la insistente búsqueda del hombre canalla y del amor infecto.
Sería inexacto decir que todas estamos contaminadas por mismo hábito, pero somos muchas las que caemos en la engañosa pesadilla del galán invicto. Aunque más no sea en la vigilia, todas queremos enamorar a un parco, sombrío, ermitaño, hosco y solitario hombre, para transformarlo en un cordero de ojos tiernos.
¿Por qué nos resulta atractivo el hombre que no está disponible para nosotras? ¿Por qué la bondad, la honestidad o la entrega no son sensuales? ¿Por qué nos atrae el rechazo o la malicia? Lo primero que pienso es real, pero aburrido: crecimos en una sociedad en la que el hombre más valioso es aquel que más mujeres tiene, en donde un novio fiel es un perdedor y haber sido abandonado es sinónimo de "patético".
También pienso en nuestro afán de posesión. Cuántos hombres murieron conquistando tierras lejanas, domando peligrosas bestias o intentando desafiar el mar. ¿No será, entonces, que nos mueve la ambición de poseer aquello que nadie puede tener? ¿De poseer al hombre más valiente, más rudo, más inalcanzable?
Nos vendieron la imágen del héroe recio, peligroso, torturado, e insensible. Crecimos soñando con James Dean, con Rhett Butler, con Heathcliff, con Lancelot, con Humprey Bogart, con John F. Kennedy, con George Clooney o el Conde de Valmont. Compramos ídolos de rock con pesadillas, galanes con adicciones, don juanes inalcanzables y caballeros míticos. Pero ninguna leyó novelas de maridos contadores y gorditos, de veterinarios llorones, de reposteros simpáticos, de petisitos que usan el lavarropas o de cornudos compungidos.
No tengo sugerencias para detener esta pandemia; jamás supe yo como desandar el camino errado. Cuando perdí, alimente el mito y el sufrimiento: un desengaño sólo perpetúa la fantasía del amor torcido. Y cuando gané, el premio fue mas nocivo que el castigo.
Cuentan que Juana “La Loca” tenía delirios místicos antes de casarse, muy enamorada, con Felipe “El hermoso”. Yo creo, en cambio, que fue la belleza de su marido lo que la enloqueció. Sus descaradas conquistas en la corte no impidieron que tuvieran seis hijos, pero empujaron a Juana al exceso; cuentan que en una ocasión atacó con un peine a una dama sospechada de ser amante de su marido. Al morir Felipe, Juana dejó de asearse y no se separaba del féretro. Su familia la encerró en Tordesillas y allí pasó sus últimos 46 años, con el cuerpo cubierto de llagas y el mismo vestido.
Las mujeres malditas estamos destinadas a sufrir. A la soledad, o en el peor de los casos, a la compañía de aquel que todas quieren. Vivimos persiguiendo vaqueros y gladiadores cuando el amor quizás nos espera en el delantal de un farmacéutico miope, en el café de un blibliotecario mudo o en las lágrimas de un perdedor.

 
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