The elephant y Elizabeth Siddal

Dante Gabriel Rosetti se casó muy joven con una de sus modelos, una delicada pelirroja llamada Elizabeth Siddal; y poco tiempo después, confirmó lo que él ya sabría: que era una mujer de constitución enfermiza.
Tan enamorado estaba Rosetti de su mujer que la pintó varias veces: como la Reina Negra, María Magdalena o algún personaje griego. Durante su luna de miel, también pintó una tela muy extraña, titulada "How they met themselves", acerca de una pareja de amantes que se encuentran consigo mismos en el crepúsculo de un bosque.
Pero pasado un tiempo, el poeta tuvo más modelos y se enamoró perdidamente de otra: "the elephant", una robusta mujer blanca, también de cabello colorado, que de alguna manera representaba el anverso de su frágil esposa.
Una noche, Swinburne fue a cenar a su casa y Rosetti le pidió que lo acompañe a dictar una clase. Se despidieron de Elizabeth y se marcharon, pero al doblar la esquina, Rosetti le confesó a su amigo que no tenía compromiso alguno, que en realidad iba a ver al "elefante".
Rosetti se quedó hasta muy tarde con su amante y cuando volvió, la casa estaba en penumbras. Su mujer se había excedido en la dósis de cloral que solía tomar para el insomnio y estaba muerta. Rosetti comprendió inmediatamente que ella sabía toda la historia y se había suicidado.
En el entierro, aprovechó una distracción de sus amigos para hacer un sacrificio: sobre el pecho de su esposa muerta, dejó el manuscrito de los sonetos que se reunirían luego bajo el título The house of life.
Inmediatamente después, Rosetti rompió su relación con "the elephant" y se recluyó en una quinta para dedicarse a la poesía y la pintura. Vivió muy retirado y casi no recibía visitas, hasta que sus amigos lo citaron y le exigieron que desenterrase el manuscrito. A pesar de su negativa inicial, finalmente el poeta cedió y esos sonetos se publicaron, determinando su gloria posterior.
En 1872 Rosetti muere en su quinta, una especie de zoo exótico que incluía canguros y otras especies. Según anticipaba en su cuadro, repetía el suicidio de su mujer: se había hecho aficionado al cloral, y muere también por una sobredosis.

Pretenciosa recreación de una anécdota que cuenta Borges -con más detalle y eficacia, claro- en una clase de Literatura Inglesa, recuperada para el libro "Borges, profesor"

Doña Segunda Sombra

Cuando era chica, tenía una amiga del barrio dos años menor que yo, Brenda. Era hija de una pareja de ingleses, los Roberts, un matrimonio tradicional dedicado a consentir a su única hija. Su playground era un paraíso infantil en el que había preciosas muñecas importadas, una cocina verdadera, una máquina de pop corn, un poodle lanudito y también una casa en el árbol.

Sin embargo, Brenda tenía una aburrida costumbre que exponía una secreta rutina de suspiros y de envidias; cualquiera fuese el juego, ella siempre quería ser Maia Mactas.
Inútilmente le expliqué que podía ser cualquiera: la comandante Diana, She-ra, Sor Piedad o Lynn Minmei, pero mi amiga estaba empecinada con su modesta ambición. Para ella, el deseo empezaba y concluía en ese nombre triunfador. Pudiendo elegir un unicornio, una nave nodriza o un gran amor, sólo quería ser una simple compañera de primaria.
Pero curiosamente, lo que yo creí una manía personal resultó ser un hábito: mi sobrina juega a ser Camila Praino -una compañera de jardín-, mi mamá usa el nombre de una clienta en su e-mail y una amiga firmaba su diario con la identidad de una actriz que inventó.
Todas las mujeres sentimos el frío de estar a la sombra de otra: de una hermana perfecta, de una amante adorada, del gran amor de nuestro gran amor, de la arpía que te robó el marido, de la amiga que te estafó, de la mejor de la clase. Todas tenemos un nombre y un apellido lleno de sentido y de fracasos privados.
Para Brenda Roberts, el nombre era Maia Mactas. Para mi mamá, el de la actual mujer de mi padre. Para mi tía, la madre que la abandonó. Para mi cuñada, la eterna novia de mi hermano. Para mi mejor amiga, la destacada de la Pueyrredón. Y en mi caso, debe ser una socia que perdí hace tiempo.
En cuanto a las que conocieron mi sombra, de esas sólo recuerdo a una -la víctima de mi mafiosa preeminencia escolar- ¡Perdoname Vargas! Si volviese a la secundaria, dejaría que todos te digan Mariela.

La vieja binguera


La vieja binguera es una señora mayor que goza de un ingreso abultado que despilfarra en chucherías. Suele vender cosméticos por catálogo, ser dueña de una boutique barrial, enfermera de un geriátrico o empleada municipal.
Si bien es ordinaria y llamativa, la vieja binguera jamás es pobre. Adora la ropa brillante de polyester, las carteras “sobre” de cuero ecológico, los accesorios dorados, el animal print, y las sandalias de taco alto. Su payasa coquetería la empuja al abismo: se enmanteca la cara con una profusa capa de maquillaje que se derrite sobre sus dientes y destila un vapor de zorrillo que se agudiza con cada visita al tocador.
Sus hábitos son vulgares y calurosos; adora bailar “apretado”, las bebidas alcoholicas –especialmente el “champán”-, el teatro de revista, las novelas de canal nueve y la música de Sandro, Roberto Carlos y Luis Aguilé. Y para ella, tomar una copa en una “Confitería”, pedir remises con frecuencia o veranear en un hotel con pensión completa son sinónimos de status.
Sin embargo, no son las cafeterías o los bombones de licor los que le alegran la vida. La vieja binguera siente que toca el cielo con las manos cuando pisa un bingo, un garito o un casino. Su único y gran amor es la timba.
La vieja binguera está convencida de que el mundo es un sistema de señales para los números de la quiniela, y vive pendiente de cualquier desgracia que le arroje un número ganador. Los fines de semana concurre al bingo con sus amigas de toda la vida: un grupo de viudas que también adora apostar. Pueden llegar a jugar cien cartones en una noche y son tan profesionales, que en la mesa apenas se conversa.
Pero más allá de la rutina, la vieja binguera espera dos eventos con anhelo juvenil: el té bingo, en donde fantasea que su adicción al juego es un acto de caridad señorial; y las vacaciones a Mar del Plata. Para ella, la felicidad es revolver un whisky sentada en las máquinas tragamonedas, canturreando un tema de Perales, un caluroso sábado por la noche.

La madre-Smirnoff

Yo soñaba con vivir en la publicidad de Nestlé. Quería una mamá que doble las servilletas en forma de cisne, que participe en las reuniones de padres, que te prohíba ver tele, que te revise la tarea y que derrita cubitos knorr.

Yo quería una mamá Betty Crocker; un peñón macizo, un cuaderno de recetas familiares, una brújula de madera, un jardín de tomillo y salvia.

Y entonces me pasó lo que a todos los que desean algo con demasiada intensidad, me sucedió lo contrario. En vez de una madre, me tocó una hija: una adolescente que insiste en ser mi amiga, que me habla de novios y de candidatos, que toma diuréticos adelgazantes, chatea por el messenger y miente sobre su edad. Me tocó una madre Smirnoff, una señora que patalea como una quinceañera; que no tiene estructura y se desmorona ante cualquier imprevisto, que es sorda ante la voz de la razón; que no tiene conducta ni rutina.

La madre Smirnoff prescinde de los miedos y rituales de los padres comunes, porque concentra todos sus prejuicios y supercherías en cosas más interesantes. La mía, por ejemplo, no compra productos transparentes porque no limpian, proscribe a la gente sin mentón, maneja sin registro desde los veintiséis, se automedica aconsejada por farmacéuticos y se pelea por los cigarrillos.

A diferencia de la madre Nestlé, la Smirnoff nunca predica con el ejemplo; su conducta es una sucesión de atrocidades. Mi madre suele cenar en un restaurante sólo para obligar al mozo a repetir “Salan bar” y “alníbar” toda la noche, usa el nombre de varias clientas como identidad falsa en la web, se burla descaradamente de la exuberante religiosidad de su consuegra y una vez rompió la barrera del peaje por pasar sin pagar.

La madre Smirnoff tiene muchas excentricidades: la mía es sonámbula y siempre espera visitas. De noche, hace café para varias personas, lo sirve en el living y se va a dormir. También sigue al pie de la letra las instrucciones de tarotistas y gitanas y suele cerrar una discusión citando las instrucciones de alguna bruja que visitó: “¡Pero me lo dijo Beatriz, estás embarazada!

Otra característica de la madre-Smirnoff es que siempre se divorcia, pero no se recluye. En vez de llorar en una cama, se entrega a las bebidas blancas mientras persigue a su ex marido con dos abogadas feroces que le embargan hasta la última posesión; y con la venganza, florece: adelgaza, cambia el guardarropa y renueva sus votos con la soltería saliendo al mundo exterior. Surfea la noche, esquivando sesentones fiesteros, veteranas oxigenadas y pulposas cuarentonas en el borde de maduración.
La madre-Smirnoff no le teme a las citas y está dispuesta a reincidir en el amor. La realidad la deprime, pero no la desanima: una vez por semana, yo escucho a la mía relatar el fracaso de la semana anterior: a “Ito” lo dejó por hablar en diminutivo; a Carlos por ordinario -decía “ambo” y ayunaba todo el día si cenaba en un buen restaurante-; a Rubén porque le mostraba las porquerías que pintaba su madre, a Roberto porque era un looser y a Ricciardi porque devoró toda la ensalada antes de que llegue el plato principal.

Crecer en una publicidad de Smirnoff no es fácil, pero es divertido. Y si bien jamás aprendí a planchar o a limpiar el baño, me quedé con lo mejor: la marca del shampoo, el humor, la fascinación por el psicoanálisis, la eficiencia, la independencia y la creatividad.

Supongo que es como el pelo; quien lo tiene lacio quiere bucles, y la de rizos se lo plancha. Quizás, en algún lugar, la hija de la madre Nestlé esté escribiendo lo mismo que yo.

Edith Swaneshals

Cuenta Borges que cuando Harold I, Rey de Inglaterra, murió en la batalla de Hastings, los monjes de una abadía cercana quisieron darle cristiana sepultura. Sin embargo, como los mercaderes que seguían al ejército habían saqueado los cadáveres y los habían despojado de sus armaduras, fue imposible encontrar el cuerpo.
Entonces el abad recordó a una querida que supo tener Harold y luego abandonó; una mujer que Borges imagina alta, rubia y delicada: Edith Cuello de Cisne.
Edith vivía cerca, en una choza en el medio del bosque, y había envejecido prematuramente. El abad le explicó que Inglaterra había sido ganada por los normandos y le pidió que los ayude a reconocer el cadáver, porque si alguien podía reconocer el cuerpo desnudo del Rey, esa era su amante.
Edith se abrió paso entre el hedor de los muertos y las aves de rapiña, y caminó un largo rato sin decir palabra. Pero en un momento, se detuvo en un cuerpo y lo cubrió de besos. Reconoció en él al hombre que había amado.
Y así fue como los monjes dieron sepultura a Harold, el último Rey Sajón de Inglaterra.

 
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