Dime qué padre tienes

Hace algunos años, estaba yo amargada por la pérdida de algún patán. Como siempre, la tarde me encontró conversando con mi madre, que a esa hora ya tenía veinte cigarrillos y medio frasco de dolca puro en la sangre.

La confesión llegó sin previo aviso:

“Es que vos tenés un Edipo mal resuelto, Carolina. Se suponía que fuese yo quien te separara de tu papá, que te marcase el límite, que te dijera que ese hombre era mío, que vos ya ibas a encontrar uno para vos... Pero tu papa era tan picaflor... ¿Qué te iba a decir? ¿Qué era mío? Si no me lo creía ni yo... Y vos eras tan cínica de chiquita, te ibas a cagar de risa desde tu sillita de comer...”

Este relato confirmó mis sospechas: no hay forma de engañar al destino. Siempre que creímos elegir distinto, no fueron más que disfraces. La selección es matemática pura, esté destinada a fracasar o no: si tuviste un padre picaflor, vanidoso o narcicista, es difícil que elijas lo contrario. Porque uno es lo que vive, lo que ve, lo que aprende.

Es más fuerte que el hábito, pero más débil que el destino: dime qué padre tienes y te diré como te casas.

Si tu padre fue consentidor, compinche, regalero, inteligente; si fue tu incondicional compañero de vida o si compartieron rituales al margen de la familia; tus parejas estarán dentro del siguiente abanico de posibilidades: narcicistas, insensibles, fóbicos, egoístas, coquetos. Posiblemente flirteen con otras mujeres o tengan costumbres o lugares a los que no podés acceder: cenas con amigos, una casa en el delta o squash dos veces por semana.

Si en cambio tu padre fue firme, autoritario, disciplinado, religioso o dedicado a alguna actividad en particular de manera muy absorbente, la historia es otra. Tu pareja tiene que ser misógina, probablemente tenga sólo amigos hombres, haga asados y le encante el fútbol. También es factible que no llore porque considere que hay cosas de “hombres”, cosas de “mujeres” y “de maricones”. Puede que pretenda tener la ropa limpia y la comida servida al llegar del trabajo, por lo que prefiera que su mujer se quede en casa, al cuidado de los hijos.

Aquellas que tuvieron la suerte de ser hijas de un buen tipo, no escapan a esta regla si la madre fue una bruja, alcohólica, adúltera o psicópata. Es probable que elijan impotentes sexuales, alfeñiques, ingenieros desempleados o taxistas. Y siempre, ante cualquier circunstancia, se repetirá la dupla “mujer dominante – hombre sometido” que tantos éxitos tuvo en el pasado.

Con semejantes ejemplos, se podría pensar que a todas nos espera un futuro sombrío, pero no es cierto. Si bien creo que no hay nada tan fuerte como el pasado, sospecho que el trabajo y el esfuerzo todo lo revierten. Luego de años de acostarme en el diván, dejé de buscar un hombre distinto y cambié de padre: ahora los elijo iguales a mi psicólogo.

Bodas babilonias

Cuenta Heródoto, que los babilonios casaban a sus mujeres de la siguiente forma: Una vez por año, se citaba a todas las doncellas solteras en una plaza, y alrededor se situaba a un grupo de hombres. Un pregonero las subastaba por orden de belleza, con el único fin de casarlas. Los hombres pujaban y el más adinerado se quedaba con la más hermosa. Una vez vendidas todas las bonitas, se convocaba a las feas y deformes para realizar el proceso inverso: los hombres pobres aceptaban casarse con ellas a cambio de una suma de dinero y eran adjudicadas a aquel que quisiera tomarlas por esposa por el precio más bajo.
Y así se casaban las feas y lisiadas en Babilonia; con el dinero de la venta de las bellas.

Las administrativas, o el placer de administrar

Yo estoy convencida de que cada profesión define una visión moral del mundo, un cierto modo de entender las cosas. Para un remisero, por ejemplo, Palermo no queda a 10 minutos ni a 30 cuadras de Belgrano; Palermo queda a siete pesos. Para una empleada del registro civil, no hay compañeras de trabajo más o menos inteligentes, las hay con mayor o menor antigüedad.
Las administrativas no son la excepción a la regla. Absolutamente todas acaparan y exigen cantidades imposibles de artículos de librería. Basta que se acabe el liquid paper para que lo anuncien cada media hora como un sereno colonial, como si el mundo fuese imposible sin tacos de colores, post-it o resaltador.
Pero si bien hay hábitos en común y detalles constantes, dentro de la oficina el mundo de la administración es el más rico en variantes. En contaduría está “Sherlock Holmes”, en personal está “la Estatal” y en la recepción están las “Cabeza dura”, entre otras.
Para avalar mi teoría no me queda más que presentar cinco ejemplos contundentes a modo de evidencia. Estas son, a mi juicio, algunas de las mujeres que prueban que uno es aquello que hace.

La burocracia en Personal: “La Estatal”
No importa en donde trabaje, “La Estatal” siempre se mueve como si trabajase en la municipalidad. Su cerebro es estatal y razona de la misma manera.
Adora las huelgas y los conflictos salariales. Sus temas preferidos de conversación son los ascensos, la antigüedad y los beneficios de pertenecer al sindicato. Sabe los feriados de memoria y exprime la obra social como un limón pasado: Es la única que conoce la colonia de vacaciones de Osecac o los descuentos en micros de larga distancia para empleados de Luz y Fuerza.
La Estatal arma petitorios para la incorporación obligatoria del uniforme porque no tiene sentido arruinar la ropa. Siempre usa “remerones” coreanos de hilo de seda o bordados con algún motivo absurdo, pero si por ella fuese, iría en calzas.
“La Estatal” es siempre casada; su marido es desempleado o jubilado y trabajó más de treinta años en Massalin Particulares o en Edenor.
La Estatal vive con una taza de té en la mano y una bolsa de galletitas. Adora comprar fiambre, cocinar con mayonesa y suele contar las comilonas de su familia los lunes bien temprano.
No le interesa progresar, para ella hay distintos niveles de empleada: de confianza, de suma confianza, nueva, que van a despedir, que se acuesta con el jefe y con mayor o menor antigüedad.

Los cadetes: “La mugrienta”
“La mugrienta” se lleva fideos con tuco y pastafrola en un tupper y tiene una mochila hedionda donde mezcla maquillaje, crayones y migas de galletitas.
Siempre tiene el cabello florecido y sucio, pero no lo usa suelto. Tiene gomitas de pelo estiradas, le gustan los colores oscuros y todos sus sweaters están apelotonados, incluso si son nuevos
A “La mugrienta” le gusta el collage. Jamás reescribe porque resuelve todo recortando, pegando con boligoma y sacando fotocopias.
Cada vez que rinde los viáticos trae boletos de colectivo pegoteados y dinero abolladito en los bolsillos de atrás, y se pone de pésimo humor cuando le quedan debiendo dinero.

El amor tiene cara de mujer: “La admiradora secreta”
La admiradora secreta es solterona, religiosa y vive con la madre. Es la asistente de un ejecutivo o un Doctor desde hace cuarenta años y lo conoce más que su propia esposa: sabe las fechas de cumpleaños de su familia, qué torta le gusta comer y qué llamados jamás tomaría. Incluso sabe de alguna amante que el patrón pudo tener.
Su respeto y veneración es tan grande que ni siquiera manifiesta su amor en voz alta, aunque esté sola. El día de la secretaria toca el cielo con las manos. El Doctor le regala rosas y le dice las palabras mágicas: “Angelita, no se qué haría sin Usted”

La empleada comodín: "La esclava"
"La esclava" es, principalmente, una sierva de su cabeza. Lava las tazas de todos aunque nadie se lo pida, barre las oficinas, se ofrece para sacar fotocopias y siempre abre más temprano para ventilar. Cuando todos se van, la esclava vacía los ceniceros, apaga las computadoras y adelanta algo de trabajo.
"La esclava" hace las compras que nadie recuerda: El café, el papel higiénico y los bidones de agua mineral; pero casi nunca le devuelven el dinero, porque le da vergüenza pedirlo y o porque se vuelven a olvidar.
No habla demasiado y pocas veces se ríe. Su ropa es tan insignificante como ella: Le gustan mucho los saquitos, los zapatos parroquiales y las camisas con voladitos. Siempre usa la misma campera escolar y una vírgen de oro en el cuello, que un día la ahorcará de ira.

El sadismo de supervisar: “La gorda amargada”
Detrás de un protector de pantalla rosa chicle que repite: “Esta PC es de Claudia Esta PC es de Claudia Esta PC es de Claudia”, se esconde la abusadora de la oficina: “La gorda amargada”
“La gorda amargada” siempre es supervisora o Jefa de sector. Descarga toda su ira y frustración en sus subalternos, especialmente sin son féminas bonitas y muchachos seductores.
“La gorda amargada” no siempre está de mal humor, pero en todos los casos responde mal. Suele gritar y amenazar con despidos o represalias enigmáticas y torturar a una empleada que tiene entre ceja y ceja.
Siempre es cursi y romántica. Obliga a todos a escuchar la FM hit, adora la música cachonda de Luis Miguel y pega stickers en su monitor. También tiene agenda de goma, lapiceras divertidas y muchos accesorios de plástico para el cabello.
Su cuerpo es rechoncho y en general, con forma de manzana. Se tiñe el pelo de colorado y a veces se lo plancha. Su ropa es común pero fea, se destacan los pantalones pinzados y las remeras sueltas con escote.
En la mayoría de los casos, “La gorda amargada” es soltera o divorciada. Cuando tiene un novio, se vuelve una seda y la oficina tiene un clima de fiesta. Pero nada es para siempre, un par de meses después todo vuelve a la normalidad.

Los hombres B

Conozco gente que tiene la habilidad de decir la palabra precisa en el momento adecuado. Que es capaz de levantarte el ánimo, de escuchar, de abrazar, de sanar. Gente que regala chocolates en un día triste, que reta con cariño, que pide con cautela.
Pero confieso que no soy de esas personas y lo confieso con tristeza; con la resignación del que descubre que gran parte de la inteligencia reside en la forma de querer.
Yo soy la persona emocionalmente más inepta del planeta. Soy incapaz de articular una frase oportuna, de burlar con dulzura, de negociar desacuerdos. Yo soy ruda como un granjero, obvia como una pancarta, filosa como un viento seco. O era.
Pero llegó el día en que la verdad se me reveló por obra y gracia de la providencia. Por azar, mi memoria trajo al presente el recuerdo de Enrique García sudando como una bestia acorralada en la clase de Historia, y todo cobró sentido. La imagen de ese animal chorreando sobre un examen imposible me ofreció la solución del problema: Son los burros quienes más se aplican, porque deben aprehender las verdades que su razón les niega, entrenar su cerebro remolón y lograr un desempeño decente en alguna materia. Porque el trabajo y el esfuerzo enmiendan toda idiotez natural, por más severa que sea.
Por este motivo, decidí luchar contra mi incapacidad: necesitaba aprender a ceder, a ponerme en los zapatos del otro, a evitar mis exabruptos, a ahorrarme las venganzas; en fin, a incorporar lo que natura me mezquinó: el arte de relacionarse con el otro.
Con este fin, dividí a los hombres en dos grupos: el A y el B. El primero comprende a los que se aproximan a mi ideal de pareja, y el segundo, incluye a todos los demás. Basta trazar la línea para notar que la naturaleza es sabia. Con suerte, quedan uno o dos hombres del lado A y cuatro millones del lado B. Pero justamente, la proporción es lo que le da sentido a la teoría, porque se necesitan muchos B para llegar a un A.
Supongamos que conocemos un A y que la atracción es recíproca. Empezamos a vernos y el primer mes es genial. Pero pensemos también que inmediatamente surge el primer conflicto, por ejemplo, que el A sufre una tragedia familiar y se deprime.
Este obstáculo es una valla demasiado alta para nosotras, las ineptas. De todas las reacciones posibles, tenemos un don para elegir la peor: Lo presionamos y lo llevamos en pijama a varios cursos que detesta; lo retamos severamente y lo miramos con lástima o lo abandonamos sin demasiada explicación. Como a García, nos resulta imposible descubrir la conducta más apropiada para la situación.
Esta pérdida nos ubica otra vez al final de la lista de espera y pasará mucho tiempo antes de encontrar otro hombre A. Sin embargo, este período puede ser enriquecedor si lo vemos como una necesaria fase de aprendizaje.
Lo primero que debemos entender es que sólo la práctica puede salvarnos y que el único método para averiguar qué hacer es equivocarse una y otra vez.
Para todo esto y mucho más, existen los hombres B. Para equivocarse, arruinarlo y aprender sin malgastar una pareja encantadora. Básicamente, para practicar.
Es por esto, que si bien sabemos que una relación jamás va a prosperar, es importante sostenerla hasta destrozarla por completo. Es inútil desperdiciar la oportunidad de averiguar que pasaría si lo dejamos plantado, si nos reímos de su familia, si le revisamos los cajones, si lo abandonamos por otro infeliz. Porque todas estas vivencias son las que moldearán nuestra ineptitud hasta transformarnos en una mujer capaz de decir palabras de aliento, de acompañar en silencio o de contestar con sagacidad.
Los hombres B son el único salvavidas de la inepta. Son la escuela de la vida. Son el pasaje a la felicidad. Los hombres B son los mejores, porque da lo mismo si los perdés o los encontrás.
Luego de años de práctica, aún soy áspera; pero algunas conversaciones, gestos o detalles salvan tanta torpeza. No me queda más que agradecerle a todos aquellos que dieron su cordura para hacer de mí la mujer que soy hoy. Y si alguno se queja, que siempre tenga presente que el anterior la pasó mucho peor.

La mussolina

Cada vez que vemos una comedia italiana, Martín se ríe y hace el mismo gesto: Señala la televisión con el control remoto y dice “Es igual a vos”.
Yo sé que no se refiere a las curvas, aunque el tipo de cuerpo sea el mismo. Él sugiere que muchas de mis actitudes guardan relación con mi ascendencia, y algo de razón tiene.
La primera vez que mi hermano y yo vimos Amarcord nos sorprendió que todo fuese tan parecido a la abuela, a nosotros. Era una sucesión de arbitrariedades, de magnificaciones, de exuberancia, de dramatismo. Quienes se hayan criado en el seno de una familia italiana y matriarcal saben bien de lo que hablo: ser una mussolina es la negación de la razón; es la tiranía de los sentimientos.
La mussolina no tiene objetividad ni términos medios: su amor es intenso e incondicional y su odio es profundo y absoluto. Aquellos que quiere, están exentos de flaquezas y miserias, y ese mismo amor los redime de pecados y los hace invulnerables. Si a la mussolina le encanta, supongamos, el señor K, todo en él será digno y noble; y todos sus adversarios serán ratas ponzoñosas y resentidas.
Otra de las características más divertidas de la mussolina es la afición por exagerar o agregarle color a las anécdotas: Las colas siempre son de dos cuadras, los perros son lobos, las malas son brujas y los raspones son grandes zurcos de sangre turbia corriendo por las piernas.
Es también digna de mención su relación con la comida. La mussolina inconscientemente cree que cocinar es una parte inherente a su naturaleza; que una mujer que no es buena en la cocina es un eslabón débil, una vergüenza. Por ejemplo, yo recuerdo calificar una salsa de tomate de “atroz” y “macabra” o llorar de risa con mi madre porque una amiga cree que el “moldeado de atún” es comida. La razón de esto es que la mussolina cree que cocinar y amar son algo parecido. Para ella tener hambre o comer galletitas es sinónimo de desamparo. La idea de que su novio almuerce alfajores o coma pre-pizzas la hunde en la melancolía.
Finalmente, el aspecto más radical de la mussolina es sin duda la manivela. Ante cualquier evento, la emoción toma el timón del cerebro y provoca una irrefrenable escalada en donde el sentimiento original se magnifica al doble de su volúmen en cortísimo tiempo. Como el veneno de las serpientes, en estos casos lo primordial es impedir que el asunto llegue al corazón; aunque una vez accionada la manivela, el trayecto es demasiado breve.
Para ilustrar el mecanismo, hago una transcripción del recorrido de la manivela en quince segundos: Está jugando al ajedrez. Le gusta el ajedrez. Le gusta más que el cine. Le gusta más que estar conmigo. No le gusta estar conmigo. No me quiere tanto. No me quiere. Me quiere dejar. Me odia. Lo odio. Le voy a apagar la pc.
Cada vez que vemos una comedia italiana, Martín se ríe y hace el mismo gesto. Y yo no le digo nada, porque es todo cierto.

 
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