A la hora señalada


Creo que fue Roberto Arlt quien contó que su padre solía castigarlo de una forma terrible: Le avisaba que lo golpearía recién al otro día por la mañana y lo mandaba a dormir, lo que implicaba un doble castigo, porque prolongaba de forma anticipada la golpiza, transformando la vigilia en un oscuro pasillo hacia el desastre.
Sin intención de exagerar, cada vez que tengo que ir al gimnasio por la noche, me acecha la misma sensación: una oscuridad inminente que ahoga la tarde, una flash forward del infierno.
Yo odio el gimnasio, así tenga que ir toda la vida. Odio el gimnasio porque pone en evidencia mi torpeza, mi coordinación deficiente, mis ganas de atorarme con masitas y ver televisión, mis brazos débiles, mi voluntad quebradiza. Odio el gimnasio porque me siento fuera de lugar, porque parezco una anciana perdida en un shopping, un turista oriental, una marioneta.
Sin embargo, si tuviese que situarme en la pirámide, probablemente estaría entre la gordita chanta y la pinocha, justo debajo de la que fue a inscribirse al gimnasio y jamás volvió: la gorda caradura.
La gordita chanta es la que repta por el salón de musculación con la clara intención de hacer el mínimo esfuerzo posible. De hecho, cuando toma una clase es esa que apenas levanta las manos, salta lentamente, agarra las mancuernas livianas o se toca la panza con expresión de dolor. Su atuendo se parece más al de una adolescente presta a holgazanear que al de una atleta: Se arrastra con un jogging enorme y oscuro, buzo holgado de mangas muy largas y el cabello depresivamente revuelto.
La pinocha –o “vieja tenaz”- es una matrona dando sus primeros pasos lejos de las facturas de manteca. Su entusiasmo es descomunal y exagera los movimientos de tal manera que parece poseída. Suele inscribirse en clases de baile o aero-latino porque “siempre le gustó bailar” pero es tan tosca que podrían reconocerla como paralítica honoraria.
En cuanto a la ropa, le gusta usar un pantalón “bolsudo” de tiro alto, zapatillas de astronauta y tiene algunos detalles de vieja: Se pone un buzo en los hombros y se maquilla para ir.
Las efímeras siempre van de a dos y tienen menos de veinticinco años. El gimnasio es otro de sus hábitos primaverales, junto con el de broncearse en la membrana, hacer dietas de líquidos o súbitas excursiones por el vegetarianismo. Como siempre les gusta algún profesor –inexplicablemente les atraen los músculos- intentan ir en calzas y remera ajustada, pero desaparecen cuando se inicia la época de helados.
La turrita va al gimnasio a que la miren, a provocar, a deslizarse transpirada por los aparatos, a juntar los labios carnosos, a gemir. La turrita suele estar en forma, pero más seduce por turra que por bonita. Es la fantasía de los adolescentes y oficinistas perdedores, del gordito casado, del cincuentón pirata, del profesor de boxeo, pero es la pesadilla de las mujeres y la enemiga de la ilusa.
La ilusa no va a hacer gimnasia, va a conocer gente. Es casi siempre una soltera de treinta y tantos años, tonificada, bronceada y con el cabello aclarado. Vive sola en Belgrano y trabaja en una empresa a pesar de que su familia siempre tuvo dinero. Aunque tuvo muchos novios, siempre resultan ser el mismo hombre: el equivocado. Siempre luce impecable: calzas y remera sexy y millonaria Nike Woman.
La atletoide es la gimnasta que nunca será, es la promesa esquinzada, la carrera fallida. A diferencia de las anteriores, va al gimnasio a brillar: Es la única que asiste todos los días, que entrena en serio, que suda, que sabe qué músculo está trabajando. Elige ropa estrictamente funcional y de marcas reconocidas, pero masculina. También usa cronómetro, cantimplora, antiparras, muñequeras y un bolso bien grande. Es la única que sabe donde está el vestuario, que tiene locker o que usa todas las máquinas en su rutina.

Y después están las que son como yo, que no encajan en ninguna parte, que viven a dieta, que envidian a la última porque come lo que quiere, que van al gimnasio a sufrir. Las que viven esa angustia recurrente, todos los martes y jueves, a la hora señalada.

La pasión y el portazo


Infinitamente erradas, todavía creemos que una gran historia de amor consiste en pelearse y reconciliarse, separarse por la guerra, traicionarse y perdonarse o existir de a tres.
En el fondo, creemos que el amor con todas las letras debe ser complicado o imposible, y que los hombres que valen la pena son aquellos que nos provocan llorar.
Equivocadas, nos lastimamos persiguiendo la crudeza, la pasión descontrolada, las palabras duras y el conflicto interior; pero la felicidad no llega hasta que comprendemos que el amor es el equilibrio y la rutina, la complicidad del tiempo, los gestos tibios, la presencia constante y la memoria compartida.
Todos los días, cuando alguien cree que el amor es ropa tirada por la ventana, otro amor se muere.

* La imágen pertenece a Julián Totino Tedesco

Miente que algo queda

Si de vendedoras se trata, es imprescindible hacer una distinción: por un lado tenemos las mujeres que venden y por otro, a las vendedoras. Las primeras son empleadas circunstanciales que no merecen mayor interés; las segundas, en cambio, son vendedoras de oficio que pasarán el resto de sus días detrás de un mostrador o doblando ropa en los estantes.
Las tipologías son infinitas, aquí ofrezco un catalago – necesariamente incompleto – de las más interesantes.

La inepta:
El problema de la inepta es su incapacidad para establecer una relación entre el pedido del cliente y el producto que le ofrece. La información corre en el cerebro de la inepta por un laberinto defectuoso e intrincado que nunca encuentra el centro - se podria decir que sentido común está severamente comprometido por una suerte de retardo -, de tal manera, que si uno pide un regalo de casamiento, ella puede sugerir cualquier cantidad de productos sin relación entre sí: un juego de cubiertos, una canasta de productos de limpieza, un paseo en catamarán, un conejo, algunas piezas de grifería o un botiquín de primeros auxilios.

La gallina:
La gallina es la vendedora que siempre vuela bajo; la que pudiendo soñar cualquier cosa, sólo quiere ser “encargada”.
Para ella, el éxito es tener la llave de la caja registradora, autorizar cambios o dar permiso para ir al baño. Por eso, cuando hay poco trabajo, la puebla invariablemente la misma ensoñación: un cliente enojado pide por la encargada del local y bajando la escalera, aplomada y segura, aparece ella.
Y por eso también, al confrontar la torta de cumpleaños, al caersele una pestaña, al pasar debajo de un puente, o al ver una estrella fugaz, la gallina, apretando los puños y cerrando los ojos con fuerza, murmura embrujada: “encargada, encargada, encargada”.

La Turra:
Con tal de vender, la Turra es capaz de caer en las mayores bajezas: cambiar el número de zapato con birome, embutir una gorda en un minishort empujándola con la bota, jurar que recién a los tres meses se notará que es Ovejero Alemán.
Si la venta es fácil la Turra es veloz: pasa las tarjetas como sablazos por el post net, entra los infinitos códigos de la mercadería en un segundo y envuelve como una empaquetadora industrial de galletitas. En cambio, si la venta fracasa, la turra no duda en tomar represalias: Bufa y suspira hastiada mientras acomoda todo lo que le hiciste sacar, acota que algo más barato o más grande no existe, te sugiere que consultes en una tienda vergonzosa o que bajes de peso.

La afiebrada:
Todas las afiebradas tienen algo en común: vieron “Mujer Bonita” y quedaron traumadas. Es por esto, que incluso teniendo otras actividades interesantes, su único fin es seducir y conquistar a un cliente.
Por tal razon, la afiebrada siempre luce escotes y jeans muy ajustados, y se exhibe provocativamente; se ríe fácil de los chistes de los compradores; es atenta hasta el barroco y e incluso es capaz de ofrecerse como una fruta madura delante de la esposa legítima, que la mira azorada.
La afiebrada siempre termina como amante de un cliente casado o del dueño del local, que no duda en despedirlas cada vez que una joven de su especie comienza a hacer carrera dentro de su staff.

La Youancolins
La Youancolins es siempre una señora mayor de figura privilegiada y cabello decolorado, que si bien suele cargar rollos de tapizado en un mayorista textil de Once; íntimamente se siente asesora en el BA Design.
La Youancolins tiene pretensiones fuera de su alcance y lucha para progresar: Imprimió tarjetas personales, estudió en la escuela de modelos de María Fernanda Cartier e hizo cursos de Word en una academia. Desgraciadamente en el negocio no tiene computadora, pero para no perder los conocimientos, estudia los apuntes durante la noche, repitiéndolos hasta quedarse dormida.
El intenso sueño de tener su propia boutique siempre determina su relacion de pareja: amantes casados que perpetuamente le prometen ser sus inversionistas. Finalmente todos desaparecen cuando descubren la clase de productos que su novia querría comercializar: fragancias Jean Cartier, lencería por catálogo, sales de baño artesanales, cosmética “Reino de la miel” o accesorios de telefonía celular.

Todo el amor del mundo


Y ellos dos, tan casados, tan felices, tan unidos, decían tanto “nosotros” que asustaba. Y temí que nunca me sucediera a mí.
Y me clavaron mil puñales: Que en esa época sólo tenían el sueldo de él, que ella se dormía mientras le cortaba las piezas de una maqueta, que él le hacía el desayuno a las cinco, que no sabían quien de los dos había tipeado esa entrega...
Y todas las derrotas lucían tan hermosas, porque él era ella y ella era todo.
Y yo también quise todos los fracasos, la memoria incompleta y los recuerdos a medias.
Y los odié y me odié, por elegir todos los caminos que me llevaban a ser nada: Nada para mi, y nada para nadie.

Y ahora, yo también soy todo el amor. Y solo falta mi nada.

Los nueve círculos del Infierno



El Infierno de Dante tiene forma de embudo dividido en círculos decrecientes. Los círculos son nueve: los cinco primeros conforman el Alto Infierno y los cuatro últimos, el Infierno Inferior. Está de más decir que a mayor profundidad, más intenso el calor y más graves los pecados.
Sin embargo, no puedo asimilar la escala que ofrece la Divina Comedia, porque para mi, pecado es otra cosa. Pecado es molestar, desperdiciar el tiempo, traicionar, usar aceite mezcla, comprar jeans de tiro alto, presumir o acostarse con el novio de una amiga. Por tal motivo, aquí ofrezco timidamente mi infierno personal; en donde condeno a aquellas que nos hacen día a día, la vida un poco más incómoda.

Primer círculo:
Las profundas:

Sus arranques intelectualoides las llevaron al primer círculo, en donde sufrirán el más terrible de los castigos: ser iguales a las demás. Pero eso no es todo; esta vez, también se enfrentarán a la hostilidad del entorno, pues para ellas, la primera capa del infierno es un campo verde de tiernos brotes en donde nunca se oculta el sol.

Segundo círculo:
Las viejas pesadas

Las viejas que eligen kinoto por kinoto, las que quieren charlar, las que ignoran el espesor de las paredes en los edificios modernos, las que conversan en los comercios, las que tienen un perro con nombre de señor, las que espían y las que caminan amuralladas; todas ellas se encontrarán en el tercer círculo del infierno: un enorme supermercado de pasillos angostos, con productos de etiquetas ilegibles y cajas sin prioridad para ancianos.

Tercer círculo:
Las Ombliguitas

Ombliguita está convencida de que su familia es una fuente es inspiración para los demás. Le gusta enumerar las doscientas funciones de su nuevo dvd, relatar cómo su abuelo fundó la ciudad de Plátanos o exhibir los escudos familiares del marido. Por razones de horarios, el show de niños prodigio sólo se hace por la tarde, cuando sus hijos están despiertos y dispuestos a mostrarle al mundo cómo hacer soretes de plastilina o sacarse los mocos haciendo la vertical.

Cuarto círculo:
Las madres invasivas

Están destinadas al quinto círculo todas aquellas madres que nunca hayan comprendido el concepto de “privacidad”.
Por sus pecados, deberán vagar habiéndose vaciado las cuencas de los ojos, mientras un coro de gárgolas lee sus diarios íntimos en voz alta, y en una pantalla gigante, se proyectan infinitamente sus anécdotas más privadas.

Quinto círculo:
Las moscas muertas

Las temibles enemigas de la confrontación están destinadas a padecer la eternidad convertidas en insectos lentos y evidentes. Esta vez, su hogar será una telaraña enorme, en donde mueren una y otra vez aplastadas por una poderosa tarántula tropical.

Sexto círculo:
La madre que inocula culpa
Vivirán en el sexto círculo quienes hayan consagrado su existencia a victimizarse y a mutilar la independencia de sus hijos por medio de sus peligrosas lenguas bífidas llena de dobleces y segundas intenciones.
En el infierno, todas las tardes sus hijas saldrán de paseo, y al volver, las encontrarán llorando, o tiradas en el baño con la cadera rota, o atoradas de pastillas o con las valijas en el palier; y en todos los casos, las ignorarán.

Séptimo círculo:
Las Pasive-agressive

Todas aquellas que posean alto porcentaje de comentarios maliciosos cifrados en observaciones y sugerencias están destinadas a vagar por el Infierno luciendo el peor de sus vestidos y un peinado demodé, mientras el resto de las mujeres las critica a sus espaldas.

Octavo círculo:
Las naranjitas
Cuando por fin encuentra su otra mitad, la naranjita siente que sus amigas de toda la vida son ahora solteras patéticas que no merecen su atención. Desde ese momento, las únicas activiadades dignas de su persona son las reuniones familiares, las salidas con su novio y las reuniones de parejas.
Todo aquello que esté relacionado con su soltería es repulsivo, triste y amenazador salvo cuando hace caridad, y le presenta a una amiga un soltero impresentable amigo de su marido.
Por sus pecados, las naranjitas arderán en la eterna llama de la soltería, en el segundo círculo del Infierno: una interminable fiesta de solos y solas, con un extenso y colorido carnaval carioca.

Noveno círculo:
La planta carnívora:

Provocativa como una frutilla entre los labios, la planta carnívora desea poseer a todos los hombres que tengan interés en una segunda mujer.
El ritual es simple y sin variaciones: la planta se frota a escondidas con un muchacho, lo devora y luego se purga llorando y pidiéndole perdon a su amiga, la novia legítima.
A las veinticuatro horas de su última disculpa, el receptáculo se abre nuevamente y la planta carnívora está lista para sorprender a sus amigas y comenzar con el ciclo otra vez.
A las plantas carnívoras les corresponde un lugar a la derecha de Satán y una almohada en su lecho abrasador. Pasarán la eternidad como ilusas esposas engañadas, con un trapo repasador en la mano, y la cena quemada en el horno.

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Costumbres femeninas IV

Si bien "redondear" significa llevar una cifra al número redondo más próximo, cuando de peso se trata, el proceso es inverso: Las mujeres siempre pesan 58-59 o 68-69 kilos. Nadie pasa el umbral de la decena, pesar 60 o 70 kilos está reservado para las gordas.

Dolores Barreiro tiene 90 centímetros de cadera, pero el resto de las mujeres jamás exceden el metro. En las matemáticas femeninas, sólo es posible tener un contorno de dos cifras, incluso cuando la mayoría supera por una o dos brazas las medidas de una modelo.

Un día de estos, voy salir a la calle con balanza y centímetro en mano a acabar con esta locura.

Las patas cortas de Romina

Mentir es una labor sutil; es una labor que requiere constancia, buena memoria y calidad en la terminación. Para mentir hay que tener vocación, entrega: Mentir no es para cualquiera.
No voy a entrar en diferencias de género, aunque la tentación es grande: las mujeres adoran las exageraciones, mientras que a los hombres les encanta la peripecia y la complicación. Y sin embargo hay un detalle de genero relevante: los mentirosos siempre son detestables, pero las mentirosas pueden ser deliciosas.
Romina se inició mintiendo en pequeños detalles, en anécdotas inofensivas: Que te llama más tarde porque está en la peluquería, que también la compró en otros dos colores, que su abuelo es millonario, que su periquito recita. Pero rápidamente surgieron las primeras complicaciones y Romina comenzó a transpirar.
El problema principal de las mentir, es que es un recurso dinámico. Una mentira necesita siempre de otra mentira: Si compró 4 remeras tiene dinero. Si tiene dinero, no puede vivir en Fate. Si vive sobre Libertador, su padre no es remisero, su mamá no limpia casas y su hermano no vende celulares.
El problema secundario de mentir es la realidad. Las mentiras no siempre armonizan con el entorno: Usamos ese auto porque el otro está en el taller, mi mamá me espera en la otra cuadra porque no quiere saludar a nadie, le arranqué el cocodrilo porque no me gusta aparentar.
Hacía un tiempo ya que Romina había quedado al descubierto. Sin embargo, la dejamos seguir. Sus inconsistencias eran tan grandes como nuestras carcajadas, y lentamente se fue hundiendo con nuestras preguntas ponzoñosas e investigaciones descaradas.
Sumida completamente en una rutina de espejismos y alucinaciones, Romina perdió por completo el sentido de la realidad e inauguró oficialmente el Festival Nacional del Delirio. Tuvo algunas creaciones memoriables: Su viaje al concurso de trineos en Canadá organizado por el fan club de Bryan Adams, su trabajo de modelo en las publicidades de Caro Cuore y sus romances con el chiquito de Brigada Cola y Ricky Martin.
Finalmente llegó a hacer cosas atroces: Saliendo del colegio luego de rendir materias, sentimos un murmullo detrás de un arbusto. Entre las hojas, apareció una mujer mayor. Se disculpó por no traer la dentadura puesta, mientras se cubría la boca, avergonzada. Estaba nerviosa, se peinaba el pelo de virulana y se acomodaba un batón floreado y vulgar. Nos pidió noticias de Romina, que todavía rendía exámen adentro; era su mamá. Nunca llegamos a contestar, porque su cara se se borró de un tirón. A lo lejos, su hija la arrastraba de un brazo, furiosa, herida, con el llanto atragantado en el alma.
Romina se desvaneció y no la vimos en mucho tiempo. La encontramos dos años después: se había platinado el pelo y cantaba Madonna con voz de pito. Cuando llegó el primer café, ya había arrancado con el relato del viaje a San Francisco. Era la misma de siempre. Nuestra Romina, la mentirosa.

Poderoso caballero Don Dinero

¿Puede confundirse una vista al Llao Llao con amor verdadero? La respuesta es sí.
Cuando yo era chica, tenía una compañera de colegio, que tenía la Mansión Barbie y una caja de lápices de 320 colores. En ese momento, mi inocencia arrojaba una reflexión que más tarde supe falsa: Había una suerte de justicia divina, ella tenía lápiz dorado y plateado, pero era fea.
Mas adelante, la máxima sufrió una mutación: Billetera mata galán. Las feas adineradas casi nunca saben lo feas que son. Por extensión, no son feas.
Supongamos que hay tres vías para conformar la imagen que una tiene de sí misma, es decir, para saber si una es linda o fea: Referencias, feedback y experiencias.
En el caso de la fea adinerada, las referencias (Lo que la sociedad indica como bello) están distorsionadas. La publicidad dice que si tenés un Citroen, tenés a a Brad Pitt. Si comprás Revlon, parecés Halle Berry. Ella tiene el Citroen y tiene cosméticos Revlon. Tiene la ropa que usan las modelos, el último corte de pelo y la gimnasia de Algas Modeladora Laser Infinito Triple Punto Rojo. Conclusión: Ella es modelo.
El feedback es aún más confuso. De pequeña nadie le dijo que era fea porque todas querían jugar con la casa de Frutillitas. Por ejemplo: Una amiga pasa una tarde en casa de la fea. Toman sorbete de agua de rosas, las abanica una niñera y juegan con el parque de diversiones Pin y Pon. La invitada la pasó tan bien, que su reflexión es engañosa: Con la fea me divierto más que con otras. La fea es mi mejor amiga.
En cuanto a la experiencia, no queda mucho más por decir: La fea siempre tiene un novio presentable, que la adora y que la mira como si fuese linda. ¿Cómo no creer que es amor, si ella le compro tardes naranjas en la Polinesia, sábanas suaves y calientes, veranos bajo el sol brillante de Punta del Este, un auto con un moño multicolor en el techo? ¿No es más fácil enamorarse cuando todo está resuelto, cuando no hay contrariedades? Así y todo, nadie engaña a la fea. El novio siente amor, las amigas, cariño. La razón es otra, pero no importa demasiado. ¿O no tenemos todas una amiga con la que sólo compartimos el pasado y la tradición?
Destino maravilloso el de la fea adinerada. Ser fea sin serlo. Qué más se puede pedir.

 
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