
Cuando una es soltera y pasó los 23, el supermercado puede ser una experiencia devastadora.
En principio, porque toda ida al supermercado implica una peregrinación. No importa cuánto quieras comprar, finalmente siempre lleva una hora: Los productos estan lejos, la gente deja el carrito en los pasillos y las cajeras son lentas. En segundo lugar, porque ir al supermercado es una dura caminata por un mundo para dos: envases familiares, ofertas 2 x 1, promotoras de "Tiempo Compartido" y paquetes de un kilo.
Así y todo, las compras son un infierno por otra razón: Está cientificamente comprobado que en el supermercado, la soledad de una mujer es directamente proporcional a las probabilidades de toparse con una joven pareja de compras. A mayor soledad, mayores chances. Quieras o no, vas a terminar estacionando el carrito al lado de los novios mas enamorados del mundo.
Dicho esto y de acuerdo a la fórmula, por azar o fatalidad, terminas detrás de ellos dos, de aquí en adelante, Perfecto y Perfecta. Ella es preciosa, viste ropa exclusiva y es, obviamente, la más delgada. El es Cary Grant.
Buscando sufrir, hacemos aquello que no deberíamos: Mirar lo que están comprando. El impacto es inmediato. El contraste, infinito. Cada producto que llevan te hace sentir más sola. Ellos tienen vino tinto y un video. Vos sopa deshidratada y soquetes térmicos. Ellos compran carne para el asado, un paquete de yerba mate y espuma para baño. Vos comprás hamburguesas congeladas, café instantáneo y polvo desodorante para pies. Sus packs dobles de yogur se ríen de tus solitarias botellitas, su bidón de agua mineral mira con soberbia a tus juguitos enanos y sus almendras con chocolate gritan noche de amor. Todas las ofertas les calzan como guante: El desodorante de mujer regala una colonia para él, los tampones sortean un viaje a París y con los puntos de la tarjeta consiguen una frazada de dos plazas.
Cuando la angustia te asfixia y estás a punto de llorar ves que alguien está peor: Una joven mujer pelea con su madre en la caja. Aliviada, pensas que al menos vivís sola. No está tan mal, no hay que compartir el baño, no cocinas para nadie, y si querés no te depilas.
Apenas te sentís mejor, aparece Cary arrastrando una bolsa gigante de Dog Chow para cachorros. El Labrador del paquete te mira con sus ojazos negros y te sentís la más perdedora del mundo. Falta que compren pintura blanca para el cerco. Pero no van a vencerte, ya estan terminando de embolsar y el peligro pasó. De hecho, volvés a sentir una brisa de paz. Vas a meterte en la cama con tus medias nuevas y una taza de capuccino instantáneo. Sos joven, hay tiempo, ya tendrás tu principe azul.
Te acercas a la caja, y descargas tus cosas mientras Cary y la delgada terminan de embolsar sus cositas. Él le da su tarjeta de crédito a la cajera. Vos descargas tus croquetas. La cajera pregunta si quieren cuotas. Vos disimulas tu adelgamate. La cajera lo mira, y le pide el número de cédula. Perfecta se adelanta y lo dice de memoria, y todo se vuelve negro, y dejás de oir.
Si tuviéramos que elegir un recuerdo entre todos los recuerdos, el mejor episodio de nuestras vidas, el más perfecto, el más intenso, lo natural sería elegir el nacimiento de un hijo, un viaje muy especial o el primer beso; pero si de "Pavita Real" se trata, la elección seria bien diferente, "Pavita Real" recordaría las tardes que de niña se perdió en la playa: el calor continuo, los aplausos desesperados, el pánico de su familia y el sonido del mar. Hombres, mujeres y niños reunidos solo para atenderla, socorrerla, mirarla. Y en el centro de todas las miradas, ella, iluminada majestuosamente por el sol.
Se llama "Pavita Real" a la maniática obsesionada con ser el centro de atención en todo momento y todo lugar, pase lo que pase, caiga quien caiga. Capaz de llegar a límites absurdos con tal de acaparar las miradas, la pava es, en realidad, una víctima de su compulsión por llamar la atención. Puede llegar a un asado enfundada en una micro-mini dorada, sostener una relación cruda y dramática sólo para poder contarla o emborracharse en el bautismo de su ahijado.
En general, su metamorfosis está asociada a un suceso en la niñez en donde se sintió relegada, por ejemplo, el nacimiento de un hermano. En ese momento, la pava siente que debe cederle a un intruso la mitad de lo que legítimamente le corresponde: el cariño y la atención de sus padres, y desde ese evento, se obsesiona con volver a ese estado ideal en donde era adorada, consentida, admirada.
De pequeña, "Pavita Real" amanece acostada en la cuna de su hermano, sopla las velitas en cumpleaños ajenos, se pintarrajea y baila con la ropa de la mama en todas las cenas familiares o se traga unas canicas a propósito. Cuando la reprenden, se encierra en el cuarto a llorar y a fantasear con la idea de morir o sufrir un accidente atroz para hacer escarmentar a sus padres y se imagina convaleciente perdonándolos por no prestarle la atención debida.
Ya más grande, aparece en el colegio con anteojos, yesos, y aparatos dentales hechos con clips. Finge tener problemas de aprendizaje, tomar anfetaminas, haberse cortado las venas, ser vegetariana, una chica peligrosa y finalmente extraterrestre.
Hoy, que ya es una pava enorme y llena de plumas, llega dos horas tarde aún cuando tiene las entradas para un evento, se desmaya en el casamiento de una amiga, se pelea con el novio a los gritos en un restaurante, y nunca sabe si está embarazada o no. Pero a esta altura, otra es la historia si a pesar de sus intentos no consigue captar la atención deseada. Sin premeditarlo, se entrega espontáneamente a su empresa con inagotable tesón, y en ese momento es capaz de hacer cualquier cosa: llegar vestida de satén blanco y tul a tu casamiento, tomarse un frasco de pastillas y desconectar el teléfono, frotarse contra el padre de su novio en sus bodas de oro o simplemente enfermarse en donde esté. Con "Pavita Real" no hay salida. porque si no la miras, te va arruina las vacaciones, el cumpleaños o la cena.
Para "Pavita Real" no hay fronteras, una vez conquistado el terreno privado, sueña con el mundo. Quiere ser actriz, cantante o modelo, da igual, no le interesa actuar ni cantar, su vocación es ser famosa. No concibe mejor destino que el de ser fotografiada desde un helicóptero el día de su boda o ser sorprendida en topless y anteojos negros. Por la noche, ya arropada y dispuesta para dormir, se auto entrega el premio Oscar, piensa diseñadores para el vestido y recita el discurso de agradecimiento mientras la sorprende el sueño.
Mañana la espera un largo día, lleno de nuevos desafíos para llamar la atención, para ser el foco de interés. Pobre "Pavita Real", pavoneándose por sus pavas plumas, tan vistosas, tan coloridas pero tan vacías, tan estúpidas.
La peor parte de tener una amiga es soportar su patética femineidad: sus interminables relatos de relaciones truncas, la historia del novio casado que nunca se divorcia, la del amante que no quiere compromisos, la del que vive con la madre o la del que se asustó y huyó. Sin embargo, como todas atravesamos fases de reiterativo patetismo y nostalgia, tenemos que escuchar.
El último día de clases de cuarto año María llegó al colegio con una sonrisa idiota en la cara y un temblor adolescente en todo el cuerpo. Esa tarde, la escuchamos con el hartazgo silencioso de quien se resigna: “Creo que estoy enamorada”, y como siempre, después vino el festival del delirio, en el que no faltaron fantasías con bodas relámpago, vendettas familiares o disculpas con serenatas.
Normalmente tragábamos saliva escuchando sus anhelos desopilantes y jamás censurábamos sus pavadas imposibles. Sin embargo, esta vez fue especial; sus novelas delirantes nos tenían hartas. La medida de su amor no tenía medida; y eso quería decir que los únicos de quien no se enamoraría ese año eran Pelotín -un entusiasta de las tortugas ninja- y Casparri, -el fundador de la patrulla rescatadora de animales.
Como María, una amiga acaparadora es aquella que cree que todos los hombres que acaba de conocer son el amor de su vida; amor que nos confiesa como si revelase algo insólito e inesperado. Confesión que funciona como una cláusula preventiva, una orden de restricción amorosa: como ella lo vio primero no podemos mirarlo. Aún si nos enamoramos, a pesar de que él nos corresponda, así sea la primera vez que nos pasa. Es de ella; aunque él no la conozca. Ella “cantoprí”, porque lo vio primero; a ese y a todos los demás.
CAROLINA AGUIRRE tiene 31 años y se recibió de guionista en la ENERC (Escuela Nacional de realización cinematográfica). Sus guiones de cortometrajes y mediometrajes fueron premiados en diversos festivales y concursos alrededor de todo el mundo (Festival de Rosario, Festival Internacional de nuevo cine latinoamericano de La Habana, San Diego Latino Film Festival, SAVI, Festival independiente de Barcelona, San Francisco Film Festival, Concurso de cortometrajes TVE Versión Española).ALGUNAS ENTREVISTAS Y RESEÑAS
| Diario La Capital | 14 de diciembre de 2008 | LEER
| Ñ - Clarín | 20 de noviembre de 2008 | LEER
| Diario La Tercera de Chile, Revista Mujer | CHILE | 20 de agosto de 2008 | LEER
| La Gaceta de Tucumán | 25 de septiembre de 2008 | LEER
| El tribuno de Salta | 3 de agosto de 2008 | LEER
| Diario El ciudadano de Rosario | 1 de septiembre de 2008 | LEER
| Revista Playboy | 1 de diciembre de 2008 | LEER
| Diario Panorama de Santiago del Estero | 3 de agosto de 2008 | LEER
| Diario La Tercera de Chile, Revista Mujer | CHILE | 20 de agosto de 2008 | LEER
