Un problema de género

Agnódice fue una joven de la clase alta ateniense que en el año 350 antes de Cristo se recibió de médico ginecólogo.  Esta anécdota, que a primera vista podría parecer insignificante y ordinaria, esconde un problema de género en el final. Y no un problema de género “gramatical”, sino de género “sexual”: yo no escribí “médica ginecóloga” por error, sino porque en esa época las mujeres no podían estudiar ni ejercer la medicina en ninguna de sus formas. Agnódice estudió, vivió y trabajó como médico; no fue médica sino hasta muchos años más tarde, después de atravesar un juicio, una sentencia de muerte y otras peripecias desagradables.

Durante sus años de juventud Agnódice empezó a notar que muchas parturientas ya sea por pudor o por falta de educación preferían morirse al dar a luz antes de que las atendiera un hombre y las viera desnudas. Alentada por su padre, Agnódice se cortó el pelo, se disfrazó de hombre y abandonó Atenas para inscribirse en la escuela de Herófilo, en donde aprendió medicina y superó brillantemente su exámen final. Durante muchos años ejerció como obstetra  y ginecóloga disfrazada de señor, y develando que era mujer sólo adelante de sus pacientes, y por eso, su fama fue creciendo hasta que gran parte de las mujeres de Atenas sólo quisieron ser atendidas por ella. Fue entonces cuando sus colegas, envidiosos por su popularidad, la acusaron de acostarse con las parturientas y la llevaron a juicio en el Areópago, en donde tuvo que sacarse el disfraz para probar que era mujer y refutar las acusaciones. Luego de ese juicio Agnódice fue condenada a muerte por haber ejercido la medicina, pero fue salvada a último momento por sus pacientes de clase alta, que movieron cielo y tierra para que le perdonaran la vida.

Otro caso famoso, es el de la baronesa Amandine Aurore Lucile Duplin, quien firmara sus libros como George Sand y tuviera que usar un disfraz de hombre para poder circular con libertad por París y penetrar en círculos literarios cerrados para las mujeres. O Fernán Caballero, el seudónimo literario de hombre que Cecilia Bohl de Faber y Larrea usaba para poder escribir en España durante el siglo XIX. O Mary Ann Evans, quien asustada por la forma en que sus pares ingleses tomaban las carreras de Charlotte Bronte y otras autoras inglesas, tuvo que firmar con el nombre de George Eliot todos sus libros para poder ser tomada en serio.

O sin buscar demasiado, acá en Argentina, ahora, en pleno siglo XXI hay otros ejemplos. Hace poco, sin ir más lejos, en una entrevista que le hacían a la escritora argentina Samantha Schweblin, leí que uno de los cumplidos más raros que le hacían era decirle que sus textos parecían escritos por un hombre. No lo decían como una extrañeza, sino como un mérito. Ponderaban su capacidad para disfrazarse de escritor, incluso sin que ella se lo hubiera propuesto. “No parece escrito por una mujer”, la elogiaban, como si le estuvieran dando un premio.

Pasaron casi veinticinco siglos, se ha abolido la esclavitud, el hombre ha llegado a la luna, el promedio de vida se ha triplicado, hemos navegado todos los mares del planeta y descubierto la cura para casi todas las enfermedades que diezmaron la población en el pasado. Sin embargo, a pesar de todos esos avances, todavía hoy el mejor cumplido que puede recibir una mujer es decirle que no lo parece; es decir, que se disfraza bien.

 
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